Fecha de publicación: 19/Enero/2021

Duración: 02:08:41

Durante las fiestas navideñas de 1980, algo extraño se paseó por el bosque entre las bases de Bentwaters y Woodbridge. ¿Ovnis? ¿Crononautas? ¿Bolas de plasma?

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NOTA: Texto registrado en el RPI

Aunque no creas que te traigo un caso cualquiera. Te quiero hablar del que posiblemente sea uno de los mejor documentados de la ufología europea, con una serie de implicados que deberíamos, siguiendo los cánones, calificar como «testigos de élite». Pues se trata de militares de carrera de las fuerzas aéreas, teóricamente capacitados para reconocer aeronaves y fenómenos naturales, meteorológicos y astronómicos. Y que conste que, en este caso, quizá eso no tenga demasiada importancia, pues no te quiero hablar de vagas luces en el cielo. Te voy a contar cosas más evidentes y cercanas, como extrañas luces «danzando» entre árboles, e incluso un objeto físico de extrañísima manufactura que uno de estos militares asegura que llegó a tocar.

Obviamente, y como siempre, se han dado explicaciones digamos «racionales» al suceso. Algunas podrían servirme, y otras me parecen más increíbles que la propia presencia de objetos tripulados por alguna inteligencia desconocida. Pero como es habitual en este rincón, yo te lo cuento todo, y tú ya si eso eliges con qué quedarte. Desde luego, el caso en sí ha dado para libros, documentales, artículos e informes, de los cuales la mayoría están en inglés. Así que, ante todo, espero que mi poco dominio de la lengua de Shakespeare haya podido evitar que, entre mi persona y las traducciones en ocasiones erráticas de Google, se tergiverse el acontecer de alguno de los sucesos. He de reconocer que en ocasiones se me ha hecho un poco cuesta arriba el manejo de la documentación, sobre todo por la cantidad de jerga militar y el puñetero AYPRTCS: el Afán Yanqui Por Resumirlo Todo Con Siglas.

Y con esto que te he contado ya voy filtrando pistas: antes te he dicho que era un caso mítico en la ufología europea; casi toda la documentación al respecto está en inglés, pero a la vez, los testigos eran militares que hablaban en americano. ¿Vas hilando cosas? ¿Quieres más pistas? También te he hablado de luces entre árboles… Eso es porque el suceso tuvo lugar en un bosque. Y no, aunque era un bosque oscuro e inglés, no se trata del Bosque Tenebroso de Hogwarts. Se trata de un bosque que se encuentra junto a dos bases militares, cerca de la costa este de Inglaterra. Dos bases que, en plena guerra fría, estaban cedidas al ejército de Estados Unidos bajo los acuerdos de la OTAN. Un bosque en el que durante varias jornadas ocurrieron extraños sucesos que pusieron en jaque la seguridad de esas instalaciones: la base de Bentwaters y la de Woodbridge. Este caso ha sido conocido como el incidente del bosque de Rendlesham, o el Roswell Británico.

Como hay tantas versiones y ramificaciones en el relato de los hechos, he optado por buscar un hilo conductor sobre el que ir añadiendo el resto de las versiones, y por ello he optado por el relato de uno de los testigos. Se trata de uno de los que ha mantenido un perfil más activo desde que dejó la fuerza aérea en lo que respecta a la divulgación del caso. También consta que se le consideraba un suboficial serio y responsable. Además, es el que me parece, y esto es una apreciación personal, que menos ha buscado sacar rédito personal a los sucesos, por ejemplo, cediendo beneficios en muchos momentos a sociedades benéficas. Además, lo cierto es que nunca se ha inclinado totalmente por la hipótesis extraterrestre. Más adelante veremos por qué. Y como el asunto parece que nos va a llevar un rato, voy a dejarme de prefacios y voy a ir al grano. Así que, como siempre, toma asiento mientras te preparo un té caliente. Te servirá para ambientarte. No en vano, el té es a las tradiciones británicas lo que Rendlesham a su ufología.

Hoy vamos a viajar unos 110 kilómetros al noreste de Londres, hasta el condado de Suffolk. Allí se encuentran, hoy en día inactivas, dos bases militares que fueron construidas en los años 40 y utilizadas por la fuerza aérea inglesa en la Segunda Guerra Mundial. Se trata de las bases prácticamente gemelas de Bentwaters y Woodbridge, separadas entre sí unos 5 kilómetros, y rodeadas de bosques de pinos, cuya forestación se aumentó durante la guerra para hacerlos más tupidos e impenetrables, manteniendo la discreción en las maniobras militares que se llevaban a cabo en ellas. Ya en 1951, dichas bases fueron transferidas a la USAF, la fuerza aérea de Estados Unidos, dentro de los tratados de la OTAN, debido a la amenaza soviética durante la guerra fría. A partir de 1958 se consideraron una sola, unificándose y estableciéndose como la base del 81 ala de bombarderos. Las bases fueron devueltas al ministerio de defensa británico en 1993, después de la caída del muro de Berlín en el 92.

En 1980 la guerra fría se encontraba en un punto álgido, y aunque oficialmente esto no era posible debido a que no entraría dentro de los acuerdos con el Reino Unido, se dice que, en realidad, en la base de Bentwaters había un verdadero arsenal de armas nucleares dispuestas para ser utilizadas en caso necesario contra el bloque del este. Este rumor hacía que habitualmente grupos antinucleares se manifestaran ante sus puertas. Otro riesgo para la seguridad de las bases era la actividad de grupos terroristas como el IRA, el Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas, Septiembre Negro… que podían estar interesados en acceder a las bases, bien para efectuar robos o posibles ataques.

El Sargento del Estado Mayor Jim Penniston fue designado en junio de 1980, cuando contaba 25 años, como Supervisor de Área y Supervisor de seguridad de la USAF en la base de Woodbridge, después de 7 años de brillante carrera dentro de las fuerzas aéreas. Y en ese cargo llegó al primer día de los sucesos que nos traen a esta charla: situémonos en el atardecer del 25 de diciembre, la tarde del día de Navidad.

Como supervisor de seguridad de la base de Woodbridge, Jim Penniston organizó la guardia del turno de noche. Parte de su trabajo consistía en que, antes de partir desde Bentwaters hasta Woodbridge, todos los participantes en la guardia fuesen revisados para ver si estaban en condiciones de cumplir con su deber y debidamente equipados, así como de organizar la transferencia de turno y facilitar la información de seguridad necesaria a los hombres a su cargo. Aunque normalmente el equipo de turno estaba formado por doce personas, esa noche contaban con la presencia de dos nuevas incorporaciones. En caso necesario la Policía Militar, que no se encargaba de la vigilancia de la base, sino que era una «fuerza del orden», podía apoyar los requerimientos del cuerpo de seguridad.

Una vez organizada la guardia, el grupo se dispuso a desplazarse desde Bentwaters a Woodbridge en un Metro, que era un vehículo cerrado que podía transportar a veinte personas, diez en una fila a la izquierda y diez en una fila a la derecha. Además, el Metro se utilizaba para esconder de miradas curiosas lo que se transportaba entre las bases. Había una pequeña pista pavimentada que en unos 6 kilómetros comunicaba la puerta trasera de la base de Bentwaters, llamada Butley Gate, con la puerta conocida como «puerta Este» de la base de Woodbridge. Esta era utilizada por el servicio de seguridad, que nunca se desplazaba por la carretera principal.

Woodbridge tenía dos áreas restringidas de parking de aviones. Es fácil hacerse una idea si visitas el sitio desde Google Maps. Una de ellas junto a la puerta Este, el área Delta, y la otra cerca de la zona de bomberos, el área Charlie. Al encontrarse en fechas navideñas, la mayoría de las aeronaves se encontraban dentro de los hangares. Cada área restringida tenía un controlador de entrada y un equipo de respuesta a alertas. Con el personal distribuido, Jim Penniston procedió a realizar el cambio de turno con su homólogo saliente. Verificó el equipamiento del Jeep CJ-5 que utilizaría esa noche. Tras ponerse en contacto con el CSC, el centro de control de seguridad en la base de Bentwaters, solicitó que dieran autorización para el relevo de comidas a las patrullas y puestos, una vez que realizasen sus rondas de control en las zonas restringidas. Una vez hecho esto, Penniston, con el indicativo «Seguridad 8», se dispuso a verificar el perímetro de la base. La noche se avecinaba fría, aunque con el cielo despejado.

Pasadas las 23:30, escuchó a «Seguridad 6», el Sargento McCulley, comunicando al centro de control que había realizado las labores correspondientes, avisando de que iban a cenar y solicitando un encuentro con «Seguridad 8». En el punto asignado se encontró con el vehículo que conducía McCulley, y en el que se hallaban también el aviador de primera clase O’Hare y uno de los nuevos, el recién asignado aviador de primera clase (A1C) Edward Cabansag. Penniston y McCulley acordaron encontrarse en 5 minutos en el comedor.

Cuando McCulley llegó, Jim Penniston ya había recogido su comida en la fila y se había sentado en una mesa. Mac, como se le conocía en confianza, preguntó a Jim si había oído la llamada por radio del Centro de Control. Jim no la había escuchado. Pero el Sargento Dillard, al cargo de las comunicaciones por radio del CSC, le había pedido que contactara con el Centro por línea telefónica de inmediato. Jim se levantó de la mesa y realizó esa llamada desde el teléfono del comedor. Le atendió el Sargento Dave Coffey, que le indicó que no le daría más detalles por teléfono, pero que el teniente Buran, que comandaba el turno de noche, quería que se dirigiese sin dilación a la puerta este, donde le esperaban «Policía 2» y «Policía 4», que tenían una cuasi emergencia. Que fuese sin sirena y que cualquier comunicación necesaria la realizase por línea telefónica y no por radio. Jim informó a McCulley, y este le dijo que no podía acompañarle, pues tenía que ir al Área Restringida Delta, pero que después se pasaría por la puerta este.

Cuando Jim Penniston llegó a la puerta Este a las 12:06 de la noche, se encontró allí con el aviador de primera clase John Burroughs y el sargento Bud Steffens, que llevaba 3 meses en la base y era el responsable del personal encargado de proteger la ley en el perímetro. El supervisor de seguridad lo ignoraba, pero los dos policías acababan de experimentar algo sumamente extraño: habían estado realizando su ronda por el perímetro de la base montados en un vehículo, y habían llegado hasta la puerta Este, que, al ser una puerta de servicio, los fines de semana y festivos permanecía cerrada y sin vigilancia específica. Entonces Steffens señaló a Burroughs para que observase unas extrañas luces que acababa de ver sobre el bosque de Rendlesham, más allá de la valla de la puerta, unos metros por encima de unos altos pinos. Una masa de luces rojas, verdes, azules y blancas que descendían sobre el perfil del bosque y lo iluminaban. Ante lo extraño de la situación, Steffens preguntó a Burroughs si alguna vez había visto eso en el bosque. Este, que llevaba más tiempo en la base, le dijo que no, que aquello no era ni medianamente normal.

A continuación, llevaron a cabo algo que bien los pudo llevar a un conflicto diplomático. Ante lo extraño e hipnótico de la situación, optaron por abrir la puerta este y acercarse a investigar. Hay que recordar que eran fuerzas estadounidenses en terreno británico, por lo que salir armados de su base podía ser percibido como una ofensa. No estaban dispuestos a dejar sus armas apoyadas en un árbol dentro de la base, y querían averiguar qué estaba pasando. Así que, sin siquiera solicitar autorización, Steffens pidió a Burroughs que abriese la puerta. Los hombres avanzaron con el vehículo unos 600 o 650 metros, hasta llegar a un cruce en el que estacionaron el vehículo. Siguiendo los protocolos, Steffens giró el vehículo antes de aparcar, en previsión de que tuviesen que salir de allí a todo correr. Descendieron del jeep, y desde ahí pudieron observar en el interior del bosque, además de la luminosidad de colores, una potente luz blanca que se acercaba lentamente en su dirección. Burroughs llegó a tener la sensación de que algo malo podía ocurrir. Decidieron que ya habían visto lo suficiente como para ponerlo en conocimiento de sus superiores. Por seguridad, en lugar de hacerlo por radio, de forma que su conversación pudiese ser intervenida, decidieron volver hasta la puerta este y contactar con el puesto de mando por teléfono. Durante el camino Burroughs volteó la cabeza en alguna ocasión, y pudo ver la luz blanca moviéndose por el camino hacia ellos.

