Fecha de publicación: 11/Septiembre/2025

Duración: 34:49

En varias ocasiones a lo largo de la historia, la vida de un papa ha acabado de manera sospechosa. En esta «Hora del té» hago un repaso de varios casos. Espero que lo disfrutes.

Recuerda que si te suscribes al podcast en iVoox, tendrás la opción de recibir notificaciones cuando se publiquen nuevos episodios, de dar al like y comentar los episodios, con el feedback que eso supone para mí. ¡Gracias!

Escúchalo aquí.

Léelo aquí

NOTA: Texto registrado en el RPI

Hola, ¿Qué tal?

Espero que todo te vaya bien. Te doy la bienvenida a este pequeño rincón, donde hoy me apetece hablar de un tema que no es propiamente un enigma o un misterio, por lo que me ha parecido mejor que no sea un episodio formal de El Factor Enigma, e incluirlo en esta especie de cajón de sastre que he venido a llamar La hora del té.

Hace un tiempo nos ha tocado vivir el fallecimiento de un papa. Francisco partía de este mundo el 21 de abril de 2025, ocupando el puesto 266 en la lista oficial de los papas. Y digo la oficial, porque es bien sabido que existen lo que es conocido como «antipapas», que se han autoerigido pontífices, pero no han tenido el reconocimiento de la iglesia.

Pues bien, la muerte de Francisco ha estado rodeada de un punto conspiranóico: Que si ya estaba muerto antes de que anunciaran su fallecimiento, que en su última aparición pública ya estaba agonizando, que si se lo habían quitado de en medio porque estaba siendo incómodo para la Curia…

Y todo eso me llevó a reflexionar que, aunque quizá este no era el caso, ser Papa podía ser considerado una profesión de riesgo. No han sido uno ni dos ni tres, los papas que han perdido la vida por conspiraciones y luchas de poder.

Esto me despertó la curiosidad por hacer un repaso de los casos en los que un pontífice perdió la vida, digámoslo así, en extrañas circunstancias.

Y he llegado a la conclusión de que, en ocasiones, las tramas novelescas de series y películas se quedan cortos en comparación con los acontecimientos históricos.

¿Quieres que comparta contigo lo que he aprendido curioseando sobre este tema? Venga. Te invito a una taza de té caliente mientras te lo cuento.

Existen muertes «potencialmente sospechosas» antes del Siglo IX, como las de Juan VII, Zacarías, Juan I o incluso Esteban II, que murió a los 3 días de ser elegido y no llegó ni a la ceremonia de entronización, por lo que no es considerado oficialmente papa.

Pero lo cierto es que hasta Juan VIII, no hay demasiada constancia histórica de muertes violentas o con circunstancias que pudiesen calificarse de «no naturales

Juan VIII fue Papa entre los años 872 y 882. Conocido por su fuerte carácter y decisión política, destacó especialmente por su lucha para defender Roma frente a los ataques sarracenos y por sus complejas alianzas con potencias europeas como el Imperio Carolingio. Su pontificado se vio marcado por intentos de reforma enfocados principalmente en fortalecer la autoridad papal frente a las influencias externas y en sanear las prácticas internas de la Iglesia. Estas reformas y su posición de confrontación con importantes figuras políticas y eclesiásticas generaron fuertes tensiones y hostilidades en su entorno inmediato, ganándose enemigos influyentes entre la nobleza romana y algunos miembros destacados de su propio círculo cercano.

En diciembre del año 882, el pontificado de Juan VIII llegó a un violento y oscuro final. Según relatan algunas crónicas medievales, como la del cronista Liutprando de Cremona y el Liber Pontificalis, el papa fue objeto de un primer intento de asesinato mediante veneno. No obstante, las fuentes no especifican qué sustancia se utilizó —y resulta comprensible, dado el conocimiento químico y forense rudimentario de la época—, lo que añade un velo de misterio sobre los métodos de los conspiradores.

Esta falta de detalle nos obliga a reflexionar sobre lo sigiloso de estos actos: los venenos circulaban de forma clandestina y a menudo se mezclaban en líquidos o alimentos sin dejar rastro claro. Aun así, Juan VIII, mostrando una inesperada resistencia, no murió inmediatamente tras ingerir el brebaje.

