Fecha de publicación: 15/Julio/2020
Duración: 17:47
El 12 de septiembre de 1952, un grupo de niños junto con la madre de uno de ellos, tienen un encuentro con un ser imposible.
Esa misma jornada los habitante de la mitad este de Estados Unidos reportan la visión de extraños fenómenos en el cielo.
Frank C. Feschino Jr. tiene muy claro que todo está relacionado, y lo que el gobierno de EEUU no quiere que se sepa.
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Como de costumbre, me pillas curioseando en los entresijos de algún caso. Y hoy le ha tocado el turno a un asunto al que no había prestado demasiada atención, pese a tratarse de todo un clásico de la ufología al que se han dedicado documentales, canciones y hasta algún personaje de videojuego. Pero en una ocasión, un amigo que regenta una posada me sugirió que metiese la nariz en este suceso. Y seguí su recomendación. He de reconocer que enseguida me vi abrumado por la cantidad de hilos de los que tirar que salían de lo que inicialmente parecía un tradicional encuentro del tercer tipo que popularmente se ha venido a conocer como «el monstruo de Flatwoods».
Se trata de un caso que se dio en los Estados Unidos en plena guerra fría, y para revisarlo, aunque he consultado varias fuentes, tengo de decir que sobre todo he tomado como referencia un libro que podríamos denominar la biblia de este caso: «El monstruo del condado de Braxton. Edición actualizada y revisada», de Frank C. Feschino, Jr., que es un investigador que ha seguido el caso exhaustivamente durante muchos años. De momento a nadie se le ha ocurrido editarlo en español, así que si quieres leerlo tendrás que hacerlo en inglés. Te voy a reconocer que leer en inglés me parece un auténtico peñazo, pero la verdad es que hay mucha y muy interesante literatura de estos temas en la lengua del Señor Shakespeare que no ha sido traducida a la del Señor Cervantes. Qué suerte que nuestros teléfonos tienen unas aplicaciones de traducción estupendas, que, aunque sean más literales que literarias, nos sacan de algún apuro.
Pero a lo que iba. Que Feschino, después de muchos datos recabados, ha llegado a conclusiones muy interesantes, que hilan el caso con las fuerzas militares de los Estados Unidos y harán las delicias de cualquier amante de la conspiración. Como podrás ver, son unas teorías muy particulares, y ya me contarás si te las crees o no, pero la verdad es que ahí está toda la información que recopiló. Así que ¿por qué no te acomodas y te preparo una taza de té caliente para disfrutarla mientras te explico este interesante caso?
Como ya te he mencionado, el viaje de hoy nos va a llevar hasta el país de las barras y las estrellas, así que te recomiendo un mapa para no perderte. Allí, viajando por la ruta Interestatal 79 en Virginia Occidental, tomamos la salida 67 en el condado de Braxton, y tras recorrer un kilómetro hacia el norte por la Ruta 19, nos encontramos con un letrero de madera que reza: Bienvenidos a Flatwoods, el hogar del monstruo verde. El caso que da origen a la leyenda del lugar ocurrió el 12 de septiembre de 1952. La historia comienza con un grupo de jóvenes entre 10 y 14 años jugando al fútbol americano en el patio de la vieja escuela.
El día iba llegando a su final cuando entre el griterío del juego, la voz de uno de los jóvenes se alzó llamando la atención a sus compañeros sobre algo. Un enorme objeto ovalado y resplandeciente había surgido tras una de las montañas que rodeaba el pueblo, y cruzaba el cielo a baja altura pasando por encima de sus cabezas y perdiéndose tras las copas de los árboles de una colina en dirección a la granja de Bailey Fisher. Excitados, con la idea de haber visto caer un meteorito, o incluso lo que por aquella época se llamaba un platillo volante, los jóvenes corrieron por la calle principal siguiendo el rastro del objeto. Cruzaron la estación de tren, y subieron por la calle que era el principal camino para ascender hasta la granja en la que parecía haber caído aquello que perseguían.
En esa calle residían los jóvenes Eddie y Freddy May, junto a su Madre, Kathleen May, y sus abuelos, los señores Lemon. El grupo de niños se detuvo ante la casa en tal estado de agitación, que Kathleen no tuvo más opción que coger una linterna y disponerse a acompañarlos. Eugene Lemon, un jovencísimo guardia nacional, que también se encontraba en la casa, se sumó al grupo con su perro y su linterna. Los May también tenían un perro, llamado Ricky, y también se lo llevaron. Nada más salir al camino pudieron ver un resplandor rojizo tras los árboles de la colina. La madre de Teddy Neal también era vecina y vio la luz, pero decidió quedarse en casa y no subir al montículo.
Kathleen advirtió a los chicos que no iban a acercarse al objeto. Solo iban a ver dónde había caído, e informar a las autoridades para que lo investigasen.
Alguno de los niños se descolgó de la expedición, quedando esta formada por Kathleen May, Gene Lemon, Neil Nunley, Teddie Neal, Eddy May, Freddy May, Ronald Shaver, y el pequeño Tommy Hyer, de seis años que se les unió en el último momento. Los dos perros y dos linternas. El grupo se puso en marcha cuando eran las 19:40.
