Fecha de publicación: 03/Septiembre/2021

Duración: 43:09

En pleno siglo XIX, en la recóndita Galicia, un hombre reconoce haber cometido una serie de crímenes bajo la forma de un hombre lobo.
Se abre así la primera causa judicial contra un supuesto licántropo.

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¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Muchas gracias por volver a visitarme, siempre es un placer tenerte un ratito por aquí! Como siempre te doy la bienvenida a este pequeño rincón, donde entre libros, documentos, legajos, y cajones llenos de pruebas y objetos asombrosos, repaso junto a ti los más misteriosos sucesos. 

Ahora mismo estaba recordando un caso que se ha ganado a pulso el poder llamarse legendario. Uno de esos que cuando te lo cuentan, solamente la existencia de documentación oficial al respecto te hace poner los pies en la tierra y darte cuenta de que se trata de un suceso real, y no de un cuento o una historia de terror.

Y estoy seguro de que los acontecimientos que te voy a narrar, difícilmente se podían haber dado en otro sitio distinto a donde tuvieron lugar. Una tierra denominada mágica, donde al igual que en Hogsmeade los mitos se mezclan con la más cotidiana realidad.

¿Tu sabías poner nombre al primer asesino en serie español, y probablemente uno de los primeros a nivel mundial del que se tiene constancia? Pues de él me dispongo a hablarte. Y aunque nació a principios del siglo XIX, aún en 2020 seguían apareciendo libros y artículos con información actualizada y nuevas investigaciones sobre su vida y andanzas. 

Tres películas cuentan su historia:  «el bosque del lobo» de Pedro Olea, «Romasanta» de Paco Plaza y la recientemente estrenada y que aún no he tenido oportunidad de ver «Luarada» de Oscar Doviso.

Hoy no te entretengo más con explicaciones preliminares sobre la historia.

Creo que es a la vez tan sangrientamente terrible como literariamente bella, y que la mejor forma de que te empapes en ella, como siempre, es que tomes asiento mientras te preparo una taza de té caliente.

Viajaremos a tierras húmedas, y el calor del té te templará el espíritu.

 

Te invito a sumergirte en la historia de Manuel Blanco Romasanta. Criminal y mito. Asesino en serie, saca untos y hombre lobo.

Hoy te sugiero comenzar este viaje agudizando los sentidos. Si alguna vez has pisado tierras del interior de Galicia no se te hará difícil evocarlas. Si no, basta con que imagines ese olor a húmedo musgo, ese runrún del viento meciendo los árboles del bosque, el sabor de las castañas asadas a la lumbre y el fresco tacto de la piedra.

Si eres capaz de que esas sensaciones te transporten, seguro que también eres capaz de sentir la magia. Ese encanto ancestral de tradiciones, meigas, santas compañas, fadas y lobisomes…

Esa magia que suena a gaita, a zanfoña o a pandero.

Viajemos a 1800, cuando las condiciones de vida y el frio del invierno no eran como ahora.

Cuando las campanas de la iglesia marcaban el ritmo de la existencia entre humildes casas de aldea en las que convivían la rígida norma católica mezclada casi por lo bajinis con la más antigua superstición.

Los nobles e hidalgos poseían las tierras, el clero poseía las almas, la joven burguesía tenía ilusiones que con el avanzar del siglo fueron evaporándose, y los campesinos no tenían más que dos manos y dos piernas para trabajar.

Eran épocas duras, en las que muchos campesinos intentaban huir de la miseria emigrando a las américas buscando el sueño de hacer dinero, pues el tributo en pago por el uso de las tierras hacia insostenible vivir de lo que se sacaba de ellas.

Y aunque en la provincia de Orense el crecimiento de la ganadería proporcionaba un pequeño alivio a las gentes, entre hambre y pestes, no fueron tiempos amables para quienes tuvieron que vivirlos.

En este entorno social y económico nació el 18 de noviembre de 1809 Manuel Blanco Romasanta.

Sus padres, Miguel Blanco y María Romasanta afincados en la localidad de Regueiro, municipio de Esgos, tuvieron 7 hijos.

Pero casualmente, si consultamos las partidas bautismales de la parroquia, podremos ver que en lugar de aparecer inscrito como varón, quien consta en los escritos es Manuela Blanco Romasanta. Una mujer.

