Fecha de publicación: 03/Noviembre/2026
Duración: 03:01:44
Desde hace siglos, en distintos lugares del mundo se escuchan extraños sonidos cuyo origen resulta difícil de identificar. Estruendos semejantes a cañonazos, inquietantes trompetas que parecen surgir del cielo y zumbidos persistentes que solo algunas personas aseguran percibir.
Desde los misteriosos cañones del lago Séneca hasta el fenómeno conocido como «The Hum», repasamos testimonios, investigaciones y posibles explicaciones de unos sonidos que siguen desconcertando a quienes los escuchan.
¿Estamos ante diferentes manifestaciones de fenómenos conocidos o quedan todavía sonidos para los que no tenemos respuesta?
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NOTA: Texto registrado en el RPI
¡Hola! ¡Qué sorpresa! ¡Cómo me alegra que hayas decidido volver a visitarme en este pequeño rincón, donde entre libros, documentos, legajos y cajones llenos de pruebas y objetos asombrosos, repaso junto a ti los más misteriosos sucesos.
Me pillas precisamente poniendo un poco de orden entre esta montaña de archivos; siempre hay algo nuevo que clasificar cuando uno se dedica a esto, pero no te preocupes agradezco que me interrumpas; tu compañía es mucho más valiosa que cualquier clasificación.
Mira, ahora mismo estaba revisando documentación sobre un misterio que parece ir y venir. En ocasiones salta a las noticias, o se vuelve viral en las redes sociales, para luego desaparecer por un tiempo, y volver a aparecer en otro lugar. Estoy casi seguro de que has oído hablar de este fenómeno, y es posible incluso que hayas tenido alguna experiencia de este tipo.
Imagina por un momento una noche cualquiera. Estás tranquilamente en tu casa, el silencio es absoluto y tras un día de calor has decidido abrir las ventanas para refrescar un poco el ambiente. Y de repente, rompiendo esa paz, surge un sonido profundo, metálico, una vibración que parece venir de todas partes y de ninguna, como si una estructura inmensa e invisible se arrastrara sobre el mismísimo cielo. Son muchos los casos, e incluso me atrevería a opinar que no todos obedecen a la misma causa.
¿He logrado llamar tu atención? Estupendo. Entonces quédate un rato conmigo. Siéntate como siempre en ese cómodo sillón, mientras te preparo una buena taza de té caliente. Hoy vamos a meter las narices en el enigma de los sonidos que llegan del cielo.
Entremos en materia. Lo que hoy vamos a diseccionar es lo que muchos han bautizado, con más o menos acierto, como los “sonidos en el cielo”. Una etiqueta tan sugerente como imprecisa, que bajo un mismo paraguas parece querer meterlo todo: desde rugidos metálicos que parecen abrir el firmamento, hasta vibraciones que, para quien las sufre en mitad de la noche, son inquietantemente reales. Pasando por sonidos que evocan disparos de cañones, animales imposibles, apocalípticas trompetas o maquinaria industrial oculta tras las nubes.
Sé que, normalmente, mi primer paso es situarte en un mapa. Pero en esta ocasión, eso es como intentar poner puertas al campo. Da igual que mires al norte o al sur de América, a las costas de Japón, a las llanuras rusas o a nuestra vieja Europa: el zumbido parece no entender de fronteras. Es un fenómeno que, como si tuviera voluntad propia, aparece y desaparece sin pedir permiso.
Y si intentamos medirlo en el tiempo, el enigma se vuelve todavía más escurridizo. La etiqueta moderna es nueva, pero la música es vieja. Tan antigua es la experiencia de interpretar sonidos procedentes del cielo que podemos encontrar ecos de ella incluso en textos bíblicos.
Quizá lo único que haya cambiado en todo este tiempo, sea el nombre, la interpretación y, probablemente, en algunos casos, el origen. Pero ahí es donde entra el Factor Enigma: esa causa —natural, física, oculta— a la que todo misterio obedece, aunque aún no tengamos el instrumento para medirla. Es esa frontera donde lo desconocido espera paciente a que alguien se atreva a ponerle nombre y apellido. Como iremos viendo, muchos de esos eventos que antes nos hacían temblar, hoy no son más que lecciones de física que hemos aprendido a descifrar.
Si nos tomamos el tiempo necesario para tirar de los hilos de la historia, veremos que este cielo nuestro no ha empezado a sonar ayer. Es, en realidad, un eco que nos viene de muy lejos.
Imagina a aquellos antepasados de la humanidad, bajo el resguardo de una cueva, escuchando el sonido de un trueno como un rugido que nace del firmamento. Para ellos, aquello no era una onda de choque ni un fenómeno atmosférico; era una experiencia terrorífica, algo totalmente inexplicable. Aquel fue, quizás, el primer ‘sonido del cielo’ que nos hizo temblar, haciéndonos conscientes de lo pequeños que somos.
Con el tiempo, ese terror primario se vistió de misticismo y aprendimos a nombrar lo que no entendíamos. Así llegamos a pasajes bíblicos donde trompetas sagradas hacían temblar el monte Sinaí, o a la Roma clásica, donde ciertos estruendos inexplicados podían incorporarse a los prodigia o portenta: sucesos excepcionales que podían provocar consultas rituales y decisiones públicas destinadas a interpretarlos, generalmente como nefastas advertencias del destino.
Y pese a que en la Grecia clásica hubo intentos de explicaciones naturales (como las de Tales de Mileto o Aristóteles), la visión religiosa predominó durante siglos.
La Edad Media heredó ese mismo asombro, solo que lo envolvió en un ropaje distinto. Para el hombre medieval, el cielo seguía siendo el teatro donde se escribía el destino del mundo. Cuando los cronistas de la época describían estruendos o luces erráticas, no eran conscientes de estar presenciando fenómenos meteorológicos, estaban descifrando un mensaje. Que el cielo rugiera era una advertencia. No buscaban la causa en la atmósfera, buscaban la causa en el pecado o en la voluntad divina. Y es curioso, porque durante muchísimo tiempo, esa interpretación fue la única verdad posible. La situación comenzó a cambiar entre los siglos XVII y XVIII, con la revolución científica. Más tarde, los experimentos de Benjamin Franklin sobre la naturaleza eléctrica del relámpago marcaron un importante punto de inflexión. El trueno fue perdiendo su condición divina para convertirse, ni más ni menos, en el sonido provocado por la rápida expansión del aire calentado por el rayo.
Aún así, aunque la ciencia nos dio la llave para explicar el trueno, esos otros sonidos —los zumbidos graves, las ‘trompetas’, los ruidos como de máquina— se resistieron a ser catalogados. Se quedaron ahí, en el limbo, esperando a que nosotros fuéramos lo suficientemente listos como para encontrarles una explicación…
Si te pones a revisar los archivos —esos que tengo aquí sobre la mesa—, descubrirás que ya en el siglo XIX se seguía reportando exactamente lo mismo, en lugares separados por enormes distancias.
En Barisal, entonces parte de la India británica y hoy situada en Bangladés, en el delta del Ganges, los habitantes llevaban generaciones hablando de los ‘bramidos de Barisal’. Pero fue en torno a 1870 cuando el magistrado británico Henry Beveridge dejó una de las descripciones más conocidas del fenómeno. Eran estruendos, como cañonazos sordos, que parecían llegar desde el delta o desde la dirección del golfo de Bengala, rompiendo la quietud. En la actualidad no hay constancia verificable de que el fenómeno se siga produciendo. Se intentaron explicar con el oleaje rompiendo contra la costa, con pequeños terremotos, incluso con desprendimientos de tierras en las orillas. También con tormentas que estuviesen situadas por detrás del horizonte, pero cuyo sonido se propagase hasta la costa.
Si cruzamos el charco, hasta Estados Unidos, encontramos los famosos ‘cañones de Séneca’. El término se popularizó tras la publicación del relato «The Lake Gun» de James Fenimore Cooper en 1850. Pero los colonos del lago Séneca, en Nueva York, llevaban décadas, y los nativos probablemente bastante más tiempo, viviendo con el sobresalto de unos ruidos que habrían llegado a hacer vibrar ventanas y construcciones. Actualmente, persisten testimonios ocasionales, pero sin un registro de pruebas concluyente. Los cañones de Séneca son sonidos que la ciencia de la época intentaba explicar —con disparidad de opiniones— mediante la sismicidad o el movimiento de las aguas. En los últimos años se ha investigado la interesante posibilidad de que determinadas estructuras del fondo y posibles emisiones de gas estuviesen relacionadas con los sonidos, pero no se ha registrado todavía una emisión que coincida de manera inequívoca con uno de los cañonazos
También en Estados Unidos nos hemos encontrado con que los exploradores Lewis y Clark vivieron un caso de sonidos en 1805. La expedición atravesaba el continente desde San Luis hasta la costa del Pacífico, y se encontraban en la actual Montana, en la zona de las Grandes Cataratas del río Misuri.
Varios miembros del grupo comenzaron a decir que escuchaban hacia el oeste o noroeste unos golpes profundos, semejantes a disparos de artillería. El mismo Lewis terminó escuchándolo personalmente en una jornada de aire calmado y cielo despejado. Lo comparó con una pieza de artillería disparada a varios kilómetros de distancia, y pensó inicialmente que se trataba de truenos, pero las condiciones meteorológicas no parecían compatibles con una tormenta próxima.
Tras estos sucesos, Lewis recordó los testimonios que había recogido durante la primera parte de la expedición: Miembros de los pueblos pawnee y arikara habían mencionado un gran ruido que se oía en la región de las Black Hills, mucho más al este.
También el comerciante Jean Vallé les había contado que cerca de las cabeceras del río Cheyenne se escuchaban con frecuencia grandes detonaciones.
Esto no significa necesariamente que los ruidos que les habían contado y los que habían escuchado en las Grandes Cataratas tuvieran el mismo origen. Lo interesante es que la expedición descubrió que este tipo de detonaciones ya formaba parte del conocimiento oral de quienes habitaban y recorrían esas tierras.
Movimientos de aguas subterráneas, avalanchas, pequeños terremotos y desprendimientos de rocas, o el sonido de truenos lejanos conducidos por la atmósfera son explicaciones que se han ido dando a lo largo del tiempo.
Trasladándonos a Europa, debemos hablar obligatoriamente de los mistpoeffers . Estos eran unos estampidos graves y lejanos escuchados tradicionalmente en la costa belga del mar del Norte, sobre todo en las proximidades de Ostende. Su nombre viene de Mist, que significa niebla, y de poeff, que evoca un golpe sordo, una detonación o un pequeño estallido. No obstante, el nombre puede inducir a error: no está demostrado que los sonidos ocurrieran exclusivamente con niebla ni que esta los generase.
La bruma probablemente era parte del escenario costero en el que el fenómeno resultaba más inquietante: desde aquel horizonte oculto llegaban ruidos semejantes a cañonazos disparados mar adentro.
George Howard Darwin —hijo de Charles Darwin y científico destacado por derecho propio— los dio a conocer internacionalmente en 1895, al publicar en Nature una nota que comparaba los mistpouffers de la costa belga con los bramidos de Barisal.
El testigo más citado es un farero de Ostende que hablaba de sonidos apagados y lejanos; semejantes a disparos de artillería que procedían aparentemente del mar y se repetían varias veces, con intervalos irregulares, en diferentes condiciones climáticas.
Huelga decir que el farero estaba habituado a los sonidos del litoral: barcos, señales de niebla, artillería, tormentas y oleaje. Precisamente por eso consideraba que aquellos golpes no encajaban fácilmente con ninguna fuente ordinaria conocida.
Actualmente se siguen notificando estampidos inexplicados en Bélgica, Países Bajos y el entorno del mar del Norte, pero hoy casi nunca se registran oficialmente con el nombre de mistpoeffers. Normalmente se investigan como explosiones, vuelos supersónicos, actividad militar, meteoros, terremotos o fenómenos meteorológicos.
Hay otro término, esta vez de origen italiano, que nos habla de sonidos extraños percibidos en el ambiente. Me refiero a los “brontidi”. Este nombre no se debe a un único “gran caso” equivalente a Barisal o al lago Seneca. Surgió porque, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los investigadores italianos advirtieron que muchas regiones del país conservaban tradiciones locales sobre retumbos inexplicables, cada una con un nombre distinto.
El físico Tito Alippi comenzó a recopilar testimonios y a registrar, siempre que era posible, las condiciones en las que se producían. Así, entre 1903 y 1904 publicó trabajos sobre el particular, en los que propuso reunir bajo una denominación común aquellos retumbos de nombres y procedencias diversas: eligió la palabra “brontidi”, que viene a ser algo así como “sonidos semejantes al trueno”.
A estas alturas seguramente ya reconoces algunas de las posibles hipótesis: pequeños terremotos, tormentas lejanas, desprendimientos, gases o propagaciones anómalas del sonido. No voy a detenerme todavía en ellas; prefiero que reunamos primero todos los testimonios y después sometamos las explicaciones a examen.
El Seeschießen —literalmente, «disparos del lago» o «cañonazos del lago»— es el nombre que recibió en el ámbito germanohablante un fenómeno de detonaciones sordas y lejanas, semejantes a disparos de artillería. No se trataba de un cañoneo continuo ni predecible, sino de una experiencia ocasional, lo bastante conocida por las poblaciones ribereñas del lago de Constanza como para recibir un nombre propio.
El lago de Constanza o Bodensee se encuentra entre las actuales Alemania, Suiza y Austria. Es un lago extenso, rodeado de colinas y, hacia el sur, por el relieve alpino. Según un artículo alemán publicado en 1897, los estampidos eran conocidos a lo largo de toda la orilla norte, pero también en la parte suiza del lago. A finales del siglo XIX, diversas comunicaciones —entre ellas algunas vinculadas al entorno de Ferdinand von Zeppelin y al naturalista Ernest van den Broeck— ayudaron a divulgar el fenómeno fuera de la región.
Las fuentes distinguían estos cañonazos de otro fenómeno báltico denominado Seebär, oso marino, asociado no solo a un sonido semejante al trueno, sino también a un aparente levantamiento o hinchazón de la superficie del mar durante periodos de aire calmado.
Pero no quiero que abandonemos Europa sin hablar de los sucesos de la isla de Meleda, actualmente Mljet, frente a la costa de Dalmacia, en la actual Croacia.
Las fuentes sitúan el comienzo el 20 de marzo de 1822, cuando los habitantes empezaron a escuchar numerosas y fuertes detonaciones. Los episodios reaparecieron de manera intermitente hasta 1825.
La costa dálmata está atravesada por estructuras tectónicas asociadas al contacto entre las placas Adriática y Euroasiática. La región es, por tanto, sísmicamente activa y algunos testimonios mencionan leves sacudidas. Dado esto, un enjambre de pequeños terremotos aparece como una posibilidad especialmente relevante. Volveremos sobre ella.
Y aprovechando esto que estamos comentando, ahora vamos a hablar de una de las zonas con mayor actividad sísmica del mundo: el archipiélago de Japón. Allí existe un término que significa “rugido del mar”, o “bramido del mar”: Uminari, que se refiere de manera bastante amplia y general al estruendo normal producido por el océano. Pero en algunos textos occidentales, se convirtió en una etiqueta para los sonidos enigmáticos que se escuchaban en las islas niponas.
Los relatos hablan de un rumor profundo escuchado en las costas japonesas. En ocasiones, el mar cercano parecía tranquilo y no había ninguna tormenta visible. Sin embargo, desde mar adentro llegaba un sonido semejante a un trueno lejano, que podía prolongarse durante minutos o incluso horas. Algunos testimonios mencionan también golpes y retumbos sucesivos.
La referencia fundamental es un breve trabajo de Torahiko Terada publicado en 1915 con el título Oceanic Noises: Uminari. Terada abordó el asunto desde la física. Su intención no era reunir leyendas, sino averiguar si aquellos sonidos podían relacionarse con procesos oceánicos y meteorológicos ordinarios. Más adelante desempeñaría también un papel destacado en el estudio de los terremotos
Durante las primeras décadas del siglo XX, los viejos cañonazos invisibles no desaparecieron. Continuaron registrándose retumbos junto a costas, lagos y regiones sísmicas, aunque muchas veces quedaron dispersos en periódicos locales, boletines científicos e informes que apenas tuvieron continuidad. Algunos episodios pudieron ser relacionados posteriormente con terremotos, meteoros, explosiones o fenómenos atmosféricos; otros conservaron su condición de sonidos sin una fuente claramente identificada.
El cielo, por tanto, no había guardado silencio. Lo que estaba cambiando era el mundo que lo escuchaba: un mundo cada vez más industrializado, atravesado por nuevas máquinas y dotado de instrumentos capaces de registrar vibraciones que antes solo podían describirse mediante palabras.
Avancemos ahora hasta el invierno de 1977. A comienzos de diciembre, la costa oriental de Estados Unidos comenzó a verse sacudida por una oleada de detonaciones que parecían llegar desde algún punto situado sobre el océano.
Uno de los principales focos se encontraba en el sur de Nueva Jersey. A lo largo de aproximadamente cuarenta kilómetros de litoral, los habitantes escuchaban explosiones repentinas que hacían vibrar durante unos instantes cristales, puertas y ventanas. No causaban daños apreciables, pero eran lo bastante intensas como para provocar llamadas a la policía y despertar la atención de científicos y organismos oficiales.
