Fecha de publicación: 17/Mayo/2021
Duración: 01:05:40

A finales del Siglo XIX en la Ciudad de Vitoria se vio salpicada por una serie de crímenes en los que 6 mujeres perdieron la vida a manos de un depredador. Un Serial Killer en toda regla: Juan Díaz de Garayo, el sacamantecas de Vitoria.

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¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Muchas gracias por volver a visitarme, siempre es un placer tenerte un ratito por aquí y charlar contigo! Como siempre te doy la bienvenida a este pequeño rincón, donde entre libros, documentos, legajos, y cajones llenos de pruebas y objetos asombrosos, repaso junto a ti los más misteriosos sucesos. 

Hoy vuelvo a traerte un caso de esos que ponen los pelos de punta. Y aunque haya gente que lo relacione con el mundo sobrenatural, con influencias demoníacas, lo que realmente me atemoriza de este caso es que su enigma está totalmente vinculado a lo más recóndito del ser humano.

 Quizá sea una simple cuestión de fronteras o límites… ¿Dónde está la frontera entre causar el mal por el placer del causarlo y la patología? ¿Dónde el límite en el que se elimina el tabú de lo moral para dar rienda suelta al más puro instinto? ¿Dónde está la línea que diferencia la criminalidad de la enfermedad?

En esta ocasión voy a dejar de lado los OVNIS, los fantasmas, los seres criptozoológicos y los fenómenos inexplicables, para volver a manchar de crimen las paredes de este lugar.

Hoy te traigo un suceso del que han corrido ríos de tinta. Y muchos de estos ríos llevaron aguas de leyenda, ya incluso en la prensa contemporánea a los hechos. No en vano nuestro protagonista es uno de los criminales españoles más conocidos del siglo XIX, a la altura de Manuel Blanco Romasanta, el hombre lobo de Allaríz, o Enriqueta Martí, la Vampira de Barcelona.

Y precisamente en separar ese poso de leyenda de lo que realmente aconteció, está la complicación de lo que te voy a contar. Por suerte, en su momento Ricardo Becerro de Bengoa plasmó la biografía del asesino, y en la actualidad, autores contemporáneos como Jesús del Val, o Julio Corral San Román, han editado novelas recreando la historia de nuestro protagonista de hoy, con el máximo rigor histórico posible. Sacando incluso a la luz datos hasta ahora inéditos y desmintiendo otros que se habían dado por verdaderos.

Quizá uno de ellos venga a ser precisamente el sobrenombre que se impuso, pues como veremos, se le apodó con el nombre de una ocupación que poco tenía que ver con sus verdaderas motivaciones. Pero no quisiera adelantar acontecimientos.

Yo intentaré, al narrarte los sucesos, separar también el grano de la paja, y no colar ninguno de esos «mitos» sobre los sucesos que tuvieron lugar, precisamente, en la ciudad en la que vivo.

Hoy hablaremos de la ciudad de Vitoria, y el que probablemente sea su más tristemente ilustre habitante.

Es curioso. Tengo conocidos a los que al mencionarle el alias que se dio a este criminal, piensan que es una leyenda, un cuento asustaviejas y un modo de amenazar a los niños. No tienen consciencia de que hablamos de un personaje real, y que caminó por las calles que actualmente ellos frecuentan.

¿Vienes con el estómago preparado para que te cuente las andanzas de este despiadado asesino? Pues como siempre, toma asiento mientras te preparo una taza de té caliente para que la degustes, si no se te revuelven las tripas mientras te hablo de un hombre que se llamaba Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, y se hizo famoso con el sobrenombre de «El Sacamantecas» de Vitoria.

Tiempos convulsos vivió la ciudad de Vitoria durante el Siglo XIX. Ya a principios de la centuria, al encontrarse en medio del camino entre la frontera con Francia por Bayona y Madrid, Se vio mezclada en los trasiegos de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia Española. Por aquí pasaron Napoleón, su hermano José Bonaparte, y a sus tropas plantaron cara el Arthur Wellesley, Duque de Wellington y el General Álava en la denominada «Batalla de Vitoria», haciéndolas retirarse a Francia con el rabo entre las piernas, abandonando el tesoro procedente del saqueo al patrimonio español.

Yo no soy muy aficionado a este tipo de Historia, geopolítica y bélica. Pero quiero aprovechar y recomendarte una lectura ligera que de un modo fresco me hizo empaparme de la situación y hacerme una idea de cómo era el ambiente de la época. Se trata de la novela «La mujer del Reloj» del autor Álvaro Arbina.

La mencionada batalla de Vitoria, en los alrededores de la ciudad tuvo lugar el 21 de junio de 1813, y cuentan las crónicas que de los franceses cayeron muertos o heridos 5000 y de las tropas aliadas formadas por ingleses, portugueses y españoles, alguno más.

Tanta importancia tuvo esta contienda, que, para su conmemoración, el Maestro Beethoven compone una sinfonía que es precisamente la que ahora suena de fondo. La Batalla de Wellington, opus 91.

En ese contexto, nació 8 años después, el 16 de octubre de 1821 el protagonista de esta velada en el alavés pueblo de Eguilaz. Una criatura de familia humilde, a quien sus padres, Nicolás Diaz de Garayo y Norberta Ruiz de Argandoña pusieron por nombre Juan.

Su infancia transcurrió en un periodo entre dos guerras, pues hay que tener en cuenta que, en 1833, cuando Juan acababa de cumplir 12 años, comenzó la primera guerra carlista.

Como ocurre en toda familia de campo sin demasiados posibles, cuando el muchacho se quiso dar cuenta, ya le habían puesto un azadón en las manos para que ayudase, a la vez que aprendía, acostumbrándose al trabajo que le esperaba, pues desde muy joven le fueron asignadas labores de criado en los pueblos cercanos: Salvatierra, Ocáriz, Alaiza…

Estaba su más tierna juventud dedicada al oficio más que al ocio, y por si en algún momento se le olvidaba el camino recto, ahí estaba la vara de sus progenitores para enmendarle. Sobre todo, la de su padre cuando se excedía con el consumo de vino, cosa que ocurría con frecuencia.

