Fecha de publicación: 11/Junio/2025
Duración: 01:27:21
La medicina se convirtió, a través de la eugenesia y la investigación sin ética al servicio del esfuerzo de guerra, en un instrumento de crueldad y dominio durante el régimen nazi. Un viaje duro, pero necesario, al límite de la condición humana.
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¡Hola, qué tal! ¡Muchas gracias por volver a visitarme! Como siempre te doy la bienvenida a este pequeño rincón, donde entre libros, documentos, legajos, y cajones llenos de pruebas y objetos asombrosos, repaso junto a ti los más misteriosos sucesos.
Me pillas con el corazón encogido. Rebuscando entre estanterías he encontrado unas carpetas cuyo contenido me ha llamado la atención.
No se trata de un enigma al uso: No estamos ante un suceso paranormal, un caso ovni, un crimen sin resolver o una desaparición inexplicable… Toda la documentación que he encontrado corresponde con un episodio de la historia perfectamente documentado que en sí mismo no supone ningún misterio.
Pero sí puedo asegurarte que podríamos encuadrar lo en uno de los misterios más terribles: El de la maldad y la crueldad humana. Es duro, pero no deja de ser cierto, eso de que el peor depredador del hombre es el propio hombre.
En ocasiones, las ideologías, las corrientes de pensamiento, los sentimientos de supremacía, ya sea a nivel racial, económico, o de cualquier otro tipo, autorizan a, en cierta manera, deshumanizar a los congéneres.
No hablo ya de una guerra, donde, aunque se cometen terribles crímenes, aún se cometen con un «enemigo». De humano a humano.
Hablo de cuando esas atrocidades se cometen con personas a las que se ha dejado de considerar personas. Cuando se ha rebajado la identidad del individuo a la categoría de infra persona. Cuando se ha reducido a hombres y a mujeres, a poco más o menos que animales de granja o peor aún, a una plaga a erradicar. A seres sin ningún tipo de valor a los que se despoja de toda dignidad.
Y si bien es cierto que han sido, y por desgracia siguen siendo, muchos los lugares y circunstancias en las que esta deshumanización se repite a mayor y menor escala, incluso en nuestra sociedad moderna, occidental, evolucionada, inclusiva y tolerante, hubo un momento determinado en el que, en pleno corazón de la vieja Europa, se dio una de las mayores vergüenzas de la historia de la humanidad. Estoy hablando de los crímenes cometidos durante el régimen que imperó Alemania desde 1933 hasta 1945, bajo el gobierno de Adolf Hitler.
Aunque comúnmente se denomina holocausto, yo prefiero llamarlo genocidio nazi: Holocausto es una idea más vinculada al concepto del asesinato de judíos. Pero los judíos no fueron los únicos que fueron masacrados. También gitanos, homosexuales, personas con discapacidades físicas o mentales o simplemente opositores al tercer Reich.
En esas circunstancias de horror y abuso, hubo verdugos, que, si cabe, cometieron una doble atrocidad. Pues aun dedicándose a la profesión de la medicina, en la que se supone que uno debe proteger la vida, realizando incluso el conocido juramento hipocrático, se auto concedieron la potestad de decidir qué vidas eran indignas de ser vividas, y debían sacrificarse en beneficio del régimen y su ideología.
Y no solo se trataba, como veremos, de llevar a cabo una terrible limpieza étnica. De poner en práctica sin ningunas cortapisas todas las ideas sobre la eugenesia. Sino que, además, se utilizó a muchos de esos calificados como individuos no deseables como conejillos de indias para sus fines científicos.
Te invito a tomar asiento mientras pongo al fuego la tetera. Quizá un té caliente nos conforte. El tema de hoy es duro, pero creo que es interesante indagar en qué consistieron y por qué tuvieron lugar los experimentos con humanos de los nazis.
Creo que habría que partir de la base de que la experimentación médica por parte de los nazis se puede dividir en dos grandes áreas.
Por un lado, estaba la enfocada a la aplicación de la ideología eugenésica que imperaba en el régimen, con el objetivo de llevar a cabo una terrible limpieza étnica y poner en práctica sin ninguna restricción moral todas las ideas sobre la eugenesia.
Por otro lado, se encontraba la investigación médica sin ningún tipo de ética, centrada sobre todo en dar solución a los problemas con los que se encontraba el ejército en el ámbito de la guerra. Estos experimentos buscaban aumentar la resistencia de los soldados, encontrar tratamientos para heridas de combate o sobrevivir a condiciones extremas.
En el primer gran grupo, el de la experimentación y aplicación de medidas eugenésicas, tenemos que reconocer que, aunque durante el tercer Reich se sobrepasaron todos los límites a nivel práctico, ni Hitler ni los suyos inventaron nada nuevo, por lo menos a nivel teórico. Quizá te sorprenda saber que las ideas encaminadas a conseguir la higiene racial, y la erradicación de, por ejemplo, la llamada debilidad mental, o de determinadas patologías hereditarias, no eran nuevas bajo el sol. Ya existían desde la antigüedad, y no solo en Alemania, sino de una forma más extendida.
Podríamos retroceder en el tiempo, hasta Platón, en el Siglo IV (4) antes de cristo, que ya proponía en su obra «La República» que el Estado debería controlar los apareamientos para dar como resultado la procreación de ciudadanos fuertes y virtuosos a partir de los mejores hombres y mujeres, y que los defectuosos no debían tener descendencia.
En culturas antiguas como la Romana, ya se daba la selección social, y existían, por ejemplo, leyes que prohibían que se dieran uniones entre patricios y plebeyos.
En la edad media y el renacimiento, se seguían manteniendo muchos prejuicios que vetaban la reproducción entre personas de diferentes categorías sociales. Y más aún en el ámbito de la nobleza.
Ya en el siglo XVIII, algunos filósofos ilustrados, entre los cuales podemos contar a Kant, Voltaire, Rousseau, mantenían que la reproducción tenía que estar basada en la razón, y no en el deseo. Pues, aunque la genética como tal no había comenzado a estudiarse, intuían que ciertos rasgos podían heredarse, y podrían potenciarse o evitarse, dejando entrever que la mezcla entre clases y razas podía ser contraproducente para la sociedad. Pues ya empezaba a hablarse de razas más o menos civilizadas, y más o menos inteligentes: En definitiva, razas superiores o inferiores.
A finales del XVIII (18) y principios del XIX (19), Thomas Malthus, economista y demógrafo británico, expone en su «Ensayo sobre el principio de la población» que el mundo tenía un problema:
Matemáticamente la población aumenta en progresión geométrica, mientras que los recursos, como los alimentos, solo lo hacen en progresión aritmética, por lo que el futuro estaba irremediablemente destinado a ser un porvenir de escasez y miseria, si no se ponía remedio al asunto.
¿Y cuál era el remedio? Pues muy fácil: Frenar el crecimiento de la población de dos maneras:
Aumentando la mortalidad con guerras, epidemias, hambre, … Es decir: Si había un sector de la sociedad que vivía en la pobreza, no había que ofrecerles ayudas, para que el hambre los matase. Y si se podía, mejor hacinarlos y reducir al máximo sus opciones de salubridad, para que las epidemias los mermase aún más. O mejor aún, mandarles a una guerra, donde morirían a espuertas.
La otra forma de frenar el declive de la humanidad era reducir la natalidad voluntariamente, a través de la abstinencia sexual. Por motivos religiosos, según Malthus, el uso de anticonceptivos no era una opción.
Este señor, cuya visión del mundo resultaba escalofriante incluso para los estándares de su tiempo, supuso una influencia para Darwin y Wallace, también ingleses, que a mediados del siglo XIX (19) se convirtieron en los padres de las teorías evolutivas y la idea de la selección natural.
Y más o menos a estas alturas de la historia, aparece un señor llamado Francis Galton, que casualmente es primo de Darwin, y que es un verdadero cerebro que abarcó campos como la psicología, la antropología, la estadística, la biología y la meteorología.
Fue pionero de la meteorología moderna, siendo entre otras cosas, quien acuñase y definiese el término Anticiclón.