Lo más desconcertante era que algunos de aquellos estruendos parecían reproducirse casi al mismo tiempo mucho más al sur, en los alrededores de Charleston, Carolina del Sur. El 2 de diciembre comenzó una sucesión de episodios que, durante las semanas siguientes, volvió a repetirse en varias ocasiones. El 21 y el 22 de diciembre se notificaron nuevas detonaciones en Nueva Jersey —una de ellas aparentemente acompañada por luces en el cielo— y otro episodio fue comunicado desde Carolina del Sur.
Aquellos cañonazos no quedaron únicamente en la memoria de quienes los escucharon. En Nueva Jersey, instrumentos capaces de detectar variaciones de la presión atmosférica registraron ondas acústicas de gran intensidad aparentemente procedentes de una zona situada mar adentro. También algunos sismógrafos recogieron leves movimientos del terreno inmediatamente después de los estruendos. En Charleston, la sismóloga Joyce Bagwell informó de perturbaciones extrañas registradas en las mismas jornadas en las que se habían escuchado los sonidos en el norte.
El misterio adquirió pronto una dimensión nacional. La Administración Federal de Aviación, la NASA, el Pentágono, la Fuerza Aérea y distintos observatorios fueron interrogados por la prensa. Algunos organismos descartaban que el fenómeno estuviera relacionado con sus actividades; otros reconocían sencillamente que no tenían una respuesta. Ninguna autoridad negaba que las detonaciones hubieran ocurrido. El problema era explicar qué las había producido y por qué parecían repetirse en puntos tan alejados de la costa.
Durante aquellas semanas circularon toda clase de sospechas. Se habló de terremotos inminentes, meteoros, explosiones mar adentro, pruebas militares e incluso de actividades secretas desarrolladas lejos de la costa. Pero cada propuesta parecía tropezar con algún dato que no encajaba o con el desmentido del organismo correspondiente.
La prensa comenzó a hablar abiertamente de las «explosiones misteriosas de la costa este». Tras siglos de relatos sobre cañones de lagos, bramidos marinos y detonaciones sin artillería visible, el fenómeno parecía haber regresado en pleno mundo tecnológico. Solo que esta vez no había dejado únicamente testimonios: había hecho sonar teléfonos en comisarías y laboratorios, había alterado instrumentos y había obligado a científicos y autoridades a reconocer públicamente que, al menos por el momento, no sabían qué estaba ocurriendo.
Guardemos también este expediente. Más adelante volveremos a aquel invierno y examinaremos si todos los estruendos pertenecían realmente al mismo fenómeno y qué terminaron revelando las investigaciones.
Ya en la década de 1990, una nueva serie de cañonazos invisibles comenzó a inquietar a los habitantes del sur de California. Entre 1992 y 1993 se recibieron numerosos avisos sobre detonaciones repentinas que parecían llegar desde el cielo o desde algún lugar situado mar adentro. Eran golpes secos y profundos, capaces de sobresaltar a poblaciones enteras y, en algunos casos, de hacer vibrar puertas y ventanas.
California no era precisamente una región ajena a los terremotos. Por eso, ante cada nuevo estruendo, muchos se preguntaban si el suelo acababa de moverse. Sin embargo, los sismólogos no encontraban terremotos de magnitud suficiente para explicar lo que los habitantes afirmaban haber escuchado.
El contexto tampoco ayudaba a tranquilizar los ánimos. En aquellos años circulaban rumores sobre aeronaves militares secretas, aparatos capaces de volar a velocidades extraordinarias y proyectos que oficialmente no existían. Algunos relacionaron los estampidos con el llamado Aurora, un supuesto avión hipersónico cuya existencia nunca llegó a demostrarse públicamente.
Pero este caso tenía una particularidad que lo diferenciaba de muchos de los relatos históricos que hemos conocido hasta ahora. Los sonidos de California no solo fueron escuchados: algunos quedaron registrados por la extensa red de estaciones sísmicas del sur del estado. Aquellas detonaciones proced entes del aire habían sido capaces de hacer vibrar ligeramente el terreno y dejar una firma en los sismógrafos.
Por primera vez, el cañón invisible había dejado una huella instrumental. Los investigadores ya no tenían únicamente testimonios, direcciones aproximadas y comparaciones con disparos de artillería. Tenían horarios, formas de onda y señales recogidas en distintos puntos de una red que cubría decenas de miles de kilómetros cuadrados.
¿Qué podía producir una onda atmosférica lo bastante intensa como para ser escuchada por la población y, al mismo tiempo, mover el suelo lo suficiente como para ser detectado por los instrumentos? Guardemos esa pregunta. Más adelante volveremos a California y examinaremos lo que los sismógrafos terminaron revelando.
Sé que estás deseando que pasemos ya a analizar las posibles explicaciones. Pero todavía nos quedan algunos acontecimientos por repasar.
Hasta este momento, prácticamente todo lo que hemos escuchado han sido explosiones, estampidos y retumbos semejantes a cañonazos. Sonidos repentinos que aparecen, golpean el aire y desaparecen antes de que podamos averiguar de dónde procedían.
Sin embargo, como ya hemos mencionado, este fenómeno no siempre se manifiesta de la misma manera. Hay casos en los que el cielo no parece disparar, sino zumbar. Otros testigos hablan de trompetas lejanas, de rugidos metálicos o del sonido de una maquinaria descomunal trabajando en algún lugar oculto tras las nubes.
Así que todavía no ha llegado el momento de abrir el cajón de las explicaciones. Antes tenemos que escuchar esas otras voces del cielo.
Y para encontrar una de ellas tenemos que viajar hasta la ciudad inglesa de Bristol, a comienzos de la década de 1970.
Allí, algunos vecinos comenzaron a quejarse de un sonido grave y persistente que parecía introducirse en sus viviendas durante la noche. A diferencia de todo lo que hemos mencionado hasta ahora, no era una explosión ni un estruendo repentino. Era un rumor continuo, semejante al motor de un camión funcionando a lo lejos, a una bomba hidráulica o a una máquina que nunca terminaba de detenerse.
Lo más desconcertante era que no todos podían escucharlo.
En una misma calle, incluso dentro de una misma casa, una persona podía percibir claramente aquella vibración mientras otra aseguraba no oír absolutamente nada. Para quienes sí la escuchaban, sin embargo, el sonido era real, molesto y, en ocasiones, desesperante. Parecía intensificarse cuando la ciudad quedaba en silencio, especialmente durante la noche, y algunos afectados afirmaban percibirlo con mayor claridad en el interior de sus viviendas que al aire libre.
Las quejas llegaron a la prensa. La historia fue extendiéndose y pronto aparecieron testimonios semejantes en otras localidades británicas. Lo que inicialmente parecía una molestia local comenzó a adquirir una dimensión mucho mayor. El fenómeno terminó siendo conocido sencillamente como el Hum: el Zumbido.
Durante las décadas siguientes, distintas poblaciones del Reino Unido registraron quejas parecidas. Las autoridades medioambientales reconocieron que los sonidos de baja frecuencia planteaban dificultades especialmente complejas: podían ser difíciles de medir, variar de una vivienda a otra y ser percibidos de manera muy diferente por cada persona.
En algunos lugares se descubrieron ventiladores, compresores, sistemas de calefacción o instalaciones industriales capaces de producir rumores semejantes. En otros, sin embargo, los instrumentos no encontraron nada que pudiera explicar lo que los afectados aseguraban estar escuchando.
Y es que el Zumbido no parecía comportarse como un único fenómeno que viajara de ciudad en ciudad o de país en país. Bajo aquel nombre podían estar reuniéndose ruidos diferentes, nacidos de fuentes diferentes y percibidos también de maneras distintas.
Hubo una localidad que convirtió aquel rumor escurridizo en uno de los grandes misterios sonoros contemporáneos.
A comienzos de la década de 1990, algunos habitantes de Taos, una pequeña población de Nuevo México, comenzaron a hablar de un zumbido persistente que parecía envolver la zona.
De nuevo, solo una pequeña parte de la población podía percibirlo.
Quienes podían escucharlo lo describían como el sonido de un motor diésel funcionando a cierta distancia. Un rumor grave, monótono y difícil de localizar. Parecía estar siempre allí, pero nunca lo bastante cerca como para encontrar su origen. Era como escuchar un vehículo aproximándose por una carretera lejana y comprobar que nunca terminaba de llegar.
De nuevo, solo una pequeña parte de la población podía percibirlo.
Algunos testigos trataban de seguir el sonido desplazándose en automóvil por los alrededores. Creían acercarse a la fuente, pero el zumbido cambiaba de intensidad, parecía desplazarse o terminaba desapareciendo para regresar más tarde. Otros lo escuchaban con claridad dentro de sus viviendas, pero apenas podían distinguirlo al salir al exterior.
La situación comenzó a afectar a la vida cotidiana de algunos vecinos. Se hablaba de insomnio, dolores de cabeza, ansiedad y una creciente sensación de impotencia. No podían escapar del sonido, pero tampoco podían demostrar a los demás que estuviera allí.
El caso alcanzó tal repercusión que en 1993 se organizó una investigación en la que participaron especialistas relacionados con la Universidad de Nuevo México y varios laboratorios científicos.
Se instalaron equipos capaces de medir sonidos extremadamente débiles. También se buscaron vibraciones en el terreno, variaciones electromagnéticas y otras señales que pudieran coincidir con los momentos en los que los afectados afirmaban estar escuchando el zumbido.
Los investigadores pidieron a algunos de ellos que indicaran exactamente cuándo comenzaban a percibirlo. De ese modo podrían comparar su experiencia con los datos que estaban registrando los instrumentos en ese mismo instante.
Pero el zumbido se resistió a ser capturado.
Los equipos detectaron los sonidos normales del entorno, pero no una señal que coincidiera de manera clara con lo que describían los testigos. No apareció una vibración sísmica, ni una emisión electromagnética evidente, ni un tono acústico que pudiera ser identificado como la fuente del fenómeno.
Aquello no demostraba que los afectados mintieran o imaginaran conscientemente el sonido. Lo que demostraba era algo mucho más inquietante: mientras algunas personas aseguraban estar escuchándolo, los instrumentos colocados a su alrededor no lograban encontrarlo.
Taos introducía así una dificultad nueva en nuestra investigación.
Hasta ahora, cuando escuchábamos un cañonazo invisible, podíamos suponer que la fuente se encontraba demasiado lejos, oculta tras el horizonte o deformada por la atmósfera. Pero ¿qué debemos pensar cuando el sonido parece encontrarse junto al testigo y, aun así, ningún micrófono logra registrarlo?
Guardemos también esa pregunta. Cuando llegue el momento de abrir el cajón de las explicaciones, tendremos que hablar de sonidos graves, de edificios que funcionan como cajas de resonancia y también del instrumento acústico más complejo de todos: nuestro propio sistema auditivo.
Pero durante los primeros años del siglo XXI, los sonidos del cielo estaban a punto de experimentar otra transformación.
Hasta entonces, estos fenómenos habían llegado hasta nosotros mediante cartas, artículos de prensa, testimonios orales e informes científicos. Podíamos leer que alguien había escuchado un cañonazo, un bramido o un zumbido, pero teníamos que imaginar cómo había sonado realmente.
Internet cambió las reglas.
De pronto, cualquier persona llevaba en el bolsillo una cámara y un micrófono. Los sonidos extraños ya no solo podían ser descritos: podían ser grabados, publicados y escuchados por millones de personas al otro lado del mundo.
Y en torno a 2011 comenzaron a extenderse por la red una serie de vídeos inquietantes.
En ellos se contemplaban ciudades aparentemente tranquilas, barrios residenciales, bosques o cielos cubiertos de nubes. No se veía ninguna tormenta, ningún avión y ninguna máquina evidente. Sin embargo, sobre las imágenes se escuchaban lamentos metálicos, rugidos profundos y notas prolongadas que recordaban a enormes trompetas.
Uno de los vídeos más influyentes fue atribuido a Kiev, en Ucrania. Las imágenes mostraban edificios de viviendas mientras un sonido grave y metálico parecía extenderse sobre la ciudad. A veces recordaba el arrastre de una inmensa estructura de acero. Otras, el gemido de una maquinaria gigantesca funcionando detrás de las nubes.
La grabación se difundió con enorme rapidez.
Poco después comenzaron a aparecer vídeos supuestamente registrados en Canadá, Estados Unidos, Alemania, Rusia y otros lugares. Las descripciones cambiaban, pero las palabras utilizadas eran casi siempre las mismas: trompetas, rugidos, chirridos metálicos, motores invisibles o sonidos propios de alguna maquinaria descomunal.
Algunos espectadores recurrieron inmediatamente a las trompetas del Apocalipsis. Otros hablaron de experimentos militares, alteraciones atmosféricas, movimientos de las placas tectónicas o señales procedentes del espacio.
La etiqueta de «trompetas del cielo» comenzó a instalarse en el imaginario colectivo.
Pero internet añadía un nuevo problema. Una grabación podía ser auténtica y estar mal interpretada. Podía mostrar un sonido real cuya fuente quedaba fuera del encuadre. También podía haber sido manipulada, reproducir un audio añadido posteriormente o reutilizar una pista que ya había aparecido en otro vídeo grabado a miles de kilómetros.
Por primera vez, el investigador no solo tenía que preguntarse qué había producido el sonido. También debía averiguar si el lugar, la fecha, las imágenes y el audio pertenecían realmente al mismo acontecimiento.
En agosto de 2013, otro episodio llamó la atención desde la localidad canadiense de Terrace, en la Columbia Británica.
Durante varios minutos, algunos residentes escucharon un intenso gemido metálico que parecía recorrer la población. El sonido subía y bajaba de tono, como si una enorme plancha de acero estuviera siendo retorcida lentamente. Una vecina consiguió grabarlo y el vídeo comenzó a circular por internet.
Lo más interesante es que no se trataba únicamente de un archivo anónimo subido a la red. Otros habitantes afirmaron haber escuchado el sonido, y la difusión del vídeo obligó a las autoridades locales a pronunciarse.
La ciudad ofreció posteriormente una explicación. Pero todavía no voy a contártela.
Y aunque nos hayamos detenido en Bristol, Taos, Kiev o Terrace, no deberíamos cometer el error de pensar que estos sonidos pertenecen únicamente a esos lugares.
A mayor o menor escala, testimonios semejantes han aparecido en los cinco continentes: zumbidos graves en ciudades industriales, retumbos junto a costas y montañas, sonidos metálicos sobre zonas urbanas y supuestas trompetas escuchadas en lugares separados por miles de kilómetros.
Algunos episodios apenas dejaron una noticia local o una grabación de pocos segundos. Otros se repitieron durante años, movilizaron a científicos o terminaron dando nombre propio al fenómeno. Pero el patrón general resulta difícil de ignorar: allí donde hay personas escuchando, pueden surgir experiencias de esta clase:
Por ahora, quiero que conserves la imagen: una mañana o una noche aparentemente normal, una población cualquiera detenida durante unos instantes y un lamento metálico viajando entre sus calles sin que quienes lo escuchan puedan determinar de dónde procede.
Eso no significa que todos los casos compartan una misma causa. Probablemente ocurre justo lo contrario. Bajo una apariencia semejante pueden esconderse fenómenos completamente distintos. Lo verdaderamente universal quizá no sea el origen del sonido, sino nuestra dificultad para localizarlo y comprenderlo.
Porque ese es el elemento que une los cañones invisibles del siglo XIX, el zumbido de Taos y las trompetas difundidas por internet.
Y cuando no podemos encontrar aquello que produce un ruido, nuestra imaginación se apresura a construirlo.
[ Inserto de audio de diferentes Hum ]
Bien. Ahora sí.
Tenemos la mesa cubierta de testimonios. Algunos proceden de antiguos diarios de viaje; otros, de periódicos, laboratorios, sismógrafos o grabaciones digitales. Y aunque muchas de estas historias parecen hablar con una voz semejante, ya hemos encontrado una primera pista fundamental: no estamos persiguiendo necesariamente un único fenómeno.
Ha llegado el momento de abrir ese cajón que llevamos tanto tiempo manteniendo cerrado: El de las posibles explicaciones.
Pero antes de atribuir estos sonidos a terremotos, tormentas, aviones, fábricas, meteoros o proyectos secretos, necesitamos comprender qué es exactamente lo que estamos buscando. Porque el sonido no es un objeto que viaje intacto desde un punto hasta nuestros oídos. Es una perturbación. Una onda que atraviesa un medio, que se refleja, se curva, se debilita, se refuerza y se transforma durante el camino.
Y ese viaje de las ondas sonoras puede engañarnos.
Un sonido nacido junto al suelo puede parecer descendido del cielo. Una explosión situada detrás del horizonte puede alcanzar una población que jamás verá su origen. Una vibración casi imperceptible puede encontrar una ventana, una tubería o una habitación capaz de amplificarla. Y una frecuencia que para ti no significa nada puede convertirse, para otra persona, en una presencia imposible de ignorar.
Antes de resolver los expedientes, tenemos que aprender a escuchar. Quizá tengamos que revisar unas nociones de física básica. ¿Te apetece que te sirva otra taza de té?
Comencemos por lo esencial. El sonido es una vibración.
