El Factor Enigma nació en 2019 gracias a una serie de circunstancias que concurrieron en un mismo momento. ¿Casualidad? Es posible, aunque quizá las casualidades no existan…

Pero, antes de continuar, debería presentarme: soy Txelu Muñoz y siempre fui un poco «raro». No me gustaba el fútbol ni esas cosas; tenía otro tipo de inquietudes y aficiones.

Cuando llegué al instituto, viví uno de los grandes puntos de inflexión en mi vida: entré a formar parte de un grupo de teatro del que saqué en claro, sobre todo, dos cosas: grandes amigos con los que compartir y dar rienda suelta a la creatividad, y la decisión de enfocar mi inquietud por la tecnología hacia el mundo audiovisual.

En aquellos años 90 bebíamos de fuentes como el cine B y el cine Z. Nos encantaba el gore y el terror. Consumíamos productos como Crónicas Marcianas, Esta noche cruzamos el Mississippi o Expediente X, la serie que sembró en mí la semilla del gusto por el misterio. Nos pasábamos el día haciendo cosas: una obra de teatro, la grabación de un videoclip, el cortometraje que se le ocurría a alguno, un vídeo-regalo de cumpleaños o un simple programa de radio que improvisábamos una tarde para grabarlo en una cinta de casete. Los medios en aquel entonces eran muy precarios porque todo era analógico y costaba una pasta, así que nos apañábamos con lo mínimo.

Yo en esa época, aunque no era tonto, no era muy disciplinado con los estudios. Tras la frustración de no entrar a una FP de Imagen y Sonido —que era lo que de verdad me llamaba— por arrastrar un suspenso en el Latín de 2º de BUP, el verano que cumplí los 18 años comencé a trabajar en hostelería. Después de ese verano, con dinero en el bolsillo, decidí apuntarme a una academia-productora que había en un callejón de Deusto. La formación no era oficial, pero quién sabe, igual me servía y me abría alguna puerta.

Mis conocimientos acumulados sirvieron para que, mediante un examen improvisado, me saltase el primer curso (Vídeo General). Llevaba tiempo aprendiendo por mi cuenta y absorbiendo los conocimientos de amigos que estudiaban audiovisuales, así que las bases las tenía. Saqué un 7 en el examen y, tiempo después, me enteré de que esa prueba era la misma que habían hecho los alumnos a fin de curso, y que la nota más alta había sido un 6. Así que tan malo no era.

Hice el año de Realización de TV y Vídeo. Empezó muy bien, pero un cambio de profesor a mitad de curso hizo que la calidad y mis expectativas bajaran. El tercer año del bloque era el de Postproducción y, aunque arrancó genial con el estupendo profesor del año anterior, este volvió a cogerse la baja y fue sustituido por la misma persona. En cuanto vi hacia dónde se encaminaba la cosa, decidí dejar de invertir el dinero que tanto me costaba ganar en una formación de la que no sacaba provecho. Y aquí fue donde terminó mi formación académica en audiovisuales.

Seguí con mi trabajo en la hostelería, que no me disgustaba, y era lo que daba dinero fijo a fin de mes , y con el teatro. Bueno, lo del teatro se fue deslavazando un poco porque al final cada uno fue siguiendo su camino, y yo mismo acabé mudándome a Vitoria, donde resido ahora.

Nunca perdí el camino audiovisual; seguí de manera autodidacta mientras la tecnología daba un salto brutal y se democratizaba. Aunque siempre hay un «pero». Siempre digo lo mismo: antes éramos varias personas, sin medios, pero con mil proyectos; ahora que la tecnología nos permite hacer lo que nos dé la gana, estamos cada uno en una punta, con diferentes circunstancias, y los proyectos se vuelven inviables.

Así que opté por lo que podía hacer yo mismo, sin depender de nadie. Sobre todo por el tiempo, porque ya se sabe que el horario de hostelería suele ir a la contra del resto del mundo. Creé un pequeño podcast llamado Luces en el cielo, en el que me quitaba el mono de la producción audiovisual, volcaba mi creatividad y daba rienda suelta a mi gusto (ya pasión) por el misterio. Sin embargo, el trabajo y los escasos resultados hicieron que finalmente ese proyecto quedase aparcado.

Y un tiempo después, llegó otro punto de inflexión en mi vida: un catarro mal curado me llevó en 2019 a acabar ingresado en la UCI, sedado y con ventilación mecánica. Estando en esas circunstancias, tuve que ser operado de urgencia por una perforación intestinal muy seria que terminó con la extirpación de dos tercios del colon y una bolsa de ileostomía pegada a la tripa. Además, la cosa se complicó porque la herida no cerró bien y acabé con una eventración hermosa.

Estaba de baja, dando margen a la recuperación para que me reintervinieran, me retiraran la ostomía y arreglaran la eventración, cuando una noche, un podcast que se cruzó en mi camino me mantuvo desvelado. Era La Posada del Cuervo. Un entonces desconocido Adrián Fernández me mantuvo con los ojos como platos. Me gustó tanto que le escribí. La cosa fue fluyendo y, aprovechando que estábamos los dos en Vitoria, acabamos quedando para tomar un café y hablar de misterios. ¡La vida me puso en el camino a dos nuevos amigos, a él y a Endika!

Fue Adrián quien, cuando le hablé de mi antiguo podcast, me animó a retomarlo… Y así, aprovechando que estaba de baja y tenía todo el tiempo del mundo, se gestó y nació El Factor Enigma.

Después vinieron muchas cosas buenas: aquella llamada de Juan Ignacio Solera, CEO de iVoox, para ofrecerme ser Original; el empujón en visibilidad y el aumento de audiencia; el conocer a gente maravillosa como Isa y Álex, de La Última Sala, y el acercarme a personas también excepcionales que pertenecen al mundillo y que antes ni siquiera me habría planteado conocer.

Posteriormente llegó mi vuelta al trabajo, con la consiguiente reducción de horas dedicables al proyecto. Además, tras el fallecimiento de mi padre y el hacerme cargo del cuidado de mi madre, arrancar tiempo para el podcast era muy difícil. Por si fuera poco, había por ahí otro problema de salud, aunque yo no lo sabía aún: mis apneas del sueño, que hacían que ponerme delante del ordenador sin quedarme dormido fuera una misión imposible.

Así que llegó un momento en el que tuve que hacer una parada en seco. Yo tenía muy claro que no hacía El Factor Enigma para vivir de él —en ese sentido tengo los pies sobre la tierra—, lo hacía porque disfrutaba, porque me llenaba. Y, además, me encantaba la respuesta que recibía a cambio por parte de los oyentes. Pero había llegado a un punto en el que sacar un episodio no era un placer, sino un sufrimiento. Así que le di al pause.

Cuando lo retomé, y en esas estoy ahora, fue con la premisa de que no iba a agobiarme. Si salían dos episodios al año, pues eso había; si salían ocho, perfecto. Pero iba a crear disfrutando: del misterio, de la producción y de vosotros, los oyentes. Para así poder desearos, de corazón, que disfrutéis de cada episodio tanto como yo lo he hecho documentando, escribiendo, grabando y recibiendo vuestro feedback.

Y esta es mi historia, y la de cómo encaro, a día de hoy, el presente y futuro de El Factor Enigma.