Frustrados por la ineficacia del veneno y temiendo que el papa pudiera descubrirse la trama, sus atacantes —que según diversas fuentes eran miembros de su propio séquito— optaron por una solución mucho más violenta y expeditiva. La noche siguiente, aprovechando la soledad del pontífice, irrumpieron en su aposento y lo golpearon salvajemente con martillos hasta provocarle la muerte. Las versiones varían en cuanto a los detalles precisos, pero todas coinciden en la brutalidad y la traición íntima que implicó este asalto. La crueldad del acto dejó patente la profunda crisis interna de la Iglesia romana y reflejó dramáticamente la despiadada lucha por el poder en la Europa medieval.

Tras la violenta muerte de Juan VIII, la sucesión papal se volvió cada vez más convulsa. En apenas quince años, Roma conoció más de media docena de pontífices, muchos de ellos efímeros y envueltos en luchas políticas feroces. Este periodo de inestabilidad fue el preludio de un episodio especialmente macabro, protagonizado por el papa Esteban VI.

Esteban VI ocupó la sede papal entre mayo de 896 y agosto de 897. Hijo probable del conde Teofilacto de Tusculum, su elección recibió el respaldo de la poderosa familia romana de los Conti. Su pontificado se vio marcado por un episodio singular: el llamado «Sínodo Cadavérico».

Formoso, su antecesor, había fallecido el 4 de abril de 896 por causas naturales, probablemente debido a una enfermedad común en la época. Sin embargo, en enero de 897, Esteban VI ordenó exhumar su cadáver para someterlo a juicio post mortem. Según el Liber Pontificalis y las crónicas romanas, el cuerpo de Formoso fue revestido con sus vestiduras pontificales y colocado en un tribunal improvisado. Testigos relataron que un diácono actuó como abogado defensor y presentó las supuestas irregularidades de Formoso, mientras un obispo lo acusaba de abusos y usurpación del cargo. Entre las acusaciones más graves figuraban haber trasladado ilegalmente su sede desde Siracusa a Roma, violar decretos del Concilio de Nicea sobre la prohibición de trasladar obispos, incurrir en simonía —comercializando cargos eclesiásticos—, perjurio y conducta inmoral, incluida la colaboración con facciones políticas adversas y supuestos favoritismos que habían debilitado la autoridad papal.

El veredicto fue una grotesca parodia de justicia: al cadáver se le retiraron las vestiduras, se le amputaron tres dedos de la mano derecha (los mismos que se usan para impartir bendiciones) y finalmente sus restos fueron arrojados al Tíber. Este acto escandalizó a gran parte de Roma y desató la indignación de los partidarios de Formoso.

La reacción no se hizo esperar. Una muchedumbre furiosa se levantó en revuelta y, en agosto de 897, asaltó el Castillo de Sant’Angelo, donde Esteban VI estaba prisionero tras ser depuesto por la revuelta de partidarios de Formoso y encerrado como reo político. Según el Liber Pontificalis y los anales romanos, el papa fue estrangulado con su propio cordón papal o con sogas improvisadas en un acto de justicia vengativa.

Este episodio revela no solo la crueldad de las luchas de poder en la Roma medieval, sino también cómo el ritual y el simbolismo se entrelazaban con la violencia política. Además, el pueblo romano demostró con contundencia que no toleraba tales afrentas.

Aunque Esteban VI pagó con su vida por sus decisiones, no fue el último pontífice en morir tras los muros del Castillo de Sant’Angelo. Décadas más tarde, otro papa caería prisionero entre esas mismas paredes: Juan X.

Juan X, elegido papa en 914, era un clérigo de Rávena con vínculos políticos con la poderosa casa romana de los Tusculani. Su elección fue impulsada por el apoyo decisivo de Alberico I de Spoleto y, posiblemente, por la influencia de Teodora de Constanza, esposa de Teofilato I y figura central del poder romano en ese periodo. Aunque algunos cronistas posteriores —como Liutprando de Cremona— insinúan una relación personal o incluso amorosa entre Teodora y Juan X, no existen pruebas históricas fiables de tal vínculo. Tampoco hay evidencia de parentesco sanguíneo entre Juan X y los miembros de la familia Tusculana. Lo que sí está claro es que su nombramiento se produjo en un contexto dominado por alianzas políticas e intrigas cortesanas, en el que Teodora jugaba un papel de primer orden.