El camino terminó pronto, y continuaron por un sendero de hierba que llevaba al primer campo. A unos cientos de metros se encontraba la pequeña colina donde los niños habían visto aterrizar el objeto. Mientras caminaban, se les unió otro perro. Un Collie del vecindario. La noche se echaba encima, y tras diez minutos caminando se toparon con el primer obstáculo. Una cancela cerraba el paso a un terreno de pasto que tenían que cruzar para llegar a la cima de la colina. Gene Lemon abrió la puerta, permitiendo el paso de la comitiva, y después la volvió a cerrar. Siguiendo el camino, que se volvió duro y pedregoso, dejaron una zona arbolada a la izquierda, y el campo de pasto a la derecha. Tras cuatro curvas, los más altos pudieron ver a lo lejos el luminoso objeto, que en la distancia aparentaba tener el tamaño de una casa. Su luz era rojiza y pulsante.
Una neblina comenzó a inundar el camino. Se trataba de una extraña bruma. Cálida y fétida, con un olor metálico que recordaba al azufre y les irritaba los ojos y la garganta. También pudieron escuchar lo que definieron como un ruido quejumbroso. Serían alrededor de las 20:00.
Gene Lemon encabezaba el grupo guiándolo con su linterna, cuando el collie tomó posición de alerta y comenzó a gruñir. A continuación, corrió hacia la niebla, desapareciendo de la vista de los muchachos. Junto a Gene caminaban su perro y Neil Nunley. Por detrás, Kathleen y su hijo mayor, Edison. Tras ellos, Ronald Shaver. Cerraban la peculiar procesión Freddy May con su perro Ricky, Teddie Neal y Tommy Hyer.
Tras tomar una curva, escucharon ladrar violentamente al Collie, que volvió corriendo, y pasó junto a ellos raudo camino de su casa. Alcanzaron una nueva puerta de madera, pero esta no se abría, por lo que primero Kathleen, Gene Lemon y Neil Nunley, y a continuación Edison May y Ronald Shaver, la saltaron para continuar. Freddy May, Teddie Neal y Tommy Hyer, junto con los perros, no tuvieron tiempo de llegar a cruzar la puerta de madera. A medida que se acercaban al punto donde se situaba un gran roble blanco, la niebla y el desagradable olor se hicieron mucho más notorios, percibiendo también un sonido siseante.
Entonces fue cuando Gene Lemon vio algo. Un par de ojos rojos parecían observar desde una altura de unos 3 metros y medio. Instintivamente, dirigió su linterna hacia los dos puntos esperando ver un animal en lo alto del árbol.
El grito de los muchachos debió oírse desde el pueblo. No se trataba de una zarigüeya encaramada a un árbol, sino de un enorme ser de unos tres metros con una cara roja y un cuerpo verde que parecía brillar. Al recibir la luz de las linternas de Gene y Kathleen, el ser reaccionó, y la luz de sus ojos se intensificó, perforando la niebla e iluminando toda el área.
Aquella especie de humanoide comenzó a desplazarse, pero no caminando, sino que se deslizaba flotando a unos 30 centímetros del suelo. El ser también expulsaba una especie de sustancia oleosa que manchó a Kathleen y a los niños. Gene incluso cayó al suelo y dejó caer la linterna del susto. Los muchachos y la señora May, en un principio se sintieron como clavados al suelo, impactados, pero al momento, sus pies reaccionaron y comenzaron una loca carrera por el mismo camino por donde habían venido. Gene se levantó como pudo y también salió corriendo.
Los jóvenes que no habían llegado a pasar la valla de madera también vieron al ser brevemente, y por supuesto huyeron despavoridos. La velocidad de la carrera fue tal que Kathleen May no recuerda ni siquiera haber tocado la valla para rebasarla. No pararon de correr y no dijeron palabra hasta llegar a la casa donde vivían los May, exceptuando a Teddie Neal, que continuó corriendo hasta llegar a la suya.
Los padres de la señora May atendieron como pudieron a los jóvenes, que se encontraban nerviosos, asustados, respiraban con dificultad y tenían los ojos y la garganta doloridos. Gene Lemon vomitó profusamente. Mientras tanto, Kathleen llamaba a la oficina del sheriff sobre las 20:15. Le contestó el encargado de las celdas, y le informó de que todos los agentes habían ido al río a unos 6 kilómetros, a investigar lo que parecía el accidente de un pequeño avión.
El mismo funcionario consultó con la oficina de la policía Estatal para solicitar asistencia, pero los dos soldados de servicio estaban ocupados. Se pusieron en contacto con el señor Stewart, fotoperiodista del Braxton Democrat. En aquella época los fotoperiodistas trabajaban codo con codo con la policía en la investigación de accidentes y escenas de crimen. Esa noche, el señor Stewart fue designado por la policía estatal como representante de la oficina del sheriff del condado de Braxton, en ausencia del sheriff Robert Carr.
La noticia del suceso corrió como la pólvora en Flatwoods, y a los 10 minutos era la comidilla del pueblo. Algunos vecinos, como Jack Davis, habían visto el extraño objeto cruzar el cielo del pueblo. Cuando fue entrevistado argumentó que desde el primer momento descartó que fuese un meteorito, identificándolo como una aeronave muy extraña. Al ser preguntado por qué no subió a la montaña al ver caer el objeto, aseveró a quien le entrevistaba: «No quería tener nada que ver con aquello. Si lo hubieras visto, tampoco hubieras subido allí».
