Fecha de publicación: 14/Agosto/2025
Duración: 01:20:53
En 1989, los cielos de Bélgica fueron escenario del comienzo de una oleada sin precedentes de avistamientos OVNI. Cientos de testigos, entre ellos gendarmes y militares, describieron grandes estructuras triangulares y silenciosas, surcando la noche con potentes luces. La SOBEPS (Société belge d’étude des phénomènes spatiaux), documentó meticulosamente cada caso. Este episodio nos adentra en uno de los misterios ufológicos mejor registrados de la historia reciente.
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¡Hola, qué tal! ¡Me alegra que hayas venido nuevamente a visitarme! Como siempre te doy la bienvenida a este pequeño rincón, donde entre libros, documentos, legajos, y cajones llenos de pruebas y objetos asombrosos, repaso junto a ti los más misteriosos sucesos.
Perdona el desorden de papeles, pero es que cuando me pongo con un tema que me emociona, no me importa revolver en 50 carpetas si hace falta. Y el tema que traigo entre manos es de lo más emocionante.
Sí, lo siento, otra vez ovnis, pero es que es un asunto al que no me puedo resistir … ¿Qué le vamos a hacer? Este irremediable curioso es así, y ya no tengo ni edad ni ganas de corregirme. Y mira que en un principio venía con otra idea, pero ha sido posar la vista sobre el lomo de un par de gruesos libro, y desatarse mi vena ufológica. De todas formas, estoy seguro de que vas a disfrutar del tema tanto o más que yo.
Me pillas desempolvando la información que tenía por ahí sobre un caso realmente interesante y controvertido. Y digo controvertido porque, aunque en su momento surgieron voces dándolo por resuelto de una manera rotunda, tampoco han dejado de salir a la palestra otros personajes que dicen que, de eso nada, y que aquel suceso no quedó en absoluto aclarado.
¿Que la explicación está un poco sujeta con alfileres? Lo cierto es que sí, no lo vamos a negar. Pues lo que teóricamente vieron y narraron una multitud de testigos, incluyendo cuerpos de seguridad y militares, no se ajusta en muchas de sus características a las de los supuestos «culpables».
La cuestión es que coincidiendo con el final de los 80 y el comienzo de los 90, durante varios meses, en los cielos de Bélgica aparecieron objetos voladores no identificados.
Se trató de una serie de avistamientos que la gran mayoría de los cientos de testigos no describían como luces lejanas y poco definidas en el cielo, sino como grandes, cercanos y silenciosos artefactos triangulares equipados con potentes focos.
Si te apetece, toma asiento. Te invito a una taza de té caliente y recién hecho mientras te cuento como transcurrió la que fue conocida como «la oleada ovni belga».
El grupo de sucesos conocido como la oleada OVNI belga tuvo lugar en un momento geopolítico particularmente sensible: los últimos meses de la Guerra Fría. Ya hemos hablado en alguna ocasión sobre esta época, por lo que recordarás que se trata de una época confrontación sin enfrentamiento directo, marcada por la amenaza nuclear, en la que existió una constante tensión militar, política e ideológica, donde el espionaje y la carrera armamentística jugaron un papel importantísimo. Se trataba, por poner un símil, de una pelea entre dos gatos en la que ninguno de los dos hace un movimiento brusco para no desencadenar el desastre absoluto. En 1989, el mundo fue testigo de importantes eventos como la caída del Muro de Berlín y el inicio del colapso del bloque soviético.
Este clima de cambio e incertidumbre generaba inquietud tanto en los ciudadanos como en las fuerzas de seguridad, y al mismo tiempo propiciaba una mayor vigilancia aérea por parte de los ejércitos occidentales. Bélgica, situada estratégicamente entre Alemania, Francia y los Países Bajos, era un punto clave en el entramado de defensa de la OTAN.
A nivel cultural, los años 80 fueron también una época de creciente fascinación por los fenómenos aéreos no identificados. Producciones como Encuentros en la tercera fase (1977), Communion (1989), y muchas otras obras literarias y cinematográficas alimentaban el imaginario popular. Sin embargo, en Bélgica predominaba una actitud más escéptica o incluso despectiva ante estos temas, lo cual hace que destaque más la cantidad y seriedad de los testimonios recogidos.
Este cruce de factores —alerta militar, expectación social y contexto cultural— creaba el terreno ideal para que un fenómeno de estas características no solo se produjera, sino que se documentara minuciosamente.
Y fue precisamente en este contexto donde entró en juego un actor clave: la SOBEPS, o Sociedad Belga para el Estudio de los Fenómenos Espaciales.
Esta asociación fue fundada en 1971 por un grupo de entusiastas e investigadores interesados en el estudio serio y riguroso de los fenómenos aeroespaciales no identificados. Desde sus comienzos, la SOBEPS se caracterizó por una aproximación meticulosa y analítica, alejada del sensacionalismo. A lo largo de los años 70 y 80, mantuvo una presencia constante en el panorama ufológico europeo, publicando boletines, realizando investigaciones, y promoviendo debates entre científicos, técnicos y testigos.
Durante años, el grupo recopiló casos aislados ocurridos en territorio belga, aunque nunca de la magnitud que alcanzaría la oleada de finales de 1989. De hecho, uno de sus mayores retos era hacerse oír en un entorno donde el fenómeno OVNI era a menudo ridiculizado o ignorado por los medios generalistas. Sin embargo, su perseverancia permitió que, cuando estalló la oleada, la SOBEPS ya contara con una red activa de colaboradores, protocolos de investigación establecidos y una cierta reputación entre las autoridades.
Gracias a su esfuerzo metódico y a la colaboración de múltiples testigos —muchos de ellos miembros de cuerpos oficiales—, la SOBEPS logró reunir una base de datos sin precedentes en Europa. Mapas, entrevistas, dibujos, registros horarios y comparaciones entre testimonios fueron parte de una documentación extensa que convirtió a la oleada belga en uno de los casos mejor estudiados de la historia contemporánea del fenómeno OVNI.
Durante el momento álgido de la oleada, la SOBEPS se movilizó con rapidez. Habilitó líneas telefónicas para recibir testimonios, envió equipos de voluntarios a entrevistar a los testigos en el menor tiempo posible y trabajó en colaboración con ciertos sectores de la gendarmería para contrastar los informes. Uno de sus logros más destacables fue haber conseguido la publicación de los dos voluminosos libros que hoy han llamado mi atención, donde se recogen y analizan cientos de casos con todo lujo de detalles: desde los croquis de los objetos hasta los movimientos registrados por radar y los testimonios de pilotos militares.
Gracias a esta labor, la SOBEPS logró que los sucesos de la oleada no se diluyeran en el olvido ni quedaran relegados a la anécdota. Su enfoque disciplinado y su voluntad de mantener el rigor en la presentación de los hechos permitieron que incluso algunos escépticos reconocieran el gran valor documental de su trabajo.
Y si centro la atención en el trabajo de la SOBEPS, se debe a que, aunque por supuesto que investigadores individuales trabajaron sobre el caso, prácticamente todos ellos eran miembros o estrechos colaboradores de la asociación.
Si nos dejamos llevar por lo oficial, debemos decir que la oleada comenzó el 29 de noviembre de 1989, pues en esa jornada se registró un numero de avistamientos cercano a los 150. Pero lo cierto es que ya desde un par de meses antes se venían dando casos, que bien podrían enclavarse dentro de ella.
Por ejemplo, el 28 de septiembre, un técnico relacionado con el mundo audiovisual fue testigo, en Braine-le-Comte, de algo que escapaba a cualquier explicación: un objeto con forma de cono truncado, que permanecía suspendido en el aire, en silencio, a la vez que iluminaba la noche proyectando intensos haces de luz horizontal.