También lo fue en el estudio de las huellas dactilares como método de identificación.
Realizó importantes aportes a la estadística, sobre todo en lo referente al estudio del ser humano.
Fue pilar de la psicometría, que se ocupa de la medición y evaluación de las capacidades, atributos y características mentales y psicológicas de los individuos.
Pero como cada cara tiene una cruz, también estableció las bases y puso nombre a lo que se denomina la «eugenesia».
La idea era aparentemente sencilla:
Sostenía que además de los rasgos físicos, también las capacidades intelectuales y psíquicas eran hereditarias. Además, proponía diferenciar entre personas «aptas y no aptas».
Así que la clave, inicialmente estaba en promover la unión de personas aptas o deseables. Esta idea, aunque hoy se nos atasque un poco, podía ser entendida entonces como una forma racional de mejorar la sociedad.
Pero como esto no sería suficiente para mejorar la especie, se le ocurrió que debería evitarse que las personas «no aptas», o «indeseables» procrearan: Personas de clase baja, o con trastornos mentales o físicos.
Las bases de lo que estaba por venir, estaban sentadas, y las ideas sobre la eugenesia se extendieron desde el Reino Unido hacia el resto de Europa, y Estados Unidos. Con tanto trasiego ni la misma eugenesia consigue permanecer pura, y se acaba mezclando con otras ideologías racistas y clasistas.
Además, por esa época tuvo su auge una pseudociencia denominada frenología, que, aunque en su momento gozó de cierta popularidad, fue posteriormente desacreditada. Esta fue establecida por Franz Joseph Gall y desarrollada por su discípulo Johann Spurzheim. Promulgaba la idea de que ciertas características como la inteligencia, la moralidad, la agresividad o la empatía estaban localizadas en áreas específicas del cerebro, que podían ser evaluadas examinando la forma del cráneo.
Según la forma de este, se podían clasificar razas y clases sociales, y, es más, se podían predecir cosas como la tendencia al crimen.
Y como el rasgo físico era heredable, la lógica decía que los rasgos psicológicos que estos representaban, también se heredaban. Ya se sabe, de padres gatos, hijos michinos.
Y esto sirvió para que la frenología y la eugenesia se agarrasen de la manita.
Con el tiempo fueron surgiendo asociaciones eugenistas.
La primera, en Reino Unido, en 1907: La Eugenics Education Society, cuyo fin era promover la conciencia pública y el debate político sobre la eugenesia. Formaban parte de ella médicos, políticos y pensadores. En 1926 cambió su nombre por Instituto Galton, en honor a Sir Francis Galton.
Probablemente, la más famosa e influyente de Estados Unidos fuese la American Eugenics Society, fundada en 1921 por Charles Davenport y otros líderes del movimiento eugenésico estadounidense.
Esta asociación se dedicó a la divulgación, propaganda y promoción de leyes eugenésicas apoyando la esterilización forzada, las leyes de matrimonio restrictivo y la restricción de los movimientos migratorios.
El mismo Charles Davenport y Harry Laughlin, fundaron un centro de investigación genética y eugenésica llamado Eugenics Record Office que funcionó desde 1910 hasta 1939, y recolectó datos genealógicos de miles de familias estadounidenses para clasificar su “valor hereditario”. Tuvo una enorme influencia en la legislación eugenésica de EE. UU. y otros países.
Y ya acercándonos a Alemania, tenemos la Sociedad Alemana de Higiene Racial, cuyo nombre en alemán no voy a pronunciar. Fundada por Alfred Ploetz en 1905 y llegó a ser fue una de las organizaciones más influyentes del movimiento eugenésico en Alemania inspirando al Tercer Reich con su propuesta de una política de salud pública basada en la higiene racial.
Como ves, la idea de la eugenesia era algo más o menos establecido en la sociedad.
No son pocas las personas célebres, de varios ámbitos, que en algún momento de sus vidas se aproximaron o incluso se implicaron con el asunto de la Eugenesia.
Además de los pensadores, y gente de ciencia que hemos mencionado ya, no podemos olvidarnos, por ejemplo, de Alexis Carrel, Nobel de medicina, que defendió la eutanasia de «inútiles sociales». Tampoco de Alexander Graham Bell, Nicola Tesla, …
Ni de Intelectuales y escritores como H.G. Wells, Aldous Huxley y Virginia Wolf…
Y políticos como Winston Churchill en Reino Unido o Theodore Roosevelt en EE. UU.. Benito Mussolini en Italia o Joseph Stalin en la antigua URSS.
Y no se nos puede olvidar que varios países aplicaron leyes de corte eugenésico además del que nos trae hoy aquí: Alemania.
Creo que ya metidos en harina podemos hacer un pequeño resumen de ellos:
Entre otros, EE. UU., Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Suiza, Canadá o Japón aplicaron leyes que permitían o en algunos casos, obligaban a la esterilización de personas por que, por motivos mentales, sociales o físicos, pudiesen considerarse «no aptas», «débiles» o «no deseables».
Estados Unidos llegó incluso a legislar los matrimonios, o la inmigración con fines eugenésicos.
¿Y dónde quiero llegar con todo esto? Pues quiero recalcar la idea de que, aunque Alemania con el nazismo en el poder, como veremos, sobrepasó todos los límites morales y sociales establecidos, y hoy nos vamos a centrar en ella, no fue la única nación que tuvo la eugenesia en su agenda.
De hecho, no fue la última en abolir esas prácticas: Por ejemplo, Suecia, mantuvo una política de esterilización teóricamente voluntaria, pero en la práctica, en muchas ocasiones coaccionada, hasta 1996.
Y habrá quien diga que actualmente se siguen teniendo conductas eugenésicas, quizá más veladas o diluidas, tanto a nivel oficial y social como personal. Y yo no voy a negarlo. Pero creo que con toda esta información ya nos hemos hecho una idea sobre de dónde heredan Hitler y sus secuaces ese ímpetu por defender la pureza de la raza aria.
Llegados a este punto, y con todo este contexto en mente, creo que es el momento adecuado para adentrarnos de lleno en las atrocidades concretas que se llevaron a cabo bajo el pretexto de aplicar la eugenesia. Vamos a examinar cómo estas ideas, que ya hemos visto germinar en distintos lugares y épocas, se transformaron en acciones brutales durante el régimen nazi:
Cuando Hitler llegó al poder a finales de enero de 1933, ya lo hizo con las ideas muy claras sobre qué había que hacer con los débiles para el futuro mantenimiento de la fortaleza étnica de Alemania.
En Julio, unos pocos meses después, ya se había aprobado la Ley para la prevención de la descendencia de las personas con enfermedades hereditarias que decretaba la esterilización forzosa de los portadores de los siguientes defectos hereditarios: Esquizofrenia, trastorno maniaco depresivo, epilepsia genética, enfermedad de Huntington, ceguera genética, sordera genética, deformidad física severa, alcoholismo crónico y la poco clara «debilidad mental moral».
Hay una estimación de 360.000 personas esterilizadas entre 1933 y 1939 bajo esta ley, que los Tribunales Especiales de Salud Hereditaria, dependientes del ministerio del Interior, impartían entre los internos de asilos, cárceles y escuelas.
Pero esto le parecía poco a Hitler, que ya estaba pensando en que la solución más rápida a corto plazo, más que la castración era el exterminio. Y poco a poco la máquina de propaganda del régimen fue «mostrando» a la sociedad el coste de mantener internados en psiquiátricos o residencias a enfermos que al fin y al cabo eran vidas «inútiles». Se trataba de convencer al país de que matar a los enfermos era un acto de compasión para con ellos, y un ahorro para la sociedad.
La eugenesia parecía querer convertirse en eutanasia…
A mediados de 1939, Hitler recibió la petición del padre de un niño, llamado Gerhard Kretschmar, de que se aplicase la eutanasia al pequeño. Había nacido ciego, padecía convulsiones, y tenía una pierna y un brazo deformes. El Führer envió a Karl Brandt uno de sus médicos personales para que, tras confirmar el diagnóstico, organizase con los doctores que le atendían la muerte del niño.