Junior Edwards, de 18 años y su amigo Joey Martin, de 19 fueron de los primeros en enterarse del suceso, y subieron a la granja de Fisher. No vieron, oyeron, ni olieron nada extraño, pero también es cierto que desconocían el lugar exacto del suceso. Otro vecino, acompañado de unos amigos, condujo hasta la casa de los May, e interrogó a los muchachos. Sus preguntas fueron respondidas, pero ninguno, con el susto metido en el cuerpo, accedió a acompañarle hasta el lugar de los hechos. El vecino subió a la granja, pero tampoco supo localizar el lugar exacto del encuentro.
La primera persona que accedió oficialmente al lugar concreto donde todo sucedió fue el fotoperiodista A. Lee Stewart Jr., enviado por la policía. Algo después de las 9 de la noche, se dirigió a la casa de los May, y tras comprobar que tres de los chicos se encontraban enfermos y que la señora May tenía los ojos indispuestos, habiendo entrevistado a los testigos, logró convencer a dos de ellos, Gene Lemon y Neil Nunley, de que le llevasen hasta el lugar. Se formó un grupo de unas 7 personas, que armados, emprendieron la marcha. Entre ellos se incluía Joe Lemon, padre de Kathleen May y abuelo de Freddy y Edison May.
Al llegar a las inmediaciones del roble blanco, el desagradable olor aún se percibía en el suelo. También encontraron unas marcas de deslizamiento, en las que la hierba, que llegaba a la altura de la cintura, había sido aplastada formando dos líneas paralelas de unos 9 metros de largo. En esas mismas huellas encontró un curioso trozo de metal, similar a cuando dejas caer una gota de estaño del soldador. Ninguno estaba dispuesto a pasar más tiempo del necesario en aquel lugar, así que, tras una media hora, volvieron a la casa de los May.
El Sheriff Robert Carr se presentó en la casa con dos perros, y al subir a la colina, esta se encontraba cubierta con niebla. Hizo dos intentos de acercarse con los canes a la zona de los hechos, pero estos comenzaban a aullar y huían, por lo que decidió dejar las indagaciones para la mañana siguiente. La Guardia Nacional también tuvo presencia aquella noche en Flatwoods, pues tras investigar el supuesto accidente aéreo que he mencionado anteriormente, no encontraron nada, y un pequeño contingente, enterado del suceso de la colina se desplazó aquella noche a curiosear en la granja de Fisher.
Hubieras fijado o no anteriormente tu atención en este caso es posible que hayas visto en alguna ocasión el boceto del monstruo que fue realizado para un programa de televisión de la NBC el 19 de septiembre de 1952. Las primeras descripciones del humanoide que aparecieron en prensa hablaban de un ser que sobrepasaba los tres metros, con cabeza rojiza, cuerpo verdoso y garras. Pero el primer «retrato robot» del monstruo de Flatwoods, el de la NBC, se trata de la archiconocida imagen de un humanoide con una cara redonda, con redondos ojos, cubierta con una especie de capucha puntiaguda que recuerda al as de picas, con brazos delgados terminados en garras y que viste una especie de coraza lisa que le cubre el tórax y una falda con ondas o plisada. Pues bien, en las entrevistas que Frank C. Feschino realizó posteriormente a los testigos que más de cerca vieron al ser, descubrimos que ese «retrato robot» no fue ni exacto ni minucioso, pero que en la NBC parecían interesados en que el humanoide tuviese un aspecto lo suficientemente sensacionalista y monstruoso.
Kathleen May y Gene Lemon narran que ciertamente más que un ser vivo, lo que vieron fue algo mecánico, sin afirmar o negar que en su interior pudiese albergar un ser vivo. Confirman que todo el ser tenía un aspecto metálico. Que la cara roja y la capucha eran más bien un casco interior y otro exterior, que los ojos podían ser perfectamente algún tipo de visor u ojo de buey. Aseguran también que el ser no tenía ningún tipo de garras, y que lo que sobresalía de sus hombros tenía más aspecto de antenas que de brazos. Respecto a la falda plisada, se trataba más bien de una estructura metálica troncocónica, con tubos verticales en todo su perímetro, lo que le daba un «aspecto de falda plisada», pero que probablemente podrían tratarse de una especie de «tubos de escape» a través de los cuales el monstruo se propulsase, expulsando la anteriormente mencionada niebla y la oleosa sustancia.
Y esta es, a grandes rasgos la cronología clásica de los sucesos de Flatwoods el 12 de septiembre de 1952, que posteriormente fue explicada con el argumento de un meteorito y una lechuza asustada. Frank Feschino pudo entrevistar años después en el mismo lugar de los acontecimientos al coronel Leavitt, que estuvo aquella noche en la colina con un grupo de unos 50 soldados, tomando muestras del entorno, de la sustancia oleosa y tomando medidas e inspeccionando las zonas de hierba aplastada en el terreno.