Desde que se tuvo conocimiento de este dato, se han barajado hipótesis como un posible hermafroditismo de Romasanta o algún tipo de síndrome de intersexualidad, como barajaba en un estudio Fernando Serrulla, responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia

En el libro «Romasanta, Historia real de una leyenda » publicado por la Diputación de Orense y en el que participan varios autores entre ellos el citado Fernando Serrulla, aparece otro dato, que quizá sea de vital importancia a la hora de esclarecer este punto:

En la primera parte de este libro, en un capítulo firmado por José Domínguez González, Roberto 0. Bustillo Bolado y Lino Blanco Penedo, se menciona que, durante los trabajos de investigación, se descubrió que cumpliendo una orden del que fue obispo de Orense entre los años 1818 y 1840, los libros de registro en mal estado debían ser «pasados a limpio». Y que ahí se aprovechó para cambiar el género de Manuel en los escritos, para intentar, de alguna manera, desvincular al asesino del pueblo.

Los autores mencionan que les fueron mostrados los documentos originales, en muy mal estado, y que en ellos en el registro constaba Manuel. Estos deteriorados legajos no podían ser sacados de la parroquia ni fotografiados.

Personalmente hay algo que me extraña. Si el obispo que dio la orden estuvo en el cargo hasta 1840, y fue entrada esa década, es decir después, cuando Romasanta cometió sus crímenes, ¿Se puede deducir que el cambio de género en el registro fue intencionado? ¿No sería más lógico pensar que pudo deberse a un error de transcripción?

Intencionado o no, con hermafroditismo o no, lo que si consta es que para su confirmación en 1825 ya aparecía como Manuel.

El joven no tuvo reparo en ir desempeñando diferentes trabajos, pues era una persona despierta y habilidosa. Se dice que a lo largo de su vida conocería el oficio de sastre, se defendería como cocinero, haría cedazos, cubos, cardaría lana, clavaría tachuelas y se dedicaría a la venta ambulante como buhonero, lo que en su momento le permitiría desplazarse por pueblos y caminos sin despertar sospechas sobre sus fechorías.

En 1831, a los 21 años, Manuel Blanco Romasanta, se casó con Francisca Gómez Vázquez, pero quiso el destino que esa unión no fuese duradera, y a los tres años y 20 días, en 1834, nuestro protagonista enviudaba sin concebir descendencia.

Fue esa la circunstancia vital que lo empujó a dedicarse a la venta ambulante, lo que le llevaba en ocasiones más allá de las fronteras gallegas, conocido era que compraba mercancías en Chaves, Portugal. O en Ponferrada y en otros lugares de Castilla, y por todo el norte, cruzando 

Asturias y llegando hasta Santander.

Acompañado de una mula recorría los caminos, comprando aquí y vendiendo allá, sirviéndole estas andanzas para conocer los caminos como la palma de la mano y conocer y ser conocido por gentes de todos esos lugares en los que llevaba a cabo sus negocios.

Y así transcurrió su vida hasta agosto de 1843.

Fue entonces cuando Manuel Blanco Romasanta tuvo que vérselas por primera vez con la justicia.

A finales de agosto, el alguacil de León Vicente Fernández tenía el encargo de encontrar a Romasanta para embargarle el género que llevase encima para satisfacer la deuda de 600 reales que éste había contraído con el comercio de Alonso y Sardo, en Ponferrada.

Aunque nadie afirmó haber visto al alguacil en esos días, su mujer asegura que le constaba que, al día siguiente de su partida en busca del buhonero, lo había encontrado con él en Pardavé y habían abandonado juntos el pueblo.

La cuestión es que el día 25, cuatro después de partir de su casa, el alguacil fue encontrado recién muerto, aún con el cadáver fresco, junto a su perrita entre unos matojos de brezo, a unos dos kilómetros y medio del pueblo en el que supuestamente se habían encontrado.

¿Sobre quién iban a recaer las sospechas del crimen?

Evidentemente sobre Manuel Blanco, aunque lo cierto es que los lugareños tampoco habían visto por allí al buhonero en aquellos días.

La única que aseguró haber visto al que podría haber sido Romasanta vestido con unas ropas que podían pertenecer al difunto. el mismo día 25 de agosto fue María García, una tabernera del pueblo de Brañuelas. Pero tampoco podía asegurarlo, pues no lo conocía.