Sólo un día después, el 29 de septiembre, un médico conducía de regreso a casa cuando algo captó su atención sobre la colina de Cointe, en Liège. Tras detener el vehículo, pudo observar un objeto de contornos planos y anchos, desplazándose sin sonido. Llevaba proyectores de luz dirigidos hacia el suelo en ángulo oblicuo, una luz delantera blanca fija y una roja en la parte trasera que giraba como una baliza. El doctor creyó incluso distinguir una especie de compuerta o cavidad en el fuselaje. La visión no duró más que unos segundos, pero dejó una impresión tan intensa como inquietante en el testigo.
Igual de inquietante e inolvidable fue la escena que vivió un funcionario municipal de la localidad de Raeren. El 3 de noviembre, mientras conducía por una zona poco transitada, divisó un objeto volador que se desplazaba por encima de los árboles. La estructura no era claramente visible, pero los potentes focos que llevaba iluminaban el entorno como si estuviese buscando algo. Su vuelo era lento, sostenido, y, al igual que en otros casos, sin emitir sonido.
Unos días más tarde, el 14 de noviembre, en las afueras de Eupen, un oficial de reserva de la Fuerza Aérea que trabajaba entonces en la Protección Civil avistó una estructura oscura en el cielo crepuscular. El objeto, equipado con luces intensas en sus vértices, se desplazaba lentamente hasta detenerse en el aire, flotando sobre los árboles. El silencio era absoluto, y la inmovilidad del artefacto desafió todo el conocimiento aeronáutico del testigo, habituado a distinguir aviones militares. Sintió un escalofrío al darse cuenta de que lo que tenía ante sus ojos no se parecía a nada que hubiese conocido antes.
Quizá estos casos fueron el germen de lo que vendría después. Al poco tiempo, el fenómeno explotaría, dando lugar a una sucesión de acontecimientos sin precedentes.
La noche del 29 de noviembre de 1989 está grabada con letras mayúsculas en la historia de la ufología. Fue la jornada en la que oficialmente se desató la oleada OVNI belga, y lo hizo con una intensidad abrumadora. En menos de 24 horas, se registraron alrededor de 150 notificaciones de fenómenos aéreos anómalos en el este del país, principalmente en la región de Eupen y sus alrededores.
Evidentemente, repasar los 150 avistamientos del primer día de la oleada sería muy largo. Por eso, creo que será suficiente si recogemos por orden cronológico alguno de los testimonios más interesantes de la jornada. Esto no solo nos permitirá entender mejor el desarrollo de los sucesos, sino que también ayuda a notar la coherencia y repetición de patrones a lo largo de los distintos testimonios.
Entre las 17:00 y las 17:30 horas, en paralelo a los primeros informes civiles, un gendarme de servicio en el puesto fronterizo de Lichtenbusch fue testigo de un fenómeno desconcertante. Desde su cabina observó cómo un objeto triangular con luces intensas avanzaba en dirección noroeste, volando a muy baja altitud y sin hacer ruido alguno. Según describió, el objeto parecía seguir la autopista E40, como si se desplazara orientándose con la infraestructura terrestre. Lo que más le impactó fue la estabilidad del artefacto y la forma en que sus luces cortaban la niebla ligera de la noche. Este testimonio se consideró especialmente valioso por su proximidad temporal y espacial al relato que tendría lugar poco después.
Poco antes de las 17:20, dos gendarmes, identificados en la documentación oficial del SOBEPS por sus iniciales como V.M. y N., que patrullaban en la carretera N68, cerca de la frontera alemana, divisaron lo que describieron como una enorme estructura triangular. En cada uno de sus vértices brillaba una luz blanca, mientras que en el centro titilaba una roja. Lo más perturbador fue que la nave avanzaba con una lentitud imposible para un avión convencional, y en completo silencio.
Los gendarmes vigilaron el objeto durante varios minutos, lo observaron detenerse, cambiar de dirección y continuar su desplazamiento hacia La Calamine. Durante el transcurso de la observación, ambos agentes se comunicaron por radio con la central de la gendarmería en Eupen para informar del fenómeno y solicitar verificaciones. Desde allí se contactó con el campamento militar de Elsenborn y con el aeropuerto militar de Bierset (Biégse), pero en ambos casos se confirmó que no había ningún tipo de maniobra aérea, ni presencia de aeronaves de tipo especial, como los AWACS, ni ejercicios previstos en esa franja horaria. Estas negativas oficiales fueron registradas alrededor de las 17:24, precisamente cuando el objeto, tras haberse mantenido en posición estática, giró sobre sí mismo y emprendió la marcha en sentido contrario, como si hubiese reaccionado a la presencia de los gendarmes.
Este avistamiento por parte de agentes de seguridad fue crucial: por su entrenamiento y credibilidad institucional, aportaron al caso una solidez que permitió que otros testigos se animaran a compartir sus experiencias.
Pasadas las 18:30, en las inmediaciones del embalse de La Gileppe, un vigilante que prestaba servicio en una estación de bombeo también fue testigo del fenómeno. Desde el edificio observó cómo una estructura triangular se aproximaba en completo silencio, avanzando lentamente hasta situarse justo sobre su posición. El objeto tenía las mismas características que los descritos previamente: luces blancas en las esquinas y una luz roja pulsante en el centro.
Lo que diferenció este avistamiento fue la cercanía y la duración. El objeto se mantuvo estático durante varios minutos, lo que permitió al testigo distinguir lo que parecía ser un contorno sólido, oscuro, con proporciones regulares. Desde su posición, el vigilante aseguró que las luces no eran faros independientes, sino que formaban parte de una única estructura. El aparato se desplazó luego sin variar altitud ni velocidad, perdiéndose hacia los árboles del perímetro.
Este testimonio fue considerado relevante por su continuidad con los anteriores, así como por el grado de detalle ofrecido, ya que el testigo no solo fue capaz de describir la forma y el movimiento, sino también la sensación de que el artefacto tenía presencia física, que se trataba de una estructura tangible suspendida sobre él: con volumen, masa y una densidad perceptible que impedía confundirlo con luces o reflejos.
Cerca de las 19:00 horas, en pleno centro de Eupen, varios vecinos describieron el paso de un objeto triangular de grandes dimensiones que sobrevolaba la ciudad a baja altitud. Entre ellos se encontraba un funcionario municipal que, tras ser alertado por un familiar, salió a la calle y pudo contemplar el desplazamiento del objeto durante más de un minuto.
Según su testimonio, el objeto parecía avanzar con lentitud, siguiendo la línea de las calles como si estuviera inspeccionando el trazado urbano. En un momento dado, realizó un giro suave hacia el oeste y desapareció tras los tejados. Como en los casos anteriores, el silencio era total, y las luces coincidían plenamente con las descritas por los gendarmes y el vigilante del embalse.
Este testimonio resultó significativo porque ofrecía una confirmación civil, desde el interior de la ciudad, y contribuía a reforzar la idea de que el objeto triangular parecía estar realizando un recorrido planificado, con una trayectoria precisa.
Alrededor de las 19:15 horas, en la localidad de Gembloux, situada al oeste de Namur, dos testigos observaron simultáneamente dos objetos triangulares desplazándose en paralelo por el cielo. Ambos objetos compartían las mismas características descritas en otros lugares esa noche: luces blancas intensas en los vértices y una luz roja centelleante en el centro. Se movían en silencio y a baja altitud, como si formaran parte de una maniobra coordinada.