Tras este primer caso, Hitler asignó al doctor Brandt junto al jefe de la Cancillería del Führer, Philipp Bouhler, la labor de poner en marcha un programa dedicado a la localización y asesinato de niños con discapacidades físicas o mentales
En agosto de 1939, el comité encargado del programa ordenó que todos los médicos informaran al Comité del Reich para el Registro Científico de Enfermedades Hereditarias y Congénitas Graves de los recién nacidos y niños de corta edad que tuviesen malformaciones, síndrome de Down, microcefalia, parálisis cerebral, o lo que se denominaba imbecilidad…
Estos casos debían ser evaluados por un comité de tres médicos, que decidían si el niño debía ser trasladado a una de las clínicas pediátricas donde el niño recibiría un tratamiento especial.
Obviaré decir que ese tratamiento especial consistía en dejarlos morir de inanición, o en la sobre administración de fenobarbital, provocándoles paradas respiratorias o neumonías y bronquitis a las que no daban tratamiento. O directamente inyectándoles una mezcla de morfina y escopolamina.
Cuando los padres de estos niños se negaban a que fuesen ingresados en estos centros especiales en los que supuestamente se les iba a tratar, eran amenazados con perder determinadas ayudas sociales.
Se estima que 5 o 6 mil niños de hasta 16 años fueron asesinados dentro de este programa hasta el final de la guerra.
Por otro lado, un mes después de comenzar la guerra, Hitler autorizó secretamente que el rango de edad en el que se aplicaban estas eutanasias fuese aumentado, incluyendo a los adultos indeseables internados en hospitales psiquiátricos, asilos, residencias, … Pero en algunos lugares, ya no se andaban con tantos remilgos, y un tiro de un oficial de las SS, era el método de elección para dejar camas libres en los hospitales de cara a admitir soldados heridos en la contienda.
Se crearon entonces verdaderas fábricas de matar: Los campos de exterminio. Una especie de preludio de en lo que se convertirían los campos de concentración. Seis instalaciones médicas fueron acondicionadas para recibir a las 80.000 personas que se calcula que fueron eliminadas. Se crearon salas con aspecto de duchas en las que entraban las víctimas en grupos, y en las que en realidad eran gaseadas con monóxido de carbono. Algunos cuerpos se utilizaban para investigación, y el resto se pasaban a un horno crematorio. Un tiempo después se informaba a las familias, en caso de haberlas, de que el enfermo había fallecido por cualquier motivo, y se le hacía entrega de unas cenizas.
Conviene aclarar, que esto era un programa secreto, y todo el personal implicado debía guardar silencio bajo coacciones. Precisamente toda la gestión fue asignada a la Cancillería del Führer precisamente porque esta no tenía que dar cuenta a la administración pública ni al partido.
Lo que se estaba haciendo se encontraba fuera de la ley incluso para el marco jurídico del Tercer Reich.
Retomando lo que comentamos al principio, la experimentación en humanos llevada a cabo por los nazis se dividía en dos grandes grupos, y el primero de ellos era el de las investigaciones dedicadas a implantar la eugenesia o mejorar los métodos aplicables para llevarla a cabo. Pero me puse a hablar de la eugenesia propiamente dicha, de su recorrido y de cómo está vinculada al régimen nazi, para poder ponerte en antecedentes antes de pasar a hablar de los experimentos.
Siento haberme enrollado, pero creo que toda esta información era necesaria para contextualizar.
Mucho antes incluso de comenzar la guerra, a los dos meses de llegar Hitler al poder, las SA, las SS, la policía, y las autoridades locales, comenzaron a abrir campos de concentración para recluir a todo aquel que fuese considerado enemigo del régimen.
Y como todo el mundo tiene en mente, con el tiempo estos también acabaron convirtiéndose en fábricas de muerte. Pero también fueron macabros laboratorios, donde los prisioneros sin derechos, se convertían en conejillos de indias de médicos y científicos que experimentaban con ellos sin ningún tipo de ética para satisfacer las necesidades del Reich.
Cuando los detenidos llegaban a los campos, los doctores responsables de las investigaciones aparecían por allí, y al tan fríamente como se selecciona la fruta en un mercado, elegían a los que iban a ser las víctimas de sus pruebas.
Los experimentos para mejorar el programa eugenésico se dividían en varios campos.
El primero de ellos era la búsqueda de nuevos métodos para esterilizar individuos. Se buscaban sistemas baratos, rápidos y eficaces para realizar esterilizaciones masivas y así impedir la reproducción de aquellos denominados «indeseables».
Uno de los métodos con los que más se trabajó, tanto para la esterilización masculina como femenina, fue el uso de radiaciones ionizantes, como los rayos X.
Carl Clauberg, ginecólogo y profesor universitario, prestó sus servicios en los campos de Auschwitz y Ravensbrück. Fue uno de los médicos que obligaron a mujeres a someterse a grandes dosis de rayos X dirigidos a su abdomen y pelvis con el objetivo de destruir los ovarios y el aparato reproductor.
Evidentemente todo se realizaba sin ningún tipo de analgesia. Y los efectos secundarios eran terribles dolores, hemorragias, quemaduras internas y externas, necrosis de los tejidos, infecciones… Muchos casos acababan en agonía y muerte.
Y las mujeres que sobrevivían quedaban debilitadas y con dolor crónico.
Pese a las secuelas, si la mujer quedaba infértil, Clauberg daba por exitoso el experimento.
Este método también era aplicable a los hombres:
El doctor Horst Schumann desarrolló en los campos de Auschwitz y Sachsenhausen, un método mediante el cual, los sujetos varones eran colocados desnudos en una silla, que permitía, mediante una abertura en el asiento, que los genitales quedasen expuestos por la parte inferior.
Así, con una máquina de rayos X se irradiaba de forma más localizada el escroto, durante varios minutos causando daño a los testículos.
Tras unas semanas, se revisaba a los sujetos, y en muchos casos, se les sometía a la extirpación de los testículos para poder estudiar los resultados de la irradiación.
Los efectos secundarios eran prácticamente los mismos que en los casos femeninos.
Además de la radiación, también se realizaron experimentos de esterilización en ambos sexos —aunque principalmente en mujeres— recurriendo a la inyección de sustancias químicas altamente corrosivas en los órganos sexuales. Por supuesto, también sin anestesia.
Nuevamente Carl Clauberg fue uno de los doctores más activos en este campo.
Las sustancias favoritas eran el nitrato de plata, el fenol, el formaldehido, o soluciones salinas altamente concentradas.
En el caso de las mujeres, se inyectaban en el cuello uterino o en las trompas de Falopio. En los hombres, en los conductos deferentes o en los testículos.
El objetivo era que la inflamación, y la destrucción de tejido, y la posterior cicatrización, provocasen la obstrucción de las trompas o los conductos deferentes.
Los efectos secundarios, además de terribles dolores, calambres y espasmos, eran necrosis tisulares, infecciones, envenenamiento, … Muchos sujetos de estos experimentos fallecían por septicemia, y los que sobrevivían, tanto ellas como ellos, padecían las secuelas de por vida.
Los médicos nazis también investigaron métodos hormonales para provocar la esterilidad.
Entre las prácticas que llevaron a cabo, se incluían la administración de grandes dosis de hormonas sexuales, como estrógenos o andrógenos sintéticos, con la intención de alterar el equilibrio hormonal del cuerpo. En mujeres, estas dosis elevadas podían detener la ovulación, causar trastornos menstruales crónicos y la atrofia de los órganos reproductores. En hombres, el uso de hormonas feminizantes podía provocar reducción del volumen testicular, impotencia y pérdida irreversible de la fertilidad.
Por si fuera poco, se experimentó con combinaciones de tratamientos hormonales y radiológicos para maximizar la eficacia esterilizante.
Estas prácticas no solo buscaban impedir la reproducción de ciertos grupos humanos, sino el hecho de «refinar» métodos para que pudieran aplicarse de manera masiva y lo más fácilmente posible en las poblaciones que los nazis planeaban someter tras sus conquistas.