El coronel le indicó el lugar en el que encontraron una huella de vegetación aplastada de unos 6 metros de diámetro, en la que probablemente se produjo un suave aterrizaje, y no un impacto como el que cabría esperar de un meteorito. También es extraño que, aunque el resplandor del objeto mientras volaba daba a entender que estaba en llamas, no había producido ninguna quemadura al entrar en contacto con la tierra. Como nota, añadiré que en 1969 un periódico local mostraba una noticia con foto en la que hablaba de alteraciones en el crecimiento del pasto en ese punto exacto.
El coronel también les informó de que aquel 12 de septiembre de 1952, además del supuesto accidente de avión del que no se encontraron rastros, a unos 9 kilómetros de allí, unos testigos afirmaron que un OVNI se detuvo sobre su coche, inutilizando temporalmente el motor del mismo.
Al día siguiente del encuentro con el humanoide, dos hombres que dijeron ser periodistas entrevistaron a Kathleen May y subieron con ella y con su hijo Freddy a la granja de Fisher. Mientras uno de los hombres se quedaba con ellos, el otro se dirigió a las zonas de hierba aplastada, y volvió 30 minutos después con el traje totalmente manchado de la sustancia oleosa. A la Señora May no le pasó desapercibido un comentario que hicieron: «¿Ahora qué crees que pensará Ed de esto cuando le enviemos esto para analizar?». Al día siguiente, los dos periodistas volvieron y se disculparon reconociendo ser agentes del gobierno. Para alguien un poco ducho en los proyectos de investigación ovni oficiales de la época, no es difícil hilar que Ed, la persona a la que tenían que rendir cuenta estos agentes, podría ser el capitán Edward J. Ruppelt, Jefe del Proyecto Blue Book.
Regresando al trozo de metal encontrado por A. Lee Stewart, podemos decir que tenía, como ya he mencionado antes, la apariencia de una porción de metal fundido que gotea y se solidifica en contacto con una superficie fría. Si has soldado alguna vez con estaño sabrás a lo que me refiero. Pues bien, en dos ocasiones trató de fundir el material con un soplete, resultando el trabajo infructuoso. Posteriormente Stewart fue visitado por tres personas que se interesaron por las manchas oleosas y el trozo de metal. Transfirieron con una plancha restos de la ropa manchada de sustancia a unos papeles que llevaban y se llevaron las muestras.
Al día siguiente fue visitado en su oficina por estos tres individuos que reconocieron trabajar para el Departamento del Tesoro, pero que afirmaron que su interés en el tema era a título personal. Se trataba de dos hombres y una mujer, que en esta segunda visita preguntaron si Stewart podía obsequiarles con un trozo de la muestra metálica y unas muestras del tejido manchado de la peculiar grasa para poder realizar ciertos análisis. Llevaron al periodista a su casa, donde este cortó el metal en tres porciones y facilitó a los visitantes un trozo del tamaño de la punta de su dedo y unas muestras de la ropa manchada de sustancia oleosa. Después le acercaron de nuevo al trabajo. Cuando Stewart volvió a su casa a comer, el recipiente con el resto del metal había desaparecido. El periodista intentó comunicarse con los tres visitantes, que habían quedado en informarle sobre el resultado de sus análisis; les llamó, les escribió a la dirección que ellos le facilitaron, pero nunca jamás volvió a saber de ellos. Todo esto se podrían considerar evidencias de que los servicios de inteligencia estaban llevando a cabo una discreta investigación, a pesar de haber resuelto el suceso como «la caída de un meteoro».
Pasemos ahora a matizar y dar luz a algunos aspectos relativos a este caso, que son ciertamente interesantes. Para empezar, situémonos de una forma rápida en el contexto de la época. En 1952 Estados Unidos estaba inmersa en la guerra de Corea, además de en la denominada Guerra Fría. Es obvio que la vigilancia del espacio aéreo en esas circunstancias era una cuestión importante. Si tenemos en cuenta que la tecnología radar estaba en expansión, la vigilancia del cielo era reforzada por el G.O.C. (el cuerpo de observadores de tierra). Era una red con más de 16.000 puestos de vigilancia repartidos por todo el país en los que 750.000 voluntarios entre 7 y 86 años observaban el cielo por turnos, a simple vista o con prismáticos.
Tal cantidad de ojos puestos en el cielo hicieron posible que solo en 1952 el recién creado Proyecto Blue Book investigase 1501 informes. Solo los microfilms del 12 y 13 de septiembre contenían más de 200 documentos, que oficialmente se resumieron en que un meteoro había cruzado el cielo de Estados Unidos. Pero las cuentas no le salían a Feschino, al que considero el mayor investigador de este caso. Según sus investigaciones el 12 de septiembre de 1952, en un lapso de 21 horas, se reportaron avistamientos de objetos extraños desde 116 localizaciones en 10 estados del Este de Estados Unidos. Organizándolos según lugar, hora, descripción y rumbo, se puede resumir que esos avistamientos corresponden en total a 25 objetos diferentes, de los cuales 4 resultaron derribados. Vamos a extendernos un poco sobre este asunto, que tiene mucha tela que cortar…
Empecemos por el 13 de septiembre. La prensa de Charleston, que es la capital del estado de Virginia Occidental, publicaba información sobre el paso de un meteoro que había sido avistado desde múltiples zonas del estado. Un estudio posterior de Frank C. Feschino Jr. vino a dar como conclusión que todos los avistamientos no podían ser atribuidos a un único objeto, y que había por lo menos dos trayectorias bien diferenciadas: A uno de ellos lo denominó “Objeto Baltimore/Virginia occidental”, y dadas las declaraciones de los testigos que lo vieron desde 29 puntos diferentes, más que a un meteoro, el objeto se parecía a una aeronave con problemas. Caían cosas de ella, parecía desintegrarse por momentos, echaba humo, y lo más evidente: llegó a realizar 4 aterrizajes y despegues, durante los cuales incluso llegó a dejar en tierra a un tripulante que se encontraba malherido con la intención de sacarle del abrasador y viciado ambiente de la nave.