La materia no recorre necesariamente todo el camino desde la fuente hasta nosotros. Lo que viaja es la alteración. Piensa en una fila de personas muy próximas entre sí: si la primera empuja suavemente a la segunda y el gesto se transmite hasta la última, ninguna habrá recorrido toda la fila, pero el impulso sí habrá llegado hasta el final.
En el aire, esas variaciones de presión alcanzan nuestros oídos, hacen vibrar el tímpano y son transformadas por el sistema auditivo en la experiencia que llamamos sonido.
Pero no todas las vibraciones son iguales.
Voy a desempolvar mis clases teóricas sobre el sonido de mi época de estudiante, y voy a explicarte un par de conceptos. Quizá no de la manera más precisa, pero tampoco quiero complicarlo demasiado y convertir esto en una clase de física y acústica.
Generalmente, el sonido se representa con una onda: Un gráfico en forma de línea que dibujado sobre un plano, podemos medir, poniéndolo sencillo, con tres magnitudes. Dos de ellas interrelacionadas, y la otra, independiente.
La independiente es la amplitud de onda: La intensidad, la energía. O si hablamos de sonido, el volumen. Es la altura de la onda.
Las otras dos, la longitud de onda y la frecuencia, están relacionadas entre sí. Mientras el sonido viaje a la misma velocidad, son inversamente proporcionales.
La longitud de onda es la distancia que recorre cada ciclo de la onda.
La frecuencia indica cuántas veces se repite la oscilación durante un segundo.
Si la frecuencia sube, la longitud de onda se reduce . Y si la frecuencia baja, la longitud de onda aumenta.
Intentaré explicarlo de una forma visual. La velocidad del sonido es de aproximadamente 343 metros por segundo al viajar por el aire a una temperatura de veinte grados centígrados.
Para recorrer esa distancia en un segundo pueden darse muchas combinaciones, pero imaginemos los dos extremos: una frecuencia muy alta con una longitud de onda muy corta, es decir, muchos pasos pero cortitos, o una frecuencia muy baja con una longitud de onda muy larga, que serían pocos pasos, pero muy largos.
Las frecuencias altas se perciben como sonidos agudos; las bajas, como sonidos graves. Cuando la frecuencia desciende por debajo del rango que normalmente podemos escuchar, entramos en el territorio del infrasonido. Si sobrepasa el límite superior, lo llamamos ultrasonido.
El rango de frecuencias audible por un humano medio va de los 20 hercios – 20 oscilaciones en un segundo – a los 20 kHz -20.000 oscilaciones por segundo -.
Y aquí comienza una parte importante de nuestro misterio.
Así como la frecuencia afecta a cómo percibimos esa onda sonora a través de nuestro oído, la longitud de onda cambia la manera en que esta se encuentra con los obstáculos.
Empecemos por las frecuencias altas. Sus longitudes de onda son muy cortas, a veces de apenas unos centímetros. En comparación con ellas, una pared, una casa o una colina son obstáculos enormes.
Podemos imaginarlas como una nube de pequeñas flechas que avanzan de una forma bastante recta y dirigida. Cuando encuentran una barrera, muchas chocan contra ella, se reflejan o pierden parte de su energía. Algunas conseguirán pasar por una abertura o alcanzar uno de los bordes, pero la propagación será escasa.
Si alguien hace sonar unas llaves al otro lado de una pared, la mayor parte de ese tintineo queda bloqueado. En cambio, el sonido grave de un motor o de un altavoz puede rodear la esquina, hacer vibrar la estructura y alcanzarte desde una dirección que resulta difícil de identificar. ¿Por qué?
Imagina ahora sonido con una longitud de onda larga, dando pasos de diez o quince metros. Cuando se encuentra con una casa, una esquina o una pequeña elevación del terreno, el obstáculo no es necesariamente enorme en comparación con el tamaño de esos pasos.
La onda choca con él, pero parte del sonido alcanza los bordes y continúa avanzando. Al pasar esos bordes, vuelve a expandirse y ocupa parte del espacio que queda detrás del obstáculo.
Como chico de pueblo pesquero que soy, te pongo otro ejemplo visual: esto es parecido a lo que ocurre cuando una ola entra por la bocana de un puerto; no sigue avanzando únicamente en línea recta: al atravesar la entrada, se abre y se extiende hacia los lados.
A ese comportamiento se le llama difracción.
Resumiendo: Las ondas graves, al ser tan largas, rodean mejor los obstáculos. Las ondas agudas, en cambio, dan pasos mucho más pequeños. Para ellas, una pared, una casa o una colina son barreras enormes, y por eso quedan bloqueadas o reflejadas con mayor facilidad.
Esa es la razón por la que puedes escuchar el grave de una música detrás de un edificio, mientras que los sonidos agudos apenas llegan hasta ti.
Y también explica por qué algunos de los zumbidos que estamos investigando parecen venir de todas partes. El sonido puede habernos alcanzado después de rodear esquinas, reflejarse en fachadas o ser parcialmente absorbido por la nieve del entorno en un paisaje invernal. Cuando finalmente llega a nuestros oídos, muchas de las pistas que permitirían localizar su origen ya se han perdido.
Además, una frecuencia baja puede sentirse tanto como escucharse. Puede hacer vibrar un cristal, una puerta, el pecho o incluso el suelo. Varias personas situadas en el mismo lugar pueden describirla de manera distinta: una habla de un sonido; otra, de una presión; una tercera solo nota que algo tiembla.
Piensa, por ejemplo, en los graves de una discoteca o de un concierto. Aunque buena parte de esas frecuencias todavía se encuentra dentro del rango audible, algunas están muy cerca de su límite inferior. El oído las percibe, pero también las recibe el resto del cuerpo: el pecho parece comprimirse, la ropa vibra y el suelo transmite pequeños golpes bajo los pies.
Incluso puede suceder que parte de esa energía se encuentre por debajo de lo que normalmente somos capaces de escuchar. En ese caso entramos en el terreno del infrasonido: vibraciones que quizá no identifiquemos como una nota concreta, pero que pueden hacer resonar objetos, estructuras o determinadas partes del cuerpo.
Esto ayuda a comprender por qué algunos testigos no dicen simplemente que escucharon un zumbido. Hablan de presión en los oídos, de ventanas que vibraban, de una sensación incómoda en el pecho o de un temblor que parecía atravesar toda la vivienda.
La fuente del sonido tampoco es lo único que determina lo que escuchamos. Entre ella y nosotros pueden haber edificios, montañas, lagos, capas de aire, diferencias de temperatura y corrientes de viento. El sonido puede reflejarse, desviarse, dispersarse o concentrarse. Puede llegar por varios caminos y hacerlo en momentos ligeramente diferentes. Y cuando esas distintas trayectorias se encuentran, pueden reforzarse en un punto y casi desaparecer unos metros más allá.
Eso explica por qué un ruido puede ser intenso dentro de una habitación y apenas perceptible en la calle. La vivienda puede estar actuando como una caja de resonancia, igual que el cuerpo de una guitarra amplifica la vibración de sus cuerdas.
También explica por qué dos vecinos pueden discutir sinceramente sobre un sonido. Uno vive justo en un punto donde determinadas ondas se refuerzan; el otro, pocos metros más allá, se encuentra en una zona donde se debilitan o apenas llegan.
Así que cuando un testigo asegura que el sonido venía de todas partes y de ninguna, no tenemos por qué pensar que está exagerando. Puede estar describiendo con bastante precisión una experiencia acústica en la que las frecuencias graves, las reflexiones y la propia forma del entorno han borrado las pistas que normalmente utilizamos para ubicar la procedencia de un sonido.
Y ahora que conocemos un poco mejor el comportamiento de los sonidos, regresemos a nuestra mesa, porque algunos de los expedientes que hemos dejado abiertos empiezan a dejarse ver de otra manera.
Recuerda los bramidos de Barisal, aquellos cañonazos sordos que parecían llegar desde el delta del Ganges o desde la dirección del golfo de Bengala. Recuerda también los mistpoeffers de la costa belga, escuchados por un farero acostumbrado a reconocer tormentas, embarcaciones y disparos de artillería. O las detonaciones que Lewis y Clark oyeron en una jornada de cielo despejado y aire aparentemente calmado.
En varios de estos casos se propuso una explicación que, sobre el papel, parece demasiado sencilla: truenos.
Pero aquí surge la objeción evidente. Si aquello eran truenos, ¿dónde estaba la tormenta?
Los testigos miraban el cielo y no encontraban nubes amenazadoras. No veían relámpagos. En ocasiones, ni siquiera soplaba viento. El sonido llegaba desde un horizonte tranquilo como una pieza de artillería disparada en algún lugar imposible de localizar.
Sin embargo, que nosotros no podamos ver una tormenta no significa que la tormenta no exista.
Puede encontrarse a decenas o incluso cientos de kilómetros, oculta por la curvatura terrestre, detrás de una cadena montañosa o más allá del horizonte marítimo. En condiciones normales, su sonido se debilitaría antes de alcanzarnos o escaparía progresivamente hacia las capas superiores del aire.
Pero la atmósfera no es una masa uniforme.
Está formada por capas de aire que pueden encontrarse a temperaturas diferentes y moverse en direcciones y velocidades distintas. Y cuando el sonido pasa de una de esas capas a otra, su trayectoria puede curvarse.
A este fenómeno se le llama refracción.
Quizá recuerdes haber visto algo semejante con la luz: una pajita introducida en un vaso de agua parece doblarse al atravesar la superficie. La pajita no se ha roto. Lo que cambia de dirección es la luz cuando pasa del aire al agua.
Con el sonido ocurre algo similar. Al atravesar capas de aire con distintas temperaturas o movimientos, sus ondas pueden desviarse. En determinadas condiciones, en lugar de continuar ascendiendo y perderse en la atmósfera, se curvan de nuevo hacia el suelo.
La atmósfera puede convertirse entonces en una especie de techo invisible que devuelve el sonido hacia la superficie.
Un trueno producido más allá del horizonte puede viajar durante decenas de kilómetros, elevarse, curvarse y regresar al suelo en un lugar donde nadie ha visto la tormenta que lo originó.
Y cuando llega, ya no tiene por qué conservar el sonido que nosotros asociamos a una tormenta próxima. Durante el viaje, las frecuencias más agudas se debilitan con mayor rapidez. Lo que sobrevive es la parte más grave del estruendo: un golpe profundo, apagado y lejano.
Algo, precisamente, muy parecido a un cañonazo.
Esto no significa que todos los bramidos de Barisal, los mistpuffers o los disparos escuchados por Lewis y Clark fueran truenos transportados por la atmósfera. No tenemos mediciones suficientes para afirmarlo.
Pero sí sabemos que esa posibilidad existe. Por eso el cielo despejado no siempre absuelve a la tormenta.
En otros expedientes, la respuesta quizá no se encontrase sobre la cabeza de los testigos, sino bajo sus pies.
Porque la Tierra también suena.
A veces lo hace de una forma evidente: con el estruendo de un desprendimiento, el crujido de una ladera o el rugido que acompaña a un terremoto. Pero en otras ocasiones las vibraciones son demasiado débiles para provocar una sacudida clara y, sin embargo, pueden producir sonidos, retumbos o resonancias que alcanzan la superficie.
Y eso nos conduce de nuevo a Meleda.
Durante años, los habitantes de aquella isla del mar Adriático hablaron de detonaciones y retumbos cuyo origen no podían identificar. Sonidos que parecían proceder del subsuelo, aunque no siempre iban acompañados por un movimiento perceptible de la tierra.
El caso llamó la atención del geólogo británico Charles Davison, que a finales del siglo XIX estudió los sonidos asociados a los terremotos. Davison observó que Meleda no era el único lugar donde se producía aquel fenómeno. En distintas regiones del mundo se habían registrado periodos, a veces de varios años, durante los cuales se escuchaban ruidos subterráneos sin que los habitantes sintieran una sacudida clara.
Sin embargo, de vez en cuando, alguno de aquellos sonidos coincidía con un pequeño temblor.
Eso llevó a Davison a plantear una posibilidad interesante: quizá el ruido y el movimiento no fueran dos fenómenos diferentes. Quizá fueran dos maneras de percibir una misma perturbación.
En unas ocasiones, la vibración sería lo bastante intensa como para mover el suelo bajo los pies. En otras, sería demasiado débil para que nuestro cuerpo reconociese una sacudida, pero lo bastante rápida como para producir un sonido.
Porque un terremoto no es simplemente un bloque de tierra que se desplaza.
Cuando una fractura se produce o vuelve a moverse en el interior de la corteza, libera energía en forma de vibraciones. Esas vibraciones se extienden por el terreno de una manera parecida a las ondas que recorren el agua después de arrojar una piedra a un estanque.
No todas viajan de la misma forma ni producen los mismos efectos.
Algunas generan los movimientos lentos y amplios que asociamos con el balanceo de un terremoto. Otras son más rápidas, más breves y pueden percibirse como golpes, crujidos o rugidos.
Cuando esas vibraciones alcanzan la superficie, pueden hacer vibrar el suelo, las rocas y las construcciones. Y esas superficies, al moverse, empujan también el aire que tienen encima.
La vibración que viajaba por la tierra se convierte entonces, al menos en parte, en una onda sonora que puede alcanzar nuestros oídos.
Podemos imaginar el suelo como la membrana de un altavoz gigantesco. La señal viaja por el interior de la Tierra y, al llegar a la superficie, hace que esta se mueva. Quizá el desplazamiento sea demasiado pequeño para que nosotros lo sintamos bajo los pies, pero ese movimiento puede ser suficiente para agitar el aire y producir un sonido.
Un estampido sísmico.
Un trueno nacido bajo tierra.
Eso explicaría por qué algunos terremotos superficiales y de escasa magnitud pueden escucharse con claridad, incluso aunque apenas sean sentidos. La energía se libera cerca de la superficie y parte de ella llega hasta nosotros en forma de ruido.
Los testigos suelen compararlo con un cañonazo, una explosión, el paso de un tren pesado o el choque de un objeto enorme contra el suelo. Y, en ocasiones, afirman haber escuchado primero el rugido y haber sentido después la sacudida.
Esto no significa necesariamente que el sonido se adelante al terremoto. Las vibraciones viajan mucho más deprisa por la roca que el sonido por el aire. Lo que ocurre es que distintas vibraciones alcanzan al testigo de maneras diferentes: unas pueden convertirse rápidamente en sonido al llegar a una zona cercana de la superficie; otras producen el movimiento más amplio que reconocemos unos instantes después como un temblor.
Pero también puede darse el caso contrario: que haya ruido y no lleguemos a percibir ningún movimiento.
Esa era precisamente la posibilidad que Davison contemplaba para lugares como Meleda. El temblor no habría desaparecido por completo. Simplemente sería demasiado pequeño para ser reconocido como una sacudida y solo se manifestaría mediante el sonido.
La explicación resulta posible. Sabemos que algunos terremotos poco profundos producen estampidos y que ciertos ruidos aparentemente misteriosos han podido relacionarse con pequeños movimientos sísmicos.
Pero una posibilidad no es todavía una identificación.
Para atribuir cada detonación de Meleda a un terremoto necesitaríamos registros instrumentales precisos: saber exactamente cuándo ocurrió el sonido, dónde fue escuchado y si en aquel mismo instante se produjo alguna vibración bajo la isla.
Y esos registros no existían.
De manera que Meleda nos deja en una posición incómoda, pero familiar. La Tierra puede producir sonidos sin que sintamos claramente su movimiento. El mecanismo existe y encaja con una parte de los testimonios.
Pero no sabemos si explica todos los cañonazos que turbaron la tranquilidad de la isla.
Y para comprobar que esta posibilidad no pertenecía únicamente a las conjeturas de un geólogo del siglo XIX, podemos avanzar casi un siglo.
En 1989, un grupo de sismólogos trabajaba en los alrededores de Mammoth Mountain, en California. Mientras instalaban instrumentos, escucharon varios estampidos apagados.
No sintieron que el terreno se moviese.
A simple oído, aquellos golpes podían haber sido explosiones lejanas, disparos o cualquiera de esos cañonazos invisibles que han acompañado nuestra investigación desde el principio.
Pero los científicos tenían algo de lo que carecían los habitantes de Meleda: sismógrafos.
Los instrumentos registraron, coincidiendo con aquellos sonidos, varios terremotos pequeños y poco profundos, algunos de magnitud inferior a dos. Eran movimientos demasiado débiles para producir una sacudida claramente perceptible, pero se encontraban lo bastante cerca de la superficie como para que parte de sus vibraciones llegase hasta ella y se manifestase en forma de ruido.
Algo parecido sucedió en 2001 en Spokane, en el estado de Washington. Durante una sucesión de pequeños terremotos, los habitantes escucharon golpes y estampidos que provocaron inquietud en la ciudad. Algunos de aquellos movimientos se originaron a muy poca profundidad, apenas a unos kilómetros bajo la superficie, lo que probablemente ayudó a que sus vibraciones de frecuencia más alta llegasen al exterior y fueran escuchadas.
La profundidad resulta importante.
Cuando un terremoto se origina a gran distancia bajo nuestros pies, las vibraciones más rápidas y pequeñas tienden a debilitarse durante el recorrido. Podemos sentir el balanceo que finalmente alcanza la superficie, pero no necesariamente escuchar un estampido.
En cambio, si el movimiento es pequeño pero muy superficial, esas vibraciones tienen menos terreno que atravesar. Pueden alcanzar la superficie conservando suficiente energía como para agitar el aire y producir un golpe audible.