La importancia de este avistamiento radicaba en que ofrecía una evidencia directa de que no se trataba necesariamente de un solo objeto trasladándose de un punto a otro, sino de al menos dos estructuras similares actuando al mismo tiempo. Más aún, este caso coincidía en hora con otros testimonios recogidos en zonas distantes, lo que sugiere que Bélgica pudo haber estado sobrevolada no por un único objeto extraordinario, sino por varios, actuando de forma aparentemente sincronizada.
Hacia las 19:30 horas, varios testigos civiles presentes en las inmediaciones del lago de La Gileppe afirmaron haber observado un fenómeno extraordinario. Desde su posición observaron cómo el objeto triangular, con las ya conocidas luces blancas en los vértices y una roja centelleante en el centro, permanecía suspendido en el cielo, completamente inmóvil, justo sobre la masa de agua.
De forma inesperada, el artefacto emitió dos haces de luz azul pálido en direcciones opuestas. Estas luces se encendían y apagaban rítmicamente, como si estuvieran explorando el entorno. Durante todo el tiempo, el objeto mantuvo su posición estática, reforzando la impresión de que se trataba de una maniobra controlada y deliberada. Aquello no parecía una simple observación casual: la escena transmitía la inquietante sensación de que el artefacto estaba allí por un motivo.
Alrededor de las 20:00 horas, varios testigos situados en las afueras de Verviers, a unos 15 kilómetros al suroeste de Eupen, relataron haber observado una formación de luces desplazándose lentamente sobre los campos. El fenómeno fue descrito como un objeto triangular de gran tamaño, con luces blancas muy potentes en sus vértices y una luz roja intermitente en el centro, en absoluta consonancia con las observaciones previas.
Lo más destacable en este momento fue la aparición de un halo luminoso difuso alrededor del objeto, visible mientras cruzaba lentamente el cielo. Uno de los testigos, un agricultor de la zona aseguró que el objeto se detuvo durante unos instantes justo encima de su propiedad, antes de reiniciar su marcha hacia el oeste. Durante la detención, el testigo afirmó que los focos parecían explorar el suelo, como si estuvieran buscando algo.
Estas observaciones coincidían plenamente con la descripción estructural del objeto reportado anteriormente. La regularidad en el comportamiento —movimiento lento, detenciones puntuales, exploración del entorno— fortalecía la idea de que todos estos avistamientos estaban conectados por una misma trayectoria o patrón de vuelo.
Alrededor de las 20:30 horas, un conductor que circulaba por la autopista E42, en dirección a Battice, observó un objeto triangular suspendido sobre la vía. El objeto estaba muy bajo, lo suficiente como para que el testigo afirmara que se sentía «observado desde arriba». Iba acompañado por un amigo, quien confirmó lo insólito de la escena.
Según relataron, el objeto se mantuvo inmóvil durante al menos un minuto, con sus luces blancas bien visibles en cada extremo. Ambos recordaron que, pese a la cercanía, no escucharon ningún ruido, ni siquiera el leve zumbido de un motor eléctrico. Tras aquel instante, el objeto desapareció sin brusquedad, como si se deslizara hacia el cielo nocturno sin dejar rastro.
Este testimonio es relevante porque muestra que el fenómeno no se limitaba a núcleos urbanos o zonas rurales, sino que también se manifestaba sobre infraestructuras principales, como si recorriera corredores estratégicos.
Aunque en este repaso hemos recogido solo una parte de los testimonios registrados aquella noche, la jornada del 29 de noviembre dejó más de 150 informes. Muchos de ellos, aunque no incluidos aquí por razones de tiempo, comparten los mismos patrones de observación: objetos triangulares, luces blancas en los vértices, una luz roja centelleante en el centro, movimiento lento y ausencia de sonido.
Curiosamente, la mayoría de estos testimonios hacen referencia a una visión de la base del objeto: el triángulo luminoso visto desde abajo, sin aportar demasiadas referencias sobre su altura o grosor. Sin embargo, hubo testigos que lograron observarlo desde otros ángulos y aportaron datos diferentes. Algunos de ellos describieron haber visto una especie de contorno lateral, e incluso bordes ligeramente curvados o perfilados con luces más tenues. En ciertos casos, se mencionaron detalles que podrían interpretarse como «ventanas iluminadas», distribuidas en hilera a lo largo de uno de los laterales. Estos elementos, más escasos pero documentados, invitan a pensar que el objeto no era simplemente una estructura plana, sino una entidad tridimensional compleja. De hecho, algunos testigos que observaron el objeto desde un ángulo más lateral llegaron a estimar que su tamaño era comparable al de un campo de fútbol, con una longitud de entre 30 y 40 metros. En ciertos casos, se aseguró incluso que era más grande que un avión militar C-130. Aunque estas cifras son aproximadas y subjetivas, coinciden en señalar que se trataba de un objeto de proporciones colosales. Y en al menos una ocasión documentada esa misma noche, un gendarme relató un hecho especialmente desconcertante: durante un avistamiento en las cercanías de Hauset, observó cómo la luz roja situada en el centro del triángulo se separaba del resto de la estructura y descendía lentamente, para luego desplazarse por sí sola en otra dirección. Este detalle, aunque excepcional, abre la posibilidad de que los objetos no fueran estructuras rígidas y estáticas, sino sistemas más complejos, quizás modulares, capaces de reorganizar sus partes.
Antes de dejar atrás este primer día oficial de la oleada, quisiera comentar un avistamiento que tuvo algo de particular con respecto a los demás: En las inmediaciones de Eupen, un gendarme identificado como C. fue protagonista de una doble observación particularmente llamativa. Primero presenció un objeto triangular que se mantenía suspendido sobre la zona y luego se elevó rápidamente hacia el cielo. Pero lo más sorprendente llegó poco después, cuando apareció un segundo objeto completamente distinto.
Esta nueva aparición no correspondía a un triángulo, sino a un gran rectángulo horizontal que parecía iluminado desde el interior, como si fuera una estructura transparente o una gran sala iluminada flotando en el cielo. Su luminosidad se asemejaba a la de la luna llena. El objeto, de unos 8 a 10 metros de largo por 2 a 3 metros de alto, avanzaba lentamente a baja altitud, completamente en silencio, a una velocidad estimada de unos 50 km/h.
Gracias a la perspectiva desde la que lo observó, el gendarme pudo contemplar su perfil lateral con gran claridad, lo que permitió una descripción más rica en matices que la mayoría de los testimonios de ese día. La observación dejó en él una impresión profunda, tanto por lo insólito de la forma como por la nitidez con la que pudo percibirla.
Este testimonio cierra de forma elocuente la jornada del 29 de noviembre, aportando no solo una variante morfológica relevante, sino también un recordatorio de que lo ocurrido aquella noche en los cielos de Bélgica no se limitó a un único patrón. Las formas, comportamientos y rutas observadas sugieren un fenómeno más complejo de lo que cualquier relato aislado podría reflejar.
Pero el 29 de noviembre de 1989 fue solo el inicio. Lo que podría parecer que sería un fenómeno puntual —extraño, sí, pero pasajero— se convirtió en el pistoletazo de salida para una de las oleadas de avistamientos más extensas y documentadas del siglo XX. En las semanas siguientes, los cielos de Bélgica no descansaron. Desde aldeas rurales hasta áreas densamente pobladas, los testimonios se multiplicaron. Los teléfonos de la SOBEPS no dejaban de sonar, los cuadernos de los gendarmes se llenaban de anotaciones poco habituales, y una inquietud nueva se instaló entre la población. Algo estaba ocurriendo… y no parecía querer marcharse.
Se calcula que solo en el mes de diciembre, se recogieron más de 200 avistamientos. Los informes, en su mayoría, repetían con asombrosa consistencia las características ya descritas el 29 de noviembre: objetos triangulares de gran tamaño, desplazamientos silenciosos, luces blancas fijas en los vértices, una roja centelleante en el centro, y movimientos pausados o estacionarios que desafiaban cualquier lógica aeronáutica convencional. Estas coincidencias, detectadas en testimonios geográficamente dispersos y a distintas horas del día, reforzaban la impresión de un fenómeno sistemático, organizado y ajeno al azar.