Como sus obligaciones y menesteres diarios no necesitaban de otra cosa que no fuese maña y fuerza con sus brazos y sus piernas, el cultivo de lo intelectual quedó de lado, no aprendiendo juan a leer ni escribir.

Ejecutando su trabajo eficientemente, fue pasando de Señor en Señor a medida que iban mejorando sus condiciones.

Llevaba ya 7 años sirviendo en casa de un herrero de Alegría, cuando a principios de 1850, a través de una vecina tuvo conocimiento de que una pariente de esta había enviudado, y no podía gobernar ella sola los terrenos, campos y criados de su difunto esposo. Debido a esto buscaba alguien de confianza que le ayudase con la labor.

Tras entrevistarse con Juan, gracias a la experiencia de este y la recomendación de su conocida, la viuda Antonia López de Berrosteguieta, que llevaba el apodo de la Zurrumbona por ser el Zurrumbón el mote de su difunto esposo, acordó darle empleo, y si Garayo cumplía con las expectativas, casarse con él una vez venciese el tiempo de luto preceptivo.

Hoy quizá nos pueda parecer anacrónico, pero no están tan lejos como pudieran parecernos los matrimonios de conveniencia. Quizá Juan de Garayo no fuese un dechado de romanticismo y ni siquiera resultase atractivo pues su cabeza era grande y extrañamente formada, con unos ojos minúsculos y estrábicos, pero tenía dos buenas piernas, dos buenos brazos, experiencia y disposición al trabajo.

Cumplió Juan con su cometido, sacando adelante buen cultivo y poniendo orden entre los criados. Además, compró un par de bueyes con los ahorros de que disponía, aportándolos a la pareja.

Finalmente, el 25 de noviembre de 1850 se casaban en la iglesia de Eguilaz. A partir la boda, Juan adoptó el apodo de su mujer, pasando a ser también «El Zurrumbón».

Transcurrieron 13 años en los que tuvieron 4 hijos, de los cuales sobrevivieron 3. Hicieron del trabajo y la crianza de los niños su modo de vida. Eran una pareja normal, y bien avenida. Los dos ahorradores y sin vicios.

Pero la mala fortuna quiso que el 27 de noviembre de 1863 la enfermedad se llevase por delante a Antonia, dejando a Juan viudo, y sólo al cargo del trabajo y de los hijos.

Con este quiebro del destino, comenzó un radical giro en la vida de Juan Díaz de Garayo.

Como se vio incapaz de mantener la labor en el campo, y a la vez una correcta atención de la casa y sus hijos no dudó en tomar segundas nupcias, y el 7 de febrero del año siguiente, contraía matrimonio con la que sería su segunda mujer: Juana Salazar Salazar.

No tenemos el punto de vista de la mujer, pero por lo que parece, tenía una forma de ser violenta y poco agradable, que riña a riña fue enranciando el ya de por si retraído carácter de Juan. A su vez, tampoco era buena con los niños, consiguiendo que el mayor se marchase muy joven a servir como criado, y los dos pequeños también abandonaran el hogar para sobrevivir como pordioseros. En lo que si debió ser buena fue en dilapidar los ahorros que Juan había conseguido reunir a base de duro trabajo, pues entre guerras y epidemias, no eran tiempos fáciles.

Se dice que Garayo, en algún momento intentó volver a traer a casa a sus hijos pequeños, pero estos, por no aguantar a su madrastra, volvían a las calles.

Algo cambió en estos años. Algo nació, o quién sabe si en lugar de nacer, simplemente despertó en Juan.

Como ya te he dicho, el carácter del hombre se fue volviendo más hosco y huraño.

El 2 de abril de 1870, de regreso a su casa, se cruzó en su camino Melitona Segura, conocida como «La Valdegoviesa» daremos por hecho que por ser oriunda de Valdegovía.

Antes de hablar de ella, recordemos el contexto de la época. No eran tiempos fáciles, y no era extraño que algunas mujeres, abocadas a vivir en la miseria, por haber quedado viudas, o por alguna otra circunstancia, se ofreciesen a los hombres a cambio de unas monedas con las que llenar el estómago.

Como te decía, Juan de Garayo regresaba a su casa cuando en una esquina se le insinuó «La Valdegoviesa». Una mujer cuyo marido se encontraba en prisión, y que, ante la imposibilidad de obtener ingresos de otra manera, ejercía la prostitución.

Este, acabó cediendo a la insinuación, y siguiendo a la mujer hacia las afueras, a un recodo discreto de un arroyuelo, cerca del polvorín militar.

Fue allí donde comenzaron una discusión, pues Juan, poco presto a despilfarrar el dinero, quiso pagarle de menos. La bronca subió de tono hasta que ella le dijo cosas que a él no le gustó escuchar, y comenzaron un forcejeo que acabó el cuello de Melitona entre las fuertes manos de Juan.

Ella perdió la consciencia. Pero dándose cuenta de que aún respiraba, y que de recuperarse podría denunciarle, él decidió arrastrarla y ahogarla metiéndole la cabeza en el arroyo. Posteriormente, tras desnudarla y contemplarla durante un rato, abandonó allí el cuerpo. Que fue encontrado al día siguiente.

Tras este primer crimen, volvió a su casa como si nada.

Menos de un año después, el 12 de marzo de 1871, Juan Díaz de Garayo llevó a cabo el segundo de los crímenes que reconoció:

En esta ocasión se trató de Águeda  Sabando. También conocida como «La riojana».  Mujer que rondaba los 50 años, viuda, que vivía como mendiga, realizando humildes trabajos ocasionales, y que cuando la necesidad apretaba no tenía otro remedio que recurrir al comercio carnal con aquel que no pusiera reparos a su ya ajado cuerpo.

Águeda tuvo la mala fortuna de encontrarse con Juan en la Calle Portal del Rey. No había comido nada en todo el día, e intentó obtener de este algo de dinero.

Garayo le ofreció un real para que comiese algo y la citó sin demasiada demora en la carretera de Navarra, para que pudiera ganarse unas monedas más.  Tras calmar el hambre, probablemente con un poco de pan y vino, se dirigió al encuentro del Zurrumbón. Tras encontrarse, los dos caminaron hasta el lugar conocido como Labizcarra, a escasos 400 metros del lugar del primer crimen.