Durante su pontificado, Juan X impulsó reformas administrativas para sanear la gestión de los patrimonios eclesiásticos y trató de reforzar el poder papal mediante alianzas militares contra los sarracenos. Estas medidas chocaron con el poder de las familias aristocráticas tradicionales. Su dependencia de aliados como Alberico de Spoleto reforzó la facción pro‑Tusculani, pero debilitó su independencia ante otras casas nobles.

Algunas crónicas y libelos de la época, especialmente los de Liutprando, afirmaron que Teodora había favorecido a Juan X por motivos íntimos; la historiografía moderna considera estas acusaciones como parte de campañas de descrédito político. En cualquier caso, tras la muerte de Teodora, la enemistad con su hija Marozia se intensificó.

En 928, Marozia —hija de Teofilato I y figura clave de la llamada «Pornocracia»— lideró la coalición opositora contra Juan X, a pesar de pertenecer a la misma red de poder que lo había favorecido en sus inicios. Su oposición respondió a rivalidades personales, a conflictos de poder tras la muerte de Alberico I y al progresivo enfrentamiento entre el papa y los intereses políticos de Marozia. Tras un golpe de Estado cuidadosamente orquestado, fuerzas leales a Marozia tomaron el control de Roma. El papa fue depuesto y recluido en el Castillo de Sant’Angelo (o quizá en una fortaleza cercana).

Las fuentes medievales, como Liutprando de Cremona y el Liber Pontificalis, relatan que JuJuan X fue sometido a privaciones extremas: aislamiento, raciones mínimas y malos tratos. Algunas versiones apuntan a que murió de inanición tras semanas de cautiverio; otras mencionan estrangulamiento con un cordón religioso por orden de sus captores. Sea cual fuere el método, su fin ilustra la extrema vulnerabilidad del papado en una Roma fragmentada por luchas dinásticas.

Entre la muerte de Juan X y la de Juan XII transcurrieron poco más de tres décadas, pero las intrigas, las luchas por el control del trono de San Pedro y los escándalos no hicieron sino agravarse. Si el primero cayó víctima de las conspiraciones de Marozia, el segundo fue el producto más acabado del sistema que ella había consolidado. Juan XII, nieto de Marozia, heredó no solo el nombre de su antecesor, sino también un papado convertido en instrumento de intereses familiares.

 

Juan XII, nacido como Octaviano, accedió al papado en 955 con apenas 18 años, convirtiéndose en uno de los papas más jóvenes y más polémicos de la historia. Hijo del poderoso príncipe Alberico II de Spoleto —quien gobernaba Roma como dictador de facto—, Octaviano fue nombrado papa por voluntad directa de su padre, en un intento por consolidar una dinastía papal hereditaria. A su ascenso, adoptó el nombre de Juan XII.

Su pontificado fue escandaloso incluso para los estándares del siglo X. Las fuentes de la época, especialmente Liutprando de Cremona, lo describen como un joven disoluto, entregado al juego, la bebida y la lujuria. En aquella época, la residencia papal y sede administrativa de la Iglesia no era el Vaticano, sino el Palacio de Letrán, que ejercía como sede apostólica. En el palacio de Letrán habría convertido la sede en un escenario de excesos, lo que alimentó las críticas incluso dentro de la Curia.

En el terreno político, Juan XII buscó apoyo en el rey germano Otón I, a quien coronó como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el año 962. Sin embargo, el frágil equilibrio entre ambos se rompió cuando el papa comenzó a conspirar contra Otón en favor de sus enemigos italianos. El emperador, al enterarse, regresó a Roma y convocó un sínodo que depuso a Juan XII por múltiples cargos: sacrilegio, simonía, perjurio y conducta sexual inapropiada. Fue sustituido por León VIII, aunque logró recuperar brevemente el trono papal tras una revuelta popular.

Poco después, en mayo de 964, Juan XII murió en circunstancias sospechosas. Algunas fuentes afirman que fue asesinado por el marido de una mujer con la que mantenía relaciones adúlteras; otras mencionan una caída súbita y sin testigos que podría haber sido causada por un infarto o un golpe intencionado. La versión más difundida sostiene que fue sorprendido en la cama de una amante y muerto a golpes por su esposo. La ausencia de una investigación formal, unida al escándalo ya asociado a su figura, alimentó los rumores que circularon rápidamente por Roma.