Al segundo objeto lo denominó «Objeto Washington/Flatwoods», y fue el que supuestamente causó los incidentes en la granja de Fisher, tras trazar una ruta de vuelo con cambios de rumbo de 90 grados, algo poco habitual en las leyes físicas de los meteoros. Si seguimos el hilo de la investigación de Feschino, veremos que a medida que iba conociendo testigos, iba trazando nuevas rutas de vuelo de distintos «meteoritos».
Enseguida se descubrió que ciertos testimonios que concordaban en horario, rumbo y descripción hablaban de otro objeto que voló de Virginia a Tennessee, donde cayó en Arcadia. Pensando que podía tratarse de un avión accidentado, los servicios de emergencia peinaron la zona. Pero no se encontraron ni restos de un avión ni el cráter que debería haber dejado un meteorito de esas dimensiones. De lo cual es fácil deducir que aquello, fuese lo que fuese, tras aterrizar, tuvo que volver a despegar. Con este tercer objeto, denominado por Feschino como «Objeto Virginia / Tennessee», ya son 3 los ovnis que trazaron rutas independientes. Y son tres los que presentaban signos de haber sido dañados: precipitados aterrizajes y despegues, colas de humo, caída de elementos… Pero hay un detalle más:
Si trazamos sobre un mapa los recorridos de los tres objetos, y extendemos la línea que forman hacia el este, los tres objetos convergen en el mismo punto sobre el océano, exactamente, a 90 millas de la costa de Nueva Jersey (150 kilómetros). Los tres, siempre teóricamente, provienen del mismo lugar. Casualmente, un lugar que pertenece a la ADIZ del atlántico (una zona de identificación de defensa aérea). Recuerda, como he comentado antes, que el espacio aéreo estaba muy vigilado. Recuerda también que ese año estaba siendo realmente prolijo en cuanto a avistamientos ovnis se refería. Tanto así, que, en julio, varios periódicos habían publicado que el ejército estaba en alerta 24 horas para realizar scrambles destinados a la identificación de «platillos volantes», con orden incluso de derribarlos si no colaboraban en la identificación. Metiendo toda esta información en la coctelera, Feschino comenzó a componer la siguiente historia:
En un punto sobre el océano atlántico, a 90 millas de la costa, aparecen 3 (o más) objetos que luego serán descritos por los testigos como mecánicos y controlados. Aún no vamos a aventurar si vienen separados o los tres salen de un único objeto mayor, lo que suponiendo que fuesen aeronaves, podríamos llamar «nave nodriza o portadora». Como ese espacio está especialmente controlado por la fuerza aérea estadounidense, al detectarse esos objetos, se ordenan los pertinentes scrambles para interceptar e identificar esas aeronaves. Ahí es donde se lía parda, y sobre el océano lejos de miradas indiscretas, los aviones del ejército F-94A B y C, F-86D Sabre y F7U-3 Cutlass, que son los juguetitos de que disponían a la sazón, montan la de San Quintín con los OVNIS. De momento no sabemos cómo acaba la cosa para los americanos, pero los otros, sean quienes sean, acaban con 3 aeronaves dañadas, que terminan dando tumbos por el este de los Estados Unidos.
Intentando dar forma a esta hipótesis, Feschino empieza también a tirar del hilo de unos artículos en prensa que hablan de un F-94 desaparecido el día 12 de septiembre alrededor de las 4 de la tarde y en el que viajaban John S. del Curto como radarista y John A. Jones como piloto. En los estamentos oficiales nadie sabe nada de la desaparición, pero Feschino consigue localizar a familiares que confirman que la desaparición tuvo lugar. Que el avión y los cuerpos nunca aparecieron y que en octubre se dio por muertos a los aviadores. Estos familiares aportaron como prueba los telegramas recibidos del ejército en los que se les informa de la desaparición del piloto y el operador de radar durante un ejercicio de entrenamiento, después los telegramas sobre la progresión de la búsqueda, y finalmente los que les comunican que sus familiares han sido declarados fallecidos.