Al momento de decidir la cantidad del pago, volvió a darse la disputa, pues la mujer pretendía cobrar más de lo que Juan estaba dispuesto a pagar.

Nuevamente, la riña fue a más, y acabó con Águeda Sabando molida a golpes y estrangulada. Tras permanecer un tiempo junto al cadáver y asegurarse de que la mujer estaba muerta, Garayo se volvió a su casa, abandonando el cuerpo a la intemperie.

Fue encontrado al día siguiente, con la cara hinchada y llena de heridas, además del hematoma fruto del estrangulamiento. En este segundo asesinato había más ensañamiento que en el anterior, y nuevamente la excusa era un triste real.

El 16 de mayo de 1871 fallece su segunda mujer, Juana Salazar tras sufrir la viruela. No hay pruebas, y Juan nunca lo reconoció, pero se cuenta que ella estaba convaleciente, pero no en riesgo vital, y el Zurrumbón tuvo algo que ver en su fallecimiento.

El 26 de junio de 1872, Juan se casaba por tercera vez. En esta ocasión con Agustina Ruiz de Loizaga.

Parece ser que en esta ocasión tampoco dio Garayo con el tipo de mujer que andaba buscando, pues según él, esta era aún más derrochona y dada al vino que la anterior, y, por si fuera poco, de peor genio.

No tardó mucho Juan en volver a las andadas. El 21 de agosto de ese mismo 1872, el Zurrumbón atacó a la que sería su víctima más joven: Antonia Berrosteguieta.

La niña, que según la fuente que se consulte rondaba entre los 13 y los 16 años era criada en Gamarra Mayor. Desde allí, sus amos la habían enviado a Vitoria para hacer ciertos recados. Se trataba de un recorrido de unos 4 kilómetros.

Era mediodía, hora en la que los jornaleros paraban a comer, por lo que el camino estaba solitario.

Garayo la vio venir de lejos, joven y lozana.

El criminal, presa de la excitación sexual no tuvo ningún miramiento, cuando llegó a su altura, en agarrarla del cuello y forzarla a abandonar el camino.

Ante la posibilidad de que pudiese gritar, agarró del cuello a la joven, y apretó hasta que ella perdió la consciencia.

Entonces, teniéndola a su merced, la desnudó y abusó de ella. Tras esto, la remató estrangulándola hasta que dejó de respirar, y la arrastró hasta dejarla abandonada lo suficientemente alejada del camino para que no la encontrasen fácilmente.

Tras esto, Juan Díaz de Garayo volvió al camino y como si nada hubiese ocurrido, regresó a Vitoria.

El cuerpo fue descubierto por unos pastores al día siguiente.

No tardó mucho el criminal en volver a actuar.

8 días después, el 29 de agosto, se torció el destino de la joven María Campos, conocida como «La morena». Esta joven, de unos 22 años, cuya dedicación a la prostitución era bien conocida. Garayo se la encontró y decidió tratar con ella.

Como no quería que los viesen juntos, hizo que la mujer saliese de la ciudad por la carretera de Logroño, más allá de las vías del tren. Juan la siguió a distancia. Y al pasar el cruce de la Zumaquera se salieron del camino para dirigirse a una zona cercana a un riachuelo.

Allí, tras el encuentro sexual, como siempre, Garayo se negó a pagar lo que María Campos le pedía, y comenzó la pelea. Como en anteriores ocasiones, se enzarzó con la joven, agarrándola del cuello y dejándola ya medio muerta.

Agarró entonces una de las horquillas que la muchacha llevaba recogiéndole el cabello, y se la clavó, alcanzándole el corazón.

Cuando se aseguró de que «La morena» estaba muerta la dejó allí tirada, y se dirigió de vuelta a la ciudad.

Eran ya cuatro los crímenes de Garayo, dos de ellos en un espacio corto de tiempo, y en una ciudad tranquila como Vitoria, el miedo comenzaba a dejarse sentir.

Las habladurías se fueron multiplicando, llegando ya a hablarse de un asesino de lecheras, o de un criminal con características casi sobrenaturales. Hasta a los periódicos franceses llegaron las noticias. Como suele pasar con estos sucesos, ya de por si luctuosos y terribles, el pasar de una boca a otra, el miedo e incluso el morbo, hicieron que en la prensa gala se hablase de cuerpos abiertos con los órganos arrancados.

Literalmente decían que:

«El terror dominaba todo el país y poco a poco se fue formando una extraña leyenda. Decíase que un personaje fantástico andaba errante por los campos y tenía la misión de castigar a las mujeres infieles y a las jóvenes extraviadas. Se le había divisado una tarde caminando a través de los campos con una carrera más rápida que el viento, que sopla en las cimas de las montañas cántabras; sus cabellos flotaban sobre sus espaldas como los de una mujer, sus ojos brillaban como dos puntos fosforescentes y dejaba tras de sí un rastro semejante a una corriente de azufre. A este personaje se le llamaba el «sacamantecas», arranca hígados o arranca grasas, al cual se le atribuía un poder prodigioso. Pues tal como las víctimas eran encontradas, estos crímenes tenían por objeto quitarles el hígado y las partes grasas, a fin de preparar no se sabe qué clase de medicamentos y qué clase de pomadas para curar enfermedades especiales.»

En Vitoria las mujeres, atemorizadas, evitaban transitar en solitario por los caminos, hasta el punto que, paradójicamente, alguna que se encontraba con Garayo, le pedía que la acompañase, fiándose del aldeano y sintiéndose protegidas con su escolta.

Nada señalaba por aquel entonces al Zurrumbón como causante de aquellas muertes.

Tras la muerte de María Campos, hubo un periodo en el que Garayo no llegó a causar muertes, pero probablemente, de haber transcurrido las cosas de otra manera, hoy podríamos haber estado hablando de dos víctimas más.