Uno de los momentos más significativos se produjo el 11 de diciembre, cuando varias brigadas de gendarmería en la región oriental de Bélgica, especialmente en torno a Eupen, reportaron fenómenos aéreos anómalos casi simultáneamente. Aquella noche, estructuras triangulares luminosas fueron vistas en distintas localidades, desplazándose con un patrón fijo, como si siguieran rutas planificadas. La situación fue lo suficientemente inusual como para que se mencionara la implicación del teniente coronel André Roussel, quien habría recibido informes directos.
Aunque no se realizaron maniobras espectaculares, la persistencia de los objetos, su actitud metódica y el hecho de haber sido observados por múltiples unidades oficiales al mismo tiempo convirtió este caso en un punto de inflexión. Las instituciones ya no eran solo receptoras de relatos: eran también testigos directos de lo inexplicable.
Durante aquella noche, varias de las patrullas intentaron contactar sin éxito con la SOBEPS, cuya línea telefónica se encontraba colapsada ante la cantidad de testimonios civiles. La falta de respuesta llevó a que muchos agentes documentaran los hechos por su cuenta, con la intención de trasladar los informes cuando la situación lo permitiera.
Uno de los casos más destacados fue el de una brigada de la gendarmería de Welkenraedt, cuyos agentes observaron durante varios minutos un objeto triangular oscuro, iluminado por tres luces blancas y una roja centelleante, desplazándose con absoluta lentitud y sin emitir sonido alguno. El objeto parecía seguir un trayecto paralelo a una carretera secundaria, a muy baja altitud, como si se guiara por el terreno. Los agentes detuvieron el vehículo y lo siguieron visualmente, sin perder detalle de su desplazamiento silencioso. La escena, aunque sin acciones abruptas o espectaculares, resultó inquietante por el hecho de haber sido presenciada por personal de servicio, entrenado para observar con objetividad.
Al igual que este, otros informes destacaban por su precisión: observaciones desde torres de vigilancia, estaciones de policía y operadores de infraestructuras clave. La participación de testigos con formación técnica —controladores, pilotos, agentes de seguridad— se volvió cada vez más frecuente. A esto se sumó una creciente preocupación entre la población, especialmente en las zonas rurales, donde los objetos parecían sobrevolar campos y caminos secundarios como si estuviesen escaneando el terreno.
Ante la imposibilidad de abarcar todos y cada uno de los avistamientos, he decidido realizar una selección de los casos que me parecen más interesantes, pues, entre esa homogeneidad de la que hablábamos, comenzaron a emerger algunos informes que rompían parcialmente el molde.
Uno de estos casos excepcionales tuvo lugar entre la noche del 11 y la madrugada del 12 de diciembre en las afueras del pueblo de Pietrain. Claude C.P., un jubilado con experiencia en trabajos rurales y mecánicos, observó una estructura gigantesca y alargada, de forma similar a un cigarro horizontal, que avanzaba lentamente por el cielo. El objeto parecía estar iluminado desde dentro, sin focos visibles, y su tamaño era descomunal, comparable a varios autobuses alineados. A diferencia de los habituales triángulos silenciosos, este emitía un zumbido grave acompañado de una vibración que el testigo llegó a sentir en el pecho. Incluso su perro reaccionó con evidente incomodidad, buscando refugio.
Claude observó el fenómeno durante varios minutos. No detectó ningún medio de propulsión ni señales de navegación convencionales. Lo que más le impactó fue la forma en que el objeto parecía no volar, sino flotar, con una gravedad propia. Este avistamiento aportó una dimensión sensorial muy poderosa a la oleada: no se trató solo de ver algo, sino de sentirlo físicamente, como si el fenómeno traspasara lo visual para imponer su presencia en el entorno y en el cuerpo.
Un caso distinto, pero igualmente desconcertante tuvo lugar el 12 de diciembre, en las cercanías de Gilly. Thierry D., que conducía por la autopista aquella noche, observó en el cielo una fuente de luz fija y extremadamente potente, suspendida en el aire. Lo que más le llamó la atención no fue tanto su forma, sino la intensidad de la iluminación, que le recordó de inmediato a los focos de un estadio deportivo.
La estructura que generaba la luz no se correspondía con el clásico triángulo de vértices iluminados. Según su relato, tenía una forma alargada, semejante a un balón de rugby, completamente inmóvil en el cielo. La iluminación no parecía provenir de focos direccionales, sino de una superficie luminosa continua. El fenómeno permaneció estático durante algunos segundos, hasta que, sin previo aviso, desapareció bruscamente entre las nubes bajas, como si se hubiese desvanecido en el aire. Fue un avistamiento breve, sin movimientos complejos ni reacciones del entorno, pero que rompía de forma evidente con el patrón clásico de la oleada.
Aunque la mayoría de los objetos avistados parecían ajenos a la presencia de los testigos, limitándose a desplazarse con indiferencia, hubo al menos un caso en el que se percibió cierta interacción.
Ocurrió el 19 de diciembre en las afueras de Jupille, cerca de Lieja. Una mujer conducía de regreso a casa cuando divisó un objeto oscuro suspendido muy bajo sobre el campo. De inmediato, este comenzó a desplazarse lentamente en paralelo a su vehículo, acompañándola durante varios cientos de metros. La testigo describió una forma triangular de gran tamaño, con luces blancas intensas en los vértices, pero sin la característica luz roja centelleante en el centro. A pesar de la cercanía, el objeto se mantenía completamente silencioso.
El episodio duró lo suficiente como para provocar una fuerte inquietud en la testigo, que interpretó el movimiento como una especie de vigilancia o acompañamiento deliberado. Finalmente, el objeto se desvió hacia una zona boscosa y desapareció sin dejar rastro. Este comportamiento, poco frecuente dentro del patrón general de la oleada, aportó un matiz nuevo: la posibilidad de que en algunos casos el fenómeno pudiera no ser meramente observable, sino también interactivo.
Durante los primeros meses de 1990, la oleada no solo no disminuyó, sino que pareció afianzarse con nuevos patrones. Aunque la atención mediática seguía siendo moderada, la red de observadores de la SOBEPS recogió numerosos testimonios en diferentes regiones del país, especialmente en Valonia.
Lo más destacable de este periodo fue la consolidación de un comportamiento repetitivo y estructurado en los avistamientos. Los objetos descritos mantenían la morfología triangular ya conocida, pero ahora aparecían con mayor frecuencia en zonas urbanas, en formación múltiple o siguiendo trayectorias que sugerían un propósito deliberado.
En algunos casos, los objetos parecían seguir el trazado de autopistas o circunvalaciones, lo que llevó a algunos investigadores a plantear que podrían estar mapeando la infraestructura terrestre. Un buen ejemplo de este comportamiento se dio el 20 de febrero de 1990, cuando Suzy G. y su hijo conducían por la autopista entre Lieja y Amberes. Ambos observaron una estructura triangular con aspecto metálico definido, luces blancas brillantes en los vértices y una serie de luces multicolores en el contorno. El objeto sobrevoló el coche a muy baja altitud, desplazándose en paralelo a la autopista, como si siguiera deliberadamente su trazado. El fenómeno no emitía sonido alguno y su desplazamiento fue lento y fluido. Para los testigos, la impresión fue clara: aquel objeto no estaba simplemente cruzando el cielo, sino recorriendo una ruta preestablecida, quizá con la intención de inspeccionar o registrar el entorno desde el aire.