El investigador encuentra incongruencias entre la información facilitada por el ejército a la prensa y a las familias. Por ejemplo, la prensa empieza a tener información sobre el suceso el día 12 durante la noche (sin dar los nombres de los pilotos) y la familia no es notificada hasta el día 15. Medio siglo después, la información sobre los incidentes de vuelo registrados el 12 de septiembre de 1952 son desclasificados, y curiosamente, ese día se registraron once incidentes, siendo enumerado el de Jones y del Curto como el caso 4. Pues bien, en ese microfilm faltaban los casos 3 y el 5, y obviamente todos los que podría haber a partir del 11. Es posible que uno de esos expedientes que faltan sea el correspondiente a un caso aparecido en un periódico de Tampa en el que se habla de que ese día un avión había aterrizado de emergencia tras tener problemas técnicos sobrevolando el golfo de México. Las 65 páginas de informe desclasificadas sobre el incidente aéreo de Jones y del Curto añaden más incoherencias en los datos disponibles.
A las familias se les informó de que, durante la misión, las condiciones climáticas empeoraron y los otros aviones fueron recuperados a tierra, pero el F-94 pilotado por Jones se desorientó. En cambio, en el informe desclasificado se menciona que los aviones no fueron recuperados antes de lo previsto por el mal tiempo. De hecho, una de las bonanzas de ese modelo era su resistencia ante las adversidades climáticas; según el informe, los aviones continuaron autorizados a mantener un vuelo instrumental, que significa que en lugar de con referencias visuales, debido al clima, se opera basándose en los instrumentos como radar, radioayudas… Pues bien, precisamente, de una forma ilógica y absurda, sobre todo teniendo en cuenta que había en vuelo aviones en aproximación, el servicio de mantenimiento de la base de Tyndall apagó de forma no programada una de esas radioayudas que guiaban al avión hacia la pista durante 5 minutos.
Dos aviones aterrizaron de forma visual, pero los otros cuatro fueron derivados a la base de Moody. En este trayecto al aeropuerto alternativo fue cuando el avión pilotado por Jones supuestamente se desorientó y no está muy claro por qué no llegó a Moody ni a la base MacDill, que también intentó guiar al piloto hasta sus instalaciones. Según los documentos, nunca informó de que su radiobrújula fallase, pero su rumbo fue errático, declaró emergencia por falta de combustible, y en los informes constan hasta tres horas distintas para la notificación de que los motores se habían apagado. Finalmente, el expediente concluye haciendo responsable al piloto por incompetencia.
Feschino barrunta que, tras toda esta incoherencia de datos y la vaguedad en las respuestas de los oficiales en los informes, tal vez se estuviera ocultando algo y el avión sufriese un percance debido a otras circunstancias. Prepárate, porque lo que viene ahora tiene su miga: No me voy a andar con rodeos y te voy a resumir la teoría de Feschino: Dice que, tras revisar todos los datos disponibles con la ayuda de pilotos, controladores y radaristas, ha recreado lo que sucedió con aquel avión y lo tiene muy claro: cayó en combate contra los ovnis aquella tarde del 12 de septiembre de 1952.
En su libro narra una verdadera batalla digna de cualquier película de ciencia ficción entre 16 objetos voladores y las fuerzas militares estadounidenses, que los detectan en sus radares e intentaban repeler la «invasión». Estos ovnis, redondos y ovalados, de aspecto metálico y entre 6 y 9 metros de diámetro, proceden de una nave nodriza que permanece fuera de la atmósfera terrestre. Uno de esos ovnis es debilitado por el fuego de los cazas, y se ve obligado a tomar tierra para recargar sus energías en el tendido eléctrico de la base de Tyndall, provocando el apagado de las radioayudas; mientras, el resto de los ovnis lo defendían poniendo en jaque todas las bases militares de la zona del estado de Florida, y los reactores del ejército intentaban defender el territorio, cayendo varios en acto de servicio. Entre ellos, el ocupado por Jones y del Curto. Los ovnis, por un lado, tenían el poder de afectar a los sistemas electrónicos de los aviones, pero también disponían de armas desintegradoras. Lo malo de estas armas es que debían gastar mucha batería, y su uso hacía que el ovni perdiese velocidad y potencia de vuelo.
Mientras tanto, la nave nodriza, que se mantenía fuera de la atmósfera terrestre, se posicionaba a unos 300 km al este de Washington DC, a 90 millas de la costa de Nueva Jersey y a eso de las 7 de la tarde desplegaba otros tres objetos, intentando distraer la atención de Florida para que la nave accidentada pudiese recargar energía sin ser molestada. El presidente Truman, desde Washington DC, temía que la voluntad de las naves fuese atacar la capital, y ante la información de los especialistas de que probablemente el punto débil de los objetos fuese la parte inferior, dio vía libre al ataque desde varios estados cercanos.
Se desencadenó la batalla en el océano a 150 km de la costa. De los tres ovnis, dos fueron dañados, y al verse bloqueados en su intento de volver a la nave nodriza, se dirigieron hacia suelo americano. Un cuarto objeto, este de aspecto más parecido a un avión, salió de la nave nodriza para apoyar al que quedaba en la zona, pero no sirvió de nada, pues llegó cuando el tercer ovni ya estaba prácticamente derrotado, siendo este tercer objeto el que peor parado había resultado e intentó fugarse también en dirección a la costa. Este objeto siguió plantando batalla en la zona a los aviones norteamericanos. Los tres objetos que se habían escabullido de la batalla en el atlántico se dirigían a objetivos sensibles: El primero al Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Tennessee. El segundo a la base aérea de Wright Patterson, y el tercero a Washington DC. La intención era desviar el ataque de la zona del atlántico para facilitar la evacuación de la nave averiada en Florida.