Garayo reconoció que, en 1873, coincidió con una prostituta en la zona del Polvorín. Intentó repetir su modus operandi, y en el momento del pago, intentó abonar menos cantidad de la estipulada, para provocar una disputa con la mujer que le diese la excusa para agarrarla por el cuello y acabar con su vida.

Pero la suerte quiso que antes de que pudiese estrangularla, unos soldados que hacían guardia en el Polvorín escuchasen sus gritos y acudiesen a socorrerla. A Garayo no le quedó más remedio que huir del lugar.

En junio de 1874, el Zurrumbón tuvo otro percance con una mujer. Según cuenta en su crónica Ricardo Becerro de Bengoa, Juan Díaz de Garayo caminaba por un camino de los que rodeaban la ciudad, cuando se cruzó con una anciana mendiga. Sin mediar ni una sola palabra, la derribó lanzándose a su cuello. Ella intentó defenderse y gritar, y por suerte llegaron por allí dos mujeres, por lo que el criminal tuvo que poner pies en polvorosa.

La mujer había apreciado que Garayo iba borracho, y probablemente achacó a eso su actitud, no pensando en ningún momento que el aldeano pudiese ser el buscado asesino, por lo que no dio parte a las autoridades.

¿Quizá estas dos falsas tentativas con riesgo de que le descubriesen asustaron a Juan Díaz de Garayo y le hicieron reprimirse de volver a atacar?

La cuestión es que, durante dos años, no ocurrieron sucesos dignos de mención en la vida del Zurrumbón, hasta que en 1876 fallece su tercera mujer. Agustina Ruiz de Loizaga.

En este caso, según cuenta Garayo, él se marchó a trabajar al campo al amanecer, y al regresar a casa, ya habiendo anochecido, se encontró con que nadie le abría la puerta. Entonces, metió la mano por la gatera y recuperó la llave que él mismo había dejado allí al salir. Al entrar vio que su mujer, a la que había dejado en la cama con buena salud, se encontraba en el mismo lugar, pero moribunda. Lo único que se pudo hacer por ella fue que un sacerdote le diese la extremaunción.

Al igual que con la segunda, Juan nunca reconoció haber tenido algo que ver en su fallecimiento. Pero la verdad es que, por segunda vez, las circunstancias de la muerte de su esposa no estaban suficientemente claras.

 Tras un año, el 5 de julio de 1877, Juan Díaz de Garayo volvía a contraer nupcias por cuarta vez. Esta vez con Juana Ibisate.

Nuevamente, según él, fue casarse y que la mujer se convirtiera en una borracha descuidada. ¡La verdad es que viendo cómo actuaba el Zurrumbón en la calle, no quiero ni pensar cuál sería su actitud en casa! Por lo que tampoco me extrañaría demasiado que la mujer se refugiase en el vino. Poco más podía hacer en aquellos tiempos en los que unirse en matrimonio era poco menos que un contrato mágico, un juramento inquebrantable.

1878 comenzó chorreando sangre. Lo cierto es que el crimen que tuvo lugar el 1 de enero nunca fue reconocido por Garayo. ¿Quizá alguien lo perpetrase escudándose en que el crimen sería achacado a la misma persona que los anteriores?

Cabe esa posibilidad. Sobre todo, teniendo en cuenta que este crimen fue bastante más «cruento», si cabe la expresión.

El 2 de enero fue encontrado en las afueras de vitoria, en la carretera de Arechavaleta el cuerpo de una mujer, de algo más de 50 años. Debió ser atacada en el camino y cerca de este, en lo que debió ser un verdadero baño de sangre, acabó sufriendo múltiples puñaladas en el pecho y en el vientre, siendo además violentamente eviscerada. Por si fuese poco, también le fue amputada la mano derecha.

Habían pasado años desde el último crimen de Garayo, y este terrible suceso reavivó los miedos y volvió a sacar a la luz, con nuevos bríos, la leyenda del Sacamantecas.

Febrero de ese mismo año terminaba con otra tragedia en la ciudad.

En la calle Nueva Dentro, una niña de poco más de 10 años era violada y apuñalada.

Gracias a que fue auxiliada por sus vecinas, pudo ser trasladada al hospital, donde falleció tres días después.

En el tiempo que permaneció ingresada, dio la descripción del hombre había llamado a la puerta de su casa cuando estaba ella sola, con la excusa de preguntar si tenían habitaciones libres en la casa. Habría tirado al suelo a la niña, y tras forzarla, la habría apuñalado.

Los alguaciles capturaron entonces a Venancio Sáez de Araya, un anciano que correspondía con la descripción. Este fue llevado al hospital y la niña lo identificó como su agresor.

Se le detuvo, incluso pensando que podría ser el famoso Sacamantecas.

Pese a que nunca reconoció el ataque a la niña, se le condenó inicialmente a 20 años, aunque finalmente fue condenado a muerte.

Garayo no volvió a atacar hasta el 1 de noviembre de ese año.

Ese día se encontraba en las afueras de la ciudad, en el denominado Molino de las Trianas.

Le pareció entonces apropiado, aunque caro le saldría, atacar a la molinera, Ángela Armentia.

Como era su costumbre, se abalanzó sobre ella intentando hacer presa en el cuello. Pero con suerte o habilidad, ella consiguió zafarse del agresor y salir huyendo.

Acabó denunciando al Zurrumbón ante las autoridades por el ataque, y este fue finalmente condenado a 2 meses y un día de arresto mayor. Fue esta la primera vez que pisó la cárcel, y durante ese tiempo midió muy bien lo que decía para no dar pistas de su posible implicación en los casos anteriores.

A principios de febrero de 1879 tuvo lugar un cruento crimen en Betoño, cerca de Vitoria, que conmocionó la ciudad.

Este no se correspondía con el tipo de crimen de Garayo. El móvil fue el atraco de la entonces llamada Venta del Grillo, y fueron asesinados a puñaladas el ventero, su mujer, una sobrina de estos y un caballo.

 

El botín fueron 185 pesetas, algo de ropa, y la cena que, con toda su frialdad, los bandidos se prepararon y degustaron una vez cometidos los crímenes.