Es evidente que estos métodos eran preferibles, por sencillos y rápidos, a la esterilización por medios más intervencionistas. Pero los doctores nazis no renunciaron, teniendo sujetos de experimentación al alcance de la mano, a la investigación de nuevas técnicas para la esterilización quirúrgica.
Karl Gebhardt, cirujano jefe de las SS y médico personal de Himmler, y Helmut Vetter, médico en Auschwitz y Majdanek, son solo dos de los doctores que se vieron implicados en estos procedimientos quirúrgicos, que en muchos casos se realizaban sin condiciones estériles y sin anestesia.
Si el sujeto era mujer, se le podía someter a ligaduras de trompas con diferentes técnicas, o a la extirpación de partes del aparato reproductor, como el útero o los ovarios. La cuestión era estudiar el método más sencillo para esterilizar sin necesidad de la extirpación completa.
En el caso de los hombres, se buscaban diferentes técnicas para realizar vasectomías, o la extirpación de los testículos.
Tanto en el caso de hombres como mujeres, en muchos casos los experimentos podían combinar diferentes métodos. Por ejemplo, era habitual la extirpación de partes del aparato reproductor tras haber utilizado castración radiológica o química, para realizar estudios de las consecuencias de estas.
Estas intervenciones, como te he comentado, en muchas ocasiones se realizaban sin técnica estéril. Y por otro lado tampoco había gran interés en conservar la salud del paciente tras la cirugía, por lo que muchas de estas operaciones, acababan provocando hemorragias internas, infecciones masivas, necrosis… Huelga decir que la tasa de mortalidad era alta.
Y aun superviviendo, las secuelas, tanto físicas como emocionales eran permanentes.
Por cierto, hay que tener en cuenta que lo de las secuelas permanentes era muy relativo: Eran todo lo permanentes que podían ser en un campo de concentración en el que cuando un sujeto dejaba de ser útil, en este caso como conejillo de indias, se lo llevaban a las duchas: Duchas sin agua, duchas de muerte…
Como inciso, cabe destacar que estas técnicas de esterilización radiológicas, quirúrgicas o químicas, no se limitaron exclusivamente a los grupos considerados “indeseables” por razones eugenésicas. En algunos casos, fueron aplicados también a soldados enemigos capturados, especialmente soviéticos, como forma de castigo, humillación y prevención. Se buscaba impedir su reproducción futura y, eliminar cualquier posibilidad de “contaminación genética». Esta aplicación añadía una dimensión militar y estratégica a la esterilización.
Al margen de los experimentos para conseguir realizar esterilizaciones en serie, como si se tratase de una cadena de producción, los nazis también desarrollaron otras líneas experimentales con la eugenesia como argumento.
Fueron diversos los experimentos para probar teorías raciales que pretendían demostrar que la raza aria era superior a cualquier otra, especialmente a judíos, gitanos y eslavos.
Uno de los campos fue el de las mediciones antropométricas y craneométricas, llevadas a cabo por médicos como August Hirt, que en la Universidad de Estrasburgo dirigió un proyecto que consistía en medir cráneos, estructuras faciales y proporciones corporales de algunos prisioneros. Después eran asesinados, se les realizaba una necropsia y posteriormente se conservaban sus esqueletos como muestras representativas de “razas inferiores”.
También se recogieron colecciones de órganos, ojos y tejidos de personas con características físicas consideradas inusuales, como el enanismo, el gigantismo o el albinismo, a menudo recolectadas tras asesinatos selectivos.
Todas estas prácticas no tenían ningún valor científico real, pero se usaban como justificación de las ideas racistas del régimen y como instrumento de propaganda para reforzar la ideología nazi.
Si hay un nombre conocido en el ámbito de la experimentación nazi, es el del doctor Josef Mengele, quien llevó a cabo numerosos experimentos, muchos con gemelos, en el campo de Auschwitz. Mengele, apodado «El ángel de la muerte”, estaba obsesionado con la herencia genética, y consideraba que el estudio comparativo de gemelos podía aportar datos valiosos sobre cómo se transmitían las características raciales, todo con la intención de potenciar la raza aria.
Mengele realizó diferentes tipos de experimentos, para los cuales seleccionaba gemelos idénticos, monocigóticos, pues creía que así sus experimentos comparativos partían de la base de dos personas con idéntico material biológico.
Una de sus pruebas recurrentes era la transfusión de sangre cruzada entre gemelos, para así poder observar si se producían cambios físicos.
El débil fundamento de estos experimentos presuponía que la sangre era la portadora de la esencia, la identidad racial, e incluso de capacidades espirituales.
Así que, al intercambiar la sangre de un gemelo con la de su hermano o hermana, esperaba observar cambios que le revelaran cómo se compartía o alteraba esa supuesta “naturaleza hereditaria”.
También gustaba de provocar mutilaciones, heridas y sufrimiento a uno de los gemelos y observar si existía algún tipo de somatización en el otro hermano. A menudo, uno de los gemelos era sometido a amputaciones, incisiones profundas o infecciones provocadas, mientras el otro era observado minuciosamente en busca de reacciones paralelas, tanto físicas como emocionales. Si uno de ellos fallecía como consecuencia del experimento, el otro solía ser asesinado poco después para llevar a cabo una autopsia comparativa. En otros casos, simplemente se los sometía a dolorosas intervenciones quirúrgicas sin anestesia, como parte de un macabro intento de encontrar diferencias estructurales internas. Todo esto se realizaba bajo el disfraz de investigación médica, cuando en realidad se trataba de una tortura sistemática, ejecutada con una frialdad científica escalofriante.
También había otra práctica habitual en el caso de la experimentación con gemelos:
A uno, o en algunos casos a los dos hermanos, se les inoculaba deliberadamente una enfermedad infecciosa, como tuberculosis, tifus, disentería o cualquiera de las variadas patologías habituales en los campos.
Mengele estudiaba entonces cómo el organismo reaccionaba: la velocidad de aparición de los síntomas, la progresión de la enfermedad, el nivel de fiebre, el deterioro físico, la respuesta inmune visible, etc.
La comparación de los datos de los dos gemelos, sano y enfermo, o enfermos los dos, era la finalidad de estos experimentos.
Además de todas estas intervenciones quirúrgicas y experimentales más agresivas, Mengele también dedicó parte de su trabajo a la comparación pormenorizada del desarrollo físico y mental entre gemelos, con la idea de que sus similitudes o diferencias podían revelar verdades ocultas sobre la genética y la raza.
A estos niños y adolescentes se les sometía a una rutina prácticamente diaria de mediciones corporales meticulosas: altura, peso, perímetro craneal, longitud de extremidades, proporciones faciales… También se realizaban análisis fotográficos, radiografías y moldes en yeso de cráneos y mandíbulas.
Además, se les realizaban pruebas de memoria, lenguaje, coordinación motora y otras capacidades mentales, siempre buscando confirmar ideas preconcebidas sobre la inteligencia «racial».
Como imaginarás, todo esto se realizaba sin el menor respeto por el bienestar de sujetos, con exámenes repetitivos, humillantes y agotadores, sin descanso, y generalmente bajo amenazas o con castigos físicos si no colaboraban.
Pero no solo se centraba en gemelos. Mengele también sentía obsesión y sometía a estas mediciones y análisis a personas que presentaban enanismo, gigantismo, albinismo u otras características físicas que se salían de lo habitual. Con frecuencia, estos individuos eran sometidos a operaciones quirúrgicas para estudiar sus peculiaridades, o asesinadas para realizar disecciones y conservar sus cuerpos como “material científico”.
Otro objetivo de las investigaciones de Mengele fueron las mujeres embarazadas.
Hay constancia documentada de que incluso se llegaban a provocar embarazos en prisioneras con el objetivo de estudiar su evolución en condiciones de desnutrición, estrés, encierro…
Algunas mujeres eran obligadas a llevar su gestación adelante hasta un punto determinado, tras lo cual se practicaba un aborto por distintos medios, en ocasiones también experimentales, o se realizaban intervenciones quirúrgicas para comprobar la evolución de los embarazos.
Estoy hablando, por ejemplo, de realizar cesáreas para extraer el feto en vivo y estudiarlo.