Mientras tanto, volviendo a Florida, el ovni que había tenido que aterrizar para repostar electricidad se vio acorralado por los soldados desde tierra, y como había recargado ya suficiente energía para volar, despegó. Se le unieron los otros 15 objetos que estaban bloqueando las bases militares de la zona y escoltando a la nave averiada por encima del techo de vuelo de los cazas, para así evitar ser detectadas por el radar, se dirigieron también hacia Washington DC. La cosa se ponía fea. La nave nodriza soltó otro vehículo con forma similar a un avión, pero que no se involucró en la batalla. A gran altura, se dirigió hacia Virginia Occidental, donde debía localizar un área suficientemente aislada como para permitir a la nave seriamente dañada que iba rumbo a Washington DC aterrizar para someterse a reparaciones y recarga. El lugar que esta nave eligió y señalizó con una baliza fue Fisher Farm, en Flatwoods.
La nave accidentada en Florida, y que se dirigía escoltada hacia el noreste, comenzó a experimentar problemas y a recalentarse otra vez, y fue desviada junto a una escolta de cuatro naves también hacia el condado de Braxton. Pero cayó a tierra en Florence, Carolina del Sur, antes de llegar hasta su destino. Se enfrió y volvió a elevarse, reuniéndose con su escolta en la frontera con Carolina del Norte. Estas 5 naves fueron designadas por la nave nodriza como una misión de rescate. De los 5 objetos, el accidentado, ya nuevamente operativo, y otros dos se dirigieron hacia Flatwoods siguiendo la señal de la baliza. Un cuarto objeto se dirigió al laboratorio nacional Oak Ridge. El quinto permaneció en la zona de Carolina del Norte para dar apoyo a cualquiera de los otros cuatro que lo necesitara. Los 11 objetos restantes de la flota de Florida continuaron hacia Washington DC desde fuera de la atmósfera para no ser captados por el radar, y fueron descendiendo y haciéndose detectables a medida que se iban acercando a la ciudad.
Ante este movimiento, el presidente Truman ordenó que los aviones se replegaran de la zona del océano a sus bases, y el resto de los aviones no ejercieran acciones hostiles hacia los ovnis, a no ser que recibieran orden específica. La nave nodriza comunicó entonces a los 3 objetos que permanecían dañados que dejaran de dirigirse a sus objetivos en el laboratorio nacional de Oak Ridge, la base de Wright Patterson y Washington DC, y buscaran dónde aterrizar. Tras esto mandó regresar a la nave parecida a un avión que permanecía en el océano, y a altura indetectable, se dirigió hacia la capital.
Cumpliendo órdenes estaba la flota ovni, cuando el objeto dañado que se dirigía a Washington recibió una maniobra ofensiva por parte de unos aviones que no habían recibido aún la orden de cesar hostilidades. Esto hizo que la nave nodriza volviera a ordenar a las 3 naves dañadas que retomaran sus objetivos iniciales. La que se dirigía al laboratorio nacional, que ya había aterrizado en Arcadia, volvió a despegar. Entonces Truman se vio ante una difícil decisión: permitía al objeto dañado que se dirigía a Washington que se acercara a la ciudad, aun sin conocer sus intenciones, o lo derribaba, ateniéndose a las consecuencias de un posible ataque por parte de las demás naves. De cualquier forma, iba a tener que dar explicaciones a la ciudadanía. El presidente decidió no atacar, y la nave dañada rebasó Washington volando sobre su parte norte, dirigiéndose hacia Flatwoods. La nave nodriza, entonces, volvió a abortar los objetivos de las otras dos naves dañadas, que volvieron a buscar dónde aterrizar. Finalmente, los militares comprendieron que todo aquel movimiento era una operación de rescate de los objetos, y decidieron que lo más seguro era dejarles proceder.
¿Recuerdas las 5 naves que habían sido designadas como misión de rescate? Pues las tres que se habían dirigido a la baliza de Flatwoods estuvieron dando unas vueltas por la zona, y al no encontrar la nave dañada abortaron la misión. De hecho, la que había sido anteriormente atacada en Florida tuvo que aterrizar nuevamente en un par de ocasiones para «recuperar fuerzas». Cuando la nave que procedía del océano logró encontrar la baliza de Flatwoods, llegó en muy mal estado y muy sobrecalentada. A duras penas consiguió comunicar con la nave nodriza para que enviaran otra misión de rescate. El ocupante salió de la nave debido al calor y con la intención de esconderse. Su traje espacial también había resultado dañado durante la batalla y fue dejando un reguero de aceite sobre la hierba. Se situó junto a un roble blanco a esperar, y ahí fue cuando se vio sorprendido por los testigos del «Monstruo de Flatwoods». Ante la posibilidad de ser nuevamente descubierto, se arriesgó a poner en vuelo nuevamente su nave hasta caer en otro campo menos accesible en una población cercana.