También hubo noches en las que se observaron dos o más objetos desplazándose en paralelo o en fila, manteniendo distancias regulares y sincronía en sus movimientos.
Uno de los casos que ejemplifica esta coordinación fue el registrado la noche del 5 de marzo, en las inmediaciones de Battice. Un gendarme que patrullaba por la zona observó con claridad dos objetos triangulares volando a diferentes alturas. Ambos mostraban la misma configuración lumínica habitual —tres luces blancas en los vértices y una luz roja intermitente en el centro— pero se desplazaban de forma coordinada, como si ejecutaran una maniobra conjunta. Mientras uno de los objetos se mantenía a una altitud elevada, el segundo parecía inspeccionar el terreno a muy baja altura, replicando movimientos similares a los descritos en otros testimonios de semanas anteriores. El agente detuvo su vehículo para observar mejor la escena, que se prolongó durante varios minutos. Finalmente, ambos objetos se alejaron en dirección sur, manteniendo una formación estable. Este tipo de comportamiento no solo reforzaba la idea de un patrón estructurado, sino que sugería una estrategia organizada detrás de los desplazamientos.
El patrón de la oleada era claro: la frecuencia de avistamientos se mantenía alta, los detalles coincidían de forma asombrosa entre testigos alejados geográficamente, y la naturaleza de los fenómenos seguía desafiando cualquier explicación convencional. A diferencia de fenómenos aislados o mal interpretados, lo que ocurría noche tras noche parecía formar parte de un fenómeno coherente, prolongado y estructurado.
Un evento importante por esas fechas tuvo lugar el 18 de marzo de 1990. Los técnicos del radar terrestre del aeropuerto de Bruselas-Zaventem (Brussel Zavetem) registraron un fenómeno sin precedentes. Durante varios minutos, el radar primario detectó hasta 44 ecos anómalos, desplazándose entre Bruselas y Lieja en dirección a Luxemburgo.
En algún momento hemos hablado de la diferencia entre un radar primario (que simplemente lanza una señal, y si esa señal rebota en algo, provoca un eco que es detectado), y un radar secundario, que recibe una información a través del transpondedor de las aeronaves que indica posición, altura e identificación del vuelo.
Estos ecos no emitían señal de transpondedor, no correspondían a ningún tráfico aéreo conocido y sus trayectorias eran irregulares, con zigzagueos y cambios bruscos de dirección, incompatibles con cualquier aeronave convencional.
Lo más inquietante es que, en ciertos momentos, los ecos parecían entrelazarse con la trayectoria de un avión civil, sin que se registrara colisión ni contacto visual desde la cabina. Este episodio fue documentado en los análisis del profesor Auguste Meessen, y se considera uno de los primeros registros técnicos sólidos del fenómeno antes de la implicación directa de la Fuerza Aérea, que como ahora veremos, tuvo lugar los últimos días de ese mismo mes de marzo.
En los días posteriores al 18, la tensión en los centros de vigilancia aérea belgas aumentó visiblemente. Las anomalías detectadas por el radar de Zaventem no solo no cesaron, sino que diversos informes internos sugerían que los ecos seguían apareciendo de forma intermitente, a veces vinculados con observaciones visuales desde tierra. Fue en este clima de alerta creciente donde se gestó la jornada que marcaría un antes y un después: la madrugada del 30 al 31 de marzo de 1990. Por primera vez, la Fuerza Aérea Belga activaría una respuesta militar directa ante la presencia de objetos no identificados en su espacio aéreo.
Esa noche, a las 22:50, en el centro de vigilancia radar de Glons, un operador detectó un eco no identificado en los cielos del sureste belga, concretamente en la región de Wavre, no muy lejos de Bruselas. En un primer momento, el contacto parecía uno más entre los muchos que cada noche atravesaban el espacio aéreo belga. Pero había algo que no encajaba: el objeto no llevaba transpondedor, y su trayectoria, lejos de ser recta o constante, resultaba errática y discontinua, como si estuviese zigzagueando sin patrón conocido.
Apenas unos minutos después, comenzaron a llegar llamadas desde tierra. Patrullas de la gendarmería, ciudadanos anónimos, incluso un par de testigos con formación técnica, reportaron luces intensas y objetos triangulares sobrevolando la zona. Los informes coincidían en tiempo, lugar y características.
Desde Glons se realizó entonces un cruce de información con el centro de radar de Semmerzake, en la otra punta del país. Y el resultado fue aún más inquietante: allí también estaban viendo el mismo eco extraño.
Lo que había comenzado como una anomalía aislada se transformó en una doble confirmación instrumental apoyada por testimonios visuales simultáneos desde tierra. En ese momento, se encendieron todas las alarmas. La situación se salía de lo común. Y esa noche, a diferencia de tantas otras, alguien en el centro de mando tomó una decisión inusual:
Se lanzó la orden: scramble. En términos militares, eso significaba una cosa muy clara: despegar con la mayor urgencia posible para interceptar una amenaza aérea. Esa noche, la amenaza no venía de ninguna aeronave hostil identificada, ni de un país vecino. Era algo mucho más desconcertante: un eco errático en el radar, que desafiaba las trayectorias convencionales y que, además, estaba siendo avistado desde tierra como un objeto triangular con luces intensas.
A las 23:10, dos cazas F-16 Fighting Falcon despegaron de la base aérea de Beauvechain. (bubushan)Ambos estaban asignados al servicio de alerta inmediata y estaban equipados con radares de combate aire-aire, sistemas de navegación de precisión y enlace directo con los centros de vigilancia de Glons (glón) y Semmerzake (sémerzsake).
En el interior de cada cabina, los pilotos se prepararon para lo que debía ser una misión estándar de identificación: acercarse al objeto, establecer contacto visual y descartar cualquier amenaza. Pero lo que les esperaba esa noche era cualquier cosa menos una misión estándar.
Entre las 23:30 y la 01:00, los F-16 realizaron hasta nueve intentos de bloqueo radar (lock-on) sobre distintos ecos no identificados. En tres ocasiones lograron fijar objetivo, pero cada vez que lo hacían, los ecos realizaban maniobras que desafiaban las leyes de la física.
Uno de los ecos pasó de 280 km/h a 1800 km/h en apenas dos segundos, una aceleración que habría pulverizado cualquier aparato convencional. Otros blancos ganaban o perdían más de 1000 metros de altitud en cuestión de segundos, y algunos desaparecían repentinamente del radar para reaparecer a kilómetros de distancia, en trayectorias desprovistas de lógica.
Las grabaciones del radar a bordo mostraban que, durante estas maniobras, los objetos llegaban a soportar aceleraciones de 30 a 40G, muy por encima de lo que cualquier piloto humano o estructura conocida podía tolerar. Era como si los ecos estuvieran jugando con los cazas, provocando sus sistemas sin dejarse alcanzar.
Los objetos desaparecían abruptamente de los radares, para reaparecer luego en otras zonas, como si se desmaterializaran momentáneamente o quedaran fuera del alcance de los sistemas de detección. En ocasiones, lo hacían a velocidades tan extremas que sus ecos desaparecían antes de que los sistemas pudieran calcular su trayectoria.
No se consiguió ningún contacto visual desde los F-16, pese a las condiciones meteorológicas aceptables y a la presencia de pilotos entrenados con experiencia en identificación aérea. Los aviones volaron a diferentes altitudes y por diferentes sectores, con visibilidad suficiente, pero no lograron detectar visualmente ningún objeto.
Los testigos desde tierra (civiles y gendarmes) seguían viendo luces triangulares en el cielo, lo que confirmaba que el fenómeno no era exclusivo de las pantallas de radar: también estaba allí, visible, persistente, desafiando cualquier explicación lógica. Algunos informes llegaron a describir desplazamientos lentos, silenciosos y a baja altitud justo en los momentos en que los F-16 rastreaban en zonas próximas, lo que sugiere que ambos tipos de observación — militar y civil — coincidieron en más de una ocasión.