Además, se da la casualidad de que tres días antes de aparecer el cadáver, el buhonero había presentado en Pardavé un recibo que demostraba que dos de sus hermanos, también clientes de Alonso y Sardo habían satisfecho su deuda, quedando suspendida de hecho la orden de embargo.

La declaración que aportó Romasanta fue que él había estado con el alguacil, y lo había dejado en el pueblo de Jarandilla en compañía de José Villarellos, otro buhonero de Troncedo al que también iba a embargar por deuda con el mismo comercio. Por lo que si alguien había matado al alguacil debía haber sido el tal Villarelos, y que él no había estado en Brañuelas ni en la taberna de la señora que decía haberle identificado.

Las autoridades no encontraron en Troncedo a ningún José Villarellos pero sí un tal José. Pero no se le había vuelto a ver por la zona, murmurándose por el pueblo que andaba por Santander.

El 10 de octubre del 44 fue declarado en rebeldía y finalmente el 3 de diciembre, la audiencia de Valladolid condenó a Romasanta a 10 años de presidio y al pago de las costas. Pero para entonces él ya había puesto tierra de por medio.

Llegó a Rebordechao, en Orense, a finales del 43. Y por allí mantuvo un perfil muy discreto hasta que pudo comprobar que no había llegado hasta allí la noticia de que le buscaran por la muerte del alguacil de León. Al ver el terreno libre de peligro, comenzó a dejarse ver por el pueblo, como un miserable más, ganándose la confianza de las mujeres de las casas con cierto afeminamiento que le hacía parecer inofensivo, hasta que entró a servir a casa de Andrés Blanco. Y poco después, se estableció por libre, ejerciendo sus múltiples habilidades para quien las necesitase.

Así comenzó a ayudar también al párroco, Pedro Cid, que le cogió gran aprecio y simpatía.

También inició relaciones con una mujer, Manuela García Blanco, que, escapando de una mala experiencia matrimonial desde Leza, había llegado a Rebordechao, donde vivía su comadre Antonia Rúa Caneiro, para caer en otro matrimonio que tampoco había durado mucho.

La mujer tenía una hija, Petra, y con las dos se fue a vivir, no tardando en involucrar a Manuela en recuperar entre los dos el negocio de la venta ambulante.

Pero pese a ser, según el cura, buen cristiano, también se cuenta que Manuela no fue la única mujer con la que Romasanta tuvo escarceos.

Se cuenta que también tenía encuentros con la comadre de Manuela, la ya mencionada Antonia Rúa. Hasta el punto de que se corrió la voz que la segunda hija de esta, llamada Peregrina, era hija del buhonero.

Durante el otoño de 1846, Manuel y Manuela salieron a vender por separado, y al llegar ella a la casa, se encontró con él, que le dijo que su hija Petra se encontraba camino de Santander, pues había surgido la oportunidad de enviarla con urgencia a servir con un cura de Santander, donde iba a vivir mucho mejor que en Rebordechao. Con más comodidad y opciones de prosperar.

Le dijo que si se daba prisa en zanjar los asuntos que tuviese pendientes, ella también podría ir con su hija y trabajar en similares condiciones.

Vendió entonces Manuela las 4 o 5 cabezas de ganado que tenía, y unos días después partió con Manuel Blanco Romasanta hacia Santander.

Lo cierto es que ni ella, ni su hija Petra alcanzarían jamás tierras cántabras. Pues antes de eso serían cruelmente asesinadas por Romansanta en la Sierra de Mamede, en el denominado «Bosque de A Redondela»

Aprovechando el buhonero que había podido aprender los rudimentos de las letras para como uno más de sus oficios, escribir y leer cartas a sus «clientes” se dedicó, a falsificar cartas de las fallecidas a la gente del pueblo, contándoles lo bien que estaban en Santander.

Esto le sirvió por una parte para que nadie imaginase que Manuela y su hija estaban muertas. y por otra, para generar en Rebordechao la esperanza de que «en Santander se vivía mejor» y que más personas pidieran al buhonero que los acompañase por los caminos hasta la ciudad cántabra.

Este fue el caso de la propia hermana menor de Manuela, Benita, y del hijo de esta, Francisco, que rondaba los 10 años, que residían en la vecina localidad de Laza, aunque pasaban mucho tiempo en Rebordechao.