Al poco se descubrió a los culpables. Un grupo de 5 hombres animados por una mujer. Uno de ellos fue dado por loco, otros cuatro ejecutados y la instigadora fue condenada a cadena perpetua.

Te menciono esto, porque en la investigación de este caso, jugó un papel principal el alguacil Pío Fernández de Pinedo, que como verás luego, también fue pieza esencial en la detención de Juan Díaz de Garayo.

El 25 de agosto, el Zurrumbón volvió a tener un percance que casi acaba en tragedia.

Se encontraba caminando por la carretera de Castilla, entre Gomecha y Ariñez cuando se acercó a una mendiga que recorría el mismo camino.

Asegurándose la ausencia en las cercanías de otras personas, y con la excusa de darle una limosna, la quiso arrastrar fuera de la carretera.

La anciana llegó a darse un golpe en la cabeza que le produjo una herida sangrante. Pero al ir a tirarse Garayo sobre ella, consiguió darle una patada en los genitales a Garayo con fuerza tal que lo dejó lo dejó lo suficientemente «doblado» como para poder huir gritando hacia la ciudad.

Intentó la mujer presentar denuncia, pero finalmente se llegó a un acuerdo económico de 20 pesetas ofrecidas por la mujer de Garayo, y la cosa no fue a más.

Mientras estos acuerdos tenían lugar, el Zurrumbón, por evitarse problemas, decidió abandonar la ciudad y dirigirse a trabajar a las minas de Somorrostro, a un par de jornadas a pie de Vitoria.

13 días después, el 7 de septiembre, Juan Díaz de Garayo volvía de nuevo a Vitoria, suponiendo que la marejada provocada por el ataque a la mendiga ya estaría apaciguada se encontraba de regreso a la ciudad.

Durante esa jornada y la siguiente tuvieron lugar los dos crímenes por los que fue realmente juzgado. De los demás no hubo forma de reunir pruebas suficientes que hiciesen dictar sentencia, a pesar de la confesión del reo.

Había pasado por Amurrio, Altube y se detuvo a almorzar en Murguía, emprendiendo después el último tramo hasta Vitoria. Eran alrededor de las 11 y media de la mañana.

Antes de llegar a Zaitegui con su amplio paso dio alcance a una mujer que iba por el mismo camino. Se trataba de María Dolores Ruiz de Cortazar. Una lozana joven que rondaba los 25 años a la que trató de dar conversación y ganarse su confianza con preguntas como de dónde venía, hacia dónde iba…

Mientras caminaban solo habían visto de pasada a un joven cartero, pero este no podía haberse fijado demasiado en ellos.

En un momento dado, en el que pudo comprobar que nadie los veía, la rodeó con sus fuertes brazos, sacándola del camino y arrastrándola a un lugar apartado.

Allí abusó de la joven, que se resistía, a pesar de tenerla agarrada del cuello con un pañuelo que la asfixiaba. Él intentaba convencerla de que se dejase hacer, diciéndole que le daría dinero, que no le diría nada a nadie. Pero ella seguía ofreciendo resistencia.

Garayo sacó una navaja y la hirió en el pecho. Terminó su violación mientras la joven agonizaba, rematándola al fin con nuevas puñaladas en su abdomen.

Como siempre hacía tras sus crímenes, la dejó abandonada y en lugar de continuar hacia Vitoria por el camino principal, continuó monte a través por senderos vecinales.

En un momento que paró a descansar y fumarse un cigarro, apareció por allí un aldeano que andaba buscando una vaca que se le había perdido. Conversó con él un rato, y después, Garayo continuó su camino, volviendo a la carretera en los alrededores de la ya mencionada «Venta del Grillo», donde se tomó un vino y descansó un buen rato.

Más tarde, retomó el camino, y ya habiendo anochecido, decidió pasar la noche bajo un puente a las afueras de Arriaga, ya muy cerca de Vitoria. Dice la sentencia que, al despertar, desayunó en la taberna del pueblo de Arriaga un poco de aguardiente y pan. Y tras esto, en lugar de regresar a Vitoria, quizá borracho de sangre tras el día anterior, en lugar de regresar a la ciudad, se dedicó a vagar por los caminos, sediento de una nueva presa.

Fue sobre las cuatro de la tarde, entre Gamarra y Araca cuando se cruzó en el camino de Manuela Audícana. Mujer oriunda de Nafarrete, pueblo al que regresaba desde la ciudad, con una cesta de víveres. Como siempre, le dio conversación mientras caminaban, y como comenzó a llover, los dos buscaron refugio bajo un árbol al lado del camino.

Aquí me he encontrado una curiosidad:

Según la sentencia, entonces, Garayo pidió a la mujer que le diese el dinero que llevaba. Como esta se negó, aduciendo que no llevaba nada encima salvo los víveres, Garayo tomó el mantel con el que ella cubría la cesta, amarrándoselo al cuello.

De esta manera arrastró a la mujer bajo otro árbol, más alejado del camino, y allí la desnudó. Tras registrarla, al ver que no encontrar dinero le abrió el vientre con la navaja, destripándola y arrancándole un riñón.

Según la crónica de Ricardo Becerro de Bengoa, que entrevistó a Garayo en la cárcel, él le hizo una propuesta sexual que ella rechazó, y como en otras ocasiones, atacó a la mujer, siendo el resultado el ya expuesto.

¿Móvil económico o sexual? Lo que está claro es que le debió entrar el hambre antes de abandonar el cuerpo entre unas zarzas, y se comió un panecillo de los que había en la cesta.

Lo que sí dejó claro Díaz de Garayo fue que si había causado tanto desastre en el cuerpo de la mujer, fue porque «Decían que era el Sacamantecas el que hacía estas cosas; y para que así lo creyeran y nadie pensara en mí»

El Zurrumbón entonces abandonó el lugar, y volvió a Arriaga, donde bajo el puente volvió a hacer noche, arrojando a las aguas del río la navaja que había utilizado para matar a Manuela.

Garayo entonces optó por no regresar a Vitoria, sino marchar hasta el pueblo de Alegría, donde buscó trabajo de labrador.

Se cuenta que pudo ser una de las hijas del hombre que lo contrató la que le exclamó: «Ay Padre, que criado más feo ha tomado Usted, … Si parece el sacamantecas».