Por eso un terremoto de escasa magnitud, si se produce cerca y a poca profundidad, puede resultar sorprendentemente ruidoso. Y, al mismo tiempo, un terremoto mucho mayor pero lejano puede sentirse sin que escuchemos nada parecido a una explosión.
Los relatos históricos ofrecen ejemplos todavía más impresionantes.
El gran terremoto de Charleston de 1886 fue acompañado por un rugido descrito en una extensa región. Durante las semanas posteriores, muchas de sus réplicas fueron asociadas a detonaciones que los testigos compararon con disparos o explosiones. También durante los terremotos de New Madrid, entre 1811 y 1812, se habló de sonidos semejantes al fuego de artillería.
Las comparaciones se repiten: cañones, trenes, explosiones, carros pesados, viento violento.
Pero debemos tener cuidado con una expresión que aparece con frecuencia en estos testimonios. Algunos testigos aseguran haber oído un rugido antes del terremoto.
Eso podría hacernos pensar en una especie de aviso procedente del interior de la Tierra.
Sin embargo, en muchos casos no estamos ante un sonido que anuncie un terremoto que todavía no ha comenzado. La ruptura ya se ha producido. Las primeras vibraciones han llegado hasta las proximidades del testigo y han generado ruido, mientras que la sacudida más intensa todavía tarda unos instantes en hacerse perceptible.
Podemos compararlo con la llegada de un visitante.
Primero escuchas la llave entrando en la cerradura, después el movimiento de la puerta y finalmente ves entrar a la persona. No son tres acontecimientos independientes. Son distintas manifestaciones de una misma llegada, percibidas una detrás de otra.
Con un terremoto puede ocurrir algo semejante. Primero percibimos un golpe o un rugido. Después llegan las vibraciones que hacen temblar los objetos. Y finalmente reconocemos que todo aquello forma parte de un mismo fenómeno.
Aunque también existen casos en los que solo se escucha el golpe.
Los estudios modernos confirman que algunos terremotos pequeños y superficiales pueden producir sonidos sin que las personas cercanas sientan una vibración clara. Las sacudidas existen y los instrumentos pueden registrarlas, pero se encuentran por debajo de nuestro umbral de percepción corporal.
Eso convierte la propuesta de Davison en algo más que una intuición antigua.
Quizá algunos de los retumbos de Meleda fueran realmente pequeños movimientos de la corteza. Quizá la isla estuviera atravesando periodos de actividad sísmica débil, suficiente para hacerla sonar, pero no siempre para hacerla temblar de una manera reconocible.
Sin embargo, tampoco debemos transformar esta explicación en una llave capaz de abrir todos los expedientes.
Hoy podemos relacionar un estampido con un terremoto cuando un sismógrafo registra el movimiento en el mismo momento y en la misma región. Sin ese registro, el parecido entre un cañonazo misterioso y un estampido sísmico continúa siendo solo un indicio.
Porque la Tierra puede sonar.
Pero no todo lo que suena tiene que proceder de la Tierra o del aire . Meleda era una isla.
Así que antes de abandonar definitivamente sus cañonazos, todavía debemos prestar atención al mar que la rodeaba.
Aunque quizá exista otro expediente más adecuado para comenzar esta parte de nuestra investigación.
Surquemos los mares y océanos desde el Adriático hasta Japón.
Allí encontramos una palabra que ya conocimos al recorrer la historia de estos sonidos: uminari. Puede traducirse como «rugido del mar» o «bramido del mar».
El término no señala necesariamente un único fenómeno perfectamente definido. Puede utilizarse para describir el estruendo real del océano, especialmente cuando el oleaje es fuerte o una tormenta agita las aguas a gran distancia. Pero en algunos relatos también quedó asociado a ruidos profundos, retumbos y detonaciones cuya fuente no resultaba visible.
Y esta vez la pregunta no parece llegar desde el cielo ni desde las profundidades de la tierra.
Parece surgir del agua.
Pero ¿puede el mar producir un sonido semejante a un cañonazo?
La respuesta sencilla es que sí.
El mar golpea, comprime, arrastra y hace vibrar. Sus olas chocan contra acantilados, penetran en grietas y llenan cavidades en las que el aire puede quedar atrapado. Bajo su superficie también se producen fracturas, desprendimientos y movimientos del fondo.
Sin embargo, bajo una misma palabra podemos estar reuniendo mecanismos muy diferentes.
Un sonido puede nacer en la superficie, cuando una gran ola rompe contra la costa.
Puede originarse dentro de una cueva, cuando el agua comprime violentamente una bolsa de aire.
Puede proceder del fondo marino, a causa de un terremoto, un desprendimiento o una liberación repentina de gas.
O puede haberse producido a gran distancia y haber viajado por el agua antes de alcanzar la costa.
De manera que, antes de atribuir el uminari a una única causa, tendremos que escuchar el mar por partes.
Empecemos por lo más evidente: el oleaje.
Cuando pensamos en una ola rompiendo contra la costa, imaginamos un sonido continuo, familiar. El rumor del agua en una playa , la espuma y el golpe contra las rocas en un acantilado…
Pero no todas las costas reciben el mar de la misma manera.
En un acantilado abierto, la energía de la ola se dispersa al chocar contra una superficie amplia. Sin embargo, si el agua penetra en una grieta estrecha, en una cueva o en un conducto natural, esa energía puede quedar concentrada.
La ola entra ocupando un espacio que ya contiene aire.
Y el aire no tiene por dónde escapar.
El agua lo comprime con rapidez hasta que encuentra una abertura o la presión consigue vencer la resistencia del conducto. Entonces puede salir expulsado de forma brusca, acompañado en ocasiones por espuma y agua pulverizada.
Esto lo pude presenciar en vivo en los bufones visitables en la costa cantábrica en el norte de la península. Y puedo dar fe de que el sonido no es siempre similar al de una ola.
Puede ser un golpe seco.
Un bufido profundo.
O una detonación semejante al disparo de un cañón.
En muchas costas existen formaciones de este tipo. También se conocen como bufaderos, sopladores o respiraderos marinos. El nombre cambia según el lugar, pero el mecanismo es parecido: el oleaje penetra por una cavidad inferior y empuja el aire o el agua hacia otra abertura.
El mar parece respirar.
Y, a veces, ruge.
La propia cueva puede reforzar el sonido. Sus paredes hacen que las vibraciones reboten en el interior antes de encontrar una salida. Dependiendo del tamaño y de la forma de la cavidad, algunos tonos pueden intensificarse y otros perderse.
Es el mismo principio que permite que una guitarra amplifique la vibración de sus cuerdas, aunque aquí el instrumento sea una masa de roca tallada por el agua.
Una gran ola golpea y la cavidad responde con una voz que puede escucharse mucho más lejos de lo que esperaríamos.
Esto podría explicar algunos episodios de uminari, especialmente aquellos percibidos en regiones costeras donde el oleaje encontrase cuevas, acantilados o conductos naturales.
Pero hay una dificultad.
En algunos testimonios, el mar parecía tranquilo.
No había una tempestad visible ni grandes olas rompiendo contra la costa.
Aunque, como ya hemos aprendido, la ausencia de una tormenta ante nuestros ojos no significa que el mal tiempo no exista en otra parte.
Una tormenta situada a cientos de kilómetros puede levantar olas que continúan viajando mucho después de abandonar la región donde fueron creadas.
Es lo que los marineros conocen como mar de fondo.
Las olas pueden recorrer grandes distancias y alcanzar una costa bajo un cielo sereno. Desde tierra, quizá ni siquiera parezcan extraordinarias. Pero al penetrar en una cavidad determinada, su energía puede transformarse en un golpe profundo y aislado.
El testigo no ve la tormenta.
No contempla una ola gigantesca.
Solo escucha el cañonazo.
Esta posibilidad también nos obliga a recordar los mistpoeffers.
El farero que describió aquellos estampidos conocía bien el mar del Norte. Sabía distinguir el oleaje, las tormentas y el fuego de artillería. Los sonidos parecían llegar desde el agua, pero eso no demuestra que hubieran nacido bajo su superficie.
Podrían haber sido truenos lejanos, como ya hemos visto.
Podrían haber procedido de embarcaciones o ejercicios militares.
Pero también cabe preguntarse si determinados golpes de mar, producidos contra una costa lejana o en alguna cavidad, pudieron viajar por el aire hasta la posición del testigo.
El mar puede actuar como fuente.
Pero también puede servir como escenario sobre el que viaja un sonido originado en otra parte.
Una superficie de agua extensa y relativamente lisa ofrece pocos obstáculos. Un ruido producido en una costa, en una embarcación o sobre el propio mar puede recorrer grandes distancias, especialmente si se trata de frecuencias bajas y las condiciones atmosféricas favorecen su propagación.
Por eso escuchar un sonido procedente del horizonte marítimo no nos dice todavía dónde comenzó.
Solo nos indica desde qué dirección terminó alcanzándonos.
Y mientras permanecemos junto a la costa, aparece otro candidato.
Las rocas no son inmóviles.
El oleaje las golpea, erosiona sus bases y ensancha lentamente sus grietas. Una piedra puede desprenderse de un acantilado y caer al agua. Parte de una cavidad puede derrumbarse. Una masa de sedimentos puede deslizarse por una pendiente submarina.
Un desprendimiento de cierta magnitud produciría un ruido evidente si ocurriera a la vista.
Pero bajo el agua no veríamos caer la roca.
Solo recibiríamos sus consecuencias.
El golpe podría propagarse a través del agua, alcanzar el fondo o la costa y hacer vibrar las formaciones cercanas. Desde tierra, el testigo podría escucharlo como un retumbo grave, difícil de localizar y sin ninguna señal visible que lo acompañase.
Aquí debemos introducir otro dato científico importante:
El sonido viaja por el agua con mucha más rapidez que por el aire. En condiciones normales puede superar los mil cuatrocientos metros por segundo, frente a los aproximadamente trescientos cuarenta y tres que ya conocemos para el aire.
Pero viajar más deprisa no significa que pase fácilmente del agua al aire.
Cuando una onda sonora alcanza la superficie que separa ambos medios, buena parte de su energía puede reflejarse de nuevo hacia el agua. Solo una porción consigue cruzar directamente.
Por eso no solemos escuchar desde la orilla todo lo que ocurre bajo el mar.
Sin embargo, existe otro camino.
La vibración submarina puede alcanzar las rocas del fondo o del litoral. Esas rocas se mueven y transmiten la perturbación a otras superficies. Finalmente, alguna de ellas empuja el aire y produce un sonido audible.
El agua transporta la vibración y la costa, con esa función de membrana de altavoz, le presta una voz.
Y esto vuelve a acercarnos a Meleda.
Si un desprendimiento, una pequeña fractura o un movimiento del fondo marino se produjese junto a la isla, sus vibraciones podrían alcanzar la roca y propagarse a través de ella.
Para quienes estuvieran sobre tierra firme, el sonido parecería llegar desde abajo.
Podría confundirse con un pequeño terremoto.
De hecho, ambas explicaciones pueden encontrarse estrechamente relacionadas. Un movimiento sísmico submarino puede agitar el fondo, desplazar sedimentos y provocar desprendimientos. El mismo episodio puede producir vibraciones en la roca y en el agua.
Separar una causa de otra sin instrumentos sería extremadamente difícil.
Pero el uminari no es el único expediente que parece invitarnos a mirar hacia el agua.
También encontramos el llamado Seebär del Báltico, descrito como un rugido o trueno procedente del mar y asociado, en algunos relatos, a una alteración visible de su superficie.
Y aquí el misterio se complica.
Si el agua se mueve al mismo tiempo que se escucha el sonido, podemos imaginar una causa común: una ola repentina, una corriente, un desprendimiento, una liberación de gas o una perturbación del fondo.
Pero también debemos desconfiar de las descripciones transmitidas durante generaciones. Una ondulación observada después del estampido pudo convertirse, al repetirse el relato, en una ebullición del mar. Un ruido profundo pudo transformarse en el rugido de una criatura escondida bajo las aguas.
La tradición no inventa necesariamente el fenómeno, pero puede disfrazarlo.
De modo que debemos separar el núcleo del testimonio de la forma que fue adquiriendo con el tiempo.
Hubo un sonido que parecía proceder del agua. Y, según algunas versiones, la superficie del mar también se alteró.
Eso es lo que podemos conservar.
El resto exige cautela.
Una de las explicaciones propuestas para algunos ruidos acuáticos es la liberación repentina de gases atrapados bajo los sedimentos.
En fondos marinos y lacustres se acumula materia orgánica. Al descomponerse puede producir gases que quedan retenidos entre los sedimentos. Si la presión aumenta o el terreno se altera, parte de ese gas puede escapar.
La liberación puede agitar el agua y producir burbujas, vibraciones o sonidos.
En principio, el mecanismo existe.
Pero de ahí a utilizarlo para explicar cualquier cañonazo escuchado cerca de un lago o del mar hay una distancia considerable.
Una pequeña emisión de gas no tiene por qué generar un estruendo audible a kilómetros. Para hacerlo necesitaríamos una liberación importante, rápida y en unas condiciones capaces de transmitir su energía hasta la superficie y después al aire.
Por eso esta explicación debe considerarse posible en algunos escenarios, pero no automática.
Y lo mismo ocurre con los desprendimientos submarinos.
Sabemos que suceden.
Sabemos que pueden producir vibraciones.
Pero para relacionarlos con un estampido concreto necesitamos algo más que una masa de agua cercana.
Necesitamos coincidencia temporal, registros sísmicos, cambios observables en el fondo o alguna otra señal que permita unir ambos acontecimientos.
De lo contrario, el mar corre el riesgo de convertirse en una explicación tan amplia que termine explicándolo todo y, precisamente por eso, no explique nada.
Aun así, hay algo que resulta difícil negar.
Las grandes masas de agua poseen una acústica propia.
Transportan sonidos a grandes distancias.
Hacen vibrar las costas.
Concentran la energía del oleaje en bahías, estrechos y cuevas.
Y ocultan bajo su superficie fuentes que un testigo jamás podría contemplar.
Por eso no sorprende que tantas tradiciones de cañonazos invisibles aparezcan en islas o junto a costas o estuarios.
Pero para continuar nuestra investigación debemos abandonar por un momento las costas marinas.
Porque algunos de los cañones más famosos no se escuchan junto al océano.
Se escuchan junto a un lago.
Y uno de ellos nos espera en el estado de Nueva York.
El lago Séneca.
Ya nos encontramos con sus famosos cañonazos al repasar la historia de estos sonidos. El término se popularizó en 1850, cuando James Fenimore Cooper publicó su relato The Lake Gun. Pero aquellas detonaciones formaban parte de la vida del lago desde mucho antes.
Eran golpes profundos, aparentemente procedentes del agua o de algún lugar cercano a ella. En ocasiones se decía que habían hecho vibrar ventanas y construcciones. Sin embargo, cuando los habitantes miraban hacia el lago, no encontraban ninguna explosión, ningún barco disparando un cañón ni una tormenta que justificase el estruendo.
Y, aunque todavía se notifican episodios ocasionales, nunca se ha conseguido establecer un registro continuo que permita observar el fenómeno mientras se produce y determinar su origen de manera inequívoca.
Durante mucho tiempo se propusieron explicaciones parecidas a las que ya conocemos: pequeños terremotos, truenos lejanos, desprendimientos o movimientos repentinos del agua.
Incluso la posibilidad de que el lago, sus orillas y las colinas que lo rodean transformasen y amplificasen sonidos producidos en otra parte.
Pero en los últimos años apareció una nueva pista bajo la superficie.
En 2025 se difundieron los resultados de una cartografía detallada de la zona sur del lago. Las imágenes mostraban numerosas depresiones circulares en el fondo, algunas de gran tamaño.
No eran necesariamente cráteres producidos por explosiones. Una depresión submarina puede formarse por distintos procesos. Pero su presencia despertó una pregunta inevitable:
¿Podría estar escapando gas desde el subsuelo?
Bajo el fondo de un lago pueden acumularse gases, entre ellos metano. Pueden proceder de la descomposición de materia orgánica enterrada entre los sedimentos o de depósitos situados a mayor profundidad.
Normalmente ese gas escapa poco a poco. Pequeñas burbujas atraviesan el sedimento, ascienden por el agua y llegan a la superficie sin producir ningún cañonazo.
Pero ¿qué ocurriría si se acumulase en una cavidad? ¿Y si permaneciese retenido hasta que la presión abriese repentinamente una salida?
Una liberación rápida podría remover los sedimentos, desplazar una masa de agua y generar una vibración. En determinadas condiciones, esa perturbación podría viajar por el lago, alcanzar la costa y transformarse en un sonido audible.
La imagen resulta tentadora. El lago acumulando presión en silencio, el gas buscando una salida y, finalmente, una especie de eructo profundo que hace temblar los cristales de las viviendas cercanas.
Pero debemos detenernos aquí.
Porque una explicación atractiva no es necesariamente una explicación demostrada.
Las depresiones del fondo existen. También existen indicios de emisiones de gas. Lo que todavía no se ha registrado de manera concluyente es una liberación de metano que coincida, en el mismo instante, con uno de los famosos cañonazos.
Precisamente por eso, entre 2026 y 2027 se ha previsto desplegar una pequeña red de sensores alrededor del lago. Los investigadores quieren averiguar si se producen acontecimientos sísmicos muy superficiales bajo sus aguas y si alguno puede relacionarse con esas posibles liberaciones de gas.