Viviendo la pobreza en la Galicia profunda, lo que Romasanta les vendía en las cartas de Manuela era el verdadero paraíso. Por lo que no tardaron en pedirle que les buscara casa para servir en Santander.

Y en marzo de 1847, Manuel Blanco les hacía llegar la noticia de que ya les había encontrado otro cura al que servir, cerca de donde supuestamente vivía su hermana Manuela con Petra.

Y así el día 12 de marzo emprendieron viaje. Y al día siguiente, de amanecida, en un lugar llamado «O corgo do boi», Romasanta daba muerte a la madre y al hijo entre unos matojos.

Tras esto vinieron 3 años de calma, en los que probablemente el tendero tuviese algún temor a ser descubierto, por haber actuado precipitadamente vendiendo alguna de las pertenencias de sus víctimas en un entorno cercano.

Tres años en los que veremos, que, pese a su error al vender aquella colcha, aquellos pañuelos y aquella falda a gente que bien pudo reconocerlos, el entorno de las hermanas García Blanco no dejó de confiar en el buhonero.

Tres años en los que continuó llevando cartas falsas a Laza, pueblo donde residía la familia de estas, a la vuelta de sus viajes. En estas les decía que todos estaban bien, y nadando en abundancia, contando incluso que a Benita le había tocado la lotería y que a su hijo francisco iba a estudiar para abogado.

Las siguientes en caer víctimas de los tejemanejes de Manuel Blanco fueron Antonia Rúa y su hija Peregrina. Antonia Rua era comadre de Manuela, y como ya te he comentado antes, parece ser que además de comadreos, había compartido con esta algún escarceo con Romasanta. Se decía por el pueblo que Peregrina, la niña de tres años y padre desconocido, era hija del propio buhonero. Además de esta, Antonia tenía otra hija, María Dolores, de una relación anterior, que rondaría los 11 años.

Antonia Rua tenía una situación económica algo mejor que las anteriores, y, por tanto, nuestro protagonista no dudó en sacar buen provecho de ello, y consiguió poco antes de hacerla desaparecer, que firmase un documento en el que le traspasaba sus bienes, para que este se hiciese cargo de irlos vendiendo.

Tras esto, con Antonia modificó su modus operandi. No se ofreció a llevarla a Santander, sino que dijo que en esta ocasión el destino estaba dentro de la misma provincia de Orense. Así, estarían más cerca de casa. No en vano, como ya te he dicho, se rumoreaba que él mismo era el padre de la hija pequeña de Antonia… La hija mayor no podría viajar con ella y se quedaría en el pueblo junto a sus tíos, Josefa y Lino.

Y con todo esto dispuesto, partieron a finales de marzo de 1849.

No era falso que el destino no fuese muy lejano, pues en un paraje conocido como As Gorvias, madre e hija llegaron al final de su viaje. Pero no para encontrar una vida mejor, sino para perder definitivamente la que tenían a manos de Manuel Blanco Romasanta.

A su regreso al pueblo, el buhonero dijo que las había dejado perfectamente, y para generar más confianza, aseguró que en pos del bien de la niña, se casaría con Antonia en cuanto tuviesen oportunidad.

En cuanto a la familia García Blanco, el siguiente en partir hacia Santander sería el sobrino de Manuela y Benita, José Pazos.

Este era hijo de Josefa García Blanco, y salió de Laza el 12 de octubre de 1850. El joven tenía 20 años, pero al contrario que sus predecesoras, no vendió sus escasas pertenencias antes de la partida, sino que se fue con lo puesto.

La familia había llegado a un acuerdo, probablemente albergando algún tipo de desconfianza debido al asunto de aquellas posesiones de las hermanas que habían sido vendidas por los alrededores.

El joven iría, y si no le gustaba lo que había en Santander, se volvería.

Obviamente, el muchacho no llegó a la ciudad cántabra. También acabó sus días en As Gorvias.

No tardó mucho en llegar carta a Laza, en la que José le decía a su madre que Santander era maravilloso. Que lo vendiese todo en Galicia y emprendiese el viaje con el dinero porque allí había grandes oportunidades en las que invertirlo.

 

Así hizo con lo que pudo, y lo que no, lo dejó en manos de Romasanta para que se lo vendiese.