Pasada la una de la madrugada, tras más de una hora de vuelos, maniobras y frustraciones, el centro de control ordenó el regreso a base de los F-16. Los pilotos, agotados y sin haber conseguido contacto visual, regresaron a Beauvechain sin respuestas. En paralelo, los ecos desaparecieron definitivamente de los radares, como si el fenómeno hubiese abandonado el espacio aéreo belga justo en el momento en que se cerraba el operativo.
Todo se disolvió con la misma rapidez con la que había comenzado. En tierra, algunos testigos todavía veían luces extrañas alejarse en el horizonte. Pero para la Fuerza Aérea, aquella madrugada había terminado sin explicaciones y sin resultados concluyentes. Solo quedaban los registros de radar, los testimonios y una incógnita aún más sólida que antes.
La madrugada del 30 al 31 de marzo dejó tras de sí una inquietud sin precedentes. Al día siguiente, la Fuerza Aérea Belga confirmó públicamente que la operación había tenido lugar. Se hizo oficial lo que hasta entonces solo había circulado por rumores: el ejército había movilizado cazas en respuesta a un fenómeno aéreo no identificado.
El general Wilfried De Brouwer, por entonces jefe de operaciones del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, compareció poco después en rueda de prensa. Con serenidad y precisión, reconoció que los radares —tanto los terrestres como los de a bordo de los F-16— habían registrado contactos reales. Confirmó también que las maniobras observadas durante los bloqueos radar excedían las capacidades de cualquier aeronave conocida y que el fenómeno, hasta ese momento, no tenía explicación técnica ni militar.
A raíz de esta declaración, y por primera vez en un caso europeo, una institución militar abría las puertas a la colaboración con una organización civil de investigación OVNI. Se inició así una cooperación informal entre la SOBEPS y las autoridades militares, que facilitó el análisis de los registros radar, las declaraciones de los pilotos y los informes técnicos. Esta transparencia, poco habitual, convirtió el caso belga en un referente dentro del fenómeno OVNI a nivel internacional.
Aunque el incidente del 30-31 de marzo marcó quizá el punto álgido en la oleada belga, el fenómeno no se extinguió de inmediato. En las semanas y meses siguientes, se siguieron documentando casos que, aunque menos espectaculares en escala, mantenían características similares a las de los primeros meses.
Uno de los casos más notorios ocurrió el 22 de abril de 1990 en Pont-de-Loup, (Pún de lú) cuando un matrimonio observó, a plena luz del día, un objeto triangular gris metálico descendiendo lentamente mientras giraba sobre sí mismo. El sol se reflejaba en su superficie, generando un efecto cromático. Este tipo de avistamiento diurno era poco frecuente y llamó la atención de los investigadores por su nitidez y duración.
Ese mismo mes, el 18 de abril, en la región de Petegem (péitegem), un estudiante de aviación observó una estructura de forma cuadrada, con esquinas redondeadas, que rotaba y proyectaba haces de luz blanca y roja sobre el suelo. La forma no coincidía con la clásica silueta triangular, pero compartía comportamientos anómalos típicos del resto de la oleada.
Estos casos, junto con otros registrados durante el verano y otoño, como el ocurrido en Moionelée-Sambreville (muanelé sambgrevile) en agosto, mostraban que el fenómeno no desapareció tras la intervención militar. Simplemente adoptó un perfil más discreto. Aunque la oleada perdía intensidad, la actividad no cesó. El año 1990 cerró con reportes dispersos, como el de Aarschot (aársjot) en diciembre, demostrando que el fenómeno seguía activo en la periferia de la atención pública.
Para cuando comenzó 1991, el fenómeno ya no ocupaba titulares ni generaba alarma institucional. Los avistamientos continuaban, pero eran más espaciados, más silenciosos, casi furtivos. Ya no se trataba de una oleada, sino de los últimos ecos de algo que parecía desvanecerse. Sin embargo, algunos de estos ecos aún dejaron constancia de un misterio sin resolver.
El 12 de marzo, por ejemplo, en la región de Huy (uí) y sus alrededores —incluida la central nuclear de Tihange (tíansh) —, múltiples testigos informaron del sobrevuelo de varios objetos triangulares. Algunos volaban en formación, otros permanecían suspendidos a baja altitud, emitiendo potentes haces de luz hacia el suelo. Se recogieron descripciones de estructuras dobles —dos triángulos superpuestos— y desplazamientos silenciosos alternados con ruidos intensos. Fue la última gran oleada de llamadas a la SOBEPS, considerada por muchos como el canto del cisne del fenómeno colectivo.
Unos meses más tarde, el 26 de agosto, en la zona de Zaventem (d’sávetem), un controlador aéreo observó una masa luminosa acompañada de estelas de colores. El objeto fue parcialmente detectado en radar ACC, pero no apareció en Glons (glón) ni en el centro BELGA, lo que sugiere una altitud inferior a los 1000 metros. Acompañado por otro testigo, el fenómeno fue visible a simple vista y presentaba características ajenas al tráfico aéreo convencional.
Pocos días después, ya a finales de agosto, una familia que esperaba ver el paso de la lanzadera espacial desde Profondeville presenció una estructura de gran tamaño, compuesta por luces de colores distribuidas sin patrón reconocible. La duración y nitidez del avistamiento descartaron tanto un satélite como una aeronave comercial. Fue uno de los pocos casos verificados con testigos múltiples ese verano.
Y todavía en septiembre, concretamente el día 28, un vecino de Berchem-Ste-Agathe observó durante casi diez minutos una luz blanca intensísima sobre su jardín. Posteriormente emergió una estructura con múltiples luces de colores, sin proyección luminosa sobre el entorno. La descripción fue lo suficientemente precisa como para descartar explicaciones convencionales. Es uno de los últimos casos destacados documentados por la SOBEPS.
A lo largo de 1992 y 1993, los avistamientos no desaparecieron por completo, pero sí se volvieron fragmentarios, aislados, envueltos en una especie de letargo. Como si aquello que había recorrido los cielos de Bélgica durante más de tres años se hubiese ido apagando poco a poco, sin hacer ruido. Ya no quedaban grandes formaciones triangulares ni sobrevuelos a baja altitud sobre ciudades o instalaciones militares. Lo que quedaba era un goteo de informes dispersos, algunos con elementos familiares —luces, movimientos inusuales, descripciones imprecisas—, pero ninguno con la fuerza o el dramatismo de los primeros tiempos. En ese silencio creciente, la SOBEPS fue archivando los últimos testimonios, cerrando poco a poco una de las etapas más desconcertantes de la historia contemporánea de la ufología europea.
Y este es el repaso general de ese periodo de tiempo al que hemos denominado «La gran oleada belga». Pero hay un acontecimiento de esa oleada que merece una mención aparte en este resumen:
En los primeros días de abril de 1990, en la localidad de Petit-Rechain, cerca de Verviers, un joven técnico llamado Patrick M. tomó lo que se convertiría en la imagen más icónica de toda la oleada belga. La fotografía mostraba una supuesta nave triangular suspendida en la oscuridad de la noche, con tres luces blancas en sus vértices y una roja en el centro. La imagen, revelada poco después en una tienda local, captó de inmediato la atención de la SOBEPS y de los medios. Rápidamente se convirtió en el rostro público del fenómeno: era concreta, visualmente impactante y, a diferencia de los testimonios verbales, ofrecía una aparente prueba física.