Todo esto también se hacía sin anestesia, sin consentimiento y con una total indiferencia hacia la salud y el dolor de las víctimas. Huelga decir, que muchas de estas mujeres, morían por complicaciones intra o post operatorias.
En otras ocasiones, se permitía que los embarazos llegasen a término con el objetivo de poder evaluar la calidad racial de los bebés, que nada más nacer, eran sometidos a un examen físico.
Si el bebé cumplía con los cánones compatibles con el ideal ario en cuanto a color de piel, color de ojos y cabello, forma del cráneo… Era separado de su madre y puesto en manos de familias o instituciones alemanas, a través del programa de germanización de niños «racialmente valiosos».
En caso de que el bebé no fuese considerado racialmente apto era asesinado mediante desnutrición, abandono, asfixia o inyección letal, y su cuerpo utilizado para análisis anatómicos.
Uno de los experimentos más espeluznantes que llevó a cabo Josef Mengele en Auschwitz consistió en la inyección de sustancias químicas en los globos oculares de niños y adultos, en su mayoría prisioneros judíos o gitanos.
Se recurría a tintes industriales, formaldehído, nitrato de plata, azul de metileno, …
Mengele pretendía cambiar el color del iris de los sujetos, especialmente hacia tonos azules, ya que en la ideología nazi los ojos azules eran considerados un rasgo distintivo de la raza aria ideal. Pero lo cierto es que lo que se conseguía, además del dolor insoportable del sujeto de experimentación, eran efectos como úlceras, pérdida de visión, deformaciones, necrosis, o graves infecciones que podían desencadenar septicemias mortales.
Por si fuera poco sufrimiento, en muchos casos, esos ojos eran extirpados, con el paciente vivo o muerto, para ser estudiados o conservados como parte de una macabra colección.
Mengele, y los otros médicos del régimen que realizaron experimentos para implantar la eugenesia y demostrar la supremacía aria, llevaron a cabo investigaciones sin valor científico real. Pero que eran utilizadas como argumento ideológico para reforzar las creencias del régimen nazi sobre la supremacía racial. Buscaban demostrar, a través del sufrimiento, una mentira construida con sangre y crueldad.
Antes de seguir, creo que es importante hacer una pausa. Hasta este punto, hemos explorado las atrocidades cometidas bajo la bandera de la eugenesia: experimentos orientados a depurar la raza, demostrar la supuesta superioridad aria y aplicar métodos masivos de esterilización. Pero la brutalidad de los experimentos nazis no se limitó a la ideología racial. Hubo otra vertiente, igual de terrible, que respondía a fines más prácticos: el esfuerzo de guerra.
Muchos de los experimentos realizados en los campos de concentración tenían como objetivo resolver problemas estratégicos o médicos del frente. Buscaban aumentar la resistencia de los soldados, encontrar tratamientos de emergencia para heridas de combate o entender cómo sobrevivir en condiciones extremas. Estos experimentos tampoco tuvieron base ética alguna. Las víctimas seguían siendo prisioneros utilizados sin consentimiento como material humano desechable.
Así que, tras hablar de la eugenesia, ahora abrimos el segundo gran bloque temático: el de la experimentación médica no eugenésica.
Unos de los experimentos más brutales vinculados al esfuerzo de guerra fueron los relacionados con la hipotermia. El objetivo era desarrollar métodos eficaces para reanimar a pilotos de la Luftwaffe derribados en el Mar del Norte o soldados expuestos a temperaturas extremas en el frente oriental. La lógica era tan pragmática como inhumana: si el régimen iba a combatir en condiciones gélidas, debía saber hasta qué punto podía resistir el cuerpo humano.
Los experimentos se llevaron a cabo en el campo de concentración de Dachau, bajo la dirección del doctor Sigmund Rascher, colaborador cercano de Himmler y uno de los principales médicos experimentales del régimen.
El método consistía en sumergir desnudas a las víctimas en tanques de agua helada o en exponerlas al aire libre durante horas, en muchas ocasiones hasta que perdían el conocimiento o dejaban de respirar.
Se anotaban datos como la temperatura corporal, la frecuencia cardíaca, la capacidad de respuesta a medida que los cuerpos se iban enfriando, y los tiempos que las víctimas en entrar en shock, perder el conocimiento o morir.
A veces, tras haber alcanzado el estado de inconsciencia o una hipotermia grave, se probaban diferentes métodos de reanimación, como masajes cardiacos improvisados, baños calientes a diferentes temperaturas, incluso casi hirviendo, o la exposición al calor corporal de otros prisioneros, llegando al punto de forzarse relaciones sexuales con el argumento de acelerar la circulación sanguínea.
Nuevamente, todo se hacía sin anestesia, sin consentimiento, y con un desprecio absoluto por la vida humana. Las víctimas gritaban de dolor mientras su cuerpo era invadido lentamente por el frío, hasta que la voz se apagaba y sus temblores se transformaban en rigidez. El frío no era solo físico, era un vacío que parecía devorar el alma, como si algo invisible les hubiese robado el último recuerdo feliz. Rascher no buscaba salvar vidas: buscaba datos. Y para conseguirlos, la muerte era solo una variable más del experimento.
Aunque ya hemos descrito los horrores de la inmersión en agua helada como parte de los experimentos de hipotermia, existieron otras variantes de esta práctica que se enfocaban en el estudio del cuerpo humano sometido a temperaturas extremas, tanto frías como calientes.
En algunos experimentos documentados, los prisioneros eran obligados a sumergir partes de su cuerpo —y en ocasiones, el cuerpo entero— en líquidos a temperaturas cercanas al punto de ebullición. Se buscaba observar los efectos inmediatos de las quemaduras por escaldado, el tiempo que tardaban en producirse ampollas, necrosis, y la evolución del dolor y el shock térmico.
Este tipo de pruebas buscaba simular situaciones de guerra extremas, como la caída en líquidos calientes en entornos industriales o el contacto con metales y fluidos sobrecalentados en el interior de aviones o vehículos dañados.
Otros de los experimentos más atroces realizados en Dachau bajo la dirección del doctor Sigmund Rascher, consistían en simular las condiciones que sufrían los pilotos alemanes cuando volaban a gran altitud sin presurización en la cabina de sus aviones.
Estos se realizaban utilizando cámaras de baja presión en las que se encerraba a prisioneros, generalmente jóvenes sanos, a los que se sometía a descensos bruscos de presión atmosférica. Estas cámaras reproducían la atmósfera de altitudes que iban desde los 10.000 hasta los 20.000 metros.
Evidentemente, los efectos de la baja presión y la falta de oxígeno eran terribles: pérdida de conciencia, sangrado por los oídos y la nariz, convulsiones, colapso pulmonar, y en muchos casos, muerte por embolia o fallo multiorgánico. Se registraba todo el proceso y la progresión de los síntomas. Se cronometraban los tiempos de resistencia y se registraba cada detalle, para comprender los límites fisiológicos de la tripulación aérea.
Rascher llegó a elaborar informes donde describía con fría precisión cómo los prisioneros sufrían espasmos, entraban en coma o perdían el control de esfínteres antes de fallecer. Incluso se filmaron algunas sesiones con fines “científicos”.
En algunos casos, tras la muerte de los prisioneros, se realizaban autopsias de inmediato para estudiar los efectos de la descompresión en los órganos. No se administraban sedantes ni se ofrecía ningún tipo de asistencia médica: los sujetos simplemente eran sacrificados en una cámara sellada, mientras médicos y asistentes tomaban notas desde el exterior.
Una vez exploradas las formas en las que el régimen nazi puso a prueba los límites de la resistencia física humana ante condiciones extremas, es necesario adentrarse en otro de los bloques más inquietantes de la experimentación en los campos: el de los ensayos médicos y farmacológicos. Bajo la apariencia de una investigación clínica rigurosa, se ocultaba un sistema de prueba cruel, donde los cuerpos de los prisioneros eran utilizados como terreno de ensayo para vacunas, medicamentos y compuestos experimentales.