Al llegar a la base, Burroughs corrió a la garita que ocupaba el centinela cuando la puerta se encontraba abierta y descolgó el teléfono. El sargento McCabe escuchó incrédulo el informe sobre las luces en el bosque, dado el historial bromista de Burroughs, y consultó a la base inglesa de Bawdsey y a la torre del aeropuerto de Heathrow si habían visto algo en el radar. Ante la respuesta negativa, informó a Burroughs, que insistió en que algo había aterrizado en el bosque, y se acercaba al perímetro de la base. McCabe no dio credibilidad a lo que escuchaba hasta que habló con Steffens, que corroboró las palabras de Burroughs. Entonces se puso en marcha la acción del CSC, y Jim Penniston fue llamado a la puerta Este. Al llegar allí se encontró a los dos policías militares en un estado de excitación y ansiedad. Al preguntarles qué estaba pasando, ellos le señalaron hacia el bosque. Entonces pudo ver el resplandor de luz sobre las copas de los árboles: luces anaranjadas, amarillas, rojas, azuladas… También una luz roja parpadeaba más a nivel del suelo, y otra azul por debajo de esta.

Su primera conclusión fue que se trataba de un avión accidentado. Aunque no se veía humo ni olía a quemado, esos colores eran consecuentes con los colores del titanio y el combustible de avión JP4 ardiendo. Quizá un avión se había estrellado, aunque que él supiera, no había vuelos programados. Penniston les preguntó si habían oído algún tipo de explosión, a lo cual Steffens le aclaró que no, que aquello no había chocado ni explotado, sino que había aterrizado. Tampoco les había parecido un helicóptero. Tras dar vueltas a esas ideas, Burroughs acabó diciendo: «Creo que un OVNI acaba de aterrizar en el bosque». Jim Penniston decidió entonces llamar al Sargento Mayor Chandler, en el CSC, pues él era el jefe de vuelo de las bases gemelas de Bentwaters y Woodbridge. Descolgó el teléfono de la garita de la puerta y a los pocos instantes tenía al aparato al Sargento Mayor Chandler, al controlador Sargento Coffey, al Sargento de comunicaciones Dillard, y al teniente Buran, comandante de turno esa noche. Considerando improbable la veracidad de que aquello simplemente hubiese «aterrizado», les planteó que sospechaba que un avión había caído en el bosque, y solicitó autorización para ir a investigar. Chandler le pidió que esperase mientras realizaban algunas comprobaciones. En breve, Penniston recibió la información de que no había previsión de vuelo de aeronaves en la zona, y todos los aviones de la base estaban en tierra y contabilizados. Coffey añadió que la torre de control de Bentwaters había contactado con la base del ejército inglés de Bawdsey, a unos 12 kilómetros, y que en su radar habían situado momentáneamente una señal no identificada a unos 4 km de Bentwaters, pero que habían perdido contacto con ella hacía unos 15 minutos, cerca de la base de Woodbridge.

Menos de un minuto después, el teniente Buran recibía permiso del Puesto de Mando y del comandante de la base, el coronel Ted Conrad, para investigar lo que oficialmente podría ser un avión que se había estrellado en el bosque de Rendlesham. Penniston sacó su cuaderno y anotó la hora: 12:20. En ese momento llegaron a la puerta Este el sargento McCulley y los aviadores O’Hare y Cabansag. Penniston tenía orden de llevarse a dos hombres, uno de ellos policía. Ante las evidentes pocas ganas de Steffens de volver a internarse en el bosque, Penniston seleccionó a Burroughs y a Cabansag. Como no eran necesarias las armas en caso de accidente, para evitar la violación de los acuerdos con Gran Bretaña, dejaron sus revólveres bajo custodia de McCulley y Steffens. Los tres hombres subieron en el Jeep y se adentraron en el bosque, y a medida que se iban alejando de la base, apreciaron que la señal de la radio se debilitaba. Lo achacaron a la atenuación de la señal por la distancia, los árboles y las condiciones atmosféricas. Las luces continuaban en el bosque, y sabiendo que llegar hasta ellas en el jeep sería imposible, dejaron el vehículo en una zona de campo abierto en la que podrían situarse también los equipos de emergencia cuando llegasen. Se habían alejado unos 700 metros de la puerta este de la base.

Penniston comunicó por radio con el CSC para concretarles la zona donde debía ser ubicado el puesto de control de entrada de los equipos de emergencia, y la zona donde parecía encontrarse el avión accidentado. Burroughs seguía refunfuñando diciendo que aquello no era un avión. Cogieron las dos linternas y la cámara fotográfica del kit de accidentes del jeep. Burroughs se quedó con una linterna, y Penniston con la otra y la cámara. Habían avanzado unos 250 metros cruzando el campo abierto desde el lugar donde habían aparcado, y faltaban unos 50 para llegar a la línea de árboles donde comenzaba nuevamente el bosque donde se veían las luces. Burroughs iba murmurando sobre el movimiento de las luces, que parecían deslizarse entre los árboles. Penniston estaba indicando que probablemente sería un efecto óptico debido a su propio movimiento cuando la radio volvió a emitir interferencias. Jim contaba con que esto podía ocurrir, y sabía que tendría que dejar allí a uno de los hombres para hacer de radioenlace, pues la distancia con la base era mucha para sus sencillas radios Motorola. Cabansag era el novato y tenía menos experiencia, así que fue enviado de vuelta al jeep para ejercer de enlace de comunicaciones. Le explicaron que, si la señal se volvía a debilitar, debía notificarlo para que Burroughs se quedara como siguiente radioenlace. Si había que seguir más allá, la comunicación entre Burroughs y Penniston tendría que ser la que alcanzara su voz, pues no tenían otra radio operativa. Antes de continuar, el Sargento tomó nota de la hora y de las decisiones que había tomado.

Los dos hombres continuaron hacia los árboles, y una vez que se adentraron en estos, avanzaron separados unos 5 metros para abarcar más espacio. Entonces comenzaron a tener una sensación extraña: como si el ambiente estuviese cargado de electricidad estática, con el vello y el pelo erizados, y con una sensación de hormigueo en el cuerpo. Calcularon que la luz se encontraba a unos 400 metros. Una especie de «efecto de distorsión en el tiempo», como si fuesen caminando en el agua, como si estuviesen desorientados, fue haciéndose cada vez más fuerte. A medida que avanzaban la intensidad de la luz iba aumentando, hasta el punto de tener que entrecerrar los ojos. Dentro de la gran luminosidad blanca amarillenta había puntos rojos, naranjas y azules que se movían, se paraban, parpadeaban… No había ruidos, salvo los de los animales del bosque, que parecían especialmente agitados, como asustados por algo. Entonces escucharon pájaros alzar el vuelo, y el suelo vibró levemente. Ciervos y otros animales escaparon en dirección contraria a la que ellos avanzaban. Era la 1:00 y se encontraban a unos 50 metros de su objetivo. Parecía haber una especie de cúpula luminosa de un blanco cálido, con una luz roja encima y una luminosidad azulada por debajo. A medida que avanzaban parecía que la luz se atenuaba o se acostumbraban a ella, y pudieron ver que formaba una especie de burbuja que rodeaba un objeto oscuro que se encontraba sobre el suelo. Ya comenzaba a ser evidente que Burroughs tenía razón y aquello no era un avión estrellado. Aun así, este no hacía más que repetirlo, y maldecía en estado casi de pánico.

Penniston transmitió todo esto a Cabansag, pero la comunicación no era fácil, estaba llena de ruidos de estática y pareció que finalmente se perdía. Pensando en el estado de pánico del aviador y en que acercarse más implicaría la pérdida total de la señal de radio, le dijo a Burroughs que se quedara adonde estaba y continuó avanzando. Quién sabe si porque no entendió lo que le decía o desobedeciendo una orden directa, continuó tras él por un terreno cada vez más irregular. Estaban atrincherados en una zanja, cuando Penniston tomó el rostro ausente de Burroughs entre sus manos y le dijo: «¡Quédate aquí, necesito el enlace por radio!». Avanzó todo lo discretamente que pudo, hasta que se halló a unos 5 metros de aquello que venían buscando. Era efectivamente un objeto oscuro rodeado por una burbuja de luz. La presencia de Penniston debió tener algún efecto en él, pues repentinamente se iluminó con un fuerte destello que hizo que, instintivamente ante el riesgo de una explosión, Jim echase cuerpo a tierra en una zanja a su lado.

El cegador destello, tal como vino, se fue, y abrumado, Penniston se levantó y salió de la zanja y se acercó al objeto, entrando en el interior de la cúpula luminosa. Entonces, al cruzar esa especie de campo de energía, pudo ver claramente lo que había en su interior: una nave con planta triangular, negra, con distintas luces que se movían y desvanecían bajo la superficie, de unos 3 metros de largo y algo más de dos metros de alto. En su parte superior, de formas redondeadas, tenía una especie de saliente, como si fuese una especie de «aleta dorsal». Dentro de la cúpula, que se extendía unos 3 metros alrededor del objeto, no se escuchaba ningún ruido. Miró hacia el exterior y pudo observar a Burroughs, que se encontraba de pie junto a la cúpula, con la mirada perdida en el frente, los brazos caídos a los lados del cuerpo e inmóvil. Le llamó, pero este no reaccionó a los gritos. Penniston desconocía si era consciente o no, o si se encontraba paralizado por el miedo o por algo externo, pero temió que, si esa inmovilidad era fruto de algún tipo de defensa por parte de aquel objeto, quizá él podía acabar en el mismo estado.

Apartando esto de su mente, se centró en su misión, en pos de la defensa de la seguridad de la base. Intentó comunicar por radio, informando de que aquello no era un avión estrellado, pero no obtuvo respuesta. En realidad, estaba solo ante el peligro, pues según el protocolo, hasta que no pudiese confirmar si aquel desconocido objeto suponía una amenaza en sí mismo o simplemente era un señuelo destinado a distraer la atención lejos de la base, dejándola vulnerable, el centro de control no movería ficha. Volvió a activar su atención en aquel extraño objeto y en la extraña danza de luces de colores que parecía sucederse bajo su lisa y negra superficie. El efecto de aquellas luces podía compararse al de las lámparas de lava. La intensidad de la cúpula luminosa parecía que iba suavizándose, pero no era fácil saber de dónde provenía esa luz, pues aquella supuesta nave no tenía ningún tipo de foco exterior. Recordó que llevaba consigo la cámara de fotos cargada con un carrete de 36 imágenes en blanco y negro. La sensación de efectos electrostáticos, de distorsión temporal y de amenaza no cesaban. De hecho, empeoraban, por lo que imprudentemente, con el deseo de acabar con aquello lo antes posible, disparó toda la película. Tras acabar con el carrete, guardó la cámara en su bolsillo y sacó su cuaderno y su bolígrafo para tomar notas.

El espectáculo de luces en el interior del objeto también iba cesando, así que podía observar con más detalle la superficie de aquella máquina. Brillante, lisa y suave, reflejaba lo que la rodeaba como un espejo oscuro. Tenía bordes redondeados y pulidos. Aquello, lo que estaba viendo, todas esas sensaciones que le provocaba: esa especie de carga electrostática en el ambiente, esa sensación de que el tiempo se arrastraba lentamente en lugar de discurrir con normalidad y que hacía que cualquier movimiento fuese toda una odisea… todo era tan irreal que no tenía forma de aplicarlo a nada reconocible. Dirigió su mirada a Burroughs, pero ya no estaba, o por lo menos él no lo veía. Quizá se debiera a que la luminosidad que el aparato emitía a su alrededor había disminuido y su compañero había quedado en penumbra. Entonces sintió que la sensación de distorsión temporal también iba cesando, y moverse le costaba menos. Además, el movimiento de luces bajo la superficie del objeto se había paralizado. La especie de cúpula que rodeaba el objeto seguía ahí, y la sensación de silencio también, pero daba la impresión de que aquello que tenía toda la pinta de ser una nave se estuviese apagando.