La investigación busca algo muy concreto.
Primero, registrar una detonación.
Después, comprobar si al mismo tiempo los instrumentos detectan una vibración bajo el lago .
Y, finalmente, determinar qué ha sucedido en el agua o en el fondo.
Hasta que esas tres piezas coincidan, el metano seguirá siendo un sospechoso. Interesante, pero todavía no culpable.
El caso del lago Séneca nos enseña algo importante. Que una gran masa de agua se encuentre junto al lugar donde se escucha un sonido no significa que el agua sea necesariamente su fuente.
El lago puede haber producido el ruido, Puede haberlo transportado.Puede haber hecho vibrar sus orillas.O quizá solo se encontraba allí mientras un sonido nacido en la atmósfera o en la tierra llegaba desde otra parte.
Y para comprobar que este dilema no pertenece únicamente a América, debemos regresar a Europa.
Al lago de Constanza.
En sus orillas, compartidas actualmente por Alemania, Suiza y Austria, se conocía un fenómeno llamado Seeschießen: literalmente, «disparos del lago» o «cañonazos del lago».
No se trataba de una sucesión continua. Eran detonaciones ocasionales, sordas y lejanas, conocidas tanto en la ribera septentrional como en algunos puntos de la parte suiza. A finales del siglo XIX, distintas comunicaciones vinculadas a investigadores de la región ayudaron a que el fenómeno fuese conocido fuera del lago.
De nuevo encontramos los mismos elementos: Una gran masa de agua.
Un paisaje rodeado por colinas y, hacia el sur, por el relieve alpino.
Y un sonido que parece proceder del lago sin revelar su fuente.
Pero el lago de Constanza añade una dificultad.Su entorno puede comportarse como un enorme escenario acústico.Las montañas y las colinas reflejan el sonido. Las diferencias de temperatura sobre el agua pueden desviar su trayectoria. La superficie del lago ofrece un camino relativamente libre de obstáculos. Y las poblaciones situadas en orillas diferentes pueden recibir un mismo ruido después de que este haya recorrido trayectorias muy distintas.
Una detonación lejana podría reflejarse contra una ladera.
Un trueno situado tras las montañas podría curvarse en la atmósfera.
Un desprendimiento podría propagarse por el terreno.
Y una vibración producida en el agua o bajo ella podría alcanzar la orilla.
Pero todos los caminos parecen conducir su atención hacia el centro del lago.
El fondo del lago puede sufrir pequeños movimientos sísmicos. Sus laderas sumergidas pueden desprender sedimentos. El oleaje puede golpear cavidades de la orilla. Y las diferencias de presión y temperatura pueden producir movimientos del agua que, en determinadas circunstancias, hagan vibrar embarcaciones, muelles o construcciones.
Pero no disponemos de una prueba que permita asignar una de estas causas a todos los antiguos Seeschießen.
La comparación con el lago Séneca resulta reveladora.
En ambos lugares, el agua parece ocupar el centro del escenario.
En ambos, los sonidos recibieron un nombre propio.
Y en ambos se han propuesto explicaciones atmosféricas, geológicas y acuáticas sin que ninguna consiga resolver por sí sola todos los testimonios.
Puede que bajo una misma denominación se escondieran fenómenos diferentes. Un día, un trueno lejano. Otro, un pequeño terremoto. En una ocasión, un desprendimiento. Y quizá, alguna vez, un sonido nacido realmente bajo el agua.
Las personas que vivían junto al lago no podían conocer esa diversidad. Para ellas, todos aquellos golpes compartían un rasgo esencial: parecían surgir de un paisaje familiar que, de pronto, se comportaba de una manera desconocida.
Por eso les dieron un mismo nombre los cañones del lago.
Dejemos ahora que sus ecos se apaguen y recuperemos otro expediente.
Uno en el que los golpes no se limitaron a sobresaltar a quienes los escucharon. También hicieron vibrar cristales, movieron ligeramente el suelo y dejaron una huella en los instrumentos.
Regresemos al invierno de 1977.
Como ya hemos mencionado, durante aquellas semanas, distintos puntos de la costa oriental de Estados Unidos fueron sacudidos por detonaciones que parecían llegar desde algún lugar situado sobre el océano.
Los instrumentos instalados en Nueva Jersey detectaron variaciones repentinas de la presión atmosférica. Algunos sismógrafos registraron también pequeñas vibraciones del terreno inmediatamente después de los estruendos.
Pero eso no significa necesariamente que la fuente estuviese bajo tierra o bajo el mar.
Una vibración registrada por un sismógrafo puede haber nacido en el aire.
Para comprenderlo debemos hablar de una forma especialmente violenta de perturbar la atmósfera: la onda de choque.
Hasta ahora hemos imaginado el sonido como una vibración que se transmite ordenadamente de unas partículas a las siguientes. La fuente empuja el aire que tiene alrededor y esa alteración avanza hasta alcanzar nuestros oídos.
En una onda sonora corriente, las variaciones de presión son progresivas. El aire se comprime y se expande de una forma más o menos suave.
Pero una onda de choque es diferente.
Se produce cuando el aire recibe una presión tan intensa y repentina que no tiene tiempo de apartarse de una manera gradual. Las partículas se amontonan durante un instante y forman una especie de muro de aire comprimido que avanza hacia el exterior.
Vamos con un ejemplo visual: Imagina una multitud caminando tranquilamente por un pasillo.
Cada persona conserva cierta distancia respecto a la que tiene delante. Si alguien acelera ligeramente, los demás pueden adaptarse y continuar avanzando.
Pero supón que, desde atrás, se produce un empujón violento.
Las primeras personas chocan con las siguientes. Estas empujan a las que tienen delante y, durante unos instantes, el grupo se comprime. El golpe recorre la multitud como una sacudida.
Con una onda de choque ocurre algo parecido.
El aire no se mueve todo desde el lugar de la explosión hasta nosotros. Lo que se desplaza es esa compresión brusca: un frente de presión que empuja las partículas que encuentra a su paso.
Cuando nos alcanza, percibimos una subida repentina de la presión atmosférica.
Después, la presión vuelve a caer.
Ese cambio abrupto es lo que escuchamos como un estampido.
Y si la onda conserva suficiente energía, no solo afecta a nuestros oídos. Empuja ventanas, puertas, tejados y cualquier superficie que encuentre. Puede hacer vibrar una vivienda e incluso transmitir parte de su fuerza al terreno.
La atmósfera golpea el suelo.
Y el suelo responde.
Por eso una onda nacida en el aire puede quedar registrada por un sismógrafo. El instrumento no nos dice por sí solo que haya ocurrido un terremoto. Solo nos informa de que el terreno se ha movido.
La causa de ese movimiento puede encontrarse debajo, pero también encima. Y tener orígenes diferentes, pero para quien se encuentra en tierra el resultado puede parecer el mismo: Un golpe repentino. Un estruendo semejante al disparo de un cañón. Cristales que tiemblan. Y una fuente que quizá se encuentra demasiado lejos, demasiado alta o más allá del horizonte.
Pero antes de decidir qué produjo las detonaciones de 1977, debemos comprender otra particularidad de las ondas de choque.
Pueden viajar mucho.
Al propagarse, van perdiendo energía y dejan de ser tan violentas. Con la distancia, aquella pared abrupta de presión se va debilitando y termina comportándose de una manera cada vez más parecida a una onda sonora corriente.
Pero sus frecuencias más bajas pueden sobrevivir durante recorridos enormes.
Además, como sucedía con los truenos, la atmósfera puede curvar su trayectoria. Las diferencias de temperatura y los vientos de las capas altas pueden hacer que una onda ascienda, recorra una gran distancia y vuelva a descender sobre una región alejada. La explosión puede producirse fuera de la vista del testigo.
El objeto que la causó puede haber desaparecido.
Y, sin embargo, el golpe llega. En ocasiones, llega a lugares separados por muchos kilómetros, mientras que otras zonas intermedias apenas escuchan nada. Esto puede parecer extraño, pero ya conocemos el motivo. La atmósfera no reparte el sonido de una manera uniforme. Puede desviarlo, concentrarlo en unas regiones y alejarlo de otras.
Por eso dos poblaciones distantes pueden recibir un mismo estampido, mientras que quienes se encuentran entre ambas no informan de nada extraordinario.
Y esto nos devuelve a una de las grandes incógnitas del invierno de 1977.
¿Las detonaciones escuchadas en Nueva Jersey y Carolina del Sur pertenecían realmente a un mismo acontecimiento?
¿O estamos agrupando bajo un único episodio varios estampidos producidos por fuentes diferentes? Los testimonios, las variaciones de presión y las señales sísmicas confirman que algunos de aquellos golpes fueron reales.
Pero todavía no sabemos cómo se puede generar la onda de choque.
Para encontrar a nuestros primeros sospechosos debemos mirar muy arriba.
Hacia los objetos que penetran en la atmósfera desde el espacio: Los meteoros.
Cada día entran en la atmósfera terrestre pequeños fragmentos de roca y metal procedentes del espacio. La inmensa mayoría son diminutos y se desintegran sin que lleguemos a advertirlos. Algunos dejan durante unos instantes una línea luminosa en el cielo: lo que habitualmente llamamos una estrella fugaz.
Pero, de vez en cuando, el objeto es mucho mayor.
Y llega extraordinariamente deprisa. Al penetrar en la atmósfera, puede desplazarse a decenas de kilómetros por segundo. Muchísimo más rápido que el sonido.
El aire que encuentra delante no tiene tiempo de apartarse con suavidad. Se comprime violentamente, se calienta y forma una onda de choque alrededor del objeto. El meteoro avanza acompañado por ella.
Por eso no necesita explotar ni alcanzar el suelo para producir un estampido. Su simple desplazamiento supersónico puede generar una onda que, al llegar hasta nosotros, se escuche como un trueno o un cañonazo.
Pero durante el descenso ocurre algo más.
La presión que soporta la parte frontal del objeto aumenta mientras el aire se hace más denso. Al mismo tiempo, el calentamiento, las grietas internas y las fuerzas que actúan sobre él pueden causar que se rompa de forma súbita, liberando gran parte de su energía en la atmósfera.
A esto se le suele llamar explosión aérea.
Cuando el objeto se frena y se fragmenta bruscamente, esa energía se transfiere al aire en muy poco tiempo.
La atmósfera recibe un empujón colosal.
Y responde con una onda de choque.
Dependiendo de cómo se fragmente el cuerpo, puede producirse un único estruendo o una sucesión de golpes. Cada ruptura importante puede generar su propia perturbación, y distintas partes de la onda pueden alcanzar al testigo en momentos ligeramente diferentes.
Eso ayuda a explicar por qué algunos bólidos no se escuchan como un solo cañonazo, sino como una detonación seguida por varios retumbos.
También explica otra característica habitual de estos acontecimientos.
Como con un rayo en la lejanía, primero vemos la luz. Después llega el sonido.
La luz recorre la distancia hasta nuestros ojos casi instantáneamente. La onda sonora, en cambio, avanza por el aire a poco más de trescientos cuarenta metros por segundo.
Si la fragmentación se produce a gran altura o a muchos kilómetros del observador, pueden transcurrir decenas de segundos o incluso varios minutos entre el destello y el estampido.
Para entonces, el meteoro ya ha desaparecido.
Quien no haya visto la luz solo escuchará una explosión llegada de algún lugar del cielo.
Y quizá no encuentre nada al levantar la vista.
Uno de los ejemplos modernos más claros ocurrió el 15 de febrero de 2013, sobre la región rusa de Cheliábinsk.
Aquella mañana, un objeto de unos veinte metros penetró en la atmósfera a gran velocidad. Su trayectoria produjo una intensa luz y, finalmente, una violenta fragmentación a gran altura.
Numerosas cámaras grabaron el destello.
Pero la onda de choque tardó en alcanzar las poblaciones situadas bajo la trayectoria.
Eso creó una situación especialmente peligrosa. Muchas personas vieron iluminarse el cielo y se acercaron a las ventanas para observar lo que estaba ocurriendo.
Entonces llegó el golpe.
La onda rompió cristales, dañó edificios y causó alrededor de mil quinientos heridos, en gran parte por fragmentos de vidrio. El objeto no había tenido que abrir un gran cráter ni alcanzar intacto el suelo. La mayor parte del daño fue producida por la presión liberada en la atmósfera.
La explosión también generó infrasonidos que recorrieron distancias enormes.
Las estaciones de vigilancia internacional detectaron la señal en lugares situados a miles de kilómetros. Una estación en la Antártida, a unos quince mil kilómetros, registró las ondas después de que hubieran viajado alrededor del planeta en direcciones opuestas.
Y, como ya habíamos anticipado, la perturbación atmosférica también empujó el terreno.
Los sismógrafos registraron la respuesta de la superficie terrestre ante una energía que no había nacido bajo ella, sino a decenas de kilómetros de altura.
Cheliábinsk nos ofrece un ejemplo casi perfecto porque disponemos de vídeos, mediciones atmosféricas, registros sísmicos y numerosos testimonios.
Pero más de un siglo antes había ocurrido algo mucho mayor.
En la mañana del 30 de junio de 1908, una enorme explosión sacudió la región de Tunguska, en Siberia. ¿Recuerdas que ya hablamos de este caso en profundidad hace un tiempo?
El acontecimiento derribó árboles en una extensión superior a los dos mil kilómetros cuadrados. Sin embargo, no apareció el enorme cráter que cabría esperar de un cuerpo capaz de causar semejante devastación.
La explicación más aceptada es que el objeto liberó la mayor parte de su energía en la atmósfera, probablemente a varios kilómetros de altura. La onda descendió sobre el bosque y extendió los árboles desde la región situada bajo la explosión.
A pesar de que en 1908 la red de observación era muy limitada, el acontecimiento dejó huellas instrumentales.
Las ondas de presión fueron registradas por barógrafos a grandes distancias, y varios observatorios conservaron señales sísmicas relacionadas con el suceso. Los estudios posteriores de aquellos registros encontraron tanto movimiento terrestre como señales producidas por el acoplamiento entre la explosión atmosférica y el suelo.
Tunguska y Cheliábinsk nos enseñan que no siempre debemos buscar un cráter.
Un objeto puede llegar desde el espacio, penetrar en la atmósfera y liberar allí casi toda su energía.
Puede iluminar el cielo. Puede producir varios estampidos.Puede hacer vibrar ventanas y construcciones. Puede mover el terreno y aparecer en los sismógrafos. Y después puede desaparecer dejando muy pocos restos reconocibles.
Pero estos son ejemplos extraordinarios.
La mayoría de los meteoros capaces de producir sonido son mucho más pequeños. Algunos generan un estampido sónico durante su paso. Otros se fragmentan y producen detonaciones breves. Y en muchas ocasiones el fenómeno termina antes de que nadie consiga dirigir una cámara hacia el lugar adecuado.
Esto convierte a los bólidos en un sospechoso razonable para determinados cañonazos invisibles.
Especialmente cuando existe un destello, una estela luminosa o varios testigos situados a lo largo de una trayectoria.
Pero también aquí debemos evitar que una explicación posible se convierta en una solución automática.
Un meteoro es un acontecimiento breve.
Recorre una trayectoria concreta.
Y, aunque las condiciones atmosféricas puedan transportar su sonido a gran distancia, no explica fácilmente un zumbido continuo, unas trompetas que se prolongan durante minutos ni una sucesión de episodios repetidos durante años en el mismo lugar.
Puede explicar un cañonazo. Quizá varios retumbos. Pero difícilmente un cielo que parece gemir durante horas.
Por eso los meteoros pueden encontrarse detrás de algunos de nuestros expedientes, aunque no de todos.
Los meteoros no son los únicos objetos capaces de desplazarse por la atmósfera a una velocidad superior a la del sonido.
También puede hacerlo una aeronave.
Y aquí aparece otra de las explicaciones más conocidas para los cañonazos invisibles: el estampido sónico.
Regresemos una vez más a la física: Mientras un avión vuela, empuja continuamente el aire que encuentra delante. Ese empujón se transmite en forma de ondas sonoras que se alejan del aparato a la velocidad del sonido.
Mientras el avión vuela más despacio que esas ondas, no ocurre nada extraordinario. El sonido consigue avanzar por delante de él.
Pero, a medida que el aparato acelera, comienza a acercarse a las ondas que él mismo ha producido.
Y cuando alcanza la velocidad del sonido, sucede algo parecido a lo que ocurre en una carretera cuando varios vehículos rápidos alcanzan una retención: las ondas dejan de separarse con normalidad y comienzan a amontonarse.
Si el avión sigue acelerando y supera la velocidad del sonido, termina adelantando a sus propias ondas.
Pero estas no desaparecen.
Las ondas quedan concentradas formando una especie de cono que se extiende hacia atrás desde la aeronave.
Es el cono de Mach.
Cuando ese cono alcanza el suelo y pasa sobre una persona, una vivienda o una población, se produce un cambio repentino de presión.
Eso es lo que escuchamos como un estampido sónico.
Pero hay una idea bastante extendida que debemos corregir.
El avión no produce el estampido únicamente en el instante exacto en que supera la velocidad del sonido. No se trata de una barrera física que se rompa una sola vez y quede atrás.