Estos experimentos no solo respondían a necesidades de guerra —como encontrar remedio para enfermedades que afectaban a las tropas—, sino también a intereses industriales y económicos, ya que muchas de las pruebas se realizaban en colaboración con empresas como el conglomerado químico y farmacéutico IG Farben, que incluía marcas tan conocidas como BASF o Bayer .
Creo que no exagero si digo que uno de los campos más crueles de la experimentación médica nazi fue la inoculación deliberada de enfermedades graves en prisioneros sanos. Estas prácticas, llevadas a cabo en campos como Dachau, Buchenwald o Auschwitz, tenían como objetivo encontrar vacunas o tratamientos eficaces para infecciones que afectaban al ejército alemán.
Las víctimas eran infectadas a propósito con tifus, malaria, tuberculosis, hepatitis, disentería y otras enfermedades infecciosas, a menudo sin saber siquiera qué se les estaba introduciendo en el cuerpo. En muchos casos, la infección se realizaba por inyección, pero también se usaban métodos como picaduras de mosquitos infectados (especialmente en el caso de la malaria) o la ingestión de sustancias contaminadas.
Una vez infectados, los prisioneros enfermos eran observados con meticulosidad: se registraban los síntomas, la evolución del cuadro clínico, la respuesta o no a medicamentos, e incluso el momento de la muerte. Algunos eran medicados con preparados experimentales, mientras que otros eran simplemente dejados morir sin atención, para estudiar la progresión natural de la enfermedad.
Las condiciones en las que se realizaban estos experimentos hacían imposible cualquier validez científica real. Los sujetos no eran seleccionados de forma controlada, no se respetaban estándares ni protocolos médicos, y el objetivo nunca fue salvar vidas, sino aprovechar la ausencia de ética ante el sufrimiento para acumular datos. Las enfermedades, que ya eran una amenaza cotidiana en los campos de concentración, se convirtieron así en instrumentos adicionales de opresión.
Uno de los subgrupos de experimentación farmacológicos más macabros se centró en el ensayo de antibióticos, sobre todo de las sulfonamidas, compuestos que comenzaban a perfilarse como tratamientos eficaces contra infecciones bacterianas.
En el campo de concentración de Ravensbrück se realizaron experimentos sistemáticos sobre mujeres prisioneras.
A las víctimas se les realizaban cortes profundos o incisiones quirúrgicas, que luego se infectaban intencionadamente con suciedad, virutas de madera, metal, o fragmentos de vidrio. Se inoculaban también infecciones por bacterias como estreptococos o estafilococos, y las bacterias responsables del tétanos o la gangrena.
Posteriormente, se administraban sulfonamidas a una parte del grupo, mientras que otras prisioneras eran dejadas sin tratamiento para comparar la evolución de las infecciones.
Se documentaban el grado de inflamación, la aparición de fiebre, el dolor, la extensión de la necrosis y, en muchos casos, la muerte por septicemia.
Al contrario de lo que podría esperarse en una investigación clínica real, no existía ningún protocolo de seguridad, ni consentimiento, ni ética médica. Las heridas se dejaban abiertas, se operaban sin anestesia, y los efectos del dolor y la infección no se trataban, ya que eran parte del experimento.
Además de los experimentos relacionados con enfermedades o tratamientos médicos, los nazis también utilizaron a prisioneros como conejillos de indias para ensayar armas químicas y biológicas y evaluar la resistencia del cuerpo humano frente a estas.
En campos como Auschwitz, Sachsenhausen y Neuengamme, se expuso a prisioneros a sustancias como gas mostaza, fosgeno y otros compuestos tóxicos, ya fuese mediante la inhalación en cámaras cerradas, la exposición cutánea directa o incluso la introducción en heridas abiertas.
Se buscaba observar los efectos inmediatos y a largo plazo: desde la irritación de mucosas y piel hasta la destrucción de tejidos pulmonares, ceguera, o la muerte por asfixia.
En otras ocasiones, se administraban pequeñas dosis en exposiciones controladas para comprobar la tolerancia acumulativa y buscar un umbral de toxicidad. Así se estudiaba la posibilidad de usar estos compuestos de forma controlada para incapacitar al enemigo sin matarlo, mientras que otros buscaban desarrollar antídotos o tratamientos de emergencia para las tropas alemanas en caso de ataque enemigo.
En paralelo a los ensayos con gases tóxicos, los nazis mostraron interés por la posibilidad de utilizar enfermedades infecciosas como armas de guerra.
La experimentación con armas biológicas consistió en infectar deliberadamente a prisioneros con patógenos altamente contagiosos para evaluar su viabilidad como agentes de ataque masivo.
Las enfermedades más utilizadas fueron el tifus, la tuberculosis, el cólera y la disentería, no solo por su letalidad, sino por la facilidad con la que podían propagarse en condiciones de hacinamiento. Algunos prisioneros eran alojados juntos tras ser infectados, para observar cómo se extendía la enfermedad entre ellos y cuál era el tiempo medio de incubación y de aparición de síntomas.
Los médicos también exploraban métodos de dispersión de los patógenos, incluyendo la contaminación de alimentos, agua potable o ropas, y documentaban cuánto tiempo permanecían activos fuera del cuerpo humano. A veces se comparaban cepas distintas del mismo virus o bacteria para ver cuál resultaba más eficaz para sus objetivos militares.
Aunque no existen pruebas definitivas de que los resultados de estas investigaciones fuesen aplicados en el frente, el solo hecho de que se estudiara con ese fin indica hasta qué punto la medicina había sido instrumentalizada por el aparato militar nazi. Las víctimas de estas pruebas evidentemente no eran tratadas de la enfermedad, sino observadas hasta el final, como parte de una cadena de experimentación meticulosa y despiadada.
Hasta este punto, hemos visto cómo el cuerpo humano fue sometido a pruebas físicas, farmacológicas, químicas y biológicas a un nivel frío y desalmado. Pero la siguiente categoría de experimentación daría un paso aún más macabro: La crueldad disfrazada de ciencia permitió, a través de los procedimientos de cirugía experimental, que el quirófano pasara de ser un lugar en el que salvar vidas, a convertirse en una cámara de tortura.
En particular, los campos de Ravensbrück y Auschwitz fueron escenarios habituales de estas prácticas, donde las víctimas, en su mayoría mujeres, fueron sometidas a operaciones dolorosas y repetidas sin anestesia, sin justificación médica y sin posibilidad de recuperación por parte de médicos como Karl Gebhardt (guebhardt) y Herta Oberheuser (overhoiser).
Uno de los principales objetivos de estos experimentos era estudiar la capacidad del cuerpo humano para regenerar tejidos, nervios y huesos tras sufrir lesiones graves. Para ello, se realizaban trasplantes de fragmentos óseos, musculares o nerviosos entre prisioneros.
Estos trasplantes no tenían fines reconstructivos, sino puramente experimentales: se tomaban secciones de tejido de un cuerpo vivo y se implantaban en otro, con un seguimiento rudimentario del proceso de integración o rechazo.
En otros casos, las víctimas eran sometidas a amputaciones sucesivas, a menudo en una misma extremidad, para observar cómo se comportaba el tejido ante la agresión repetida. Algunas personas eran intervenidas en múltiples ocasiones, cada una más destructiva que la anterior, sin otro propósito que el de registrar el deterioro progresivo del cuerpo humano.
Las heridas resultantes no se cerraban correctamente ni se trataban para favorecer la curación. Es más, muchas veces se dejaban abiertas o se infectaban deliberadamente, como parte de otros experimentos paralelos. Las condiciones higiénicas eran inexistentes, y la posibilidad de sobrevivir a estas cirugías era prácticamente nula.
Otra de las líneas de investigación más siniestras del aparato médico nazi fue la simulación intencionada de heridas de guerra, con el objetivo de probar tratamientos de urgencia que pudieran aplicarse en el frente.
Estos experimentos, fueron realizados principalmente en los campos de Buchenwald y Ravensbrück, y buscaban recrear las condiciones que un soldado podía experimentar tras sufrir una lesión en combate: fracturas, quemaduras, heridas por arma de fuego o metralla.