En todo caso, su muerte ocurrió en el contexto de una Roma políticamente inestable y moralmente desacreditada, en la que la figura del papa había quedado desdibujada por las pasiones personales y las luchas de poder. Así, la leyenda negra de Juan XII —el pontífice adolescente que hizo del Palacio de Letrán un escenario de excesos— terminó por sellar una era en la que el papado se debatía entre lo espiritual y lo puramente humano.

Entre la misteriosa muerte de Juan XII y el asesinato en prisión de Benedicto VI transcurre una década marcada por la inestabilidad, las tensiones entre Roma y el poder imperial, y el continuo pulso entre los intereses locales y las ambiciones extranjeras. Si Juan XII fue ejemplo extremo de corrupción personal y nepotismo dinástico, Benedicto VI representa al pontífice atrapado entre lealtades contrapuestas: elegido con respaldo imperial pero odiado por una aristocracia romana deseosa de recuperar su control sobre el trono de Pedro.

Benedicto VI fue elegido papa en enero de 973, tras la muerte de Juan XIII, y su elección contó con el respaldo del emperador Otón I. Procedente de una noble familia romana, Benedicto fue obispo del título de San Teodoro antes de ascender al trono pontificio. Su elección se inscribe en un momento de tensión creciente entre las facciones pro‑imperiales, leales al Sacro Imperio Romano Germánico, y las aristocracias romanas locales, deseosas de recuperar el control sobre la elección papal.

Durante su breve pontificado, Benedicto VI procuró mantener el equilibrio entre las exigencias imperiales y la autonomía de la Iglesia en Roma, aunque su autoridad fue cuestionada casi desde el inicio por los partidarios del antipapa Franco Ferrucci, más tarde conocido como Bonifacio VII. La muerte de Otón I en mayo de 973 lo dejó políticamente vulnerable, pues su principal sostén había desaparecido y su sucesor, Otón II, aún no había consolidado su posición.

Aprovechando esta debilidad, los enemigos de Benedicto —liderados por Crescentius, un influyente noble romano— tomaron el control de la ciudad. Benedicto fue apresado y encerrado en el Castillo de Sant’Angelo, símbolo recurrente del cautiverio papal en tiempos convulsos. En junio de 974, apenas un año y medio después de su elección, fue estrangulado en su celda, según algunas crónicas, por instigación de Bonifacio VII, quien se autoproclamó papa inmediatamente después de su muerte. La autoría de la orden nunca fue establecida con certeza, pero el contexto político y los beneficios inmediatos apuntan claramente hacia su responsabilidad.

De poco le sirvió, pues sólo logró ocupar la sede papal en Roma durante seis semanas, hasta que el enviado imperial Sicco de Spoleto lo expulsó de la ciudad. Bonifacio VII huyó a Constantinopla llevándose consigo parte del tesoro de la Iglesia, fue declarado antipapa y excomulgado. Su breve irrupción en la historia papal, sin embargo, dejó una profunda marca de sangre.

La violenta eliminación de Benedicto VI evidenció hasta qué punto el trono de San Pedro se había convertido en un botín de guerra entre facciones enfrentadas. La autoridad espiritual del papa era ya una fachada, subordinada al juego de armas, intrigas y ambiciones de las grandes casas nobiliarias romanas. El ascenso fugaz del antipapa Bonifacio VII —artífice de la muerte de Benedicto— y su posterior exilio mostraron la fragilidad de cualquier pontificado que no contara con respaldo militar suficiente. Roma, sumida en esta pugna entre la influencia germánica y los intereses locales, se preparaba para una nueva tragedia papal: la de Juan XIV.

Juan XIV, cuyo nombre de nacimiento era , fue papa entre diciembre de 983 y agosto de 984. Originario de Pavía, era un hombre culto, formado en derecho y teología, y había sido canciller del emperador Otón II antes de ser elegido pontífice. Su nombramiento fue impulsado directamente por el propio emperador, lo que ya desde el inicio lo convirtió en una figura sospechosa ante los ojos de la facción romana contraria a la injerencia germánica.

Tras la muerte repentina de Otón II en diciembre de 983, Juan XIV quedó políticamente expuesto. En Roma, las tensiones no tardaron en eclosionar. Bonifacio VII, un antipapa que había sido expulsado años atrás y se hallaba exiliado en Constantinopla, vio la oportunidad para regresar. Con el apoyo de sectores hostiles al control imperial, logró tomar la ciudad en la primavera de 984 y hacerse con el poder.