Mientras la aeronave continúe desplazándose a velocidad supersónica, seguirá generando ondas de choque a lo largo de su recorrido.
El cono avanza con ella y va barriendo una franja del terreno situada bajo la trayectoria.
Cada persona escucha el estampido cuando ese frente de presión pasa por su posición.
Por eso dos poblaciones separadas por muchos kilómetros pueden escuchar golpes semejantes en momentos distintos, aunque el avión haya mantenido un vuelo continuo. Obviamente, cuando la onda de choque alcanza el suelo, el aparato puede encontrarse ya muy lejos.
Además, dependiendo de la forma y del tamaño del aparato, pueden producirse varias ondas de choque. Una se forma en la parte delantera y otras aparecen en las alas, las entradas de aire o la cola.
A gran distancia, muchas de ellas terminan uniéndose.
Pero las más importantes pueden permanecer lo bastante separadas como para que en tierra escuchemos dos golpes muy próximos.
Un doble estampido.
Uno asociado principalmente a la parte delantera de la aeronave.
Y otro a su parte posterior.
De ahí ese sonido tan característico:
¡Bum-bum!
Para quien no haya visto el avión, la experiencia puede resultar desconcertante. No escucha necesariamente un motor que se aproxima, pasa sobre su cabeza y se aleja.
Primero puede producirse el golpe.
Después, quizá, aparece un rumor lejano.
O quizá no llega a escuchar ningún motor.
La altura, la distancia, el viento y la propia atmósfera pueden debilitar los sonidos normales de la aeronave, mientras la onda de choque continúa siendo perceptible.
El resultado se parece mucho a algunos de los testimonios que hemos ido reuniendo. Una detonación repentina, puertas y ventanas que vibran. Ninguna explosión visible, y un cielo aparentemente vacío.
La intensidad del estampido no depende únicamente de la velocidad.
También influyen el tamaño, el peso y la forma de la aeronave, su altura, sus maniobras y las condiciones atmosféricas.
Un aparato grande que vuela relativamente bajo puede producir una perturbación importante. Pero también algunas maniobras, aceleraciones o giros pueden hacer que las ondas se concentren en determinadas zonas y que el golpe resulte más intenso allí.
En otros lugares, en cambio, puede escucharse débilmente o no llegar a percibirse.
Incluso es posible que una aeronave vuele a velocidad supersónica sin que su estampido alcance el suelo en una región determinada. En ciertas condiciones, la atmósfera puede curvar las ondas hacia arriba antes de que lleguen hasta los testigos. De nuevo, el aire decide qué lugares reciben el sonido y cuáles quedan fuera de su recorrido.
Los estampidos sónicos pueden también alcanzar la superficie con fuerza suficiente para hacerla vibrar.
Los sismógrafos no siempre los registran, porque normalmente solo una pequeña parte de la energía atmosférica pasa al terreno. Pero cuando varios instrumentos captan una señal que se desplaza siguiendo aproximadamente la velocidad del sonido en el aire, y no la velocidad mucho mayor de las ondas sísmicas en la roca, los investigadores pueden reconocer que la fuente se encontraba sobre la superficie.
Esto ha podido comprobarse con aeronaves cuya trayectoria era conocida:
Las ondas de choque producidas por los transbordadores espaciales Columbia, Atlantis y Discovery durante sus regresos a California fueron registradas por diferentes redes sísmicas. A partir de los tiempos de llegada, los investigadores pudieron reconstruir la trayectoria, la velocidad y la altura aproximada de los vehículos.
No eran terremotos. Era el cielo haciendo vibrar la tierra.
Y esto nos devuelve a los cañonazos escuchados en el sur de California durante los primeros años de la década de 1990.
Los habitantes hablaban de golpes repentinos que parecían llegar desde el cielo o desde algún lugar situado sobre el océano. Puertas y ventanas temblaban, pero los sismólogos no encontraban terremotos capaces de explicarlos.
Algunos de aquellos acontecimientos dejaron señales en la red sísmica.
Y esas señales presentaban una característica reveladora.
No parecían expandirse desde un punto fijo situado bajo tierra.
Se desplazaban por la red como una fuente atmosférica en movimiento.
Los investigadores podían comparar la hora a la que la señal alcanzaba cada estación. Si hubiera nacido en un terremoto, habría viajado rápidamente por las rocas desde un epicentro.
Pero la perturbación avanzaba mucho más despacio.
A una velocidad compatible con una onda propagándose por el aire.
Además, los tiempos de llegada no dibujaban círculos que se expandieran desde un único punto, como esperaríamos de una explosión fija.
La forma de la señal sugería una fuente desplazándose a gran velocidad.
Algo había recorrido la atmósfera y su onda de choque había ido tocando el suelo a lo largo de una trayectoria. La explicación que mejor encajaba era un vuelo supersónico.
Pero identificar el mecanismo no significaba necesariamente identificar el avión.
En aquellos años, el sur de California se encontraba cerca de amplias zonas de entrenamiento y pruebas militares. Una aeronave podía volar sobre el océano o sobre regiones poco pobladas y producir una onda de choque que la atmósfera desviase hacia tierra.
Sin embargo, cuando se preguntaba a los organismos militares por determinados episodios, no siempre aparecía un vuelo reconocido que coincidiera con ellos.
Eso alimentó los rumores sobre un supuesto avión secreto llamado Aurora. No habría sido el primer aparato supersónico que alcanzaba Mach 1 —esa tecnología llevaba décadas existiendo—, sino, según las especulaciones, una aeronave hipersónica capaz de superar mach 5 y con un techo operativo más alto que los aviones de reconocimiento conocidos.
Pero debemos separar las dos cosas.
Los registros podían indicar que determinados golpes tenían un origen atmosférico y eran compatibles con una fuente supersónica. Aunque eso no demostraba que existiera el Proyecto Aurora, ni permitía identificar por sí solos el modelo de aeronave responsable.
Un sismógrafo puede ayudarnos a reconocer la huella de una onda de choque pero no puede mostrarnos las insignias pintadas en el fuselaje.
California nos deja, por tanto, una explicación parcial.
Algunos de aquellos cañonazos pudieron ser estampidos sónicos producidos por aeronaves que volaban mar adentro.
El fenómeno es conocido y las señales instrumentales encajan con él.
Pero la identidad concreta de la fuente no siempre quedó establecida.
Y eso nos obliga a recuperar el otro gran expediente estadounidense que dejamos esperando.
Las explosiones de la costa este de 1977. También parecían proceder de algún lugar situado sobre el océano. También hicieron vibrar cristales y construcciones. Y también llevaron a muchos a sospechar de aviones militares.
Pero ¿eran todos aquellos golpes estampidos sónicos?
¿Pertenecían siquiera a un mismo fenómeno?
Cuando las noticias comenzaron a difundirse en diciembre de 1977, las respuestas oficiales resultaban contradictorias.
La Administración Federal de Aviación aseguraba que sus sistemas no habían detectado vuelos capaces de explicar los episodios. Los responsables militares negaban que se estuvieran realizando pruebas secretas en la zona. Algunos científicos pensaban que las señales no se parecían a un estampido sónico convencional. Otros, en cambio, reconocían que no encontraban una explicación mejor.
Y esa palabra es importante: convencional.
Porque un estampido sónico no siempre llega al suelo siguiendo el camino más corto.
Ya hemos visto que la atmósfera puede desviar el sonido. Pero en determinadas condiciones puede hacer algo todavía más sorprendente: devolver hacia la superficie ondas de choque producidas a cientos de kilómetros del lugar donde terminan siendo escuchadas.
El avión puede encontrarse muy lejos de la costa.
Su estampido asciende.
Atraviesa distintas capas de la atmósfera.
Y allí encuentra cambios de temperatura y fuertes corrientes de aire que curvan nuevamente su trayectoria hacia abajo.
La onda regresa entonces a la superficie en un lugar donde, en condiciones normales, nunca habría sido escuchada.
A estos estampidos que llegan después de recorrer las capas altas de la atmósfera se les denomina, en ocasiones, estampidos sónicos secundarios.
No son un segundo estampido producido por el avión.
Son la onda original regresando desde las alturas después de haber seguido un recorrido mucho más largo.
Cuando alcanza el suelo, puede haber cambiado de forma. Las frecuencias más altas se han debilitado y el frente de presión se ha extendido durante el viaje. En lugar del doble golpe limpio que asociamos a un avión próximo, el testigo puede escuchar una detonación profunda, un retumbo o incluso varios impulsos separados.
Y esto tenía una consecuencia desconcertante.
Una aeronave podía respetar la prohibición de volar a velocidad supersónica sobre tierra y, aun así, hacer temblar ventanas situadas muchos kilómetros hacia el interior.
El avión producía la onda sobre el océano.La atmósfera se encargaba de entregarla en tierra. Esta posibilidad no era desconocida en 1977.
Precisamente aquel año, investigadores del observatorio Lamont-Doherty habían publicado un estudio sobre las ondas generadas por el Concorde durante sus vuelos entre Europa y Estados Unidos. Los instrumentos habían registrado algunos de sus estampidos a distancias comprendidas entre cientos y aproximadamente mil kilómetros de la trayectoria del avión.
Las ondas habían ascendido hasta la estratosfera e incluso hasta regiones mucho más elevadas de la atmósfera antes de regresar a la superficie.
El Concorde estaba sirviendo, sin pretenderlo, como una gigantesca sonda acústica.
Sus estampidos permitían estudiar la temperatura y los vientos de las capas altas del aire. Pero también demostraban que una onda de choque podía aparecer en tierra muy lejos del lugar donde había sido generada.
¿Era entonces el Concorde el responsable de las misteriosas explosiones de Nueva Jersey y Carolina del Sur?
Era un candidato evidente. Había comenzado sus vuelos comerciales transatlánticos poco antes, cruzaba el océano a velocidad supersónica y generaba ondas que los instrumentos podían detectar en la costa estadounidense.
Sin embargo, la investigación posterior no encontró una coincidencia suficiente entre los horarios de sus vuelos y los principales episodios denunciados por la población.
Los responsables del estudio tuvieron que buscar otra fuente.
A finales de diciembre, el Departamento de Defensa encargó al Laboratorio de Investigación Naval un trabajo específico sobre aquellos acontecimientos.
Los científicos reunieron las llamadas recibidas, los horarios de las detonaciones, los registros acústicos y sísmicos, las condiciones atmosféricas y las actividades que se habían desarrollado sobre el océano.
El primer indicio apareció en el calendario.
La mayoría de las señales se producía durante los días laborables.
Eran mucho menos frecuentes durante los fines de semana, las fiestas y las horas en las que normalmente cesaban determinadas actividades.
La naturaleza no acostumbra a respetar el horario de oficina.
Las actividades humanas, sí.
Los investigadores estudiaron entonces distintas posibilidades. Explosiones civiles, ejercicios con munición, lanzamientos, reentradas espaciales, vuelos del Concorde y pruebas militares de distinta clase.
Varias de estas hipótesis no coincidían con los registros.
Pero sí aparecía una relación con vuelos supersónicos de entrenamiento realizados sobre el océano.
Las aeronaves se encontraban lo bastante lejos de la costa como para que, en circunstancias normales, sus estampidos no alcanzasen las zonas habitadas. Los pilotos no estaban necesariamente incumpliendo las normas.
El problema se encontraba en las condiciones atmosféricas.
En determinadas jornadas, la temperatura y los vientos habían formado caminos capaces de conducir las ondas de choque hacia tierra. Las perturbaciones generadas mar adentro se curvaban en las capas altas y regresaban sobre Nueva Jersey, Carolina del Sur y otros puntos del litoral.
En marzo de 1978, la Marina estadounidense presentó públicamente su conclusión.
Las misteriosas explosiones habían sido, al menos en su mayor parte, estampidos sónicos procedentes de vuelos militares realizados sobre el Atlántico.
La atmósfera los había transportado hasta lugares donde nadie esperaba escucharlos.
Aquella explicación resolvía buena parte del expediente.
Encajaba con el origen mar adentro.
Explicaba las variaciones repentinas de presión.
Justificaba que los edificios y el terreno vibrasen.
Y también explicaba por qué las autoridades locales no encontraban ningún avión sobre las poblaciones afectadas.
El aparato no estaba allí.
La onda sí.
Pero conviene no convertir esa conclusión en algo más amplio de lo que realmente era.
La expresión «las explosiones de la costa este» agrupó cientos de avisos producidos durante varios meses y a lo largo de una región enorme.
No todos fueron registrados por los mismos instrumentos.
No todos tuvieron la misma intensidad.
Ni todos ocurrieron exactamente bajo las mismas condiciones.
La investigación naval ofrecía una explicación convincente para los principales episodios estudiados. No demostraba que cada golpe comunicado entre 1977 y 1978 hubiera sido producido por una aeronave militar.
Algunos pudieron tener otras causas.
Un pequeño terremoto.
Un meteoro.
Una explosión local.
Un trueno transportado desde una tormenta lejana.
O sencillamente un ruido cotidiano que, en medio de la inquietud colectiva, terminó incorporándose al mismo expediente.
Porque cuando una población comienza a esperar un estruendo, cada golpe adquiere una importancia diferente.
Una puerta que se cierra.
Un camión que descarga.
Una explosión en una cantera.
Un trueno lejano.
Todo puede convertirse durante unos instantes en una nueva manifestación del misterio.
Esto no significa que los testigos inventaran lo sucedido.
Los principales estampidos existieron y quedaron registrados.
Pero alrededor de un núcleo real puede crecer una oleada de testimonios de orígenes muy diversos.
Y aquí encontramos una respuesta para la pregunta que dejamos pendiente.
Las detonaciones de Nueva Jersey y Carolina del Sur no necesitaban haber sido producidas por una única explosión gigantesca escuchada simultáneamente a lo largo de toda la costa.
Podían proceder de distintos vuelos supersónicos realizados sobre el océano.
Incluso cuando dos regiones comunicaban sonidos en una misma jornada, eso no significaba necesariamente que hubieran recibido exactamente la misma onda.
Los aviones eran reales.Los estampidos también.
Lo extraordinario no era aquello que los había generado, sino el viaje que las ondas habían realizado antes de alcanzar a los testigos.
Pero aún nos queda otra forma de producir un cañonazo desde las alturas.
Una que se encuentra a medio camino entre los meteoros y las aeronaves.
Las reentradas espaciales.
Cuando un satélite, una etapa de cohete o algún fragmento de basura espacial regresa a la atmósfera, puede hacerlo a velocidades enormes. El comportamiento se parece mucho al de un meteoro: el objeto comprime el aire, genera ondas de choque, se calienta y puede fragmentarse durante el descenso.
Desde tierra, el resultado puede ser una sucesión de estampidos acompañada, en ocasiones, por una estela luminosa.
La diferencia principal no se encuentra en el sonido, sino en el origen.
Esta vez no se trata de una roca llegada del espacio profundo, sino de un objeto construido por nosotros que vuelve a caer hacia la Tierra.
En algunos casos, la trayectoria de la reentrada está prevista y puede relacionarse después con los testimonios. En otros, los fragmentos son demasiado pequeños, la información no llega al público o el objeto se desintegra antes de que nadie consiga identificarlo.
Para quien se encuentra bajo su recorrido, sin embargo, la experiencia puede ser prácticamente la misma que ante un bólido.
Una luz breve.
Varios golpes llegados desde el cielo.
Y ningún objeto visible cuando el testigo levanta la mirada.
Por eso las reentradas, en tanto que son muy similares a bólidos y meteoros, deben ser también tomadas como sospechosas.
Y con esto podemos cerrar provisionalmente la familia de los cañonazos nacidos en las alturas.
Meteoros.
Aeronaves supersónicas.
Objetos que regresan del espacio.
Todos pueden producir ondas de choque capaces de recorrer grandes distancias, hacer vibrar construcciones y dejar incluso una señal en los sismógrafos.
Hemos repasado algunos de los mecanismos que pueden encontrarse detrás de las explosiones y los retumbos.
Al principio eran fenómenos naturales: tormentas lejanas, movimientos sísmicos, oleaje, desprendimientos o meteoros.
Con el desarrollo de la tecnología se añadieron nuevas posibilidades: explosiones, aeronaves supersónicas y objetos artificiales regresando desde el espacio.
Pero ninguno de esos mecanismos explica bien otro de los fenómenos que todavía aguarda sobre nuestra mesa.
Un sonido que no golpea y desaparece. Un sonido que permanece. Centrémonos ahora en el Zumbido: “The Hum”
Ante un estampido buscamos un evento concreto sucedido en un instante determinado: una ruptura, una explosión, el paso de una onda de choque o el movimiento repentino de una masa de tierra o de agua.
El sonido aparece, nos sobresalta y termina.
Cuando investigamos un zumbido continuo, en cambio, debemos buscar algo que permanece activo.
Una máquina que funciona, un conducto por el que circula aire o agua, una estructura sometida a una vibración repetida, …
O quizá una fuente intermitente que se pone en marcha durante determinados periodos y vuelve a detenerse antes de que consigamos encontrarla.
Aquí no buscamos un cañón invisible que haya disparado una vez.
Buscamos una maquinaria invisible que parece no apagarse nunca.