Como no te costará imaginar, los prisioneros eran heridos deliberadamente, a veces con cuchillos, otras mediante disparos controlados o exposición directa a llamas.
En muchos casos, las heridas eran luego infectadas de manera intencionada para estudiar su evolución.
La evolución de estas infecciones era seguida de forma meticulosa: se registraban los días de aparición de los primeros síntomas, la velocidad de propagación de la necrosis, el desarrollo de fiebre, el dolor percibido, y la respuesta del cuerpo ante distintos niveles de intervención médica.
Mientras que con algunos sujetos no se realizaba ninguna acción para tenerlos como muestra comparativa de la evolución natural de las heridas, a otros les aplicaban sustancias químicas de diferente composición y procedencia. Algunas de estas eran desarrolladas por compañías farmacéuticas colaboradoras del régimen. Se experimentaba así su eficacia como antisépticos, coagulantes o analgésicos. Se experimentaba también con técnicas de curas, suturas y vendajes de emergencia, lo cual no aseguraba la curación final de la herida pues estas prácticas estaban lejos de buscar la recuperación del paciente.
Lo que se buscaba era comprobar cuánto tiempo podía resistir un cuerpo herido tras recibir un tratamiento concreto, o cuál era la técnica más eficaz para estabilizar a alguien con una herida de metralla, fractura expuesta o quemadura grave.
A veces se cronometraba cuánto tiempo tardaba una hemorragia en detenerse con determinado tratamiento, o cuánto tardaba en reaparecer la fiebre tras una intervención quirúrgica rápida. Si el tratamiento no funcionaba, no importaba: El resultado era simplemente una muerte más en el proceso experimental.
Los datos obtenidos eran compartidos con instituciones médicas y militares, como si se tratara de investigaciones válidas, desdeñando por completo el hecho de que se habían obtenido sobre la instrumentalización absoluta del cuerpo humano.
Tras haber analizado los intentos por simular heridas de guerra y evaluar tratamientos de emergencia, el recorrido por los experimentos médicos nazis nos lleva ahora a otro frente: el del deterioro físico provocado por la privación prolongada de recursos básicos.
El hambre y la deshidratación se convirtieron en herramientas de observación científica, y los cuerpos famélicos de los prisioneros, en el escenario perfecto donde registrar el desgaste extremo de la vida humana.
Los nazis no solo se servían de la malnutrición inherente a los campos de concentración como un mecanismo de control y castigo, sino que en determinados momentos provocaban intencionadamente regímenes de privación de alimentos y agua para estudiar sus efectos sobre la fisiología humana.
Se retiraba por completo el acceso a comida o bebida durante días o semanas, según la resistencia del prisionero.
Los médicos registraban el peso corporal, el estado de la piel, el estado anímico, y síntomas como la caída del cabello, la debilidad muscular, la sequedad de las mucosas, alteraciones neurológicas, pérdida de la conciencia, fallos renales o cardiacos. En los últimos estadios, también se documentaban alucinaciones, espasmos musculares, y una extrema fragilidad inmunológica que hacía que cualquier infección se volviera letal.
Se buscaba documentar la evolución de síntomas como pérdida de masa muscular, edemas, debilidad progresiva, fallos orgánicos y, por supuesto, el momento en que el cuerpo ya no podía sostener la vida.
También se ensayaban dietas experimentales: mezclas alimenticias adulteradas, raciones mínimas o compuestos artificiales. Se medía cuánto tiempo podía sobrevivir un individuo con una dieta basada exclusivamente en pan mohoso, agua con harina o sopas diluidas, y cómo reaccionaban diferentes organismos según edad, sexo o complexión.
En algunos casos, se añadían elementos evidentemente insalubres, para comprobar su efecto en la digestión, la absorción intestinal o la aparición de vómitos, diarreas, y desórdenes metabólicos.
Estos estudios no buscaban salvar a nadie del hambre. Más bien pretendían extraer conclusiones que sirvieran al ejército alemán en caso de necesidad logística. Pero, sobre todo, se nutrían — y nunca mejor dicho— del sufrimiento de miles de prisioneros cuya vida, una vez más, fue tratada como algo prescindible.
Mientras los anteriores ensayos buscaban entender el deterioro del cuerpo bajo la carencia de nutrientes e hidratación, a continuación, te hablaré para finalizar este repaso de los experimentos nazis, de otro tipo de pruebas.
Dado el avance tecnológico en la aviación, los médicos del tercer Reich iniciaron una línea de experimentación centrada en la simulación de accidentes aéreos y los efectos de traumatismos graves asociados a vuelos de combate, colisiones y explosiones.
En este tipo de pruebas, los prisioneros eran utilizados para estudiar las consecuencias físicas de impactos a alta velocidad, vibraciones extremas o golpes violentos en la cabeza y el torso.
Se les ataba a estructuras metálicas o superficies rígidas, similares a asientos o camillas, que se lanzaban o detenían bruscamente para replicar fuerzas de desaceleración súbita, como las que sufriría un piloto al estrellarse o eyectarse.
También en algunos casos, se lanzaba a las víctimas desde torres o plataformas para simular impactos por caída libre.
O se utilizaban elementos pesados que impactaban directamente contra el cuerpo o se dejaban caer sobre las extremidades. Así se evaluaba la resistencia ósea y la capacidad de respuesta del sistema nervioso.
Además, se realizaron ensayos para analizar los efectos de ondas expansivas.
Se provocaban explosiones controladas en espacios cerrados, cercanas a los prisioneros, para poder analizar el daño interno, las hemorragias, fracturas múltiples, los efectos sobre el oído interno y la resistencia de los órganos vitales.
Otra vertiente de estos estudios incluyó pruebas con cambios súbitos de presión, retomando algunas de las observaciones obtenidas en los experimentos de altitud, pero esta vez orientadas a simular fallos estructurales en cabinas de vuelo o exposición a explosiones en espacios cerrados.
Como en todos los experimentos de los que hemos hablado hasta ahora, se registraban los datos de forma meticulosa, pero no se intentaba curar a nadie: solo documentar.
El cuerpo de los prisioneros era tratado como un objeto de ensayo más, y cada golpe, cada fractura, cada órgano reventado… servía como un dato más en la búsqueda de eficacia de la maquinaria militar.
Hasta este punto, hemos recorrido los dos grandes ejes de la experimentación médica en el régimen nazi. Por un lado, los experimentos eugenésicos, centrados en la ansiada “purificación” de la raza.
Por otro lado, hemos analizado los experimentos orientados a lo que se denomina «el esfuerzo de guerra». Esta expresión comprende el conjunto de actividades científicas, técnicas, industriales y médicas puestas al servicio de las necesidades militares de un país en conflicto.
Ambos ejes comparten un hilo conductor: la absoluta cosificación del ser humano. Ya fuese en nombre de la biología racial o de la estrategia militar, la medicina nazi convirtió aquellos hombres y mujeres en un terreno de prueba, y su sufrimiento en una fuente de datos. Sin ningún principio ético y ningún rastro de compasión, que interfiriese en este proyecto, la ciencia se volvió herramienta de dominación en los campos de concentración. Y el quirófano, una prolongación del campo de batalla.
Con la caída del régimen nazi, y el fin de la guerra, buena parte de este horror salió a la luz. Los campos fueron liberados, los documentos que no habían sido destruidos fueron descubiertos, y de los supervivientes dieron testimonio de lo inimaginable.
Se calcula que entre 7.000 y 10.000 prisioneros fueron sometidos a experimentación médica durante el régimen nazi. De ellos, al menos la mitad murieron durante los procedimientos o como consecuencia directa de los mismos. Otros sobrevivieron, pero arrastraron secuelas físicas y psicológicas irreparables.
Y si te preguntas qué fue de todos los médicos responsables de estos crímenes, Por desgracia, algunos como Josef Mengele lograron escapar viviendo de manera clandestina. Otros, como Hubertus Strughold, pudieron evitar el castigo, viajando a Estados Unidos, dentro del programa PaperClip, y acabó trabajando en la NASA. En un giro que roza la justicia poética, el propio Sigmund Rascher, cayó en desgracia dentro del régimen debido a una combinación de ambición desmedida, fraude y mentiras, y fue ejecutado en Dachau por orden de Heinrich Himmler, su protector, en 1945. Ni siquiera quienes representaban la crueldad científica más dura estaban a salvo de la cruel maquinaria que ayudaron a construir.