Penniston se concentró nuevamente en la estructura del objeto. Se agachó para intentar ver su parte inferior, y no pudo observar nada equiparable a un tren de aterrizaje. Tampoco encontró elementos como salidas o admisión de gases, ni puertas, ni elementos de control de la navegación como flaps o timones… ni siquiera un triste remache o tornillo. Simplemente era incapaz de definir cómo estaba construido aquel objeto, ni mucho menos cómo se había propulsado hasta allí. Lo único que le resultaba vagamente familiar era un olor como a metal caliente. Aunque por el tamaño del objeto supuso que no estaba tripulado, pues era bastante más pequeño que cualquier aeronave que conociese, intuyó que había una inteligencia detrás de él. ¿Cómo, si no, se había movido entre los árboles consiguiendo aterrizar sin sufrir ni un solo arañazo? Caminando alrededor de aquella aeronave también dirigió la mirada al exterior de la burbuja, y en la penumbra pudo ver que la silueta de Burroughs seguía allí, congelada. Entonces, tras reunir el valor suficiente, decidió adelantar una mano y tocar aquel artefacto. La superficie era lisa y dura como el vidrio, y al pasar los dedos sobre ese material, sintió una suave y constante descarga eléctrica que le subía hasta el antebrazo. Una corriente que volvía a generar efectos electrostáticos en su ropa y sus cabellos. La temperatura era cálida, unos 5 o 10 grados por encima de la temperatura ambiente. Viendo que no ocurría nada grave, apoyó la segunda mano y trató de empujar el objeto, pero era pesado y no se movió.

Ante esto, se volvió a agachar para revisar con más detalle la parte inferior de la supuesta aeronave. Como antes se había percatado, no disponía de tren de aterrizaje, pero se dio cuenta de que contaba con algo más alucinante: observó que había tres marcas que hendían el suelo justo donde unos rayos de luz que salían de la base del objeto incidían en la tierra. ¿Acaso estaba descansando el peso de aquel artefacto sobre tres haces de luz? Lamentó haber gastado todo el carrete fotográfico en tomas generales de la nave, pues aquel detalle bien merecía la pena ser fotografiado. Probó a intentar un nuevo contacto por radio, pero fue imposible. Tras esto, se percató de algo de lo que no se había dado cuenta hasta el momento: en el lado izquierdo, al frente del objeto, había unas marcas. Dadas las circunstancias se hubiese alegrado de identificarlas, fuesen de la NASA, de las fuerzas aéreas inglesas o incluso de las rusas… pero no. Aquellas marcas no le resultaban conocidas, y ni siquiera eran letras. Se trataba de una hilera de 5 símbolos que ocupaban un espacio de unos 60 cm de largo por 8 de alto, y un símbolo suelto, más grande, sobre esta línea. Aunque a un primer vistazo le recordaron a jeroglíficos egipcios, se dio cuenta de que tenían un aspecto más moderno y técnico, pero le resultaban indescifrables. Nuevamente, lamentó haber desperdiciado el carrete fotográfico y se dispuso, intentando controlar el temblor que le provocaba el nerviosismo, a copiar en su cuaderno aquellas inscripciones grabadas sobre la superficie del objeto. Tras dibujarlos, miró su reloj y vio que marcaba las 2:30. Sintió confusión: tenía la sensación de que llevaba 20 o como mucho 30 minutos revisando aquel artefacto, pero según su reloj habían pasado una hora y 15 minutos desde la última vez que lo había mirado.

Nuevamente acarició la superficie de la nave. Quería comprobar la textura de aquellos símbolos. Tenían el mismo color del resto de la superficie, y entendió que por eso no los había visto antes, pero al tacto se veían como grabados, con un relieve áspero, como de lija. Repasó con los dedos los trazos que formaban los símbolos: el primero, una especie de yunque de herrero; el segundo recordaba a una especie de silueta de pájaro; el tercero recordaba a dos tés colocadas una encima de la otra y, sobre estas, otra línea vertical coronada con un triángulo; el cuarto podría representar una figura antropomorfa; el quinto y último de la fila se veía como el perfil de un cubo con una especie de cúpula en su parte superior. El símbolo más grande, que se situaba sobre los anteriores, tenía unos 20 centímetros de alto. Se trataba de un triángulo rodeado por un círculo que unía sus vértices. Dentro del círculo principal, en el vértice inferior derecho del triángulo, había otro círculo de unos 3 cm de diámetro. A la izquierda del vértice superior se formaba otro círculo más, ligeramente más pequeño, y rozando a este, otro círculo más que quedaba por fuera del grande.

Algo le hizo pensar que ese símbolo era importante. Tras acariciarlo con la punta de los dedos, algo le llevó a apoyar la palma de la mano derecha sobre el glifo. Notó que estaba un poco más caliente que el resto de la superficie. Segundos después sintió un fuerte destello que dio paso a una luz blanca azulada que no veía con sus ojos, sino directamente en su mente. Esta luz destellaba rápidamente mostrándole unas formas. Él lo comparó a cuando hojeas una baraja de cartas con el pulgar. Esas formas parecían ser una serie de unos y ceros en una secuencia que no alcanzaba a comprender. Tras un tiempo que Penniston estima en menos de un minuto, aquella especie de visión o transmisión terminó, tan repentinamente como había comenzado, y aunque durante el tiempo que duró algo había retenido su mano sobre el símbolo, notó que ya podía separarla. Entonces notó que se «desconectaba» de aquella intensa luz y volvía a ver con normalidad. Revisó su mano en busca de daños, pero esta parecía perfectamente normal.

Estaba intentando entender qué había sucedido cuando las luces de colores en el interior del objeto comenzaron a activarse. La luz que rodeaba la nave se hizo más intensa, mucho más intensa y, temiendo que explotara, Penniston retrocedió saliendo de la cúpula luminosa. Se arrojó al suelo protegiendo la cara contra el suelo, y a duras penas pudo ver que Burroughs había sido «liberado» de su inmovilidad y se hallaba también tumbado en el suelo boca abajo. La intensidad de la luz se redujo un poco y los dos hombres se levantaron. Aquel objeto, que se encontraba a unos 10 metros de ellos, comenzó a elevarse y a desplazarse suavemente entre los árboles. Una vez que los rebasó, siguió ascendiendo hasta unos 60 metros sobre las copas, y entonces, con un intenso destello, desapareció. Sin ruido, sin viento… Todos los efectos electrostáticos y esa sensación de que el tiempo se distorsionase habían desaparecido. Entonces Burroughs comenzó a correr gritando: «¡Por allí!». Efectivamente, a lo lejos volvían a verse extrañas luces.

Las siguieron. Salieron del bosque, continuaron por los campos aledaños a una granja, por un camino rural, rebasando vallas y barrizales, hasta que finalmente descubrieron el faro de Orfordness a unos 7 kilómetros y medio. Pensando que era eso lo que habían estado persiguiendo lo comunicaron por radio, pues tras el despegue del objeto habían vuelto a funcionar las comunicaciones. Pero no tardaron mucho en darse cuenta de que a la derecha del faro estaba la extraña luz brillante de la nave. Dándose cuenta de que nunca le darían alcance, decidieron volver a la base. Durante su regreso, pasaron por el claro donde había estado aterrizado el objeto y pudieron observar las tres hendiduras creadas en el terreno por los haces de luz sobre los que descansaba el triángulo: tres hendiduras de unos 15 centímetros de diámetro y unos 5 de profundidad. Posteriormente se reencontraron con Cabansag, que aún parecía angustiado, y montando en el Jeep regresaron en silencio a la base. Allí desde la puerta Este habían visto el despegue de la nave, y más tarde descubriría que las luces iniciales, el despegue de la nave y sus maniobras posteriores habían sido vistas desde más sitios de las instalaciones, incluyendo la torre de control del área de almacenamiento de armas en la base de Bentwaters. En la misma puerta Este Penniston se separó de Burroughs, que se fue con su patrulla.

Hablando con el Mayor Chandler sobre el tiempo que habían permanecido sin saber nada de ellos, Penniston descubrió que su reloj digital marcaba las 4:15, mientras que los de todos los demás marcaban las 5:00. Ya hablamos en otro caso que es muy raro que los relojes digitales se atrasen o se adelanten; normalmente, cuando dejan de funcionar, se apagan. Ya en Woodbridge, Penniston se dedicó a pensar qué iba a narrar en el informe que evidentemente le iban a pedir que redactase. Todo lo vivido era tan irreal que no sabía cómo abordarlo. Temía por el futuro de su carrera, así que optó por resumir la definición del objeto como «una nave no identificada de origen desconocido», sin mencionar el término OVNI, que tenía tantas connotaciones fantásticas. Su plan era dar el menor número posible de detalles sobre cosas como los símbolos o esa visión de unos y ceros. Pero al llegar al Centro de control, ellos ya habían elaborado el informe del suceso a partir de lo que habían escuchado en las transmisiones por radio. Nada que mencionase la palabra OVNI. Solamente: aeronave no identificable. Por lo que finalmente se escabulló de ese trámite. De lo que no se libró fue de ir a visitar al comandante de turno de día de la base en Bentwaters. El capitán Mike Verrano quería entrevistarse con él y con Burroughs. Por lo que, al abandonar el Centro de Control, fue en busca de su compañero de aventura y se dirigieron al despacho de Verrano. Acordaron que hablase Penniston y que Burroughs solo contestase si era directamente preguntado, y que no darían más detalles de los estrictamente necesarios, pues la continuidad de sus carreras estaba en juego. Penniston le contó lo que aparecía en el informe, es decir, las luces de colores en el bosque, la luz blanca… pero decidió confiar un poco más en el capitán y le habló de la nave de origen desconocido, dándole alguna información sobre su tamaño, su aspecto y su rápido despegue. No se le ocurrió mencionar los símbolos ni mucho menos la extraña transmisión mental de unos y ceros que había vivido. Tampoco le mencionó el estado de aparente «trance» de Burroughs. El capitán, que no aparentó extrañarse en ningún momento por las palabras de Penniston, le dejó terminar sin interrumpirle y concluyó: «No hay una forma prudente de informar de esto». Les habló del Proyecto Libro Azul, que se había cerrado en 1969, y les dijo: «Actualmente no hay canales en la Fuerza Aérea que utilizar para informar de lo que dicen que vivieron. No es más que uno de los miles de avistamientos inexplicables que se producen cada año. Es mejor cerrar esta discusión y dejar el tema en paz. Hay cosas que es mejor no decirlas. Sin embargo, vieron algo, y la torre de Heathrow lo confirma. Así que necesito que se reúna conmigo y otros oficiales y nos conduzca al lugar del suceso para que junto a usted podamos ver la evidencia física de lo que afirma haber visto».

Tras el encuentro con Verrano, Penniston llevó el carrete al laboratorio fotográfico de la base, y cerca de las 8 de la mañana abandonó la base junto a Burroughs con destino a Ipswich, donde ambos vivían. Pero los dos decidieron acercarse al lugar del aterrizaje para, a poder ser, revisarlo antes de que llegase nadie que pudiera alterarlo. En esta ocasión recorrer el camino les costó menos tiempo y esfuerzo, y al llegar al punto del encuentro con la extraña nave pudieron confirmar la existencia de tres huellas que formaban un triángulo equilátero con una separación de 3m entre ellas, con los bordes perfectamente redondos y forma cónica. También encontraron en el suelo de la zona ramas con apariencia de llevar poco tiempo rotas, ramas faltantes en algunos árboles y marcas de quemaduras y cortes en los troncos. Se encontraban en la zona cuando llegó el Capitán Verrano junto a otros dos oficiales: el Sargento Mayor Ray Gulias y el Mayor Drury. Burroughs se mostró entusiasmado al enseñarles con asombro las evidencias. Tras esto volvieron a su vehículo y, siguiendo la recomendación de los oficiales, se dirigieron a Ipswich a descansar. Aproximadamente a esa hora el teniente coronel Halt llamaba a su despacho a Edward Cabansag. Le hubiese gustado convocar también a Burroughs y a Penniston, pero estos no se hallaban ya en la base y tenían por delante 3 días de descanso. Halt quería conocer lo sucedido, pero el novato, nervioso e intimidado, no le explicó gran cosa. Se le entregó una declaración mecanografiada que firmó sin leer de lo nervioso que estaba, mientras el teniente coronel le recordaba que el asunto era secreto y le recomendaba no hablar del tema. Con posterioridad, Halt quiso revisar también los informes de seguridad de esa noche, pero casualmente estos habían desaparecido de los archivos.