El 1 de enero de 1851, Josefa abandonaba Laza, y al día siguiente era asesinada por el buhonero en el mismo paraje de As Gorvias.

A su vuelta de aquel viaje, quiso Romasanta agilizar la venta de las pertenencias de Josefa, llamando la atención que lo hiciese prácticamente sin regatear… La verdad es que los rumores sobre la venta de los efectos personales de las personas a las que había acompañado iban en aumento. Los familiares empezaban a desconfiar, y el buhonero comenzaba a ver peligrar su futuro en la zona.

Un sobrino de las hermanas García Blanco, Manuel Fernández, conocido como el Surtú, joven y fuerte, se prestó a viajar a Santander, y comprobar el estado de sus familiares, y ya de paso, si se terciaba, hacer unos dineros en la ciudad cántabra.

Romasanta, con el argumento de que su contacto le había fallado, intentó darle largas. No era el Surtú victima fácil por su juventud y fortaleza. Pero este tampoco era fácil de convencer, y tras poner fecha a la partida un par de veces, que acabaron siendo frustradas en el último momento, Romasanta simplemente optó por no aparecer el día acordado.

Como te podrás imaginar, esto más que acallar los rumores, lo que hizo fue acrecentarlos. Y aunque no se involucró a ningún tipo de autoridad, las habladurías entre la gente del pueblo

ya empezaron a mencionar la posibilidad de que Romasanta fuese lo que se denominaba un «saca untos». Que hubiese matado a las mujeres y a los niños para sacarles las mantecas, y venderlas en ciertas boticas de Portugal, donde decíase que se pagaba su peso en oro para elaborar carísimos remedios.

Sin embargo, los Rúa Caneiro, la familia de Antonia Rua, aún confiaron lo suficiente como para permitir que Manuel se llevase a la joven María Dolores a reunirse con su madre Antonia, y su hermana Peregrina.

Pesó en ellos la supuesta paternidad de Romansanta de la pequeña Peregrina, y la promesa que este había hecho de casarse con Antonia. ¿Cómo iba alguien a asesinar a su propia hija y a su prometida?

Y de esta manera, en junio de 1951, partían del pueblo y la pobre María Dolores era asesinada en el bosque de A Redondela.

En octubre de ese año, viendo que la cosa estaba más fea que bonita, ante el riesgo de que los rumores saltasen a las autoridades y tuviese que dar más explicaciones de las que deseaba, se decidió a poner tierra de por medio y pasar a Castilla.

Pero estando ya en Montefurado, Lugo, se enteró de que era necesario tener pasaporte para cruzar de Galicia a Castilla. Por lo que permaneció por aquella zona, en la que su fama no era conocida, hasta febrero de 1852.

Cambiado su nombre y proveniencia por precaución, por el de Antonio Gómez, vecino de Montederramo, comenzó de nuevo a valerse de su buena maña con varios oficios para hacerse buenos contactos.

Uno de estos contactos, le acompañó ante el alcalde de Vilariño a solucionar el tema del pasaporte.

Romasanta consiguió un documento falso firmado por unos falsos alcalde y secretario de Montederramo, en el que explicaban que se habían quedado sin pasaportes, y que agradecerían que, en algún pueblo cercano, se facilitase uno a Antonio Gómez.

Así de sencillo consiguió Romasanta un pasaporte como cedacero, que le daba libertad para ir a 

Castilla, identificándolo con un nombre que no era el suyo.

Nadie buscaba a Antonio Gómez en Castilla.

A principios de Julio de 1852, según cuentan los documentos de la época, el alcalde de Nombela (Toledo) levantó auto de que los gallegos Martin Prado, Marcos Gómez y José Rodríguez, vecinos de Verín y que se encontraban en Toledo por ser época de siega, afirmaban haber visto en la zona, junto a otro gallego, a Manuel Blanco Romasanta, que era en su tierra tenido por gran criminal.

Los verinenses pusieron al día al alcalde sobre los asesinatos y correrías que se imputaban su paisano, y este, ordenó su detención.

Romasanta se identificó como Antonio Gómez, proveniente de Nogueira de Montederramo, Orense, de 43 años, viudo, que, aunque en su pasaporte se decía que era cedacero, se dedicaba a ser clavador de tachuelas de zapatos, y que se hallaba en tierras toledanas para la siega.