Los movimientos de naves en los cielos continuaron hasta que los objetos dañados fueron recuperados y remolcados hasta la nave nodriza. Pero el objeto tripulado por el «Monstruo de Flatwoods» no había sido rescatado. Seguía ilocalizable debido a su grave avería sobre una loma en Frametown. La noche siguiente, George Snitowski conducía entre Frametown y Sutton junto a su mujer y su bebé de año y medio; tuvieron un avistamiento que involucró luces, una niebla maloliente que le hizo vomitar y un ser que se desplazaba embutido en una especie de máquina de cintura para abajo que le mantenía flotando. Tras desaparecer el ser, vieron un objeto luminoso elevarse hacia el cielo. Habían asistido al rescate del Monstruo de Flatwoods.
Días después, según Feschino, en Wheeling fue localizado el cuerpo sin vida de un tripulante de la nave estropeada que se había dirigido a Wright Patterson, y que gravemente herido fue sacado al exterior del objeto en uno de sus aterrizajes para que estuviese en un ambiente más fresco que el del interior de la nave. Posteriormente, el ser fue buscado por naves de rescate, pero no tuvieron éxito.
Vale, bien. Veo que estás con la boca abierta. Sé lo que estás pensando: ¡Todo esto es tan increíble que no puede ser verdad! Pues mira, la verdad es que yo pienso exactamente lo mismo. Pero ya te dije que esto era sólo una teoría. Si lees el libro, verás que yo te he hecho un resumen por encima, pero todo está bastante detallado, y cada minuto de la teoría está basado en la enorme cantidad de testimonios sobre avistamientos y sucesos en ese espacio de tiempo. No en vano, lo que yo te he resumido aquí en un momento son 350 páginas de libro.
Si te soy sincero, me imagino a Feschino en una habitación sombría, con la pared empapelada de recortes, mapas con chinchetas e hilos que trazan rumbos para hacer casar horas, descripciones, trazos… Me lo imagino revisando los datos de una manera tan intensa que acaba llevándolo incluso a un estado casi febril…. Es muy cierto que probablemente las cosas no ocurriesen así, y que seguro que si tú o yo, o cada persona que se acerca a este caso, metiese toda la información disponible en la coctelera de su cabeza, sacaría una historia diferente a las demás.
Después de la versión Feschino, te voy a dar la versión oficial de los hechos. Como verás, bastante menos épica y conspirativa: El objeto visto por los testigos en Flatwoods y en todo el este de Estados Unidos fue un meteoro. El ser que vieron los testigos fueron los ojos brillantes de un búho sobre una rama. Los síntomas como vómitos y mareos de los testigos se debieron al pánico. Las marcas en el suelo fueron originadas por los movimientos de los primeros testigos en llegar al lugar. El cadáver rescatado en Wheeling era el de una mujer quemada, probablemente por un amante celoso. Y como ya te he mencionado, John Jones y John del Curto fallecieron por culpa de su propia incompetencia a cargo del F-94.
En principio, personalmente no doy por válida la recreación de Feschino, pues, aunque entiendo que esté basada en muchos testimonios diferentes, el hilo conductor se lo saca de la manga. Por ejemplo, cuando habla de las órdenes de la nave nodriza a los objetos. Pero intentando separar el grano de la paja, a mí, como siempre me surgen varias preguntas.
¿Todos los testimonios de avistamientos en esa jornada tienen como explicación el paso de un meteoro? ¿Qué fue lo que los testigos vieron en la granja de Fisher? ¿Realmente se trató de un búho? Si la explicación era realmente astronómica, ¿a qué se deben las incursiones de militares en la zona? ¿Y el interés por las muestras de materiales encontrados en los alrededores? ¿Y los encuentros con seres similares en días posteriores aparecidos en prensa? ¿Pudieron tratarse de invenciones al calor de la notoriedad que estaba dando a los testigos del avistamiento original? ¿A qué se deben todas las incoherencias entre los telegramas enviados a los familiares de Jones y del Curto con los datos que los militares dieron a la prensa y los que finalmente plasmaron en el informe oficial? ¿Trataba el gobierno realmente de ocultar algo? ¿Quizá alguna violación de su espacio aéreo por parte de algún enemigo dentro del contexto de la guerra fría?
A todas estas interrogantes y a muchas más que se me ocurren, yo no tengo una respuesta. Solo puedo darte un consejo. Reflexiona, consulta, bebe información de todas las fuentes que puedas. Y si puedes, investiga. Quizá así puedas desvelar el factor enigma que descifra este caso.
Yo, por mi parte, ahora debo dejarte. Vuelve cuando quieras, que estaré encantado de recibirte y contarte más historias. Te recuerdo que puedes visitar mi web en elfactorenigma.com en la que encontrarás información sobre estos casos, acceso a todas mis redes sociales e incluso si lo deseas, la versión transcrita a texto de este podcast. Y si tienes algo que contarme o quieres dejarme tu opinión sobre el caso, puedes hacerlo a través de los comentarios de IVOOX, o de las redes sociales. Suscríbete a través de cualquiera de las plataformas en las que puedes escuchar este podcast y no olvides darle al me gusta, para que así, este humilde curioso sepa que estás ahí y siga contándote cosas. Te deseo que hasta nuestro próximo encuentro seas feliz, y que jamás dejes de maravillarte ante el misterio.