Juan XIV fue capturado y encerrado en el Castillo de Sant’Angelo, el mismo lugar que había sido testigo del trágico destino de varios de sus predecesores. Permaneció prisionero durante unos cuatro meses, y murió en agosto de ese mismo año. Las crónicas no son del todo explícitas en cuanto a la causa exacta de su fallecimiento. Algunas hablan de envenenamiento; otras, de hambre o malos tratos. Lo cierto es que su muerte fue consecuencia directa del golpe de Bonifacio VII, quien, tras su muerte, se proclamó nuevamente papa.

La breve vida pontificia de Juan XIV y su trágico final reflejan hasta qué punto el papado era entonces una pieza más del ajedrez político de Roma, sometida a la voluntad de aristócratas locales, emperadores extranjeros y ambiciosos rivales. Su desaparición en circunstancias oscuras cerró un nuevo capítulo de violencia en una época donde la tiara no era una corona sagrada, sino un peligroso trofeo.

Tras la muerte de Juan XIV, la violencia directa contra pontífices pareció dar una tregua. Durante siglos, aunque las tensiones entre el papado y los poderes seculares no cesaron —y en ocasiones alcanzaron cotas dramáticas—, no se volvió a registrar oficialmente el asesinato o la muerte violenta de un papa en ejercicio. Habrá que esperar a comienzos del siglo XIV para que la figura del papa vuelva a verse envuelta en un episodio extremo: el de Bonifacio VIII.

Benedetto Caetani, conocido como Bonifacio VIII, accedió al trono papal en 1294 tras la insólita abdicación de Celestino V, a quien algunos acusan de haber sido presionado o incluso encarcelado por su sucesor. Bonifacio era un jurista brillante, de fuerte carácter, defensor apasionado de la autoridad papal sobre los reyes, y tuvo un pontificado marcado por su conflicto con Felipe IV de Francia.

Su política fue beligerante: proclamó la supremacía del poder espiritual sobre el temporal en la bula Unam Sanctam (1302), una de las afirmaciones más extremas de la autoridad papal en la historia. Esto desató una batalla abierta con el rey francés que culminó en el célebre episodio de Anagni.

En septiembre de 1303, el papa fue arrestado por agentes de Felipe IV y de la familia Colonna, sus enemigos en Italia, en la ciudad de Anagni. Fue vejado, golpeado y retenido durante tres días, hasta que los habitantes locales se alzaron para liberarlo. Aunque volvió a Roma, Bonifacio no se recuperó del trauma. Murió un mes después, el 11 de octubre, oficialmente por causas naturales, aunque muchos cronistas de la época insinúan que la violencia sufrida y la humillación a la que fue sometido contribuyeron directamente a su muerte.

Tras la muerte de Bonifacio VIII, el papado vivió siglos de reformas, resistencias internas y reacomodos políticos, pero sin registrar oficialmente nuevas muertes violentas de pontífices. El misterio regresaría en pleno siglo XX, en el corazón del Vaticano.

Albino Luciani, patriarca de Venecia, fue elegido papa el 26 de agosto de 1978. Escogió el nombre de Juan Pablo I en homenaje a sus dos predecesores inmediatos —Juan XXIII y Pablo VI—, marcando así un gesto de continuidad y reconciliación en una Iglesia aún sacudida por los efectos del Concilio Vaticano II. Su elección fue recibida con entusiasmo por muchos fieles: era un hombre cercano, de rostro afable y sonrisa constante, conocido como “el papa de la sonrisa”.

De orígenes humildes, Luciani había cultivado una espiritualidad sencilla, centrada en la caridad, la humildad y el contacto directo con la gente. Su breve pontificado fue visto por muchos como una promesa de renovación, tanto moral como estructural. Desde los primeros días, mostró una actitud crítica hacia ciertas prácticas opacas de la Curia romana y la gestión económica del Vaticano, lo que no pasó desapercibido en los círculos más conservadores de la Iglesia.