Portaba pasaporte a nombre de Antonio Gómez, pero también una bula de la Cruzada de 1851. Esta llevaba como beneficiario a Manuel Blanco.

Afirmó que la bula pertenecía a un primo suyo, y que la había cogido por equivocación.

El juez de Escalona, partido judicial al que pertenecía entonces Nombela, llevó a cabo las diligencias oportunas para que el Juez de Verín se hiciese cargo.

Ante este, Manuel Blanco Romasanta declaró su verdadero nombre y procedencia.

Afirmó que el motivo de haber mentido al alcalde de Nombela y el Juez de Escalona, había sido ocultar su verdadera identidad, pues desde hacía trece años y hasta el 29 de junio de ese 1852

había permanecido víctima de una maldición, por parte de alguno de sus parientes, que ocasionalmente le convertía en lobo. Esta maldición le había empujado a cometer un buen número de asesinatos. Ya, después de cometidos los crímenes, alimentaba de las víctimas, y posteriormente se dedicaba a vender las pertenencias de las infelices víctimas, que ya no las iban a necesitar.

No solo confesó los crímenes que te he relatado, sino hasta 4 más, llegando a reconocer un total de 13.

Estas víctimas extras, por las que finalmente no se le juzgó fueron: Una moza del valle de Couso cuyo nombre ignora, un pastor en la sierra entre Prado Alvar y chaguazoso, una anciana junto a Fornelos y un joven que volvía de la feria de Viana, junto a As de Xarxes.

Curiosamente, la muerte de estas personas no era novedad, y había sido achacada al ataque de lobos.

También declaró que a veces era acompañado por dos hombres, que presos de la misma maldición, eran cómplices de sus fechorías. Dos individuos de tierras valencianas y que respondían a los nombres de Don Genaro y Antonio. Según parece ser, el tal D. Genaro era el que había falsificado el documento que sirvió a Manuel para conseguir el Pasaporte.

Por ejemplo, declaró que a Manuela García Blanco la mató en colaboración con estos dos individuos.

Afirmaba que los tres, a causa de la maldición, se convertían en lobos y cometían los crímenes, llegando en alguna ocasión a permanecer con forma animal hasta ocho días. Ellos no se ponían de acuerdo en cuando cometer los crímenes, sino que casualmente se reunían en el mismo punto al momento de llevarlos a cabo.

Eso sí. Los tres eran plenamente conscientes de sus actos mientras los cometían, no pudiendo evitarlos, y cuando recuperaban la forma humana, era cuando se arrepentían y lamentaban por el daño causado.

El buhonero afirmaba no tener control sobre sus conversiones, que esta especie de posesiones le sobrevenían, y entonces se desnudaba y revolcándose por el prado comenzaba a revolcarse en la hierba y le aumentaban las fuerzas y la habilidad. Le crecían las garras, que le servían para desgarrar y correr a 4 patas, y se le desarrollaban las potentes fauces con las que destrozaba e ingería a sus víctimas, que por supuesto, quedaban petrificados e indefensos al presenciar semejante transfiguración.

En el caso de Romasanta, la supuesta culpable de esta maldición había sido una bruja mala, una fada como las llamaban por esas tierras. Esta le había sometido un lustro después de quedarse viudo.

¿Te puedes imaginar cómo se quedaron en el juzgado de Verin al escuchar semejante historia? Pues lo único que pudieron hacer fue dar la orden de intentar encontrar a las víctimas.

Por tierras gallegas se dio orden de que se encargase de la búsqueda Demetrio Opazo, alcalde de Laza, pero sus pesquisas no dieron fruto para encontrar los cadáveres, salvo un par de huesos aparentemente humanos encontrados en una de las zonas especificadas por el acusado, y el 17 de agosto dio por terminada la investigación. Pero lo cierto es que por Santander tampoco aparecieron las personas vivas.

 

Entonces, el alcalde y juez de Allariz, Francisco Gómez, a sabiendas de que Romasanta está preso en Verin, pero no se encuentra a sus víctimas, ni vivas ni muertas, se ofrece para hacerse cargo del caso.

El 6 de septiembre se enviaron autos a todos los juzgados a cargo de poblaciones por las que supuestamente había campado Romasanta y fue mucha la gente a la que se interrogó.