Aquella mañana Penniston dio por hecho que no iba a poder dormir, y decidió dedicar el tiempo a otras cosas. Tras llegar a su casa se duchó y salió a comprar escayola. Su plan era volver al bosque y tomar impresiones de las huellas del suelo antes de que desapareciesen o las despareciesen. Cuando llegaba al bosque se volvió a cruzar con el capitán Verrano y el Sargento Mayor Ray Gulias, que volvían de la zona del aterrizaje. Se excusó diciendo que quería comprobar algunas cosas para su informe. A Verrano no debió hacerle mucha gracia encontrarse con él merodeando por el bosque por segunda vez cuando le había dicho que dejara estar el asunto… Le dijeron que se diese prisa, pues probablemente a los forestales no les haría gracia tener el bosque lleno de militares estadounidenses corriendo de un lado a otro. Penniston se despidió de ellos y se dirigió al lugar del aterrizaje, donde procedió a la toma del molde de las huellas. Tras un proceso que duró unos 40 minutos y en los que decidió no entregar aquellos moldes sino quedárselos como evidencia, los guardó en su mochila y regresó a su coche. Cuando había llegado a su vehículo aparecieron por allí nuevamente el Sargento Mayor Gulias junto al Mayor Drury y el policía británico Brian Cresswell. Le pidieron que los acompañara a mostrar al agente británico el lugar del aterrizaje, y posteriormente le indicaron, por tercera vez, que se volviera a su casa y dejara el tema.

Penniston invirtió el resto del día en trabajos en casa; cualquier cosa que le mantuviese la mente alejada de los sucesos de aquella noche. La noche del 26 al 27 de diciembre se acostó sobre las 11 con la seguridad de que el cansancio le iba a hacer dormir, pero se despertó alrededor de la 1:30 tras unas extrañas ensoñaciones en las que se le aparecían ante los ojos series consecutivas de unos y ceros. Tomó un vaso de agua y regresó a la cama. Pero los extraños sueños eran recurrentes y le hicieron despertarse nuevamente. Esto le asustó y le hizo plantearse si realmente había sufrido algún tipo de trauma, sobre todo en el momento en que comenzó a ver las series de números con el simple hecho de cerrar los ojos. Cuando entendió que nuevamente iba a pasar una noche en vela, se levantó y se preparó un café. Estaba revisando su cuaderno de notas, pensando en el sentido de todo aquello cuando, sintiendo un instinto irrefrenable, tras anotar la fecha, el 27 de diciembre de 1980, comenzó a anotar la larga secuencia de unos y ceros que se presentaba ante sus ojos. Finalmente, tras 45 minutos, esa avalancha de números cesó y tuvo la sensación de que, tras haberlos transcrito en el papel, había liberado a su mente de aquellas imágenes. Decidió que hablar de aquello no le iba a aportar nada positivo, así que decidió mantener guardado aquel cuaderno. Volvió a la cama, y esta vez sí, durmió hasta la mañana siguiente.

Durante ese primeras horas del día 27, mientras Penniston sufría aquellas visiones de unos y ceros, extrañas luces volvían a ser presenciadas en el bosque de Rendlesham. La aviadora Lori Ann Buoen se encontraba de guardia en la garita de la puerta Este, que solía dejarse sin vigilancia durante la noche, pero dados los acontecimientos de la noche anterior se decidió dejarla custodiada. Entre la 1:30 y las 2:00 pudo observar, esta vez no al este de la base sino por encima de la línea de árboles que se encontraba al norte de la pista de aterrizaje, que estaba a oscuras, una luminosa esfera con luces naranjas, rojizas, blancas y azuladas que descendía entre las copas del bosque. Preocupada por lo que había visto, se puso en contacto con el Sargento O’Brian, que se encontraba de guardia en la oficina de la policía militar. Desde allí se dispuso que el cabo John Trementozzi, junto a otros cuatro compañeros, se dirigieran a la puerta Este, donde también pudieron ser testigos de las luces durante un largo tiempo. Trementozzi dice que se había informado al comandante de turno, Glen Whitehead, y al Subcomandante de la base, el tiente coronel Halt. La subteniente Bonnie Tamplin y el Sargento Mayor Bobby Ball fueron enviados al bosque a investigar. Los militares apostados en la puerta Este pudieron escuchar a través de sus emisoras cómo la subteniente Tamplin llamaba al Sargento Ball diciendo asustada: «¿Bob, Bob, dónde estás? No puedo ver nada». Tras esto, diez minutos de silencio de radio. Se dice que el vehículo de Tamplin había sido atravesado por una esfera de luz que había provocado que se apagara el motor, y que la oficial había escapado dejando incluso su arma dentro del coche. Se dice que, tras esto, quedó traumatizada y fue relevada de su puesto y enviada a un nuevo destino.

Casualmente esa misma noche Burroughs se despertó de madrugada con la fuerte sensación de que algo había ocurrido o estaba ocurriendo en el bosque, así que no lo dudó: pese a que no entraba de nuevo en servicio hasta el día 29, salió de su casa y se dirigió a la base de Bentwaters, donde se vino a enterar de los sucesos que acababan de tener lugar en la puerta este y en el bosque. Tras tener noticia de estos acontecimientos, se reunió con dos amigos que también estaban de libranza, y planearon pasar el día en la base y que, en cuanto cayese la noche, se pondrían ropa civil y visitarían el bosque por si encontraban algo.

Por seguir el orden de los acontecimientos, te voy a presentar a otra persona a la que habitualmente no se menciona cuando se habla del caso Rendlesham. Se trata del sargento Monroe Nevels, técnico de preparación para desastres. Era especialista en química, biología y radiología, es decir, estaba especializado en armamento químico, biológico y nuclear. Hombre de confianza del coronel Ted Conrad, fue designado para visitar el lugar del aterrizaje al atardecer del 27 de diciembre con la misión de reunir evidencias junto al teniente segundo de la policía militar Bruce Englund. Al ir acercándose a la zona comenzaron a percibir los efectos de una carga electrostática. Ya en el pequeño claro del bosque el teniente Englund mostró a Nevels las marcas de aterrizaje del objeto y las hendiduras y marcas en los árboles colindantes. Tras unos minutos revisando la zona y aún bajo los efectos de la estática, los dos militares decidieron regresar a la base de Woodbridge para unirse al coronel Conrad y transmitirle sus impresiones. El teniente Englund iba conduciendo cuando el sargento Nevels apreció en el lado sur del camino un objeto brillante y luminoso que llamó su atención palpitando lentamente entre los árboles. Aprovecharon unos prismáticos de visión nocturna de los que disponían para observar el objeto con más precisión. Se trataba de una especie de «globo ocular» con un centro negro y cuya luminosidad variaba lentamente. Nevels pidió a Englund que detuviese el vehículo y, tras bajar del coche, se percató de que los efectos electrostáticos se habían intensificado. Pese a las reticencias de Englund, quien parecía ansioso por marcharse del lugar, probó a avanzar unos pasos en dirección a la luz y pudo confirmar que el pulso de encendido y apagado del objeto se aceleraba, mientras que si se alejaba la intermitencia se ralentizaba. Entonces Nevels concluyó que ya tenía información suficiente, volvió al vehículo y solicitó a Englund volver a la base.

Fueron directamente al club de oficiales de Woodbridge, donde se encontraba la cúpula militar de las bases en una cena de entrega de premios anual. En los sucesos ocurridos a partir de este momento existen discrepancias según la versión dada por los militares. Se trata de diferencias del tipo de quién habló con quién, quién dijo qué, de quién partieron las órdenes, quién compartió coche con quién, quién recogió a quién… por lo que en un principio no me voy a meter en especificártelas y voy a hacerte un resumen de la situación. Quizá esto se pueda deber a que estas declaraciones han tenido lugar más de 20 años después de los sucesos. Si por casualidad has visto algún documental sobre el caso, probablemente hayas escuchado que el teniente Englund llegó al club de oficiales con el rostro demudado, exclamando al teniente coronel Halt aquella frase de «han vuelto». Según Nevels esto no ocurrió así, pues cuando llegaron al club el coronel Conrad ya les estaba esperando. Fuese cual fuese el transcurso de los acontecimientos, la consecuencia fue la misma: Englund y Nevels acabaron reunidos en un cuarto del club de oficiales con el coronel Conrad, el teniente coronel Halt, el Capitán Verrano, el comandante del escuadrón de policía de seguridad, el Mayor Malcolm Zickler y alguna persona más. En total unas doce. En esa reunión se decide que esa misma noche se ha de llevar a cabo una investigación en el bosque. Tras disolverse la reunión, Halt se va a casa para quitarse el uniforme de gala y ponerse uno de campo. También pasa por su oficina donde coge su grabadora y un dispositivo de visión nocturna. Nevels se dirige a la oficina de preparación para desastres y se equipa con un contador Geiger y una cámara de fotos. Se organiza la distribución por el bosque de equipos de iluminación con generador propio, que no consiguen hacer funcionar, pese a que se comprueba hasta en dos ocasiones que los depósitos de combustible están llenos. El Sargento Bustinza, del que no te he hablado hasta ahora, estaba al mando de la policía de seguridad aquella noche, y también acabó participando en la expedición al bosque después de que algunos de los hombres a su cargo notificasen haber visto extrañas luces en Rendlesham Forest. En general se podría decir que en el bosque se encontraron aquella noche unas 20 personas, y es posible que extraoficialmente hubiese alguno más, como es el caso de Burroughs, pues el asunto de las luminarias en el bosque había corrido como la pólvora, y no eran pocos los que estaban siguiendo los acontecimientos escuchando las comunicaciones por radio o situándose en las zonas altas de la base, como la torre de control. A Halt le preocupaba el hecho de que la presencia de tantos militares estadounidenses campando por un bosque británico llamase la atención de los lugareños, por lo que dio orden de que todo el personal (el que estaba oficialmente en el bosque, claro) se mantuviese en la zona donde habían aparcado los vehículos, quietecitos y en silencio. Halt formó un pequeño equipo con el que se dirigió al punto de aterrizaje de la primera noche: el Sargento Mayor Ball, el teniente Englund, y los sargentos Nevels y Bustinza.

Y permíteme hacer un inciso en este punto: me resulta curioso que habiendo sido vistas luces esa misma tarde en otra zona del bosque, el teniente coronel decidiese redundar en su investigación en una zona que ya había sido revisada. A partir de este momento, contamos con una prueba muy interesante: se trata de la grabación en cinta de audio de Halt, en la que quedan registrados buena parte de los sucesos posteriores. Los problemas electromecánicos continuaban: los generadores de los equipos de iluminación no funcionaban, los motores de los vehículos también fallaban y las comunicaciones por radio también presentaban problemas… Nevels se hizo cargo del contador Geiger y Bustinza seguía intentando coordinar por radio la forma de hacer llegar nuevos equipos de iluminación al bosque; de momento estaban utilizando linternas. Al realizar las lecturas de radiación sobre la zona concreta del aterrizaje, se pudo apreciar que en las tres huellas el nivel de radiación era superior al de fondo, pero nada peligroso por suerte. En el centro del triángulo que formaban las huellas, la medición fue más alta incluso. A posteriori revisaron las marcas existentes en los árboles que rodeaban el punto de aterrizaje. Eran una especie de abrasiones o roces, todas en la cara de los árboles que daba al claro donde se había posado el objeto, y todas a la misma altura. Se tomaron muestras de la savia que brotaba de las abrasiones y se realizaron mediciones de radiación. En el lado de los troncos opuesto al claro la radiación era normal, pero en el lado de las abrasiones, el enfrentado al lugar del aterrizaje, el nivel de radiación era más alto. Como curiosidad te mencionaré que en la grabación, en el momento en el que el grupo se encontraba revisando los troncos, se escucha cómo reciben una llamada en la que les informan de que Burroughs y otros dos miembros del personal se habían presentado en la puerta Este y solicitaban permiso para unirse al grupo. Halt se lo denegó, y Burroughs y sus acompañantes solo llegaron al punto en el que se encontraban aparcados el resto de los vehículos. Por curiosidad, se les ocurrió observar los árboles a través de sus visores nocturnos y con sorpresa vieron que había una huella de calor en las abrasiones. Lo mismo sucedía en las huellas en el suelo y en el centro del triángulo que formaban. Bustinza estaba teniendo serios problemas con la radio para comunicarse con el centro de control, así que Halt decidió enviarle de vuelta a la base de Bentwaters para conseguir otros dos equipos de iluminación. De vuelta al lugar del aterrizaje, Halt volvió a conectar su grabadora para registrar que eran la 1:48 de la mañana, y que estaban escuchando el sonido de animales alterados que probablemente provenía de una granja que se situaba a unos 350 metros de allí. El personal que se encontraba en el punto de aparcamiento también percibió que los animales del bosque eran alterados por algo y comenzaban a hacer más ruido del habitual. El equipo en el punto de aterrizaje notó que el aire se cargaba de estática, y el tiente Englund observó algo extraño tras los árboles y comenzó a avanzar hacia el campo adyacente a la mencionada granja mientras avisaba al resto de que las luces habían vuelto. Ahora Halt también lo veía: un objeto rojizo o anaranjado que flotaba a unos 3 o 4 metros del suelo. El objeto sería más pequeño que un coche, y parecía chorrear o desprender algo como si fuese metal fundido, e iluminaba la granja y se reflejaba en sus ventanas tan intensamente que esta parecía estar ardiendo. Al poco, el OVNI se desplazó desde el campo hasta la línea de árboles del bosque, hacia el noreste de donde se encontraba el grupo de militares, y parecía moverse zigzagueando entre los árboles. La luz pulsaba, tenía forma ovalada, como de ojo, con una zona más oscura en su centro, tal y como la que había visto Nevels esa misma tarde.