Durante años, la foto fue analizada por expertos de distintos ámbitos. Entre ellos, el profesor Marc Acheroy, de la Real Escuela Militar, que empleó técnicas de procesamiento digital para mejorar la nitidez y evaluar la autenticidad de la imagen. Aunque nunca se pudo confirmar con rotundidad que se tratase de un objeto real suspendido en el cielo, tampoco se detectaron pruebas concluyentes de falsificación. La imagen aparecía en portadas, documentales y conferencias como si fuese el emblema tangible del misterio, y dejó una huella indeleble en el imaginario colectivo.
Sin embargo, dos décadas más tarde, en 2011, el propio autor confesó que la imagen había sido un montaje. Según su declaración, se trataba de una maqueta construida con poliestireno pintado, suspendida con hilos en un entorno controlado. La confesión fue recogida por la prensa internacional, y durante unos días pareció que toda la oleada se venía abajo arrastrada por el descrédito de una simple imagen.
Pero no fue así. Como declaró entonces Patrick Ferryn, presidente de COBEPS, la falsedad de una foto no invalidaba cientos de testimonios ni los informes de radar ni las observaciones múltiples verificadas durante toda la duración de la oleada.
A lo largo del tiempo, han sido varias las diferentes explicaciones que se han planteado para estos sucesos de los que hemos hablado, pero, en primer lugar, hay algo que no conviene olvidar: la oleada OVNI belga no se construyó sobre rumores difusos ni sobre testimonios anecdóticos sacados de contexto. Lo que distinguió a este episodio de otros muchos fue precisamente la acumulación de observaciones presenciales verificables, a menudo por parte de testigos cualificados: gendarmes, militares, pilotos, controladores aéreos, ingenieros, funcionarios… personas con formación técnica o acostumbradas a valorar con objetividad lo que tienen delante. Muchos de ellos ofrecieron relatos detallados y coincidentes, y lo hicieron en tiempo real, sin haber tenido contacto entre sí.
A esto hay que añadir otro elemento que le dio a la oleada una dimensión excepcional: los registros de radar. En varias ocasiones, los radares militares —tanto en tierra como en vuelo— detectaron ecos que se correspondían con los objetos avistados desde tierra. Y en al menos una noche crítica, la del 30 al 31 de marzo de 1990, las señales captadas por los radares coincidieron en tiempo, ubicación y trayectoria con los testimonios visuales recogidos por la SOBEPS. Estos registros no solo confirmaban que “algo” estaba allí, sino que además se desplazaba de forma coherente con lo descrito por los testigos: cambios bruscos de dirección, velocidades imposibles para un helicóptero, vuelos estacionarios y desapariciones repentinas.
Frente a este conjunto de datos, muchos investigadores —incluidos los de la propia SOBEPS— optaron por una fórmula prudente pero contundente: fenómeno aéreo no identificado. No se trataba de asumir un origen concreto, ni terrestre ni extraterrestre, sino de constatar que lo observado escapaba a las explicaciones convencionales y merecía ser estudiado con rigor. Como señaló el profesor Auguste Meessen, uno de los principales analistas del caso, no estamos ante un problema de creencias, sino ante un problema científico no resuelto.
Había algo profundamente desconcertante en aquello que tantos testigos describieron. No solo era la cantidad o la coincidencia de los informes, sino las características mismas de los objetos observados. Porque lo que surcó los cielos de Bélgica entre 1989 y 1991 no se parecía a nada conocido. Ni aviones, ni helicópteros, ni globos, ni satélites. Las maniobras descritas en decenas de testimonios se salían por completo del repertorio habitual de cualquier tecnología terrestre conocida hasta ese momento.
Había objetos que permanecían inmóviles en el aire durante minutos, desafiando las leyes de la aerodinámica. Otros realizaban virajes angulados con una brusquedad imposible, o desaparecían con una aceleración que parecía instantánea. Todo esto, sin el menor sonido. Ni rotor, ni turbina, ni estela. Solo el silencio y la luz: luces blancas fijas, luces rojas centelleantes, haces dirigidos que a veces parecían escanear el terreno.
Ante este tipo de evidencias, surgieron inevitables las teorías sobre una tecnología desconocida. Algunos sugirieron prototipos militares secretos —quizá norteamericanos—, aunque rápidamente se hizo evidente que ni el F-117 ni el B-2, las joyas furtivas de la época podían ejecutar maniobras similares. Otros, sin afirmarlo categóricamente, comenzaron a preguntarse si no estaríamos ante algo radicalmente ajeno: una inteligencia o tecnología que no tenía por qué proceder de este planeta.
La hipótesis extraterrestre, aunque nunca fue adoptada de forma oficial por la SOBEPS, se convirtió en una posibilidad tácita para muchos testigos. No porque deseasen creer en ella, sino porque, al intentar buscar una explicación lógica, no encontraban otra que respondiera a lo observado. Y esa es una constante que se repite una y otra vez en los testimonios: el asombro de quienes vieron algo que simplemente no encajaba con nada que hubiesen conocido jamás.
Además, incluso reconociendo la solidez de muchos de los testimonios, hay quien ha querido mirar más allá del cielo y dirigir la mirada hacia la mente. ¿Hasta qué punto nuestras expectativas, temores o condicionamientos culturales pueden influir en lo que creemos haber visto?
No son nuestras habilidades las que definen lo que vemos, sino nuestras decisiones al mirar… o al menos, eso le habría dicho un viejo director de escuela a quien supiera escuchar.
Numerosos psicólogos y sociólogos han señalado que, en contextos de alta tensión o incertidumbre, el ser humano tiende a interpretar ciertos estímulos ambiguos como amenazas o símbolos cargados de sentido. La oleada OVNI belga coincidió con un momento delicado: el final de la Guerra Fría, la caída de bloques ideológicos, el avance imparable de la tecnología. En ese clima, no resulta descabellado pensar que algunos testigos —incluso sin proponérselo— pudieran haber proyectado en el cielo parte de sus miedos o aspiraciones.
La cobertura mediática también tuvo un papel destacado. A medida que aumentaban los avistamientos, la prensa comenzó a recogerlos con más interés, generando un fenómeno de retroalimentación: más noticias, más atención pública, más ojos puestos en el cielo. ¿Pudo eso crear un efecto de contagio? Tal vez. Aunque, eso sí, sería un contagio selectivo, porque muchos de los testimonios más precisos y detallados provinieron de personas que no habían tenido acceso inmediato a esas noticias, o que afirmaron no seguir los medios.
Y luego está otra posibilidad, más sugerente aún: que los OVNIs no sean solo una presencia externa, sino también un reflejo interno. Que lo que vemos en el cielo, con sus formas luminosas y silenciosas, sea en cierto modo un espejo de lo que bulle en nuestro inconsciente colectivo. Algunos investigadores, inspirados por las ideas de Carl Jung, han planteado que los OVNIs podrían funcionar como arquetipos modernos: representaciones simbólicas de lo desconocido, del Otro, de aquello que aún no comprendemos, pero intuimos como real.
Desde esta perspectiva, el investigador José Antonio Caravaca ha ido más allá, proponiendo lo que denomina la Teoría de la Distorsión. Según esta hipótesis, lo que el testigo experimenta durante un avistamiento no es una representación fiel de un objeto físico externo, sino una construcción híbrida entre un estímulo real —provocado por una agencia desconocida— y el contenido simbólico o psicológico del propio observador. Así, lo que vemos en el cielo podría ser una mezcla entre algo que está ahí y algo que proyectamos desde dentro. Esto explicaría, por ejemplo, las descripciones contradictorias, los detalles absurdos o la sensación profundamente subjetiva que acompaña a muchos encuentros. Caravaca no niega la realidad del fenómeno, pero propone que su forma visible depende en parte del testigo: como si cada observador viera su propio reflejo distorsionado de una misma presencia.