Mientras todas estas gestiones se llevaban a cabo, el buhonero insistía en su historia, hasta el punto de que el juez de Allariz decidiese solicitar a finales de octubre un estudio sobre el estado mental del detenido.

Los doctores Vicente MaríaFeijóo, José Lorenzo Suarez, Manuel María Cid, Demetrio Adelmira, Manuel González y Manuel Bouzas redactaron un informe que fue entregado el día 26 de diciembre y que venía a concluir que Romasanta, de loco tenía poco, y que todos sus actos habían sido fríamente calculados y premeditados.

Finalmente, el 6 de abril del 1853, Manuel Blanco fue condenado a garrote por el tribunal de Allariz, por el asesinato de 9 personas en la sierra orensana de San Mamede.

En el tribunal de La Coruña. El 11 de julio, comenzaba una nueva revisión del caso. Tras cuatro días de vistas, el abogado defensor, Rua Figueroa, consiguió que las víctimas se diesen por «desaparecidas» y no por muertas, pues solo se habían encontrado un par de huesos que en realidad no probaban gran cosa. Además, volvía a incidir en el estado mental del reo, que estaba convencido de que se transformaba en lobo.

Y la defensa logró su objetivo, se dio por hecho que Romasanta se había apropiado indebidamente de los bienes de los desaparecidos, incluso probablemente con intimidación o violencia, pero no había prueba de que los hubiese matado.

Por lo cual se permutó la condena a muerte por la de cadena perpetua.

El fiscal, Luciano de La Bastida, presentó recurso de súplica ante este nuevo fallo, y la vista se fijó para el 23 de marzo de 1854. Y lo cierto es que logró convencer al tribunal de que, si el autor había confesado los crímenes, habían aparecido los dos huesos, y no se había encontrado a los desaparecidos… poco más había que probar para deducir que estaban muertos.

Por esta época entra en juego también un tal Mr. Phillips, que en los últimos años se ha conseguido identificar como el Profesor Joseph Pierre Durand de Gros. Este escribió a la reina Isabel II desde Argel explicando que utilizaba la electro biología, forma de la que se llamaba entonces a la hipnosis, y había conseguido que individuos se creyesen lobos, por lo que quería realizar experimentos con Romasanta para intentar revertir su proceso de licantropía.

La corte, al igual que el resto de la alta sociedad de la época, no se había resistido al interés por todas las cuestiones electrobiomagnéticas y espíritas, y la reina tampoco. Así que ella misma reenvió al tribunal de la Coruña, que debía ratificar la condena, las solicitudes de Mr. Phillips, con la orden de que llevar a cabo la pena capital, debía estar vinculado a los resultados de tales estudios científicos. Estos estudios que fueron calificados como absurdos e inútiles por la Sala y el fiscal no llegaron a llevarse a cabo.

Así que la condena finalmente decretada fue la de garrote e indemnizaciones a las familias de los fallecidos.

Al defensor de Romasanta no le quedó más opción que la de reclamar directamente a la reina, alegando un defecto de forma, pues la sentencia había sido publicada tres días fuera de plazo. Además, un juez, el Sr Alvarado, había participado y votado en las dos sentencias, lo cual era contrario a derecho. Por si fuera poco, la sentencia se pasaba la orden real sobre las investigaciones científicas de Mr. Phillips por salva sea la parte.

El 13 de mayo de 1854 llegaba la respuesta de la reina a modo de Orden Real que permutaba la condena capital por la de cadena perpetua, haciendo valer que ella tenía la última palabra.

A partir de esta orden, vuelven a surgir las conjeturas. Según la ley, el destino del reo debía ser el penal de Ceuta, pero los rumores lo sitúan también terminando sus días víctima de una extraña enfermedad en la cárcel de Celanova, o muerto por el disparo de un guardia, que morboso lo llevó al bosque para ver si se transformaba en lobo…

La verdad es que los investigadores Cástor y Félix Castro encontraron documentación en la Hemeroteca Nacional que confirmaba que la muerte de Romasanta había tenido lugar en el Penal de Ceuta el 14 de diciembre de 1863, víctima de un cáncer de estómago.

Y esta es al fin y al cabo la verdadera historia de Manuel Blanco Romasanta. La que aparece en los legajos del proceso judicial. Y por primera vez desde que empecé a contarte casos, puedo decir que termino de curiosear un asunto con la visión relativamente más clara que lo empecé.