Esta frase, legendariamente se ha puesto en boca de una niña que cruzándose con Garayo en la vitoriana calle de la Estación, que exclamaba a su padre «¡Mira que hombre más feo, … si parece el sacamantecas!» dando lugar a la detención de Garayo.

La verdad es que poco más le duraría la libertad al criminal, pero no por el vaticinio de una niña, sino gracias a la sagacidad del antes mencionado alguacil Pio Fernández de Pinedo.

Este avispado hombre comenzó a atar cabos, como que había sido visto por la zona cuando asesinaron a Manuela Audícana y que los habían visto juntos por el camino, o que su descripción se correspondía con la del hombre visto por el cartero junto a la joven María Dolores Ruiz de Cortazar.

También cuadraba su anterior detención por el ataque a la molinera de Las Trianas.

Y por si fuera poco, cuando fue a su casa pensando que estaría allí para detenerlo, se enteró de que su mujer llevaba tiempo sin verlo, desde que el Zurrumbón había abandonado la ciudad para irse a las minas de Somorrostro escapando de la acusación del ataque a la mendiga en la carretera de Castilla.

El día 21 de septiembre, volvía a Vitoria con la intención de mudarse de ropa, con el poco tiento de dejarse ver por una de las principales calles de la ciudad, sería detenido por Pinedo, que le reconoció y se le echó encima.

Ese mismo octubre, Pinedo recibió la notificación de que le serían entregadas 250 pesetas en concepto de gratificación por detener al «sacamantecas» y a los criminales del caso de Betoño.

Garayo fue enviado a la cárcel de Vitoria, construida a finales de los años 50. Era la primera construida en España por el sistema celular, es decir, que cada preso tenía su propia celda. Había 100 ordenadas en 3 alturas de galerías en cruz, en cuyo centro se había situado un altar que permitía a los reclusos escuchar misa desde sus celdas.

Todas y cada una de las cuales contaba con ventanas casi a la altura del techo, para facilitar la ventilación, pero no permitir la vista del exterior, suelo de madera, un banco, un escusado y una cama que cambiándola de posición es utilizable como mesa y como pizarra para los presos que se decidían a aprender a leer y escribir en la escuela, uno de los servicios que ofrecía a los reclusos este presidio.

Según escribiría José Cola y Goiti en «La Ciudad de Vitoria» de 1889, este tipo de prisión, encaminadas a evitar el hacinamiento, y mejorar la higiene y el bienestar de los presos, tenía la ventaja de que como personal de guardia y custodia de los internos, resultaba suficiente con el director o alcaide, en la época José Fresco, su subalterno el llavero, Juan Jiménez, y un vigilante para las horas nocturnas.

Aquí, durante una decena de días, fue interrogado, y finalmente según Becerro de Bengoa, fueron las palabras del alcaide y el llavero sobre el bien del alma y la misericordia divina las que le llevaron a confesar.

Primero reconoció haber cometido los dos últimos crímenes, y posteriormente los 4 anteriores. Pero siempre negó haber tenido algo que ver en la muerte de sus esposas.

Ricardo Morenas de Tejada, abogado de oficio de Garayo, no consiguió que se declarase enfermo mental a su cliente, por lo que finalmente fue declarado culpable.

Finalmente, las sentencias por las que fue condenado fueron las de los dos últimos crímenes, que fueron dictadas en el juzgado de Primera Instancia de Vitoria el 11 de Noviembre de 1879 por el Juez D. José Antonio de Parada y Megía.

En el caso de la joven María Dolores Ruiz de Cortazar, fue condenado por violación y asesinato a pena de muerte a garrote y al abono de 1000 pesetas al padre de la muchacha.

Y en el caso de María Audícana, por el robo del panecillo y homicidio, a la pena de muerte a garrote y abono de la cantidad de 1000 pesetas al viudo de la víctima.

Se cuenta que la reacción del preso al serle leídas las sentencias en su celda fue pedirle al llavero de la cárcel que le comprara una buena ración de carne guisada, que devoró con ganas, además del rancho habitual del presidio.

La verdad es que Garayo demostró en prisión que podía ser de todo menos tonto… Aprendió el solo a quitarse los pantalones engrilletado, aprendió a afeitarse sin cuchillas, con el fuego de una cerilla, y aprendió incluso a leer y escribir de forma básica en sus últimos días.

Estando en prisión recibía visitas.

Una de ellas, fue la de su hija. A la que tras fugarse de la casa familiar no le había quedado otro remedio que ejercer la prostitución, y las vicisitudes de la vida habían llevado a residir en Barcelona, sirviendo en un asilo.

Esta había recibido una carta, mandada escribir por su padre, que la ponía al día de la situación, y esta había decidido viajar a Vitoria para consolarle.

Ante las preguntas de su hija, Garayo afirmó que la culpa de sus crímenes era de las mujeres con las que se había casado después de su primera esposa. Que ellas, con su mala vida lo habían arrastrado a él a realizar malas acciones.

También el Zurrumbón recibió visitas de su mujer. Anciana que a duras penas se desplazaba usando muletas y que se actualmente vivía en el hospicio.

Garayo siempre le pedía dinero y esta le decía que había gastado lo poco que tenía en pagar las deudas de su marido. Que ni para comer tenía. Ella se llevaba su ropa para remendársela, pese a conservar muy poca vista, y el aún la abroncaba.

El carácter tacaño de Juan Díaz de Garayo se dejó ver bien mientras estuvo en la cárcel. Si recibía visitas que le diesen dinero o trajesen comida, no tenía reparo en narrar sus crímenes. Si no había pago, de su boca poco más salía que algún si, o algún no. Y su vista no se levantaba del suelo.

Garayo también fue visitado por médicos, que le evaluaron física y mentalmente.

La audiencia de burgos, que debía ratificar la condena de Garayo, solicitó al juzgado de Vitoria más investigaciones sobre el estado mental del reo, y se formó una comisión con 12 médicos vitorianos que examinaron al reo.