Y, en realidad, nuestro mundo está lleno de posibles sospechosos:
Motores eléctricos, ventiladores, compresores, bombas hidráulicas, transformadores eléctricos, sistemas de calefacción y refrigeración, tuberías, generadores, diversa maquinaria industrial,…
Incluso el tráfico lejano, el paso de trenes o una instalación situada a varios kilómetros pueden producir vibraciones graves que se mantienen durante largos periodos.
Muchas de estas fuentes resultan perfectamente reconocibles cuando nos encontramos cerca de ellas.Pero a medida que el sonido se aleja, pierde una parte importante de su identidad.
Como ya hemos visto, las frecuencias más agudas suelen debilitarse antes. Desaparecen los detalles que nos permitirían decir: eso es un motor, aquello es una hélice o lo que escucho procede de una fábrica. Lo que sobrevive puede ser únicamente su parte más grave.
Un rumor, un pulso, una vibración monótona. Algo parecido a un motor diésel escuchado desde muy lejos. El sonido ha perdido su definición, pero conserva su presencia.
Y cuanto más grave es, más difícil puede resultar averiguar de dónde procede.
Ya hemos visto que las ondas largas rodean obstáculos, atraviesan aberturas y alcanzan al testigo después de reflejarse en edificios, colinas y otras superficies.
Por eso una fuente situada en una dirección concreta puede parecer que se encuentra en otra. O en ninguna.
El zumbido puede llegar por una calle, rebotar contra una fachada, atravesar una ventana y hacer vibrar una pared interior. Cuando finalmente lo percibimos, ha seguido tantos caminos que nuestro oído ya no puede reconstruir su procedencia.
Pero todavía queda una dificultad mayor.
La fuente que produce la vibración no siempre es el objeto que termina haciendo el ruido más evidente. Imagina un motor instalado en una nave industrial.
El motor genera una vibración débil y constante. Esa vibración pasa al suelo, alcanza una tubería y recorre una parte de la estructura. La tubería llega hasta un edificio situado a cierta distancia y hace vibrar una pared, una ventana o un conducto de ventilación.
Para quien vive dentro de la casa, parece que el sonido nace allí.
Puede escucharlo con claridad dentro de una habitación, y al salir a la calle, descubrir que casi ha desaparecido.
Puede recorrer el exterior buscando una máquina próxima y no encontrar ninguna.
La vivienda se ha convertido en el último eslabón de una cadena.
La fuente estaba lejos. Pero la casa le ha prestado su voz.
Quizá hayas vivido un ejemplo cotidiano de este fenómeno.
En muchos edificios se escuchan, especialmente durante la noche, pequeños golpes o sonidos semejantes a una canica que rueda y rebota en el piso de arriba.
A veces pueden estar relacionados con un golpe de ariete: una onda de presión que se produce cuando el agua que circula por una tubería se detiene bruscamente. En otras ocasiones, el origen se encuentra en las propias conducciones, que se dilatan, se contraen o se desplazan ligeramente al cambiar su temperatura.
Pero lo importante para nosotros no es determinar ahora cuál de esos mecanismos ha producido cada ruido.
Lo interesante es su recorrido.
La vibración nace en una tubería, se transmite a una pared, atraviesa el forjado y reaparece en otra estancia. Quien la escucha puede jurar que alguien ha dejado caer una canica sobre el suelo del piso superior.
Sin embargo, lo más probable es que no haya ninguna canica.
El edificio ha transportado el sonido y le ha dado una procedencia aparente que no coincide con su verdadero origen.
Pero hay que tener en cuenta que cada estructura tiene unas características y puede transmitir las vibraciones de manera diferente. Puedes comprobarlo con una copa, una cuerda o el cuerpo de una guitarra. No todas las vibraciones producen en ellos el mismo efecto. Algunas apenas los alteran. Otras encuentran una frecuencia adecuada y hacen que comiencen a resonar.
Una habitación también puede hacerlo.
Sus dimensiones y materiales, sus paredes, el techo, el suelo y los objetos que contiene favorecen unas frecuencias y debilitan otras. Por eso, por ejemplo, es tan importante el tratamiento acústico en un estudio de grabación.
Una vibración grave que en el exterior resulta casi imperceptible puede entrar en la vivienda y encontrar una estancia donde se refuerza.
Entonces el zumbido aparece con claridad.
Quizá junto a una esquina.
Quizá cerca de una ventana.
Quizá solamente al apoyar la cabeza sobre la almohada.
Y basta con caminar unos pasos para que vuelva a debilitarse.
Eso ayuda a explicar una de las afirmaciones más desconcertantes de quienes padecen el Hum:
«Fuera apenas se oye, pero dentro de mi casa es insoportable».
A primera vista parece una contradicción. Si el sonido procede del exterior, ¿cómo puede resultar más intenso dentro?
Porque el edificio no actúa únicamente como una barrera. También puede funcionar de forma parecida a como la caja de una guitarra transforma la pequeña vibración de una cuerda en un sonido que llena una habitación.
Además, una vibración puede llegar hasta nosotros a través de caminos diferentes.
Puede viajar por el aire.
Pero también puede hacerlo por el terreno, por los cimientos o por la estructura de un edificio. En esos casos, quizá no escuchemos directamente la fuente.
Escuchamos una puerta que tiembla, un cristal que zumba, una tubería que resuena, o una pared que parece emitir un rumor continuo.
El testigo puede señalar con absoluta seguridad el lugar donde oye el sonido.
Y, sin embargo, ese lugar no es su origen.
Es únicamente el punto donde la vibración se ha hecho audible.
Esta distinción resulta fundamental.
Localizar dónde escuchamos un zumbido no significa haber localizado aquello que lo produce.
Pero ¿por qué unas personas lo perciben y otras no?
Una parte de la respuesta puede encontrarse en el propio espacio.
Dos personas situadas en habitaciones diferentes no están recibiendo exactamente el mismo sonido. Incluso dentro de una misma estancia pueden existir puntos donde una frecuencia se refuerza y otros donde se debilita.
La acústica conoce bien estos comportamientos, pero no necesitamos adentrarnos mucho más en ellos.
Pero también hay diferencias entre nuestros oídos.
No todos conservamos la misma sensibilidad.
La edad, la exposición previa al ruido, la salud auditiva y las características individuales hacen que cada persona perciba las frecuencias de una manera ligeramente distinta.
Dos personas pueden encontrarse ante la misma vibración y vivir experiencias diferentes. Uno escucha un motor lejano. Otro percibe únicamente una presión molesta. Y un tercero no nota nada.
También influye el ruido ambiental. Durante las horas de actividad, el entorno está lleno de sonidos que compiten entre sí. Tráfico, conversaciones, electrodomésticos, pasos, puertas y actividad urbana forman una especie de fondo que puede ocultar un zumbido débil.
Por la noche, ese fondo disminuye. La fuente quizá no se haya vuelto más intensa. Es el resto del mundo el que se ha callado y el zumbido se hace entonces más evidente.
Y una vez que lo reconocemos, resulta muy difícil dejar de prestarle atención.
Cuanto más nos molesta, más lo vigilamos. Y cuanto más lo vigilamos, más difícil resulta ignorarlo. Así puede comenzar un círculo especialmente cruel.
El sonido interrumpe el descanso. La falta de descanso aumenta la irritabilidad y la sensibilidad. Y esa sensibilidad hace que el sonido resulte todavía más presente durante la noche siguiente.
Todo esto nos ayuda a comprender por qué investigar un “Ham” es mucho más difícil que investigar un estampido.
Una explosión deja una hora concreta. Quizá una señal en un sismógrafo.
Puede dejar a varios testigos sorprendidos al mismo tiempo.
El zumbido puede variar durante horas, encenderse y apagarse. Puede escucharse en una sola vivienda, y cambiar al abrir una puerta, mover una cama o recorrer unos metros.
Y cuando llegan los técnicos con sus instrumentos, la fuente puede haberse detenido, o encontrarse por debajo del ruido de fondo, o producir una vibración que el micrófono no está colocado en el lugar adecuado para detectar.
Incluso puede suceder algo más desconcertante.
Que el instrumento registre una frecuencia grave, pero que resulte imposible demostrar que esa señal es la misma que está molestando al testigo. Porque los aparatos miden presión, frecuencia e intensidad, pero no pueden experimentar el sonido por nosotros.
Con todo esto en mente, regresemos a Bristol.
A comienzos de la década de 1970, algunos habitantes de la ciudad comenzaron a describir un rumor grave y persistente, semejante a un motor trabajando en la distancia.
No todos podían escucharlo. Parecía resultar más evidente durante la noche.
Y algunos afirmaban percibirlo con mayor claridad dentro de sus viviendas.
Ahora esas características ya no nos resultan tan extrañas.
Bristol era una ciudad atravesada por carreteras, industrias, sistemas de ventilación, conducciones, motores y actividad portuaria. Existían innumerables fuentes capaces de producir sonidos de baja frecuencia.
Pero eso no significa que podamos elegir una cualquiera y declarar resuelto el caso.
El problema era encontrar una fuente que coincidiera con los lugares, las horas y las experiencias de quienes afirmaban escuchar el zumbido.
Y esa fuente única nunca apareció de una manera concluyente.
Quizá porque no existía. El llamado Bristol Hum pudo reunir bajo un mismo nombre molestias de orígenes diferentes.
En una vivienda, un ventilador. En otra, una instalación industrial o los sonidos del puerto. En otro barrio, el tráfico o una conducción.
La prensa había dado un nombre común a las experiencias.
El nombre creó la impresión de una única voz extendiéndose sobre la ciudad.
Pero, como ya ocurrió con los cañonazos, una misma etiqueta no garantiza una misma causa. El Hum podía ser un fenómeno colectivo sin ser una única señal acústica.
Muchas personas podían estar escuchando algo. Pero no necesariamente lo mismo.
En cierto modo, ocurre algo parecido con el fenómeno OVNI, al que yo llamo a menudo “los fenómenos ovnis”, porque entiendo que no todos los casos obedecen a la misma causa.
Y esta posibilidad se vuelve todavía más importante cuando abandonamos Bristol y regresamos a Taos.
Porque allí los investigadores hicieron algo esencial: No se limitaron a buscar máquinas, fábricas o carreteras.
Intentaron registrar la señal mientras los propios afectados afirmaban estar escuchándola.
Y el resultado nos obliga a abrir una puerta distinta.
Una que no conduce hacia la atmósfera, el terreno ni las paredes de una vivienda: conduce hacia el interior del oído.
Y aquí debemos avanzar con mucho cuidado. Porque decir que un sonido puede originarse dentro del sistema auditivo no significa que la persona lo esté inventando.
La experiencia puede ser completamente real. Lo que cambia es el lugar donde debemos buscar la fuente. Pues hay casos en los que el sonido se genera durante el propio proceso de la audición.
El ejemplo más conocido es el tinnitus, también llamado acúfeno.
Solemos asociarlo a un pitido agudo en los oídos, pero no siempre se manifiesta de esa manera. Puede percibirse como un silbido, un siseo, un rugido, un chasquido o también como un zumbido grave.
Puede aparecer en un oído, en los dos o resultar difícil de situar, como si el sonido se encontrara en algún punto del interior de la cabeza.
Y puede ser intermitente o permanecer durante largos periodos.
Asi, que en este caso, no existe una onda externa viajando por la habitación que un micrófono pueda registrar. Aunque eso no hace que la percepción sea menos auténtica para quien la experimenta, pues su sistema auditivo está produciendo una señal que su cerebro interpreta como un sonido.
Y el sonido está ahí. Una de las explicaciones más aceptadas relaciona el tinnitus con cambios en la información que el oído envía al cerebro.
Cuando determinadas estructuras del oído interno pierden sensibilidad o dejan de transmitir algunas frecuencias con normalidad, las regiones cerebrales encargadas de procesar el sonido pueden modificar su actividad para intentar, por decirlo de una forma sencilla, compensar una señal que ya no llega como antes.
Y durante ese proceso puede aparecer una percepción sonora sin una fuente exterior. Podríamos compararlo con un amplificador al que le hemos retirado la señal de entrada, pero cuyo circuito continúa activo. Aunque no haya música, puede producir un siseo o un zumbido propio.
La comparación no es perfecta, pero nos ayuda a comprender algo importante: la ausencia de un sonido exterior no implica la ausencia de actividad en el sistema que escucha.
Además, el tinnitus no tiene una única causa. Puede aparecer después de una exposición intensa al ruido. Puede acompañar a una pérdida auditiva relacionada con la edad. Puede relacionarse con problemas del oído, con determinados medicamentos o con lesiones en la cabeza o el cuello.Y en algunas personas surge sin que llegue a identificarse una causa concreta.
Esto introduce una dificultad evidente en nuestro estudio sobre la explicación del origen de los sonidos. Cuando una persona escucha un zumbido y otra, situada a su lado, no percibe nada, podemos encontrarnos ante una diferencia de sensibilidad frente a un sonido exterior.Pero también ante una percepción que solo existe dentro del sistema auditivo del primer testigo.
Y todavía existe una tercera posibilidad.
Como ya hemos podido entrever, el cuerpo humano no solo recibe sonidos. También puede producirlos. El oído interno genera en ocasiones vibraciones de intensidad muy baja, conocidas como emisiones otoacústicas. Son señales reales que pueden medirse colocando un micrófono muy sensible en el conducto auditivo. Habitualmente son tan débiles que no las percibimos conscientemente.
También en casos muy poco frecuentes, algunos sonidos corporales pueden incluso llegar a ser escuchados por un médico. El flujo de la sangre, movimientos musculares o determinadas alteraciones cercanas al oído pueden producir pulsaciones, chasquidos o ruidos rítmicos.
Pero volvamos ahora a Taos.
Recuerda que allí algunos habitantes escuchaban sonidos que nadie podía oir, hasta el límite de la ansiedad. Los investigadores colocaron instrumentos alrededor de algunas de las personas que afirmaban estar escuchando el “Hum”. Les pidieron que indicasen cuándo comenzaba y buscaron una señal acústica que apareciera al mismo tiempo.
Pero no encontraron un tono común que coincidiera de manera clara con las experiencias de todos los afectados. Esto abre la posibilidad de que, al menos en algunos testimonios, la fuente no se encontrase en el paisaje de Nuevo México. Podía encontrarse en el sistema auditivo del testigo.
Aunque debemos evitar una conclusión demasiado cómoda.No detectar una señal no demuestra que esta no existiera. Un micrófono puede estar mal situado. La vibración puede viajar por una estructura y no por el aire. Puede aparecer únicamente en un punto muy concreto de una habitación. Puede encontrarse cerca del límite de sensibilidad del equipo y por eso no es registrado, o puede variar antes de que los investigadores consigan medirla.
Además, no todas las personas que escuchaban el “Hum” tenían por qué estar experimentando lo mismo.
Quizá algunas sufrían tinnitus. Otras podían estar percibiendo sonidos ambientales de baja frecuencia Y otras, vibraciones transmitidas por sus viviendas o por el terreno. Una vez más, una misma etiqueta puede estar reuniendo fenómenos diferentes.
Por eso Taos no se resuelve simplemente diciendo que el zumbido estaba dentro de la cabeza de los afectados. Esa frase sería imprecisa y profundamente injusta.
Lo correcto es algo más complejo. En algunos casos, la experiencia podía tener un origen auditivo interno. En otros, podía existir una fuente exterior que los instrumentos no lograron identificar. Y quizá ambas posibilidades convivían dentro del mismo expediente.
Así que finalmente volvemos a la misma conclusión.
En cada uno de estos casos, la explicación puede ser una de las que hemos planteado, varias de ellas o incluso una combinación diferente para cada testigo.
Quizá estamos cometiendo un error desde el momento en que hablamos del “Hum” como si fuese un único fenómeno.
Pero todavía queda sobre nuestra mesa otra familia de sonidos.
Y estos son diferentes, porque no se limitan a zumbar: Gimen, chirrían, en ocasiones parecen enormes piezas de metal desplazándose unas contra otras.
Y otras veces recuerdan de una manera inquietante al sonido de una trompeta.
Ya nos encontramos con ellos anteriormente en nuestra indagación; habíamos viajado hasta Kiev y después hasta Terrace, en Canadá.Pero ahora tenemos algo que entonces decidimos guardar para más adelante: Las explicaciones.
Y quizá Terrace sea el mejor lugar para comenzar.
El 29 de agosto de 2013, Kimberly Wookey, vecina de esa ciudad en la Columbia Británica canadiense, grabó desde su vivienda un sonido extraordinariamente extraño: era un gemido prolongado y metálico que subía y bajaba de tono.
A veces parecía una enorme pieza de acero sometida a tensión. En otros momentos recordaba vagamente a una trompeta desafinada.
Wookey afirmó que no era la primera vez que lo escuchaba. Según contó después, había percibido algo semejante en junio de aquel mismo año, aunque entonces no había conseguido grabarlo.
Y no fue la única persona que dijo haberlo oído.
La grabación comenzó a circular por internet y rápidamente quedó incorporada a esa colección mundial de supuestos sonidos procedentes del cielo.
Solo que en Terrace ocurrió algo que no sucede demasiado a menudo en estos casos: Apareció un sospechoso.
El Ayuntamiento de la ciudad afirmó que el sonido había sido producido por uno de sus trabajadores mientras preparaba una motoniveladora para realizar trabajos en una carretera.
Concretamente, estaba trabajando sobre la enorme cuchilla metálica situada en la parte inferior de la máquina. Al corregir y desgastar la hoja, el roce del metal podía generar aquel sonido prolongado, agudo y resonante.