Entonces Bustinza y el resto de los hombres que se encontraban en la zona de aparcamiento, visto que no eran capaces de hacer funcionar las luces, fueron requeridos para entrar al bosque e intentar localizar la luz. En sus declaraciones habla de varias luces de varios colores volando por la zona, de una neblina amarilla al ras de la rodilla y de soldados desorientados por el pánico. Bustinza los mandó regresar y continuó para reunirse con Halt. El objeto observado por Halt y sus acompañantes volvió a abandonar el bosque para salir al campo de la granja. Nevels tomaba lecturas de radiación que parecían oscilar. Con su cámara tomó algunas fotos del objeto. Halt y Nevels treparon la valla que delimitaba el campo, y antes de que nadie más pudiera seguirles, el objeto se dirigió rápidamente hacia donde ellos estaban y, en ese trayecto, desapareció de manera instantánea. Halt afirma que lo vio explotar silenciosamente en 5 objetos y desaparecer en una fracción de segundo. El equipo de Halt se terminó de saltar la valla y revisaron el campo en busca de huellas o rastros de aquello que parecía desprender aquel objeto, pero no pudieron apreciar nada reseñable. Tras esta rápida inspección se percataron de que sobre sus cabezas, a una altura que estimaron en 300 metros, varios objetos (5 según Halt y 3 según Nevels) elípticos y levemente luminosos se mantenían estacionarios. Las comunicaciones por radio seguían siendo complicadas, y eso que encontrándose en campo abierto la señal debería haber sido buena. Hay que decir que los cinco miembros del equipo disponían de emisoras, y estaban operando en tres frecuencias distintas: la del puesto de mando, la del centro de control de seguridad y la de la policía militar; pero aun así tenían muchas dificultades y finalmente, utilizando como radioenlace a los que se encontraban en la zona de aparcamiento, consiguieron hablar con el puesto de mando para que solicitara información de la torre de control de tráfico aéreo de Bentwaters, de la del aeropuerto de Heathrow y de la base inglesa de Wattisham por si tenían a los objetos en el radar: la respuesta fue que no había nada en sus pantallas.

A las 2:44 Halt registra en su grabadora que han descubierto la presencia de otro objeto de color rojo, casi en el horizonte, sobre la costa. Avanzando por el campo, cruzaron un arroyo que lo atravesaba, acabando empapados. Mientras los hombres mantenían vigilancia en los objetos que permanecían sobre sus cabezas, repentinamente estos desaparecieron. Entonces la frecuencia de radio del cuerpo de seguridad cobró vida: los operativos destacados en la base de Bentwaters tenían tres objetos en el cielo sobre ellos. De una manera aparentemente imposible, los objetos se habían desmaterializado sobre la granja y se habían materializado sobre la base, instantáneamente. Efectivamente, el grupo de Halt pudo comprobar que se veían tres objetos emitiendo luces de colores y realizando movimientos en formación al norte de su posición, que podían perfectamente estar situados sobre la base. Al sur de su posición se destacaban otros dos objetos. A las 3:15, Halt registra en su grabadora que uno de los objetos que se encontraban al sur se desplaza rápidamente hacia la granja y se detiene en seco a bastante altitud sobre sus cabezas, y proyecta un haz de luz coherente, sin dispersión, como si fuese un láser, de unos 30 centímetros de diámetro, a 3 metros escasos de su posición. ¿Qué era aquello? ¿Un intento de comunicación? ¿Una advertencia? ¿Algún tipo de arma? Tan rápidamente como apareció, aquel haz de luz desapareció de repente, y el objeto que lo emitía retrocedió hacia el sur. Mojados y sin conseguir entender lo que estaba sucediendo, dieron por buena la orden de Halt de regresar a la base. Entonces pudieron ver que el objeto del sur se dirigía hasta la vertical de Bentwaters. Una vez allí, junto a los tres objetos que ya la sobrevolaban, comenzaron a proyectar los haces de luz sobre las instalaciones. Inmediatamente pudieron escuchar a través de la radio que en la base estaban observando también los rayos de luz. Los objetos estaban perfectamente sincronizados, realizando barridos con un patrón determinado, como si estuviesen buscando algo; algo en la zona del almacén de armas de la base aérea de Bentwaters. Esto se prolongó durante 20 o 30 minutos. Resumiendo: 4 objetos sobrevolaban la base de Bentwaters emitiendo haces de luz sobre las instalaciones del almacén de armas, mientras que otro quinto objeto se mantenía al sur, sobre la costa. Al llegar a la zona de aparcamiento, Halt fue abordado por Burroughs, que le insistió en pedirle permiso para visitar nuevamente el lugar del primer avistamiento. Finalmente Halt accedió y le dio permiso para acercarse con Bustinza, asegurando que desde el lugar de aparcamiento no llegaron a perder contacto visual entre los árboles con las linternas de la pareja en ningún momento. Pero aquí vuelve a surgir la discrepancia, pues Burroughs dice que, aunque mintió a Halt, su intención no era visitar la zona del primer aterrizaje, pues, al fin y al cabo, ya la había visitado anteriormente, sino aproximarse a la luz que según él se había acercado desde la costa en dirección a donde ellos se encontraban. Curiosamente Halt no menciona en ningún momento que ese quinto objeto, como lo hemos denominado, abandonase su posición en la costa, y menos aún para acercarse a su posición. Burroughs, tras una sesión de hipnosis, posteriormente en 1988 aseguró que él y Bustinza tuvieron un encuentro con aquella luz, llegando incluso a ser abducido durante un momento. Halt asegura que desde la zona de aparcamiento no vieron nada extraño, y que ni Burroughs ni Bustinza mencionaron que algo extraño hubiera sucedido. La última entrada en la grabación de Halt se da a las 4 de la madrugada, y en ella menciona que uno de los objetos se ve sobre la base de Woodbridge emitiendo su haz de luz. A las 5 de la mañana, todos los efectivos habían abandonado ya el bosque y habían regresado a la base o a sus casas.

Sin perder el tiempo, Monroe Nevels, como fotógrafo profesional, tenía su propio laboratorio en el que se dispuso a revelar el rollo que había disparado esa noche, pero cuál sería su sorpresa al comprobar que todo el rollo estaba velado. Con el tiempo concluiría que esto se debió a los altos niveles de radiación, que habían sido suficientes como para impresionar la película, como quien impresiona una radiografía con rayos X. Mientras tanto, el teniente coronel Halt había llegado a su casa, se había duchado, había comido algo y, como no podía dormir, tomó la decisión de regresar a las oficinas de mando en Bentwaters. Como subcomandante de la base, en primer lugar habló con su superior, el comandante de la base, el coronel Conrad. Este le pidió una copia de la cinta, que realizó colocando su grabadora reproduciendo y la de Conrad al lado grabando. Posteriormente Halt se dirigió al despacho del comandante del Ala, el coronel Gordon Williams, para informarle de los sucesos. Williams le pidió prestada la cinta para la reunión semanal de la Tercera Fuerza Aérea. Evidentemente Halt no pudo negarse a la solicitud de su superior, y le hizo entrega de la cinta.

Esa tarde del 28 de diciembre, Jim Penniston, que se encontraba en su casa sin saber nada sobre los acontecimientos en la base, fue llamado por el comandante del escuadrón de seguridad, el Mayor Zickler. Le citaba para las 9 de la mañana del día siguiente en las oficinas de la AFOSI, la oficina de Investigaciones Especiales de la Fuerza Aérea, una especie de sección de Asuntos Internos. Era evidente qué querían, y en un principio tomó la decisión de dárselo: no podía arriesgarse a mentir u ocultar cosas a la AFOSI y optó incluso por hacerles entrega del cuaderno en el que había tomado notas esa noche. Eso sí, decidió retirar del cuaderno, cuyas anillas se podían abrir, las hojas en las que había apuntado aquella serie de unos y ceros que habían venido a su mente una vez en casa. Pensó que hablar de ese episodio sí que podría dar a entender a los investigadores que sufría algún tipo de trauma o desequilibrio mental. También realizó un boceto de perfil, planta y alzado de la nave para aportarlo en la reunión. La mañana del 29 de diciembre Penniston recogió a Burroughs en su casa y los dos se dirigieron a la base. Pensando en el suceso de los unos y los ceros, le preguntó si tenía problemas para dormir y, aunque en un principio Burroughs iba a responder que no, vaciló y le dijo: «¿Sabes? Volví allí anoche». Le estaba reprendiendo por ello cuando le dijo: «Tuve el impulso de ir. Tuve que salir, me veía obligado…». Inmediatamente entendió lo que Burroughs quería decir y dejó de abroncarle. Fue entonces cuando Burroughs le mencionó que aquello había regresado. Penniston se negó a saber más sobre el asunto; no quería comentárselo a Burroughs, pero bastante tenía él con su cita con la AFOSI. Antes de asistir a la reunión, desayunó en el comedor y se pasó por la sala de comando de la policía de seguridad. Allí le informaron de que Halt quería hablar con Burroughs y con él a las 13:00.

Una vez en el edificio de la Oficina de Investigaciones Especiales, se encontró con un agente al que conocía de vista. Este le dio las gracias por acudir y le llevó a una sala donde le esperaban dos hombres a los que no había visto antes. Se presentaron como los agentes encargados de investigar los hechos del fin de semana, pero extrañamente no llegaron a dar sus nombres. No parecían pertenecer a Investigaciones Especiales, y uno de ellos parecía británico. Él creía conocer a todos los agentes de la oficina de la base; quizá venían de otra base, o eran de la Agencia de Seguridad Nacional. Le informaron que tanto el Mayor Zickler (el comandante del escuadrón de policía de seguridad) y el coronel Williams (comandante del Ala) estaban al tanto de que iba a colaborar con ellos en la investigación. Le entregaron una libreta y un lápiz y le pidieron que narrase lo sucedido con todo detalle. Le dijeron que lo incluyera todo, por mínimo que pmareciese; le dijeron que quizá ellos entenderían cosas que él no había entendido. Antes de comenzar, él les comentó que tenía miedo de que, si lo contaba todo, podría suponer el fin de su carrera. Ellos le tranquilizaron diciéndole que esa investigación era confidencial y que nadie en la base iba a conocer lo que él declarase; que esta sería la última vez que le preguntaran por el suceso, y que después podría continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Escribió una declaración de 4 páginas contándolo todo al detalle, excepto la parte en que tocaba la nave y sufría aquella especie de «revelación» en su cerebro. Cuando terminó, uno de los hombres volvió a entrar y le pidió que firmase la declaración, le ofreció una bebida y pidió que esperase. Unos 20 minutos después, los agentes volvieron y le hicieron entrega de una página de texto mecanografiado. Le pudieron que lo leyera y lo recordara, pues eso sería la versión oficial de lo que había vivido aquella noche en el bosque; lo que debería contar si algún superior en su cadena de mando le pedía explicaciones. Evidentemente aquella versión estaba muy limitada en detalles, e incluso en algún punto llegaba a mentir, como por ejemplo en el que decía que él no se había acercado a menos de 50 metros del objeto. Le dijeron que no se preocupase por ese ocultamiento, que era para protegerle a él y a su carrera, que todo se olvidaría y que él solamente sería uno más de los miles que han visto un OVNI. Le pidieron que hiciese un boceto de lo que se declaraba en esa versión de los hechos que le habían facilitado para acompañar la declaración. Introdujeron los dos papeles en un sobre que le dieron, indicándole que debería entregarlo a Halt en su reunión de las 13:00.