Al tratarse del caso más cercano en el tiempo, la información disponible es más abundante y detallada, lo que ha permitido alimentar tanto análisis rigurosos como teorías conspirativas. Su pontificado duró apenas 33 días. El 28 de septiembre de 1978, Juan Pablo I fue encontrado muerto en su cama. La versión oficial habló de un infarto agudo de miocardio, aunque se cometieron numerosos errores de comunicación desde el Vaticano que alimentaron inmediatamente rumores y sospechas. No se realizó autopsia. No se identificó con claridad la persona que lo halló muerto. La confusión reinante y la opacidad con la que se manejó la noticia dieron pie a que muchos se preguntaran si su muerte había sido natural… o inducida.

Las circunstancias que rodearon la muerte de Juan Pablo I constituyen uno de los episodios más enigmáticos del papado contemporáneo. La noche del 28 de septiembre de 1978, el papa fue hallado sin vida en su lecho, sosteniendo algunos papeles en las manos. La noticia oficial indicó que había muerto de un infarto mientras dormía. Sin embargo, desde el primer momento, las inconsistencias en la versión ofrecida alimentaron el desconcierto.

Se incurrió en errores elementales de comunicación: no se llamó a médicos externos, no se permitió la realización de una autopsia y ni siquiera quedó claro quién encontró el cuerpo. Inicialmente se dijo que fue el secretario John Magee, pero más tarde se reconoció que había sido Sor Vincenza, la religiosa encargada de sus cuidados. Estos vaivenes, sumados a la rapidez con la que se embalsamó el cadáver, aumentaron la sospecha.

Una de las líneas de investigación más citadas en torno a la muerte de Juan Pablo I apunta a la logia masónica Propaganda Due (P2), organización secreta italiana encabezada por Licio Gelli e implicada en tramas financieras y políticas. El Instituto para las Obras de Religión (El Banco Vaticano) mantenía vínculos con figuras próximas a la P2 a través de su presidente, el arzobispo Paul Marcinkus, y de banqueros como Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano. Documentos incautados por la justicia italiana en 1981 revelaron listas de afiliados a la P2 con personalidades capaces de influir en las finanzas vaticanas.

Según varias investigaciones periodísticas, Juan Pablo I había tomado conocimiento de estas conexiones y estaba decidido a actuar: planeaba destituir a Marcinkus y cortar la relación con Calvi, lo que habría supuesto un golpe directo contra aquella red de intereses. Se ha sostenido que la noche antes de su muerte el papa estaba revisando un listado de nombres y cargos relacionados con la logia y el banco. Aunque no existen pruebas concluyentes que vinculen de forma directa a la P2 con su fallecimiento, la coincidencia temporal entre sus planes de reforma y su muerte repentina, sumada a la opacidad de aquellos días, alimenta una de las teorías conspirativas más persistentes de la historia contemporánea de la Iglesia.

Otras hipótesis apuntan a tensiones doctrinales internas: Luciani representaba un perfil pastoral, alejado de estructuras de poder que caracterizaban a sectores conservadores de la Curia. Su estilo directo, su rechazo a los lujos y su interés por revisar nombramientos en la Curia, así como ciertos aspectos de la gestión financiera y pastoral de la Iglesia, le granjearon resistencias desde el primer momento.

Aunque ninguna de estas teorías ha sido probada, la falta de transparencia y el manejo torpe del Vaticano bastaron para consolidar la idea de que algo no había sido del todo limpio. El misterio de su muerte, unido a la brevedad de su pontificado y a la imagen entrañable que dejó en muchos fieles, lo han convertido en una figura casi mítica.

 

Y así hemos llegado a nuestros días, realizando este breve repaso por la historia de los papas presuntamente muertos en extrañas circunstancias.

Hay alguno más del que se dice y se cuenta que también fue invitado a conocer personalmente a San Pedro antes de tiempo, pero sin la más mínima base histórica, por lo que no han sido incluidos en esta lista.

 

Y también, como mencionaba al principio, están los antipapas, entre los cuales hubo alguno cuya vida también acabó de forma luctuosa.

Pero como esto no pretendía ser un episodio de El factor Enigma, sino una pincelada a un tema interesante, que quizá pueda despertar la curiosidad de quien lo escuche y animarle a investigar… lo voy a dejar aquí de momento.

 

Como siempre, me despido de ti hasta que volvamos a coincidir por este rincón.  Puedes buscar El Factor Enigma y comentar lo que te apetezca en las redes sociales más habituales: Instagram, Facebook, X, Telegram, o por supuesto en la comunidad y comentarios de Ivoox. Suscríbete a este podcast para estar al día cuando publique nuevos episodios y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas.

Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.