Tal vez, en ese cruce entre percepción, cultura y misterio, el fenómeno adquiera una nueva dimensión: no solo como algo que se ve, sino como algo que también se siente, se teme y se necesita.
Tal vez, más allá de cualquier hipótesis mecánica, política o psicológica, el fenómeno OVNI se encuentre en esa frontera donde lo visible y lo simbólico se rozan. Quizá esos triángulos que surcaron el cielo belga no eran tanto vehículos físicos como metáforas aéreas. Como si el cielo, de pronto, se hubiese convertido en una pantalla sobre la que se proyectaban nuestros miedos, nuestros anhelos, o simplemente nuestras preguntas sin respuesta.
Muchos testigos describieron sensaciones difíciles de explicar: una mezcla de asombro, fascinación y cierta extrañeza, como si hubieran presenciado algo que no solo era ajeno, sino también íntimamente significativo. Una cualidad onírica, casi poética, religiosa, mística o visionaria. La ufología, en esta visión, deja de ser una simple caza de naves para convertirse en una forma contemporánea de interpretar lo inexplicable. Y ahí es donde lo simbólico cobra todo su sentido: como si los cielos nos estuvieran diciendo algo… aunque aún no sepamos exactamente qué.
Y luego están esas otras explicaciones que no suelen figurar en informes oficiales ni artículos académicos, pero que sobrevuelan —nunca mejor dicho— foros, tertulias, redes sociales y libros menos oficialistas. Teorías extraordinarias para un fenómeno que, en muchos sentidos, también lo fue.
Una de las más sugerentes plantea que lo visto en los cielos belgas era el resultado de tecnología secreta desarrollada por la OTAN o Estados Unidos, fruto de ingeniería inversa sobre tecnología extraterrestre recuperada. Esta idea, tan cinematográfica como persistente, sostiene que los vuelos habrían servido para probar prototipos furtivos fuera del territorio estadounidense. El problema es que, hasta donde sabemos, ningún modelo conocido —ni siquiera en fase experimental— puede volar en silencio absoluto, quedar suspendido en el aire o ejecutar giros en ángulo recto a baja altitud.
Otras propuestas abren puertas más inquietantes: visitas Inter dimensionales, portales temporales, entidades que se manifiestan solo cuando son observadas, o incluso la vigilancia de instalaciones nucleares por inteligencias no humanas. Esta última no es nueva; ha sido repetida en decenas de informes desclasificados de militares que vinculan ciertos avistamientos con bases o reactores. La oleada belga tuvo varios episodios cercanos a centrales nucleares como la de Tihange… y hay quienes ven ahí algo más que una coincidencia.
Tampoco faltan quienes apuntan a la posibilidad de que todo haya sido parte de un experimento de manipulación mental o social a gran escala, algo así como un ensayo encubierto al estilo MK-ULTRA, pero en versión europea. Una prueba colectiva para medir las reacciones sociales ante lo imposible, o para camuflar operaciones militares encubiertas.
Así que como ves, explicaciones tenemos para todos los gustos. ¿Hay alguna con la que comulgues más que con las demás?
Yo, después de llegar al final de este repaso sobre los acontecimientos en los cielos belgas de principios de los 90, como siempre, acabo con más preguntas que las que tenía al empezar:
Y así, poco a poco, hemos llegado al final de este repaso sobre los acontecimientos en los cielos belgas de principios de los 90. Y como siempre, acabo con más preguntas que las que tenía al empezar:
¿Qué impulsa a un fenómeno como este a manifestarse durante tres años en un lugar tan concreto y después desaparecer sin dejar rastro… ni propósito aparente?
¿Y por qué concretamente en Bélgica?
¿Qué fue lo que sobrevoló los cielos belgas? Aparecían en los radares, por lo tanto, ¿hemos de suponer que se trataba de objetos reales, físicos y tangibles?
¿Por qué daba la sensación, en muchos de los avistamientos, de que esos objetos parecían en cierta manera escanear el terreno, como buscando algo? De ser así, ¿Qué era lo que buscaban?
Si esos artefactos eran creaciones humanas, desde luego no lo eran de ningún país que hubiese reconocido su existencia. Y si lo eran de un país no identificado… ¿por qué operar con semejante descaro sobre un espacio aéreo vigilado por la OTAN?
Y como siempre que recurrimos a los prototipos como explicación de este tipo de fenómenos, ¿Por qué no hemos vuelto a ver esa tecnología tan avanzada aplicada, por ejemplo, en el ámbito de la defensa? Estoy seguro de que la nación que contase con esa capacidad de maniobra podría estar armamentísticamente hablando, muy por encima de las demás.
Si se trata de una construcción psico-social, una alucinación o sugestión colectiva… ¿Cómo se explica la enorme difusión y la prolongación en el tiempo de esta?
¿Puede una proyección mental crear eventos que sean registrables en un radar?
¿Y si todo hubiese sido, en el fondo, una construcción colectiva? ¿Un gran malentendido amplificado por la atención pública, las emociones del momento y, tal vez, alguna que otra travesura o engaño aislado?
Algunos escépticos han sugerido que la oleada pudo haber sido en parte el resultado de una concatenación de errores de percepción, estímulos malinterpretados, bromas locales y una fuerte amplificación mediática. Si bien es difícil sostener que todo fue un montaje, tampoco se puede descartar que en algunos casos hubiese una voluntad consciente de exagerar o manipular lo observado. El caso de la fotografía de Petit-Rechain —revelado como fraude dos décadas después— sirve de recordatorio: incluso los símbolos más sólidos pueden tener pies de barro.
Lo que sí es innegable es que, incluso descontando los casos dudosos o los errores puntuales, quedó un núcleo duro de observaciones creíbles y consistentes que no pueden explicarse fácilmente como invención o fraude. En todo caso, si hubo una parte construida o magnificada, eso no anula la posibilidad de que algo real, inesperado y desconcertante estuviera en el origen de la oleada.
Puede que al final ninguna de las hipótesis propuestas —por fascinantes, razonables o delirantes que sean— logre explicar del todo lo ocurrido en aquellos años sobre los cielos de Bélgica. Algunas iluminan fragmentos, otras abren preguntas nuevas, pero todas parecen quedarse cortas ante la magnitud del enigma. Porque si algo ha dejado esta oleada es precisamente eso: una huella indeleble de misterio.
Los cielos callaron, sí. Poco a poco, los informes cesaron, las líneas telefónicas dejaron de sonar, los equipos de observación se dispersaron. Pero la pregunta siguió ahí, como suspendida. ¿Qué fue aquello? ¿Qué vieron cientos de personas, muchas de ellas profesionales entrenados, en decenas de lugares distintos y en múltiples ocasiones?
Quizás no se trate de resolver el caso con una respuesta única, ni de zanjar el asunto con una etiqueta conveniente. Tal vez lo importante no sea tanto saber qué era… sino aceptar que ocurrió. Que, durante un tiempo, algo —lo que fuera— nos obligó a mirar al cielo y a preguntarnos. Y solo por eso, ya merece la pena ser contado.
Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Te pido disculpas si en algún momento, con la pronunciación de algún topónimo he metido la pata, pero he preferido mantener la denominación local de cada lugar.
Por lo demás, vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte en El Factor Enigma y contarte más historias.
Como siempre, solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así puedas desvelar el factor enigma que descifra este caso.
Por lo demás, te recuerdo que, si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso, puedes hacerlo a través Facebook, Instagram, X, en el grupo de Telegram y por supuesto de los comentarios y la comunidad de Ivoox. Suscríbete a este podcast para estar al día cuando publique nuevos episodios y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas.
Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.