Tras la visita a la AFOSI, Penniston volvió a reunirse con Burroughs para comer, y le informó de que tenían que acudir al despacho de Halt a las 13:00. Nuevamente le ocultó su visita a la oficina de investigaciones especiales. Al llegar a las oficinas del comando de la base, entregó el sobre para Halt. Los dos hombres fueron recibidos por el teniente coronel, y confirmó a Penniston que el objeto había vuelto la noche del 27 al 28. Les confesó que su intención era ir al bosque y desmontar todo el lío que se estaba formando, pero que había visto con sus propios ojos cosas que no podía explicar. Les puso la grabación, y la iba parando para ampliar la información que compartía con ellos. Finalmente les preguntó si el objeto que ellos habían visto la primera noche era similar al que él había visto en el bosque la tercera, y les pidió que redactaran una declaración. Penniston lo hizo siguiendo las directrices que le habían dado en la AFOSI. Posteriormente los tres hombres se reunieron con el comandante de la base, el coronel Conrad, y con el comandante del Ala, el coronel Williams. Al tener rango superior al de Burroughs, fue Penniston quien habló: nuevamente contó la versión censurada por la AFOSI. Dio por hecho que aquellas reuniones eran un paripé, pues supuso que desde la oficina de investigaciones especiales ya habían hablado con sus superiores, por lo que aquello, como mucho, debía servir para confirmar que Penniston estaba dispuesto a callar. Tras acabar la reunión, Halt volvió a llevarle a su oficina diciéndole que todo había salido bien, que tratase toda la información sobre el asunto como secreta y que a partir de ahí todo se olvidaría, que el caso se cerraría y que su nombre se borraría de todos los informes. El 31 de diciembre Penniston recogía en el laboratorio fotográfico el rollo que gastó en el objeto, pero al igual que las fotos de Nevels, estas estaban veladas. Curiosamente no pensó en que las fotos realmente estuviesen veladas, sino que sospechó que desde la AFOSI se habían encargado de dar el cambiazo al carrete, y las fotos reales estarían bien guardadas en algún cajón.

El 3 de enero de 1981 el coronel Williams asistía a la reunión de la Tercera Fuerza Aérea, a la que presentó los acontecimientos y la cinta de Halt. El General Bazley, comandante de las fuerzas estadounidenses en Inglaterra, concluyó: «Bueno, ¿qué hacemos ahora? Sucedió fuera de la base y en territorio británico, así que es un asunto británico». Podríamos pensar que esto daba por zanjado oficialmente el asunto, pero la verdad es que días después empezó a aparecer por la base gente de traje que llegaban en aviones sin identificar, que supuestamente venían a hacer trabajos electrónicos en el perímetro de la base; gente que en realidad ya había hecho una visita a la zona el mismo día 28 de diciembre. Era evidente que había agentes de inteligencia en la base. De todas formas, como era un asunto británico, Halt fue encomendado para consultar con el oficial enlace del gobierno británico en la base, Don Moreland, por si el ministerio de defensa británico tenía algún tipo de interés en el asunto. Este estaba de vacaciones en el momento de los sucesos y fue informado al regresar. Tras un tiempo en el que el ministerio no dio respuesta, la sugerencia de Moreland fue que Halt redactase un breve memorando para la oficina de OVNIs de la secretaría de defensa. Ese memorando, bastante aséptico, sin nombres y destinado a uso interno, no a difusión pública, fue redactado con permiso de los comandantes de la base y el Ala, y posteriormente revisado por estos antes de ser entregado a los británicos a mediados de enero. Sin conocimiento de Halt, una copia de ese memorando fue archivado en el cuartel general de la fuerza aérea. Por esas mismas fechas, Penniston se encontró con Burroughs en las instalaciones de la policía de seguridad. Este se encontraba nervioso y le dijo que iba al edificio AFOSI, pues le habían citado allí. Penniston dio por hecho que esa no sería la primera vez que Burroughs era llamado por la AFOSI, pues era obvio que los dos estaban callándose muchas cosas, pero esa fue la última vez que le vio en la base. No se volvieron a encontrar hasta casi 14 años después.

El 17 de enero se producía otro avistamiento desde las instalaciones de Woodbridge. En este caso era Steve La Plume, un muchacho de 19 años el que, apostado en la puerta Este, dio la voz de alarma. Dijo haber visto un objeto con forma de cigarro de unos 90 o 100 metros con luces verdes, rojas y azules. La supuesta nave se aproximó pasando sobre su cabeza; el militar afirmó que tiene una laguna mental desde el momento en que el objeto le sobrevoló hasta que lo vio alejándose por el sur. Con el tiempo Penniston tuvo conocimiento de que un colaborador suyo, el Sargento John David Ingalls, simultáneamente a las órdenes de silencio que le habían dado a él, había recibido órdenes por parte del Mayor Zickler de generar desinformación en la base y en los pubs de los alrededores, filtrando hechos más rocambolescos y fantásticos que implicaban aterrizaje de naves con tripulantes, colaboración de altos mandos de la base para reparar una nave averiada… A raíz de esto, y debido a su interés por difundir extrañas historias sobre el caso, Penniston dio por hecho que otro militar, Larry Warren, un auxiliar del departamento en el que trabajaba, también estaba involucrado, quizá más como un tonto útil que conscientemente, en esa campaña de descrédito. La idea era crear una historia tan inverosímil que nadie le diera crédito y acabara más como leyenda urbana que como hecho real, tanto de cara a los militares de la base en general como a los investigadores y ufólogos locales que andaban detrás del caso.

El 2 de octubre de 1983, en la portada de un periódico nacional británico, Noticias del Mundo, aparece un titular que dice «OVNI ATERRIZA EN SUFFOLK, Y ES OFICIAL», junto a una foto del comandante del Ala, el coronel Williams, y un texto que dice «No hay engaño, dice el jefe aéreo». En este artículo se publicaba una copia del memorando que el coronel Halt había redactado para el ministerio de defensa británico y que había sido obtenido del archivo de la fuerza aérea estadounidense gracias a la FOIA, el acta de libertad de información. A continuación se reproducía la historia de los sucesos tal y como la narraba un supuesto testigo bajo el seudónimo de Art Wallace. Esa historia, con una mezcla de datos reales pero inconexos de los sucesos de diferentes días mezclados con otros como la presencia de seres alienígenas, helicópteros, cámaras que grabaron el suceso en película de cine, desmayos y pérdida de memoria… daban a entender que era uno de esos testimonios intoxicados de los que hablábamos antes cuando mencionábamos al sargento Ingalls. Según el artículo, Art Wallace era un joven de 22 años que se había dado de baja de las fuerzas aéreas en junio del 81. Días después de la publicación del artículo saltaba a la palestra el forestal Vince Thurkettle. Este se había puesto en comunicación con algunos medios para ofrecer su explicación a todos estos sucesos: según él las marcas en el claro del bosque estaban hechas por conejos, y las luces observadas tenían como origen el Faro de Orfordness. Para comprobarlo, un equipo de la BBC se desplazó hasta allí con Ian Ridpath, grabando una entrevista nocturna al forestal en el claro del aterrizaje. La luz del faro era perfectamente visible, pero también es cierto que, debido a las actividades forestales normales, muchos árboles de la zona habían sido talados y el área estaba mucho más despejada.

Ya en enero del 84, un equipo de la televisión nipona se interesó por el caso y visitó las bases de Bentwaters y Woodbridge, entrevistaron al forestal Vince Thurkettle y a varios investigadores locales. También contactaron a los ya excomandantes de la base, Conrad y Sam Morgan, que sustituyó a Conrad y tuvo que ver en la difusión de la existencia de la grabación de Halt. Pero lo más interesante de este documental es que en él aparecía «Art Wallace» y se descubría su identidad: Larry Warren. El tonto útil, ¿recuerdas? Ese invierno Penniston recibió una notificación de cambio de destino: en julio sería trasladado a la base de Ellsworth, en Dakota del Sur, por lo que en abril realizó la venta de su casa en Ipswich. En junio preparó todos los muebles para que fuesen enviados a Estados Unidos. Toda la documentación que había reunido sobre el caso junto a su cuaderno, los bocetos y dos de los tres moldes de yeso de las huellas del aterrizaje cabían en su maletín y prefirió llevarlos consigo, pero el tercer molde viajó con los enseres. El envío debía durar 45/60 días como máximo. Tras unas vacaciones en la casa de sus padres, los Penniston llegaron a la base de Ellsworth en julio, donde se instalaron en una vivienda dentro de las instalaciones. Sus muebles no habían llegado, así que en un principio tuvieron que alquilarlos. Inexplicablemente los muebles tardaron en llegar 6 meses, y más inexplicablemente aún, solo una cosa se había perdido durante el transporte: el molde de la huella del aterrizaje. Dedujo entonces que el retraso se debía a que habían estado buscando cualquier evidencia que pudiese guardar sobre Rendlesham, así que decidió que en las próximas vacaciones, al visitar a sus padres, se llevaría todo el material y lo escondería allí para que estuviese seguro.

Durante ese lapso de tiempo, en los años 84 y 85 fueron saliendo a la luz nuevas informaciones y nuevas versiones de los acontecimientos. Por ejemplo, en 1984 el coronel Morgan, que como te he comentado disponía de una copia de la grabación de Halt, se dedicó durante un tiempo, hasta que se cansó de hacerlo, a enviar copias de esa grabación a todos los investigadores y ufólogos que la solicitaban. Morgan dice que alguien vendió una copia de esa cinta a la televisión japonesa, pero que él no sacó ni un solo centavo de aquellas copias. En mayo del 84 también salió a la luz un libro de Larry Fawcett y Barry Greenwood sobre el encubrimiento gubernamental sobre la casuística OVNI en el que aparecía la versión de Art Wallace (Larry Warren). Y en octubre aparecía otro de Brenda Butler, Jenny Randles y Dot Street, entre cuyos testimonios aparecía el de un tal Steve Roberts, cuyo relato era muy similar al del Sargento Ingalls, que ya poco después de los sucesos había hablado del caso a Brenda Butler en un pub cerca de Bentwaters. Steve Roberts afirmaba que el 27 de diciembre del 80 una nave con forma de platillo había aterrizado averiada en el bosque de Rendlesham, y que tres pequeños alienígenas de trajes plateados habían salido de ella. La nave había permanecido en tierra 4 horas, y el coronel Williams, comandante del Ala, se había comunicado con los extraterrestres. En presencia de un amplio grupo de militares y cámaras que fotografiaron y filmaron el encuentro, se habían realizado reparaciones en la nave antes de que esta volviese a despegar. En el mismo libro aparecían también referencias a Penniston y a Burroughs, cuyos nombres fueron cambiados por seudónimos: James Archer y John Cadbury, respectivamente. El relato de Art Wallace también aparece en el libro, aunque los autores ya sospechaban que este no había presenciado realmente los hechos, sino que había formado su relato a partir de lo que había oído contar a terceras personas.