El tres de marzo de 1880 esta comisión concluye en su informe que Garayo no presenta ningún tipo de merma en sus facultades intelectuales y sus crímenes han sido cometidos con libre albedrío y libertad moral.

Por el contrario, el 24 de mayo, los doctores D. Jose María Esquerdo, psiquiatra y director de un manicomio en Carabanchel y D. Francisco Sánchez, psiquiatra y director del manicomio provincial de Toledo, tras venir a Vitoria y estudiar al preso y su entorno durante varias jornadas presentan un informe en que califican a Garayo de imbécil.

Es interesante la curiosidad que despertó Garayo en el D. Esquerdo. Estas le llevaron a pronunciar incluso dos conferencias, el 25 de enero y 1 de febrero de 1881 de las cuales me gustaría extraer unas líneas en las que resume los motivos de su diagnóstico:

Recordadlo bien; Garayo es, en su tronco y extremidades, un hombre perfecto; en su cabeza y cara, una verdadera monstruosidad; recordad aquella cabeza deforme; asimétrica, ancha, en su base; angosta, en su bóveda; estrecha en su frente; dilatada y fuertemente deprimida, en su parte supero-posterior; recordad aquellos ojos pequeños, hundidos é implantados en la parte supero-posterior de sus órbitas; recordad el temblor que agita su cabeza, y el movimiento rotatorio de su ojo izquierdo; recordad que Garayo ha padecido una congestión cerebral ó una enfermedad apopletiforme ó epileptiforme; recordad sus vahídos, sus pérdidas seminales involuntarias y vigiles; sus hemorragias nasales, su padecimiento actual, que él llama trueno de cabeza, y su afecto genital manifiesto a la simple vista, permanente. cognoscible, aún á los ojos del profano, y tendréis una individualidad con todo el cortejo de afectos morbosos que más pueden corroborar nuestra opinión. No olvidéis que Garayo es hijo de un padre iracundo, borracho, desigual, que murió de una apoplejía cerebral, y que, fundadamente, sospechamos si sería uno de tantos dementes paralíticos que mueren sin ser diagnosticados. Tened presente que en los hermanos de Garayo circula una NEUROSE: histérica en su hermana mayor; epiléptica en la segunda, y que acaso haya sido el valladar que se opuso al desarrollo cerebral de la tercera; que estas dos últimas son mendigas, borrachas, vagabundas, infortunadas mujeres, en fin, que viven en la abyección. No olvidéis, igualmente, que su único hermano sano es un hombre de escasa inteligencia, extremadamente irritable, violento. Fijaos en su prole: de los tres hijos de Garayo, sobrevivientes, el mayor es de carácter sombrío, iracundo, que maltrata horriblemente a su mujer. La hija salió de Vitoria con unos militares y el hijo menor fue, mientras estuvo en Vitoria, lo que se llama un malvado; desde niño pasaba la mayor parte del tiempo en la cárcel, y que cité un hecho de altísima significación, cual fue que, al salir de ella con otros camaradas, penetró en la casa de su padre y le robó 72 duros, producto de la venta de un par de bueyes. En fin, que esta es una desgraciada familia que lleva en su sangre el germen de la neurose-multiforme, que ha de hacer su explosión en un paroxismo de locura o criminalidad.

En respuesta a estas conferencias, el Dr. Ramón Apraiz, uno de los médicos vitorianos que presentó el informe que aseguraba la cordura de Garayo, dio otras dos charlas, en el ateneo de Vitoria el 11 y el 18 de febrero.

En las que se ratificaron las conclusiones del informe de la comisión.

Finalmente, Esquerdo no consiguió su propósito de que a Garayo le fuese conmutada la pena de muerte por la de internamiento en un manicomio para el resto de sus días, y el 12 de abril de 1881, el Tribunal Supremo en Madrid, deniega el recurso de casación y confirma la condena a garrote.

Antes de seguir con la historia, y de que me desvíe demasiado del tema, permíteme que te comente una cosa.

¿Recuerdas que antes te he dicho que varios Doctores visitaron a Garayo en prisión? Pues bien, te voy a hablar de una curiosa historia que llegó a mis oídos a través del divulgador Juan Jesús Larradi durante una ruta sobre los misterios de la ciudad de Vitoria.

Hay un «se dice, se cuenta» que habla de un doctor inglés llamado J. Williams que visitó a Garayo en la cárcel en varias ocasiones, muy interesado por el criminal y sus crímenes. Y te vuelvo a decir que es un «se dice, se cuenta» y no hay documentación que lo acredite.

La cuestión es que estas iniciales, bien podrían corresponderse con el Doctor John Williams, Sir, Baronet y Miembro de la Real Orden Victoriana. Médico obstetra y que llegó a ser el doctor particular de la familia real británica, que vivió entre 1840 y 1926.

Este hombre, que en vida consiguió tanto rango y título, obtuvo otro quizá menos honroso una vez muerto.

En 2005, un presunto descendiente llamado Tony Williams publicó un libro llamado «Tio Jack» en el que acusó a su antepasado de ser el archiconocido asesino en serie «Jack el destripador» al que se le atribuyen 5 homicidios de prostitutas en el barrio londinense de Whitechapel en 1888.

El autor asegura que su ascendiente mató a las víctimas, a las que conocía, con el fin de investigar las causas de su infertilidad.

En resumen.… Según este «se dice, se cuenta» el afamado Jack el destripador podría ser un imitador de Juan Díaz de Garayo. De él habría imitado lo de matar mujeres de mala reputación, y como símbolo de respeto solo habría matado a 5, no llegando a las 6 de su «maestro».

Pero bueno, para que esto fuese real, se tendrían que haber dado varias cuestiones poco claras… En primer lugar, que Sir John Williams fuese realmente Jack el destripador, lo que no parece ser demasiado fundado diga lo que diga su tatarasobrino, según las críticas que ha recibido el libro. Además, este señor debería corresponderse con el tal J. Williams que supuestamente visitó a Garayo. Por cierto, ¿Sabría Williams español para entenderse con Garayo o usarían un intérprete?

Personalmente doy entre poca y ninguna credibilidad a esta historia, pero lo cierto es que como leyenda me parece bonita.