Por suerte, otros fueron detenidos, y posteriormente juzgados.
En los conocidos Juicios de Núremberg, varios de ellos fueron condenados por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El mundo, por primera vez, se enfrentaba judicialmente al uso de la ciencia como instrumento de exterminio.
De aquellos juicios nació un documento que marcaría un punto de inflexión en la historia de la medicina: el Código de Núremberg. Establecido en 1947, este código definió una serie de principios éticos fundamentales para la investigación médica con seres humanos. Entre ellos, la necesidad del consentimiento voluntario del sujeto, el derecho a retirarse del experimento en cualquier momento, y la obligación de evitar todo sufrimiento físico o mental innecesario. Nacía así una guía ética que, si bien no siempre se ha respetado, representa hasta hoy un pilar fundamental en la bioética contemporánea. Fue el intento más firme de poner límites a la ciencia cuando esta se desvió de su propósito más esencial: cuidar y proteger la vida.
Y como en otras ocasiones, cuanta más información tengo sobre algo, más dudas e interrogantes se me plantean.
En primer lugar, e imagino que a ti te ocurrirá lo mismo, cuesta imaginar que alguien en su sano juicio pueda mostrar la frialdad, desapego por la humanidad y ausencia de empatía necesarias para realizar las acciones que acabamos de relatar. ¿Estaban todos estos criminales mentalmente perturbados?
Esa insensibilidad al sufrimiento ajeno y esa falta de remordimiento quizá podrían revelar una psicopatía. Pero, los estudios más serios sobre este fenómeno, como los de Robert Jay Lifton en The Nazi Doctors, muestran que la mayoría de estos médicos no eran psicópatas en el sentido clínico. Muchos eran personas funcionales, educadas, e incluso brillantes, pero que actuaban bajo un sistema moral profundamente deformado.
Lifton habla de la ‘división del yo’: la capacidad de estos individuos para comportarse con brutalidad extrema en el contexto del campo de concentración, y volver a ser padres, esposos o ciudadanos normales fuera de él. Desarrollaron una forma de desdoblamiento psicológico que les permitía ejercer la violencia sin sentir culpa. No se veían como malvados. Se hallaban dentro de una burbuja ideológica que les otorgaba legitimidad y evitaba el conflicto de conciencia. Creían sinceramente en la lógica racial del nazismo y se veían como ejecutores de una “ciencia superior”.
Más que monstruos, eran médicos sin alma, formados para sanar, pero deformados por una ideología que les enseñó a arrebatar la vida.
Respecto a las víctimas, no puedo ni siquiera hacerme una idea de los padecimientos que soportaron. Cómo fueron llevados al límite de su resistencia física y mental.
He recordado una vez, hace años ya, que una odontóloga a la cuya consulta acudía, me extrajo una muela. Como las raíces eran muy abiertas, se vio obligada a sacar la pieza por partes. Pues bien, de alguna manera, una pequeña esquirla debió quedar en el alveolo, y un par de horas después, no parecía dejar de sangrar, y regresé a la consulta.
Posiblemente la odontóloga debió pensar que la zona seguía anestesiada, e introdujo un instrumento, no recuerdo si una cureta o algo similar, en el hueco. Pero yo ya había recuperado la sensibilidad, y en un acto reflejo ante el dolor me moví y le pegué un manotazo.
Poniéndome en el lugar de los sujetos de estos experimentos he pensado cómo de terrible podía ser el ser sometidos a esos dolorosos procedimientos, o a esas intervenciones quirúrgicas sin anestesia.
Y mientras pensaba en esto, se me ha pasado una cosa por la cabeza. Un detalle práctico, si quieres llamarlo así.
Siempre me ha causado curiosidad la medicina, así que sé, que una inducción de anestesia general supone: analgesia, para el dolor, sedación, para dormir, y relajación muscular para que el cuerpo se quede quieto. Tan quieto que se puede parar hasta el reflejo respiratorio, y por eso se intuba a los pacientes.
Entiendo que, sin esa secuencia, por mucho que a uno le aten a la camilla, se puede agitar, retorcer, y eso puede dificultar mucho la labor del cirujano.
Pues intentando buscar información sobre este asunto, hay documentación que habla de que, en la mayoría de los casos, las víctimas eran inmovilizadas manualmente por otros prisioneros forzados a colaborar o por personal de las SS. También se empleaban correas, cinturones de cuero, cuerdas o dispositivos metálicos para sujetar al individuo a la camilla o mesa de operaciones.
Pero muchas víctimas llegaban a las salas de experimentación tan debilitadas por el hambre, el frío o las enfermedades, que apenas podían resistirse. Y aunque su estado les permitiese hacerlo, muchos prisioneros no se atrevían a ello, sabiendo que cualquier intento de lucha podía terminar con un sufrimiento mayor.
Casi podría decirse que lo mejor que le podía pasar a los sujetos era perder el conocimiento por el shock o el dolor, momento que los médicos aprovechaban para continuar con la intervención.
Y precisamente pensando en todo este sufrimiento, me surge una pregunta probablemente incómoda:
¿Se debe usar la información obtenida en estos experimentos?
Habrá quien opine que por repugnante que sea la forma en la que se han obtenido, algunos de esos datos podrían tener utilidad científica o médica. Incluso que, ya que se ha pagado un precio tan alto por obtener esa información, se deberían aplicar esos conocimientos para salvar vidas.
Pero también se podría argumentar que usar ese conocimiento sería como validar o legitimar el modo en el que se obtuvo. Y que los principios éticos no se pueden sacrificar en nombre de la utilidad científica.
Además, muchos de esos experimentos, no tenían el suficiente rigor científico, y sus resultados eran poco fiables.
Los que no tuvieron demasiado dilema ético a la hora de dar una utilidad a todo este conocimiento, fueron las grandes potencias mundiales del momento, que al final de la guerra pusieron en marcha operaciones para «rescatar talentos» científicos nazis. Por ejemplo, la operación Paperclip en el caso de Estados unidos, o la Operación Osoaviajim en el caso de la URSS
Reclutaron a científicos nazis tras la caída del Tercer Reich, con el objetivo de aprovechar su experiencia en áreas como la aeronáutica, la medicina o la ingeniería armamentística, pese a estar vinculados directa o indirectamente con crímenes de guerra. Se justificó como una necesidad estratégica en los inicios de la Guerra Fría.
Sea como sea, algunos de estos científicos fueron puestos a trabajar en agencias e instituciones. ¿Qué dice de nosotros como civilización el hecho de que hayamos premiado a algunos de esos científicos con cargos, reconocimiento y prestigio? ¿Es moral “rescatar” a científicos que colaboraron con un régimen genocida solo porque sus conocimientos pueden resultar útiles?
Y, sobre todo, y quizá la pregunta que más incógnita y desasosiego me provoca es: En un mundo donde los derechos humanos siguen siendo violados, ¿qué garantías reales tenemos de que la medicina nunca volverá a ser utilizada como herramienta de opresión?
Ya conocemos lo que ocurrió y sus consecuencias para esos miles de personas que sufrieron esos horrores. Y por supuesto, a nivel humano, presumo que todos deseamos un mundo mejor en el que esto jamás se repita. Pero tal y como están las cosas, ¿Es posible que algo así vuelva a suceder?
A todas estas preguntas, y otras más que se me ocurren, yo no tengo una fácil respuesta.
Como siempre, solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así puedas poner tu granito de arena para que esto no vuelva a repetirse.
Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte en El Factor Enigma y contarte más historias.
Por lo demás, te recuerdo que, si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso, puedes hacerlo a través Facebook, Instagram, X, en el grupo de Telegram y por supuesto de los comentarios y la comunidad de Ivoox. Suscríbete a este podcast para estar al día cuando publique nuevos episodios y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas.
Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.