Otro nombre que comenzó a sonar entre los investigadores del caso en 1984 fue el de Adrián Bustinza. Warren mencionó su nombre en un par de ocasiones al narrar su historia, y los investigadores le buscaron. El testimonio de Bustinza quizá también deba ser tomado con un poco de precaución; no en vano ha sufrido cambios sustanciales a lo largo del tiempo y, aunque teóricamente solo fue testigo en los acontecimientos de la tercera noche, su relato incluye detalles que bien podrían haber salido de las narraciones de Penniston o Burroughs de la primera noche. Por otro lado, el testimonio de Bustinza sobre lo ocurrido la tercera noche difiere notablemente de lo narrado por Halt y Nevels, y quizá deberíamos tomar que por parte de Halt disponemos como prueba de la grabación magnetofónica. Bustinza habla de que cuando volvió a la zona de aparcamiento después de ir a repostar combustible para los equipos de iluminación que te mencioné hace un rato, fue puesto a buscar aquella bola de luz roja y naranja que Halt estaba intentando cazar entre los árboles. Entonces se encontró con una especie de niebla amarilla con una luz roja pulsando encima. Repentinamente esta niebla se transformó en un gran objeto discoidal metálico con luces. Dice que entonces recibió la orden por parte de Halt, a toda la patrulla, de formar un perímetro alrededor del objeto separados entre sí unos 5 metros. También asegura que allí había dos bobbies, que es como se llama a los policías británicos, que estaban realizando una filmación del objeto, y que Halt les dio orden a él y a otro militar de confiscarles la película. Días después Bustinza dijo a otro investigador que los bobbies andaban por la zona, pero a una distancia tal que no cree que viesen siquiera que allí había una nave. ¿Por qué ni Halt ni Nevels mencionan la presencia de policía británica en la zona? Y, aun así, estando fuera de la base, ¿qué autoridad habría tenido Halt para confiscarles la película? Al fin y al cabo, estaban desplegados en terreno británico. Bustinza también dijo que Williams, el comandante del Ala, estaba allí desde el principio, y en otra ocasión dijo que había llegado en un momento que no recuerda. Tras 30 minutos el objeto despegó y desapareció en un instante dejando una ráfaga de viento helado. Fue tras esto cuando Burroughs pidió permiso para revisar el lugar de su primer aterrizaje y Halt se lo concedió, enviando a Bustinza junto a él. Según Bustinza, estando entre los árboles Burroughs fue iluminado desde arriba por una luz, aproximadamente durante 5 minutos, aunque tiene problemas para recordar con claridad lo que sucedió después hasta llegar a la base.

In 1987 Penniston tuvo la opción de volver a ser destinado a Europa, en esta ocasión en la base aérea de Bitburg, al oeste de Alemania, cerca de la frontera con Bélgica. En 1988 Burroughs se retiró del ejército, y en 1990 dio una entrevista en la que habla de la primera noche diciendo que recuerda acercarse a las luces de colores con Penniston, y posteriormente una gran luminosidad que lo hizo tirarse a tierra, tras lo cual se levantó y vio la luz marcharse. Después, Penniston y él se movieron entre los árboles creyendo ver otra luz hasta que salieron a campo abierto. Es decir, que en ningún momento recuerda el pasaje de Penniston examinando la nave de cerca. También habla de la tercera noche, en la que asegura que vieron luces azuladas en el bosque que parecían actuar con inteligencia. En su versión contradice a Halt: según este, Burroughs se puso muy pesado en su afán de visitar el lugar del primer aterrizaje, y finalmente le dio permiso para acercarse hasta ese lugar junto con Bustinza. Pero según Burroughs fue Halt el que le indicó que se adentrara en el bosque con él y con Bustinza para acercarse a una luz que allí había, y que de aquella luz habían salido unas luces azuladas que evolucionaron como si fueran seres inteligentes sobre sus cabezas enviándoles una especie de «mensajes telepáticos». En esta entrevista Burroughs admitió haber sido sometido a una sesión de hipnosis para recordar el suceso; esta sesión fue llevada a cabo por Robert Emenegger en un proyecto financiado por el gobierno.

Ya en septiembre de 1991 Penniston recibió en Alemania una llamada de su hermana desde los Estados Unidos. Esta se encontraba alterada pues había visto en la televisión un programa llamado «Misterios sin resolver» en el que se hablaba del caso OVNI en Rendlesham, y se le mencionaba a él como testigo junto a Burroughs y a Halt. Penniston no había hablado a su familia del suceso, y ella le preguntó por qué. Él respondió que el asunto estaba clasificado. ¡Curiosa clasificación si el tema había acabado en televisión! El problema se agravaba debido a que ese programa era emitido por la AFN, que es un grupo de canales de televisión y radio que las fuerzas armadas estadounidenses emiten para sus bases en todo el mundo. Por lo que, tarde o temprano, ese episodio sería emitido para Europa y las preguntas y comentarios en su entorno se iban a hacer insoportables. Finalmente, ante la duda de cómo reaccionar ante la emisión del episodio en el que se le mencionaba, tomó una difícil decisión: recurrir a la oficina de la AFOSI de la base. Cuando llegó y expuso su problema le hicieron salir de la sala en la que se encontraba reunido con dos agentes. Diez minutos después le hicieron volver a pasar y le dijeron que ellos se encargarían de la emisión del programa y que no debía hablar de esto con nadie. El episodio fue anunciado en la AFN, por lo que Penniston temió que su visita a la AFOSI no hubiese servido para nada, pero el día de la emisión, a la hora a la que tenía que comenzar, la señal se perdió durante la hora que duraba el programa. Semanas después su hermana le envió un VHS con el episodio y pudo comprobar que probablemente se había realizado basándose en el relato de Burroughs, pues, por ejemplo, en la reconstrucción de la primera noche este aparecía como si estuviese al cargo de la investigación. El relato era básicamente el mismo que en la entrevista que antes te he mencionado en cuanto a la primera noche, pero el de la tercera estaba basado en el relato de Halt, dejando de lado la experiencia de las luces azules que había comentado Burroughs.

Cuando a comienzos de 1992, tras dejar Alemania y ser redestinado nuevamente a Estados Unidos en la base de Grissom, en Indiana, Penniston recibió una de las ocasionales llamadas telefónicas de Halt, le preguntó si su aparición en el programa había sido autorizada por la Fuerza Aérea. Halt, que se acababa de retirar, le explicó que, preparando su retiro, consultó si el incidente de Rendlesham estaba clasificado. La respuesta que obtuvo fue que oficialmente no había nada clasificado sobre ese asunto. Parecía evidente que Halt no había recibido presiones de la AFOSI, como él. Durante esta misma conversación Halt le habló de su intención de publicar un libro sobre los sucesos de Rendlesham Forest. Creía que estaba circulando mucha desinformación sobre el tema, según él promovida por un hombre descontento de su corta estancia en las fuerzas aéreas; se refería obviamente a Larry Warren. Pero el hecho de que el coronel creyese que la desinformación surgía del descontento del militar también daba a entender que Halt desconocía la existencia de las órdenes desde las altas esferas para generar desinformación sobre el evento. En el verano de 1992 Penniston y su familia recibieron la visita de sus padres y hermanas en la base. Mientras limpiaba la furgoneta con su padre se dieron cuenta de que en la radio escuchaban sonido del interior de la casa. Se pusieron a buscar y finalmente encontraron un dispositivo de escucha situado en el interior de la vivienda: era evidente que alguien lo estaba vigilando. Como tenía previsto, tras el verano comenzó a gestionar su retiro de las fuerzas aéreas. Cuando tuvo que firmar los acuerdos de confidencialidad sobre materias clasificadas encontró de todo: sistemas de armas, información sobre armas nucleares, planes operativos… pero absolutamente nada sobre el incidente del bosque. Pidió al sargento del Centro de Personal que lo confirmase, y días después se confirmó que, tal y como le había dicho Halt, no había nada clasificado sobre el suceso. Tras su retiro comenzó a trabajar en una gran empresa privada de operaciones de seguridad.

En noviembre del 93, ya tras dejar el ejército, dio una charla sobre el incidente de Rendlesham en la Asociación de Pilotos de Freeport, en Illinois, y fue en ella donde habló por primera vez de haber examinado de cerca una nave triangular negra de origen desconocido. Esa fue también la primera ocasión en la que mostró su cuaderno en público. No mencionó el evento de los unos y los ceros. Posteriormente participó en un documental junto a Burroughs y Halt, parte del cual se rodó en el propio bosque, en el Reino Unido. Al regresar a Estados Unidos Burroughs descubrió que su casa había sido saqueada y la documentación que había recopilado sobre el caso había desaparecido. Esto, junto a que había estado siendo acosado por la AFOSI y su correo intervenido, hizo que desapareciera del mapa sin dejar rastro. En la primavera del 94 comenzaron a empeorar los sueños y pesadillas de Penniston, llegando al límite de que los problemas para dormir afectaran a su salud. En resolución a sus problemas de sueño, su médico de cabecera le diagnosticó estrés postraumático y le puso en tratamiento con medicamentos. También decidió ponerse en manos de una especialista a través de la Clínica de Veteranos, que sugirió que probablemente hubiera sufrido una experiencia traumática, quizá en la infancia, y le habló de la conveniencia de realizar una sesión de regresión hipnótica. Penniston no tenía mucha confianza en la hipnosis, pero estaba decidido a probar cualquier cosa que mejorase su calidad de sueño.

Tras la primera sesión la terapeuta descubrió que el trauma no era infantil, sino debido a una experiencia extraordinaria cuando estaba destinado en Woodbridge y Bentwaters. Le dijo que había descrito que estaba cerca de una nave examinándola y que había un salto en el tiempo, y de repente estaba a 10 metros de la nave junto a Burroughs. Le instó a realizar una segunda sesión para intentar indagar más en el suceso y en ese tiempo perdido. Ella no creía en los OVNIs, pero creía en él. Curiosamente Penniston recordaba perfectamente el evento de los unos y los ceros cuando tocó los símbolos grabados en la nave, pero a la hora de contar la historia, voluntaria o involuntariamente, ese tiempo no existía. Durante la segunda sesión, esta vez grabada en video, en un primer momento el transcurso de los acontecimientos se repite, y Penniston salta de estar tocando los símbolos a encontrarse a 10 metros de la nave junto a Burroughs. Era evidente que algo estaba bloqueando un lapso de tiempo en la narración de los sucesos. Entonces la terapeuta profundiza en el estado de hipnosis y vuelve atrás: por fin se rompe ese bloqueo y, por primera vez, Penniston expresa verbalmente aquella visión de unos y ceros en su mente. Expresa que durante la visión se sentía seguro, a salvo, pero a la vez frustrado por no poder entender lo que aquello significaba. Cuando la visión concluye, se aleja de la nave y se sitúa junto a Burroughs. De repente una típica nana, la de «Mary tenía un corderito», interfiere en su pensamiento y su mente vuela a una habitación en la base de Bentwaters, donde alguien le dice que no debe hablar de eso. La terapeuta le hace volver al bosque con Burroughs, y Penniston continúa el relato con el despegue de la nave y la persecución posterior hasta ver el faro y llegar a pensar que era la luz que estaban persiguiendo. Narra el regreso a la zona del aterrizaje y que descubren las huellas, y cómo regresan con Cabansag. Posteriormente vuelve a expresar que no puede decir la verdad; que un hombre en una habitación le avisa de que no puede decir la verdad. Recuerda que hay personas que parecen británicas en la habitación que le dicen que vieron lo que no debían ver. No dicen sus nombres, pero son miembros de algo que tiene un 8. Jim Penniston no lo sabía entonces, pero el DS8 es el departamento de la secretaría de defensa británica que investigaba los OVNIs. Estos hombres y los agentes de la AFOSI le dicen que no puede decir nada o el gobierno le castigará con la cárcel. Le ponen una inyección y le hablan de la nana; le dicen que no puede decir nada porque es malo para el mundo. Durante la sesión sigue recordando pasajes de los días posteriores y cómo fue inducido mediante drogas e hipnosis a no hablar de los unos y los ceros. Finalmente sale a flote un recuerdo: Penniston dice que aquella nave no viene de otros mundos; que la inteligencia que gobierna esa nave somos nosotros, los humanos del futuro con problemas que necesitan material genético.