Ahora volvamos al Zurrumbón. Nos habíamos quedado en que el 12 de abril de 1881, el Tribunal Supremo en Madrid, deniega el recurso de casación y confirma la condena a garrote.

Un mes después, el 11 de mayo de 1881 Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña fue conducido al patíbulo instalado en el Polvorín, donde el verdugo titular de la Audiencia de Burgos, Lorenzo Huertas, puso fin a la vida del «sacamantecas» vitoriano.

El día 12 se realizaba la autopsia del cadáver. Se trataba de descubrir, si finalmente, el cuerpo de aquel hombre escondía huella física que pudiese corroborar alguna patología de índole mental.

A las 9 y media de la mañana daba comienzo en la sala de autopsias del cementerio de

Santa Isabel, en presencia de 40 testigos, y llevada a cabo por el Doctor Salvino Sierra y Val, Catedrático de la universidad de Valladolid y el Médico vitoriano Pablo Martinez. y a las 7 y cuarto de la tarde se daba por finalizado el proceso, dejando preparados doce frascos con muestras y la cabeza con el cerebro, que precisaban más pruebas, pero que por orden eclesiástica no pudieron ser sacados de la sala.

Finalmente, el cuerpo fue enterrado en una fosa común, al no poderse hacer cargo la viuda de sufragar el coste del enterramiento.

De las muestras y la cabeza, nada más se supo. Solo rumores, pero los datos apuntan a que el Doctor Ramón Apraiz acabo conservando el cráneo.

En un artículo de 1929, un miembro de la familia del Dr. Apraiz afirmó que el médico había guardado el cráneo de Garayo, pero que, a su defunción, los familiares que se habían hecho cargo de sus pertenencias habían decidido darle sepultura.

También en la Revista médica vasco-navarra, fundada y dirigida por Apraiz, aparece una lámina de la que supuestamente es la fotografía del cráneo de Garayo. De lo cual se puede deducir que el doctor tuvo acceso a la cabeza.

Y esta es, a grandes rasgos la historia del más celebre criminal que ha dado la ciudad de Vitoria.

He intentado con gran labor separar muy bien el grano de la paja, y no colar datos que no se correspondan con los que han llegado desde la época.

La verdad es que han quedado fuera muchos dimes y diretes, como que Garayo utilizaba unos túneles en el conocido parque de la florida para entrar y salir de la ciudad, o que el alguacil Pío Fernández de Pinedo se había disfrazado de lechera para atraer a Garayo y así capturarlo.

Lo cierto es que ahora que conozco mejor la historia, como siempre, se me plantean muchas preguntas.

¿Qué lleva a un hombre a cometer esa cantidad de asesinatos, a sangre fría, sin remordimientos, y, es más, con tan tontos argumentos que los justifiquen, como puede ser un real más o menos en el pago de un servicio sexual?

¿La ausencia de empatía en Garayo es una cuestión innata, o es algo que se desarrolla con el tiempo?

¿Son las características físicas un indicador sobre la tendencia criminal de las personas como indican las Teorías de Lombroso y otros partidarios de la teoría positivista italiana? ¿Tiene más papeletas para ser un asesino una persona con unas orejas o unos dientes salientes y prominentes, o con una gran nariz aguileña?

¿O es más el rechazo que puede provocar cierta apariencia física lo que provoca un aislamiento de la persona y un problema de socialización que lleve a cometer crímenes?

¿Era Garayo un loco que parecía cuerdo o un cuerdo que parecía estar loco?

Si realmente estaba loco, ¿Es posible que esa enfermedad mental o imbecilidad como se llamaba en la época fuese heredada y a su vez transmitida a su descendencia por factores genéticos?

¿O se trata más bien de una transmisión por factores culturales, sociales, del entorno familiar? Como siempre se ha dicho, … dime con quién andas y te diré quién eres, o… todo se pega menos la hermosura.

Hasta la muerte de su primera esposa, Garayo fue un hombre de bien. Quizá tosco, poco emocional incluso frio… pero de bien.

¿Fue la muerte de su esposa o la mala relación con las siguientes causante de su zozobra moral?

¿Qué le hizo dejarse llevar por el egoísmo, la ruindad y propio placer llevado hasta el límite del homicidio?

¿Era un asesino patológico? ¿Un enfermo sanguinario? ¿Por qué entonces el miedo a ser descubierto frustró en ocasiones su objetivo de matar?

¿Se adueñó la maldad de su persona? ¿O fue la ausencia de un referente de bondad que le marcara el camino?

Yo no soy psiquiatra ni experto en comportamiento humano, pero ¿Qué son el bien y el mal? ¿Son solo conceptos culturales? ¿Convenciones sociales adoptadas para facilitar la convivencia? Es evidente que la línea que separa el bien y el mal ondula en muchos aspectos según nuestro origen y nuestra cultura, acercando los actos humanos más hacia un lado o hacia el otro.

¿Dónde está el límite entre la maldad y la locura? ¿A partir de qué momento se puede considerar que la enfermedad ha roto la frontera de lo que es moral, ético o humano?

Si una persona mata, ya sea por maldad o por locura… ¿Es licito condenarla a morir? ¿No se convierte la sociedad que la condena a su vez en asesina?

 

A estas interrogantes y a otras más que se me ocurren, yo no tengo una respuesta.

Solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así puedas desvelar el factor enigma que descifra este caso.

Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte y contarte más historias.

Quisiera enviar un especial agradecimiento a Julio Corral San Román, que además de iluminarme con su libro «Locos que no lo parecen», que actualmente está editado por la editorial Guante Blanco, ha estado ahí para resolverme dudas y orientarme sobre bibliografía y sobre la diferente documentación existente en los archivos históricos.

Por lo demás, te recuerdo que puedes visitar mi web elfactorenigma.com en la que encontrarás información sobre este y otros casos, acceso a todas mis redes sociales e incluso si lo deseas, la versión transcrita a texto de este podcast. Y si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso, puedes hacerlo a través Facebook, Instagram, Twitter, Telegram y por supuesto de los comentarios Ivoox. Suscríbete a este podcast para estar al día y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas.

Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.