Por lo que a mí respecta, la leyenda ha sido vencida. Ni lobisomes, ni saca untos…

El caso del hombre lobo gallego se reduce a simple maldad humana. Una maldad que me intriga y me deja tan helado como cualquier causa sobrenatural.

De la misma manera que helada y fría era la conciencia de nuestro protagonista de hoy. Podría asegurar que estamos ante un psicópata de manual: Encantador, manipulador, sin remordimientos, mentiroso, poco emocional, nada empático…

En otros casos veo cosas que no me cuadran. En este lo veo todo bastante claro. El fiscal me ha convencido.

El afán de Romasanta por ganarse la vida le llevó a despreciar el valor de la de los demás. Ideó una forma de hacerse con los bienes de sus víctimas sin levantar demasiadas sospechas, y lo más importante, abriendo la posibilidad de atraer más presas a la red… Era el negocio perfecto.

Estoy seguro de que una vez en Castilla, si no le hubiesen reconocido, hubiese buscado repetir la operación.

Y cuando se vio acorralado, se dio cuenta de que negar los hechos no le iba a llevar a ninguna parte, por lo que optó por contar la batalla del hombre lobo. La mítica maldición del lobishome.

La licantropía clínica, como patología alucinatoria en la que alguien se cree afectado por una transformación en animal, está estudiada. Posiblemente en esto tenga buena base la existencia de los hombres lobo como ser mitológico.

Pero Romasanta nunca se volvería a convertir en lobo, pues la maldición solo habría durado trece años, justo hasta el mes antes de ser capturado.

 

¿Demasiada casualidad, no? A mí me suena a que se dio cuenta de que, si convencía al tribunal de que creía convertirse en lobo, quizá le tomasen por loco y se salvase del garrote.

¿Hay hilos sueltos en el caso? ¡Por supuesto! Por ejemplo, los hermanos Castro Vicente que estudian con detenimiento los 1700 folios de los que consta la causa en el Archivo del Reino de Galicia, aseguran que es posible que Romasanta no trabajase solo, sino que tuviese encubridores, como el cura de Rebordechao, Pedro Cid, que le dio cobijo cuando ya no era una persona querida por el pueblo, o que según se dice en los papeles llegó a decir que «se llevaba a los malos, y dejaba a los buenos».

¿Y quién fue la persona que falsificó el documento que le dio acceso a conseguir un pasaporte con nombre falso?

¿Eran colaboradores reales D. Genaro y Antonio, los supuestos compañeros de correrías lobunas de Romasanta? ¿Quiénes eran realmente y hasta qué punto estaban implicados?

¿Era el buhonero un peón de algo más grande? ¿O con sus habilidades había engañado a otras personas para obtener favores de ellos y eran realmente colaboradores involuntarios, siendo Romasanta la cabeza de todo el asunto?

¿Además de la apropiación indebida de los bienes de las víctimas, se dedicaba realmente como decían los rumores a traficar con la grasa de estas? Hay indicios según las declaraciones de testigos que constan en la causa de que así era, pero no está comprobado.

Aunque yo me inclino por pensar que lo del registro fue una cuestión de error de transcripción, y más después de saber que el archivo fue «pasado a limpio» y que en el original aparece como Manuel ¿Nació Blanco Romasanta como Manuela?

A estas interrogantes y a alguna más que se me ocurre, yo no tengo una respuesta.

Solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así puedas desvelar el factor enigma que descifra este caso.

 

Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte y contarte más historias.

Quisiera enviar un especial agradecimiento a todas esas personas dedicadas a la investigación, folcloristas, antropólogos, científicos, gente de leyes… que han investigado la causa de Romasanta, aportando luz, y permitiendo que este sencillo contador de historias, y muchos otros interesados podamos acercarnos un poco más a cuál fue la realidad dentro de la leyenda.

Por lo demás, te recuerdo que, aunque puedes visitar mi web elfactorenigma.com en la que encontrarás información que he recopilado sobre este y otros casos, acceso a todas mis redes sociales e incluso si lo deseas, la versión transcrita a texto de este podcast. Y si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso, puedes hacerlo a través Facebook, Instagram, Twitter, Telegram y por supuesto de los comentarios Ivoox. Suscríbete a este podcast para estar al día cuando publique nuevos episodios y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas.

Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.