Cuando Penniston logró reunir el valor para conocer todo lo que dijo durante la segunda sesión de hipnosis comenzó a hilar que lo realmente importante no era ocultar el avistamiento y mantenerlo secreto, sino que lo realmente importante, lo que había que ocultar y se habían preocupado de bloquear a través de la hipnosis y las drogas, parecía ser aquella especie de «transmisión» de unos y ceros; quizá aquel mensaje y lo que él estaba seguro de que era la verdadera procedencia de ese objeto. Con el tiempo fueron surgiendo nuevos datos y publicaciones. Es cierto que hay bastante literatura sobre el caso y, si no te da pereza leer en inglés (a mí mucha, pero la curiosidad es mayor), te invito a sumergirte en ella. En octubre de 2010 Burroughs y Penniston volvieron a coincidir en el rodaje de un episodio de Alienígenas Ancestrales. Burroughs pidió ver las fechas anotadas en el famoso cuaderno de Penniston y este, al ir a mostrárselas por error, hojeando las páginas, dejó ver las anotaciones de unos y ceros. Esos unos y ceros que Penniston había mantenido siempre escondidos de miradas ajenas salían por primera vez a la luz. Alguien le dijo que eso era código binario y que podía ser interpretado. El productor del documental y una investigadora presente en el rodaje y amiga de Burroughs se ofrecieron a mandar traducir el código y, convencido de que aquello era un galimatías generado por su propia mente en un momento de estrés y ansiedad, Penniston accedió a las dos traducciones, sin que el productor y la investigadora supieran que se estaba llevando a cabo una traducción paralela. La traducción fue parcial, pues solo les brindó las 5 primeras páginas de código de las 16 que plasmó aquella noche, pero asombrosamente las traducciones tenían sentido y coincidían: «Exploración de la humanidad continúa para el avance planetario», y unas coordenadas que indicaban una zona frente a la costa oeste de Irlanda en la que supuestamente se encontraría la legendaria isla Hy Brasil. La posterior interpretación del resto del código desveló nuevas coordenadas: en Caracol, en Belice; en Sedona, Arizona; en la gran pirámide de Guiza, en Egipto; en Nazca, Perú; en Shandong, China; en el templo de Apolo en Naxos, Grecia… y una última frase que decía: «Año de origen: 8100». Un nuevo campo de investigación y elucubraciones se abría sobre el caso de Rendlesham Forest.

En diciembre de 2010, en el 30 aniversario del caso, Burroughs y Penniston volvieron al bosque de Rendlesham. La idea era dar una conferencia benéfica junto con otros oradores en Woodbridge. Visitaron el lugar del aterrizaje con un equipo de filmación y, de camino al lugar, Penniston rememoró de una forma muy vívida lo sucedido hacía tres décadas. Rememoró olores, rostros… él lo definiría con que tuvo la sensación de ver en Alta Definición el recuerdo de aquella noche. Por su parte Burroughs no recordó nada en especial; Penniston estaba convencido de que las sesiones de hipnosis a las que había sido sometido Burroughs habían servido para modificar su recuerdo. Y quizá esta especie de recuerdo vívido haya sido el último evento singular del caso Rendlesham. Después: conferencias, libros, artículos… Algunos de los testigos nunca han querido hablar y otros hablaron cada vez que tuvieron ocasión. En 2015 Burroughs consiguió que la Fuerza Aérea estadounidense reconociera que sus problemas de salud derivan de la exposición al OVNI de Rendlesham y le diese una compensación económica por ello. Se basó en un informe desclasificado por parte del Reino Unido llamado Informe Condign, que en 400 páginas concluía que los OVNIs tenían una presencia observable indiscutible, pero no existía evidencia de que fuesen hostiles. En una página de este informe se mencionaba que «El bien informado evento Rendlesham Forest / Bentwaters es un ejemplo en el que podría postularse que varios observadores probablemente estuvieron expuestos a radiación de un fenómeno aéreo desconocido más tiempo que los informes de avistamientos de fenómenos aéreos desconocidos normales».

A lo largo de los años han ido aportándose una interesante variedad de explicaciones a los fenómenos de los que te he hablado. La primera, y que ya te he mencionado durante el relato de los acontecimientos, era que la visión de las luces se correspondía a los reflejos del faro de Orfordness, demolido en 2020. Como ya te he mencionado, esta explicación la barajaron por un momento incluso los testigos de los sucesos de la primera noche, que llegaron a dudar si la luz que perseguían era el reflejo del faro, pero esto difícilmente podía explicar el resto de los acontecimientos. También podemos buscar explicaciones en fenómenos astronómicos: concretamente, si nos centramos en la noche del día 25 y madrugada del 26 de diciembre, conviene explicar que esa noche múltiples testigos hablaron de una bola de fuego seguida de unas bolas más pequeñas con rumbo noroeste. Pero la verdad es que esa noche se registraron varios meteoros entre la 1 y las 3 de la madrugada, siendo especialmente luminosos 3 de ellos alrededor de las 2:50. No en vano en esas noches todavía tienen influencia las Úrsidas, lluvia de estrellas que se da alrededor de la segunda quincena de diciembre. También esa jornada se lanzó el satélite ruso Cosmos 749 y su cohete hizo reentrada a las 21:00 en el sureste de Inglaterra. No se puede negar que fueron noches agitadas por ahí arriba: 12 objetos entre satélites y basura espacial hicieron reentrada por aquellas fechas. Hay otro fenómeno que quizá algún día me ponga a curiosear: es cierto que, si se observa un mapa geológico de las islas inglesas, se puede apreciar una red de fallas, por lo cual quizá podríamos encontrar una explicación a los fenómenos luminosos en el bosque de Rendlesham en las «luces sísmicas» que se producen en áreas de actividad o estrés tectónico, terremotos o volcanes. De hecho, no demasiado lejos, geológicamente hablando, el 23 de enero de 1974 al norte de Gales se produjo el incidente OVNI de las montañas Berwyn, que se explicó con un terremoto, luces sísmicas y un meteoro. Dentro de los fenómenos curiosos también podríamos encontrar explicación meteorológica a las luces en los rayos globulares o, si nos ponemos más exquisitos, incluso en las bolas de plasma. Si tienes interés y algo de conocimiento sobre física, hay documentación a este respecto que te puede resultar atractiva. La zona tiempo atrás tenía gran tradición de fuegos fatuos y linternas mágicas, fenómenos todos ellos que podrían ser achacables a las mencionadas bolas de plasma.

Otra de las explicaciones que se han dado a los fenómenos de Rendlesham son la realización de experimentos secretos. Por ejemplo, ya en 1956 Gran Bretaña estaba realizando pruebas de dispositivos para su primera bomba atómica en la zona cuando tuvo lugar un caso OVNI que se denominó «Incidente Lakenheath-Bentwaters». También se habla de otro tipo de experimentación armamentística con armas algo más exóticas como muros de fuego, armas láser… incluso experimentos meteorológicos y otros basados en las investigaciones sobre antigravitación, electromagnetismo y, nuevamente, plasma, de Nikola Tesla y Thomas Townsend Brown. No en vano, en la zona de Orfordness se situó a principios de los 70 una instalación de radar experimental de larga distancia denominada Cobra Mist. Este radar nunca llegó a funcionar correctamente y sufría gran cantidad de ruido e interferencias, por lo que fue cerrado en el 73. Parece ser que corren rumores de que las emisiones de esas antenas de radar abrieron una especie de «ventana» o «portal» para los OVNIs en la zona. Ahí dejo este argumento de película de ciencia ficción; o no tanto, teniendo en cuenta que la casuística en la zona es abundante… Por ejemplo, en 1983 se notificaron bolas de fuego verdes que salían del agua alrededor de Orfordness, y los pescadores informaron de que posteriormente padecieron extrañas ampollas.

Si nos ponemos con explicaciones más terrenas surge el tráfico ilícito de armas y drogas. Se dice que el IRA utilizaba pequeños aviones que dejaban caer paquetes con armamento y equipo en zonas boscosas y pantanosas que eran recogidos desde tierra, utilizando como elementos disuasorios para mantener alejados a los curiosos extrañas luces que pudieran ser confundidas con OVNIs o fantasmas… En cuanto a las drogas, los propios militares utilizaban el bosque para esconder las drogas en lugar de hacerlo en la base; sirva de ejemplo que en el verano de 1980 se realizó una redada en las instalaciones y una buena cantidad de militares fue devuelta a EEUU por su implicación en el asunto.

¿Qué sucedió realmente entre el 25 y el 28 de diciembre de 1980 en el bosque de Rendlesham? ¿Podemos englobar todos los sucesos dentro de un mismo acontecimiento o hablamos de incidentes independientes? ¿Obedecen a la misma causa los sucesos de la noche del 25 al 26 y los de la del 27 al 28? ¿Son fenómenos inexplicables o quizá una mezcla de elementos perfectamente explicables que se han dado en el lugar, el momento y el orden concretos para conformar la historia que te he contado? ¿Hasta qué punto podemos creernos la historia que ha llegado hasta hoy? Vemos que hay distintas versiones sobre los hechos, unas aparentemente más creíbles que otras, pero al fin y al cabo ¿quién puede discernir qué tipo de filtros y cortapisas se han puesto a la información? Parece evidente que algo pasó. Civiles del área vieron luces extrañas por la zona durante las fechas navideñas y tenían la sospecha de que los militares americanos habían estado persiguiendo estas luces por la noche. Mencionaron bolas de luz, sobre todo rojas, pero también de otros colores, que cayeron en el mar en la costa de Suffolk y en el área del bosque de Rendlesham, y que sobrevolaban terrenos, árboles, casas, personas e incluso vehículos, a cuyo funcionamiento por cierto afectaban al aproximarse demasiado. Pero también hay testigos que en teoría deberían haber visto más de lo que dijeron, por ejemplo la familia Boast, que ocupaban una granja muy cercana a los avistamientos: no reportan haber visto OVNIs, sólo alguna luz brillante en el cielo. Según algunos ufólogos, podrían haber sido presionados por los militares para que no hablasen; según otros, no habían percibido temor ni presión por parte de los militares, sino por parte de algunos ufólogos que no aceptaban un no por respuesta. De hecho, parece ser que después de los sucesos por la zona rondó el Grupo APEN (Aerial Phenomena Enquiry Group) que, al parecer, se dedicaba a generar rumores sobre OVNIs de forma que los sucesos se difundían, pero luego era imposible localizar a testigos concretos.

¿Realmente esa variedad de versiones de la que hablábamos entre los mismos testigos militares puede ser debida al ocultamiento por parte de fuerzas militares? ¿Puede ese movimiento de ocultación llegar al límite de utilizar hipnosis y drogas para implantar recuerdos o bloquearlos? De ser esto así, ¿qué se trata de ocultar con tanto esfuerzo? ¿Naves de otros mundos? ¿Viajes interdimensionales? ¿Crononautas? ¿Tecnología propia en pruebas? ¿O quizá no pueden o quieren reconocer que en su territorio se observan cosas que podrían ser tecnología enemiga que se escapa a su entendimiento? ¿Es cierto que había un arsenal nuclear estadounidense en la base de Bentwaters y esa especie de «exploración» con haces de luz sobre las zonas restringidas de la base tenía algo que ver con ello? Es conocido el supuesto «interés» del fenómeno OVNI por las instalaciones militares dedicadas al armamento nuclear. Más allá del supuesto suceso OVNI, esto podría suponer otra cuestión: un conflicto diplomático por una violación de acuerdos o una conspiración geopolítica que implicaría que Inglaterra conocía la existencia de armamento nuclear pero hacía oídos sordos, a saber a cambio de qué tipo de compensación. Y hablando de alianzas entre Estados Unidos e Inglaterra… ¿hasta qué punto se vieron realmente involucrados los dos países en la investigación del caso de Rendlesham Forest? Al fin y al cabo los testigos directamente implicados eran norteamericanos, pero el caso sucedió en suelo británico. ¿Se dieron, como dice Penniston, interrogatorios conjuntos entre la AFOSI y algún servicio de inteligencia británico? Supongamos que Estados Unidos contaba con métodos de interrogatorio y control mental a través de drogas e hipnosis (esto me suena mucho al MK-Ultra de la CIA), ¿iba a compartir estos sistemas con otras potencias, por muy aliadas que fuesen?

A estas interrogantes y a otras más que se me ocurren, yo no tengo una respuesta. Solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así puedas desvelar el factor enigma que descifra este caso.

Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte y contarte más historias. Te recuerdo que puedes visitar mi web en elfactorenigma.com en la que encontrarás información sobre este y otros casos, acceso a todas mis redes sociales e incluso si lo deseas, la versión transcrita a texto de este podcast. Y si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso, puedes hacerlo a través de los comentarios de IVOOX, o de las redes sociales. Suscríbete para estar al día y no olvides darle al me gusta, para que así este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas. Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.