La propia portavoz municipal explicó que el lugar donde se había realizado el trabajo se encontraba muy cerca de la zona desde la que se había grabado el vídeo, pero la explicación no convenció a todos los testigos.
Algunas personas que habían escuchado el ruido aseguraban que no les parecía compatible con una máquina semejante. Y esa duda continuó durante algún tiempo hasta que ocurrió algo interesante.
En 2015 volvió a difundirse en Terrace una grabación con un sonido extraordinariamente parecido. Esta vez, un vecino decidió seguirlo y terminó encontrando una motoniveladora.
La cuchilla estaba rozando contra el pavimento y producía precisamente aquel gemido metálico que parecía extenderse por toda la zona.
No significa necesariamente que cada sonido extraño escuchado alguna vez en Terrace procediera de una motoniveladora.
Pero sí demuestra algo muy importante para nuestra investigación: Una fuente completamente cotidiana puede producir un sonido que, escuchado desde cierta distancia y sin poder ver su origen, resulta extraordinariamente difícil de reconocer.
Piensa además en todo lo que ya sabemos: Tenemos una gran superficie metálica vibrando. Un sonido intenso y prolongado. Calles, edificios y montañas capaces de reflejarlo. Frecuencias que llegan hasta el testigo después de haber recorrido trayectorias diferentes. Y una fuente que permanece fuera de su campo de visión.
El resultado puede ser desconcertante, pues no escuchamos una motoniveladora, sino algo gigantesco gimiendo sobre la ciudad.
Y aquí aparece un fenómeno que me parece especialmente interesante.
La primera vez que Kimberly Wookey escuchó aquel sonido, contó que pensó que alguien estaba tocando una trompeta muy mal. Después recordó que había visto en internet otros vídeos sobre aquellos extraños sonidos del cielo.
Fíjate en ese detalle, porque es posible que acabemos de encontrar una de las claves más importantes de todo este asunto. Sobre todo en lo referente a los sucesos más actuales.
Internet no solo permitió grabar y difundir el fenómeno; también comenzó a enseñarnos cómo debíamos interpretarlo.
Retrocedamos ahora un poco más en el tiempo y viajemos a Kiev.
En agosto de 2011 apareció en YouTube una grabación supuestamente realizada en la capital ucraniana.
La imagen correspondía a un grupo de bloques de viviendas. Un paisaje urbano perfectamente normal. Pero la acompañaba un sonido que parecía completamente fuera de lugar.
Un lamento profundo y metálico: Algo semejante al movimiento de una estructura inmensa.
En determinados momentos, aquellas notas graves y prolongadas recordaban a instrumentos de viento. A trompetas.
Y la asociación era demasiado poderosa como para pasar desapercibida.
El vídeo comenzó a circular.
Después llegaron otros: Canadá, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Italia, y muchos más.
Quien escuchaba un sonido extraño podía buscarlo en internet y encontrar decenas de grabaciones aparentemente semejantes.
Y quien contemplaba aquellas grabaciones aprendía, consciente o inconscientemente, qué debía esperar la próxima vez que escuchase algo que no pudiera identificar.
Aquí surge un problema que no teníamos con los cañones de Séneca ni con los bramidos de Barisal: Cuando Henry Beveridge describía un estampido en el siglo XIX, únicamente podía explicarlo con palabras.
Cuando alguien escucha hoy un sonido extraño puede grabarlo.
Pero también puede editarlo. Puede añadir otro audio. Puede equivocarse con la fecha. Puede atribuirlo a un lugar diferente. Puede copiar una grabación anterior. O puede compartir de buena fe un vídeo manipulado por otra persona.
El archivo digital parece una prueba mucho más poderosa que un antiguo testimonio escrito. Pero también puede engañarnos de maneras que aquellos testimonios no podían.
Y existe un ejemplo extraordinariamente ilustrativo.
Años después del vídeo de Kiev comenzó a circular una grabación que aseguraba mostrar extraños sonidos apocalípticos sobre Roma. Las imágenes y el lugar eran diferentes, pero alguien decidió comparar detenidamente el audio. Y encontró algo difícil de explicar mediante un fenómeno natural.
En el vídeo romano podía escucharse exactamente el mismo fragmento sonoro que aparecía en la grabación de Kiev. No solo coincidía aquel extraño gemido.
También coincidían pequeños sonidos ambientales.
Incluso el canto particular de un pájaro aparecía exactamente en los mismos puntos de ambas grabaciones. El audio de Kiev había sido copiado y colocado sobre imágenes filmadas en otro lugar. En ese caso no había ninguna trompeta misteriosa sobre Roma. Se trataba, sencillamente, de un fraude.
Y mientras buscaba vídeos sobre este fenómeno me encontré con un caso que, inevitablemente, me llamó la atención por una razón mucho más personal.
Ocurrió en Arrasate-Mondragón, en Gipuzkoa. No demasiado lejos de Vitoria, la ciudad en la que vivo.
En abril de 2020, en pleno confinamiento, comenzó a circular una grabación realizada allí hacia las once y media de la noche. En ella se escuchaba durante cerca de un minuto un extraño sonido metálico que los testigos parecían situar en el cielo.
Lo cierto es que durante aquella época se difundieron casos semejantes en muchos lugares. Pero tengamos en cuenta una cosa: el mundo se había vuelto mucho más silencioso.
Sonidos que normalmente quedaban enterrados bajo el tráfico, los aviones, la actividad industrial y el ruido cotidiano podían hacerse mucho más perceptibles.
Una maquinaria que siempre había estado allí podía parecer nueva.
Un tren lejano podía recorrer una ciudad silenciosa de una forma completamente distinta. Una vibración industrial podía hacerse visible —o mejor dicho, audible— por primera vez.
Y, al mismo tiempo, millones de personas permanecíamos encerradas en casa.
Prestábamos más atención a cualquier cosa que sucediera fuera. Grabábamos, compartíamos y pasábamos muchas más horas observando las redes sociales.
No significa que el sonido de Arrasate quedara explicado simplemente por el confinamiento. Pero sí nos recuerda algo que hemos aprendido varias veces durante este recorrido:
A veces no cambia el sonido. Cambia el mundo que lo está escuchando.
Y quizá internet sea el lugar donde esa transformación resulta más evidente.
Pero el de Arrasate no fue el único episodio registrado en la península ibérica en los últimos tiempos:
A varios cientos de kilómetros, en Cádiz, encontramos un caso distinto, más prolongado y con una historia que, además, parece repetirse con los años.
La madrugada del 7 de enero de 2014, numerosas personas comenzaron a escuchar un extraño sonido metálico en distintos puntos de la ciudad, especialmente en el casco antiguo.
Las descripciones resultan muy familiares a estas alturas de nuestro recorrido.
Un zumbido. Un chirrido. Algo parecido al arrastre de una enorme masa de metal.
Algunas personas aseguraban que el sonido parecía flotar en el ambiente o llegar desde algún punto situado sobre las calles.
Y, en este caso, no estamos hablando únicamente de un comentario aislado publicado en internet.
El periodista Isidoro Martínez recopiló decenas de testimonios durante los días siguientes y, con el paso de las jornadas, distintas informaciones llegaron a hablar de más de un centenar de personas que afirmaban haberlo escuchado.
Además, al menos uno de aquellos testigos consiguió grabarlo.
Andrés González, vecino de Cádiz, registró parte del sonido desde su vivienda durante aquella misma madrugada. Posteriormente apareció incluso una segunda grabación atribuida al mismo episodio.
El caso alcanzó una repercusión considerable.
La prensa comenzó a relacionarlo con el Hum y, como era previsible, también apareció aquella otra denominación mucho más sugerente:
Las trompetas del Apocalipsis.
Pero ponerle un nombre no permitió encontrar su origen.No apareció una máquina concreta. Ni una instalación, nii una fuente identificada de forma inequívoca que permitiera explicar qué habían escuchado aquellas personas durante la madrugada.
Y el expediente podía haberse quedado ahí.
Pero el 9 de diciembre de 2025 ocurrió algo que volvió a poner a Cádiz en nuestro mapa de lugares en los que se escuchan extraños sonidos.
Más de once años después, varias personas comenzaron a comunicar nuevamente un zumbido grave durante la madrugada.
Una de ellas, Alejandro Víquez, publicó una grabación realizada desde una vivienda. Según relató, el sonido pudo escucharse durante varias horas, aproximadamente entre las dos y media y las seis y media de la mañana.
El vídeo comenzó a circular por las redes y la comparación con 2014 apareció inmediatamente.
El Hum había vuelto a Cádiz.
O, al menos, eso parecía, porque aquí debemos recuperar una precaución que nos ha acompañado durante todo este episodio.
Que dos sonidos sean escuchados en el mismo lugar y reciban el mismo nombre no significa necesariamente que compartan una misma causa.
Entre enero de 2014 y diciembre de 2025 habían transcurrido casi doce años.
Podemos comparar las grabaciones. Podemos comparar las descripciones.
Podemos observar que en ambos casos hubo personas que hablaron de sonidos graves, metálicos y difíciles de localizar.
Pero para afirmar que estamos ante el mismo fenómeno necesitaríamos bastante más. Tendríamos que demostrar que compartían características acústicas. Que se propagaban de la misma manera. Que aparecían bajo condiciones semejantes.
Y, sobre todo, encontrar aquello que los estaba produciendo.
Por el momento, no tenemos esa pieza.
Así que Cádiz nos deja una situación muy parecida a otras que hemos encontrado durante nuestro recorrido.
Tenemos testimonios, grabaciones y una aparente repetición.
Pero seguimos sin poder señalar con seguridad el lugar donde nace el sonido.
Y quizá eso sea precisamente lo que convierte estos casos en algo tan incómodo.
Internet nos permite conservar el ruido. Pero no necesariamente su origen.
Y llegados a este punto en el que creo que hemos dado un buen repaso tanto a nivel histórico como social y científico del asunto, como siempre, cuanto más meto la nariz, más preguntas y dudas aparecen.
Al principio parecía que estábamos buscando una explicación para unos sonidos extraños.
Después descubrimos que quizá no existía un único fenómeno.
Que unos casos podían ser terremotos. Otros, tormentas lejanas u ondas de choque. También maquinaria, vibraciones transmitidas por edificios. O percepciones generadas por nuestro propio sistema auditivo. ¿Y por qué negarlo? Algunos, directamente, fraudes.
Pero cuando apartamos todo eso de la mesa, todavía quedan preguntas.
Y algunas me resultan especialmente incómodas.
La primera de esas preguntas me devuelve al sur de California. Recuerda aquellos misteriosos cañonazos de comienzos de los años noventa.
Los sismógrafos habían registrado las ondas de choque y los investigadores habían comprobado, utilizando vuelos conocidos de los transbordadores espaciales, que una red sísmica podía proporcionar información sobre la trayectoria de una fuente atmosférica. Podían comparar el momento en el que la onda alcanzaba cada estación de la red de sismógrafos.
Y, a partir de esos datos, obtener información sobre la dirección del vuelo, su altura e incluso su velocidad aproximada.
Entonces hay una pregunta que no consigo quitarme de encima.
Si aquel supuesto Aurora era, como se decía, una aeronave hipersónica capaz de volar alrededor de Mach 5, ¿no debería haber dejado una huella muy diferente de la de un avión supersónico convencional, demostrando la existencia del proyecto?
Así que, si los instrumentos habían sido capaces de reconstruir vuelos de vehículos cuya trayectoria conocíamos, ¿qué decían realmente cuando se aplicaba el mismo método a aquellos cañonazos misteriosos?
Y aquí la historia se vuelve especialmente interesante.
Los primeros análisis de algunos registros llevaron precisamente a considerar la posibilidad de una fuente volando a gran altura y a una velocidad muy elevada.
Aquello encajaba demasiado bien con los rumores que ya circulaban sobre el Aurora.
Pero cuando los investigadores ampliaron el análisis y estudiaron el conjunto de las señales, la interpretación cambió. Una aeronave desplazándose frente a la costa a Mach 5 o Mach 6 debería haber producido una firma mucho más clara en determinadas estaciones. Y esa firma no aparecía.
Los datos encajaban mejor con otra posibilidad que ya conocemos muy bien.
Estampidos sónicos producidos mar adentro que, después de viajar por la atmósfera y sufrir refracciones, terminaban alcanzando la costa desde direcciones y distancias que podían resultar engañosas.
Es decir: aquello seguía apuntando hacia actividad supersónica, pero no necesariamente hacia una aeronave hipersónica atravesando el cielo de California.
Y aquí es donde mi pregunta se vuelve todavía más incómoda, porque los investigadores tampoco consiguieron identificar con seguridad qué aeronaves habían producido algunos de aquellos estampidos.
Se consultaron actividades militares. Se buscaron vuelos conocidos.
Y no apareció una operación concreta que permitiera poner nombre y matrícula a la fuente. Así que el expediente queda en una posición curiosa.
Si la que era precisamente la parte más espectacular de la historia —un supuesto aparato secreto atravesando la costa a Mach 5— pierde buena parte de su fuerza, pero tampoco conseguimos identificar qué aeronaves produjeron algunos de aquellos estampidos…
entonces la pregunta continúa ahí.¿Qué estaba volando mar adentro?
Hay otra pregunta que me devuelve a Taos y a los casos del Hum.
Hemos visto que una posible explicación para algunos testimonios es el tinnitus.
Pero si el origen del sonido está en el propio sistema auditivo, hay algo que no termina de encajarme, pues entiendo que en principio, ese sonido debería acompañar a la persona allá donde fuese.
Podría variar. Podría hacerse más evidente durante la noche.
Podría quedar enmascarado por otros ruidos.
Pero no debería depender de una habitación concreta, de una vivienda o de una zona geográfica determinada.
Y, sin embargo, algunos testigos afirman precisamente eso.
Que dentro de una habitación el zumbido resulta insoportable pero al salir a la calle disminuye o que al abandonar una vivienda o una zona concreta desaparece.
Entonces, si algunos de esos casos fueran realmente tinnitus… ¿por qué el sonido parece quedarse en un lugar cuando la persona se marcha? Si un fenómeno desaparece de manera repetida al abandonar un espacio concreto, quizá deberíamos mirar otra vez hacia la habitación, el edificio o el entorno antes de buscar la causa dentro del oído.
Y hay otra pregunta que me surge al esos vídeos virales de grabaciones del fenómeno.
Supongamos que la grabación es auténtica.
Supongamos que nadie ha añadido el audio, que el archivo no ha sido manipulado y que el sonido estaba realmente allí en el momento en que se filmaron las imágenes. ¿Eso demuestra que procedía del cielo?
Una cámara solo nos enseña aquello que enfoca. Si alguien escucha un sonido extraño y cree que llega desde arriba, lo más lógico es que levante el teléfono y grabe las nubes.
Pero la fuente podría estar detrás. En una obra. En una vía ferroviaria.
En una fábrica. En un puerto. En una carretera. O simplemente fuera del encuadre.
El vídeo demuestra que un micrófono registró un sonido.
No demuestra necesariamente dónde se encontraba aquello que lo producía.
Y aquí es donde creo que nuestro cerebro puede jugarnos una mala pasada.
Vemos el cielo, escuchamos el sonido y unimos automáticamente ambas cosas.
La imagen se convierte en la causa.
Pero ¿cuántas veces estamos visualizando realmente la grabación de un sonido del cielo… y cuántas simplemente un sonido grabado mientras alguien apuntaba una cámara hacia arriba?
Además, cuando una grabación se vuelve viral, normalmente analizamos el sonido que contiene. Pero ¿qué pasa con todo lo que se pierde por el camino?
El archivo original. La hora exacta. La ubicación. La orientación del micrófono.
El viento. Las condiciones atmosféricas. Los posibles testigos situados en otros puntos.
Incluso la propia compresión del audio puede alterar frecuencias y hacer que un sonido parezca diferente del original.
Entonces me pregunto: ¿Cuántos de estos casos siguen siendo misteriosos porque realmente no tienen explicación… y cuántos porque internet ha destruido precisamente la información que necesitábamos para investigarlos?
Por otra parte, durante siglos se describieron cañonazos, bramidos y retumbos sin necesidad de cámaras, teléfonos móviles ni redes sociales.
Después llegaron los vídeos, las grabaciones y la posibilidad de compartir cualquier sonido en cuestión de segundos.
Y, sin embargo, seguimos encontrándonos con expedientes que no terminan de cerrarse.
Entonces me pregunto: ¿La tecnología ha redimensionado realmente el misterio… o simplemente ha cambiado la forma en que lo documentamos?
Porque ahora tenemos más pruebas que nunca.
Pero también más ruido. Más grabaciones. Más contexto perdido. Más posibilidades de error. Más posibilidades de manipulación.
A todas estas interrogantes (y a muchas más que se me ocurren), yo no tengo una respuesta.
Solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así, después de retirar los casos explicados, los fraudes y los testimonios demasiado débiles… puedas desvelar el factor enigma que se esconde tras los eventos aún no resueltos.
Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte y contarte más historias.
Por lo demás, te recuerdo que si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso puedes hacerlo desde los comentarios de ivoox, y por supuesto a través de las principales redes sociales. También te invito a participar en el grupo de Telegram y a visitar la web elfactorenigma.com. Suscríbete a este podcast para estar al día cuando publique nuevos episodios y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas.
Como siempre, te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.